Margaritas al asfalto

Marisa García

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Plantas de girasol en la ciudad de Londres

 

Mírese por donde se mire, el Reino Unido es un país de extremos, y Londres es el mejor ejemplo. Una ciudad donde comparten tablero: desde la opulencia del distrito financiero, la city, hasta los inmensos bloques de hormigón que alojan a los más desfavorecidos del sistema. En medio, la bienintencionada clase media se levanta contra la dictadura del asfalto. Así nace la Guerrilla Gardening, una legión de jardineros guerrilleros dispuesta a sitiar las ciudades y atacar los espacios baldíos con azadas y rastrillos.

       Anochece pronto en Londres y la mediana de una calle adyacente a la gran rotonda del Elephant and Castle es el objetivo. Se trata de un lugar que, aunque céntrico, sigue llevando el lastre de estar situado al sur del río, el lado oscuro de la ciudad. A las ocho en punto, cinco jardineros guerrilleros se plantan en el lugar previsto y, sin pedir permiso, empiezan a desenfundar sus herramientas. Twitter, Facebook y la lista de correos han hecho su trabajo. Esta noche, el fundador de Guerrilla Gardening, Richard Reynolds, tomará la batuta y para eso llega puntual empujando un carro, similar a los de supermercado, lleno de plantas, herramientas y tierra vegetal.

       La jardinería es su hobby y su guerrilla. Con un anarquismo estudiado, Reynolds dirige los hilos mediáticos del movimiento que inició desde su piso en una de las torres de alrededor en 2004, cuando sólo tenía 27 años. Cansado de no tener un espacio verde donde plantar, este hombre que se asoma hiperactivo, salió en busca de nuevos espacios donde poder ejercer su afición. Empezó, como quien no quiere la cosa con unos amigos, y como vio que la idea cuajó, montó una página web y el movimiento empezó a agrandarse. “Cuando empecé no sabía que había existido un movimiento similar en los años 70 en Nueva York, de eso me enteré después”, añade mientras decide la posición de una planta de menta y una de lavanda.

       Quiere que más gente salga a la calle a sembrar y recientemente ha publicado On Guerrilla Gardening, sin embargo también deja claro que su libro no es un manifiesto, más bien un manual de horticultura. Lo suyo es hablar y plantar, y por eso emplea gran parte de su tiempo dando charlas y haciendo networking con jardineros guerrilleros de todo el planeta. Sabe que existen facciones independientes que organizan quedadas para plantar, “cada uno que se atenga a sus propias reglas”, señala de forma desenfadada. Resulta cuanto menos curiosa la carencia ideológica de un movimiento cuyo nombre viene aderezado con la palabra guerrilla, aunque bien puede ser signo de su generación. Reynolds lamenta que los ayuntamientos contraten a empresas para enverdecer medianas, plazas y demás espacios urbanos y al poco tiempo queden totalmente descuidados. Para él su actividad llena el vacío que deja sin cubrir la incompetencia del sistema, sin embargo no quiere hacer campaña contra los responsables. Su guerrilla no es un movimiento de pensamiento sino de acción.

       Sus jardineros guerrilleros son gente interesada en el medio ambiente, y como apunta Raj, un médico de cabecera, mientras prepara la tierra para unos bulbos de tulipán, “interesados en la vida”. Sunny, una surcoreana residente en Londres, se siente emocionalmente parte de esa pequeña porción de tierra. “Tiene casi un año”, declara mientras señala un pequeño arbusto que crece horizontalmente, “lo planté ahí  y ahora se expande por donde puede”. La suya es la única planta en la mediana que sobrevivió el verano, no en vano ella se encargó de acarrear en autobús botellas de agua para regarla. La climatología puede ser el gran aliado o el gran enemigo de los guerrilleros. “En Londres somos afortunados con el clima, hay lluvia, apenas hay heladas y no hace mucho frío”, sostiene Anne, una jardinera que lidera Onion shed, una organización de vecinos concienciados con temas medioambientales.

       La reacción de los escasos peatones es de curiosidad y colaboración. Una vecina se ofrece a sacar cubos de agua para las recién plantadas, mientras que una joven que pasa en bicicleta se detiene para dejar unas bolsas con bulbos de narcisos. Las plantas de las guerrillas tienen diversos orígenes, la mayoría donaciones de tiendas, ferias u oficinas que cierran o gente que conoce de la actividad y directamente deja tiestos a las puertas del piso de Reynolds.

       Un bobby se asoma, ha sido alertado por un conductor de autobús. Pregunta cortésmente si están robando las plantas. Reynolds, familiarizado con la pregunta, le contesta que al contrario. El policía se aleja y el jardinero, con una mezcla de ironía y flema británica, lo despide con un “siento haberle hecho perder su tiempo agente”.  Y sin embargo, la actividad es legalmente ilegal, aunque en la mayoría de los casos, el sentido común previene que el peso de la ley caiga sobre los guerrilleros. La nocturnidad del acto divierte a su fundador lo mismo que el lenguaje guerrillero-militar que utiliza para arengar a sus tropas de rastrillo y azadón, “le da un aire de travesura”, concluye.

       Ha pasado una hora y la operación se da por concluida. Reynolds va y viene esparciendo la tierra restante. Está contento con el  resultado. Volverá a su ordenador a organizar su agenda y twittear la próxima quedada. El otoño y el principio del invierno componen la temporada más ocupada para la guerrilla y su líder no quiere desperdiciar oportunidad alguna.

 


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