Una de las pinturas de la cueva del Espírito Santo

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    Morazán y los artistas de un pasado remoto

    Texto y fotos de Ricardo Lindo - 08-12-2011

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    Desde hace poco más de un año he ido regularmente al Departamento de Morazán, realizando un trabajo como miembro de la Dirección de Investigaciones de la Secretaría de Cultura de El Salvador. Me llevaba una idea de carácter interpretativo y divulgativo, me llamaban de algún modo los artistas de un pasado remoto.

     

    En la cueva de Corinto hay pinturas. Otras artes están ahí representadas. Figuras de danzantes, lo cual implica música. Figuras enmascaradas, lo cual implica teatro. Sabemos o creemos saber que fue un centro ceremonial. Añadamos entonces: oraciones, lo cual implica poesía. Como en las antiguas civilizaciones estas manifestaciones solían darse al unísono. Podemos imaginar una suerte de ópera incipiente a la cual la cueva serviría a la vez de escenario y de concha acústica. Por si fuera poco, cerca hay dólmenes, lo cual implica los inicios de la escultura. La idea era situar a Corinto en la conciencia de los salvadoreños como el primer centro de las artes en nuestro actual territorio. Las circunstancias, sin embargo, hicieron que jalara una raíz de muchas ramificaciones y que otras y otras manos me ayudaran.

     

    Como nos dice el antropólogo Guillermo Cuéllar, no son los objetos sino la mirada que arrojamos sobre ellos lo que les da significado. Siempre afirmaron los especialistas que los llamados “dólmenes” de Corinto eran obra de la naturaleza y un arqueólogo de la Bradshaw Foundation (Assesment of the rock art) los atribuyó en diciembre de 2002 a un antiguo lago o, para ocupar el bello término científico, a un paleolago. Pero, según la tradición oral son, como las pinturas de la Cueva de Corinto, como las de la Cueva del Gigante en Honduras, a pocos kilómetros de distancia, obra de los gigantes. En el caso de las pinturas de la Cueva de Corinto, la arqueóloga Claudia Ramírez supone que la creencia reposa en el hecho de que las pinturas alcanzan una considerable altura.

     

    El antropólogo Ramón Rivas, actual director de Patrimonio Cultural, autor de un libro sobre los pueblos indígenas de Honduras, nos dijo que la creencia en la existencia de los gigantes es común en la zona y que él oyó de labios de una indígena lenca esta expresión: “Eran grandes”, y esa grandeza no se limitaba a la estatura física, sino que implicaba la sabiduría y la bondad. Ahora bien, las manos impresas en los muros de la Cueva de Corinto nos indican que se trataba de seres que no medían más de 1,80 metros de estatura. Son manos finas. Viendo las fotos, el escultor Baltasar Portillo observa una mano extremadamente abierta, que dista mucho de los trabajos rudos. En vano intento alcanzar, distanciando los dedos, esa mano de pianista. Como sea, el guía, Argelio Álvarez, nos mostró el sitio donde según su creencia el gigante ponía la mano para subir al techo de la Cueva de Corinto y su lecho de piedra y, al mostrarnos el área de los megalitos (obviemos el inexacto nombre de dólmenes y vamos al genérico), nos muestra que esas enormes piedras sobre enormes piedras siguen un patrón: se apoyan en dos puntos dejando un vano al centro. Esto hizo que dudara del criterio de los especialistas y solicité la ayuda de un profesor universitario en arqueoastronomía, Jorge Colorado.

     

     

    Observatorio astronómico rupestre

     

    Él miró el panorama con escepticismo. Subió al megalito de un alineación de cuatro provisto de una brújula. Al descender, su expresión era distinta. “Están orientados estrictamente de norte a sur –dijo–. Creo que estamos ante un observatorio astronómico rupestre”. Tras visitar la cercana Cueva del Duende, su idea se reforzó. La boca de la cueva también corresponde a esa alineación. Me llamó a los pocos días. Había realizado mediciones que muestran cómo los dos megalitos centrales marcan los ocasos en los solsticios. Otro, ligeramente atrás, marca el punto del ocaso durante los equinoccios. Pero, precavido, hizo llegar unas semanas más tarde a un profesor en geofísica de la Universidad Nacional, “master” en ciencias, Luis Castillo. Él puso primero en duda el paleolago y, aunque sin cerrar definitivamente el asunto, dijo que los megalitos eran obra humana y que las bases habían sido trabajadas previamente. Solo entonces el profesor Colorado le hizo parte de sus observaciones.

     

    Un solsticio y un equinoccio han transcurrido de entonces a esta parte, pero dentro de la estación lluviosa. Recordemos que el trópico tiene dos estaciones, una húmeda y otra seca. En ambas ocasiones, las tormentosas nubes y las lluvias impidieron tomar las fotos que debieran probar la exactitud de los cálculos del arqueoastrónomo.

     

    Añadamos que en una de las últimas visitas al sitio, el motorista de la secretaría de Cultura, Amado Rivas, dio con algo en lo que nadie había reparado: hay en el megalito del equinoccio una pequeña garra excavada, en la cual es dable hundir las primeras falanges. Esta garra se orienta al solsticio de verano.

     

    Ahora bien, se piensa que en la zona entre las montañas de El Salvador y Honduras tuvo lugar el más antiguo asentamiento humano en Centroamérica, que una errante tribu en circuito cerrado crea esas pinturas rupestres y da ahí los primeros pasos hacia la agricultura. Tal piensa del lado salvadoreño el arqueólogo norteamericano Paul Amaroli (como señaló en la conferencia titulada Primeros pobladores en el territorio salvadoreño, que dictó en el Museo Nacional de Antropología en febrero del año pasado). Del lado hondureño el antropólogo norteamericano Timothy Schaeffer llega en The El Gigante rock shelter, Honduras. A thesis in anthropology, publicada en 2008, a conclusiones similares. No todos los norteamericanos son malvados imperialistas yanquis como ciertos propagandistas pretenden hacernos creer. Se trata de un pueblo vasto y variado y bien podemos aquí rendir homenaje a quienes han enriquecido nuestro conocimiento de nosotros mismos.

     

     

     

    Piensa el doctor francés Sébastien Perrot-Minot que “una curiosa mistificación” ha envejecido artificialmente nuestro arte rupestre. Así lo señaló en el artículo ‘Desafíos y perspectivas del arte rupestre en El Salvador’, publicado en la revista Contribuciones. Él ha dedicado varios trabajos a su estudio sin encontrar elementos que permitan situarlos en el período paleo-indio y recuerda que hasta mediados del siglo pasado los aborígenes australianos continuaban pintando cuevas. En otro escrito suyo encontrado en internet, Considérations chronologiques sur les peintures rupestres de la grotte de Corinto, el mismo autor señala que pese a la falta de asideros las pinturas de Corinto “han sido sin embargo objeto de intentos de clasificación en fases, en particular en base a algunas sobreimposiciones.

     

    Conviene recordar la extrema prudencia que se impone: una pintura puede cubrir otra un siglo, un mes o incluso un minuto más tarde. La densidad relativamente baja de la iconografía (en comparación con otros sitios rupestres salvadoreños, tales como Titihuapa o la Pintada de San José Villanueva) y la falta de pruebas sobre la existencia de diferentes estilos no permiten acreditar a priori la idea de una obra compuesta durante un tiempo extenso”. Perrot-Minot cree que las pinturas de Corinto debieran situarse en el período clásico reciente o más adelante, pues desde entonces hay certeza de ocupación humana en la localidad. Más adelante dice: “En Honduras la Cueva del Gigante (departamento de La Paz), con pinturas representando manos y un motive zoomorfo, ha revelado una ocupación paleo-india, pero no es posible por el instante establecer un enlace con los pictogramas”.

     

    En su tesis doctoral, Timothy Schaeffer, tras analizar restos diversos, indica que la Cueva del Gigante fue habitada hacia el año 9500 antes de Cristo. No se han hallado del lado salvadoreño vestigios tan antiguos pero, dados los rasgos culturales, creemos la fecha extrapolable. Las fronteras en aquellos tiempos remotos no eran las de hoy y que el descubrimiento de Schaeffer haya tenido lugar unos pasos más allá bien puede inducirnos a conjeturarlo. Por otra parte, las reservas de Perrot-Minot para desligar las pinturas de esa ocupación temprana no nos parecen muy concluyentes.

     

    Se ha hablado mucho en El Salvador de los pipiles y los mayas. Se olvida que buena parte del oriente de nuestro país era lenca a la llegada de los españoles como lo prueba abundantemente la toponimia. Ahora bien, el hecho de que los lencas, cuya tradición ya prácticamente borrada en nuestro suelo vive aun en Honduras, atribuyan estas obras a una raza mítica, nos dice que ya estaban cuando ellos mismos llegaron a esa montañosa región, nos habla de su remota antigüedad. Como observamos, por otra parte, esa creencia es compartida de nuestro lado de la actual frontera. Añadamos que es reforzada por los hallazgos de huesos de animales prehistóricos.

     

    Perrot-Minot observa asimismo que las pinturas de Corinto pueden ser todas contemporáneas, pues no hay cambios de estilo. Pienso que su observación no fue lo suficientemente aguda. Si, en la parte superior vemos algunas figuras de extrema sencillez junto a otras más complejas, en las que están al alcance de nuestras manos hay otras extremadamente complejas y próximas a la abstracción que recuerdan el arte de su compatriota Jean Dubuffet.

     

    Una expedición

     

    Estaba aun la investigación incipiente cuando el fotógrafo Augusto Vásquez me invitó a hablar de ella en el hotel Perkín Lenca, en la localidad de Perquín, como su nombre lo indica, en el mismo departamento. Tras mi exposición él y Ronald Brenemann, propietario del hotel, se entusiasmaron y me invitaron a conocer otras cuevas con pinturas. Tanto Augusto como Ronald pertenecen a la Asociación de Empresarios de turismo de la Ruta de Paz (ASETURP), interesados en promover el turismo, y me pidieran que consignara su colaboración como una aportación de la asociación. Su interés, sin embargo, va más lejos: ahondar en la historia, enriquecer el acervo cultural de la zona oriental. Con otros interesados están formando ahora la asociación Nosotros Somos para servir de contraparte en el lugar de los esfuerzos de la Secretaría de Cultura.

     

    Augusto fue guerrillero en nuestra reciente contienda interna (bueno, ya no tan reciente: ya son ciudadanos que votan quienes nacieron cuando terminó), y conoció bien esas montañas. Organizamos entonces un viaje para un futuro próximo que se frustró. Resulta que las cuevas están del lado hondureño. Ronald es norteamericano y Augusto mexicano, aunque ambos sean más salvadoreños que el chilate con nuégados. Los dos han hecho familia aquí y llevan muchos años entre nosotros. Fotógrafo distinguido, Augusto es autor de algunas de las fotos emblemáticas de la contienda, como aquella del joven guerrillero sosteniendo en sus brazos a un “cumpa” muerto y expresando en su rostro todo el dolor del mundo. Pero al saber que iban dos extranjeros los guardias de frontera nos cortaron el paso. Uno de ellos se dirigió a Augusto, moreno descendiente de indígenas zapotecas: “Solo usted puede pasar”, le dijo. Así las cosas debimos echar pie atrás. Para no perder el viaje, fuimos a otra cueva próxima dentro de El Salvador, de la cual habían escuchado que tenía pinturas. Tardamos un poco en dar con ella. Primero encontramos dos megalitos enfrentados, trazando un estrecho pasillo. Más tarde dimos con ese inmenso paredón con arte: una mano y parte del antebrazo de perfil y en negativo, o sea, poniendo un brazo real y espolvoreando pintura en torno; hay asimismo círculos rojos y una especie de portal rojo en ángulos rectos del cual parece surgir otro círculo. Un poco más allá un borroso personaje en amarillo en un semicírculo amarillo casi por entero borrado nos esperaba.

     

    Pese a haberla ocupado un tiempo considerable, ninguno de los guerrilleros parece haber prestado atención a esas pinturas y el propio Augusto, que estuvo varias veces ahí en aquellos aciagos tiempos, solo se enteró mucho más tarde de su existencia y no tenía la seguridad de que fuese cierto.

     

     

     

    Ante la cueva hay una explanada que permite dominar la montaña y por tal razón fue utilizada por la guerrilla. La sorpresa mayor llegó cuando ya nos íbamos. Ron observó una alineación de piedras en ángulo: “Parecen los fundamentos de una casa”, dijo. Le seguimos la pista: es un murito de contención. La vasta explanada es indudablemente obra humana. Ese escenario es una suerte de ciudadela amurallada rupestre. Es posible que provenga de guerras posteriores a la obra de los artistas, pues como señala la gran especialista en los lencas, la antropóloga franco-norteamericana Anne Chapman en Los hijos del copal y la candela: “Las guerras parecen haber sido frecuentes entre los distintos señoríos lencas y las puede haber habido también entre ellos y sus vecinos(…)”. La misma autora dice: “Los soldados de la conquista escribían al rey para solicitar encomiendas o recompensas por las tantas veces que arriesgaron sus vidas en las batallas. Estas cartas o probanzas hacen frecuente mención de peñoles (montes peñascosos) y albarradas (murallas defensivas) en las diferentes partes de la provincia donde ocurrieron las luchas contra los indios”. Más adelante agrega que las albarradas estaban todas en peñascos y prácticamente todas eran utilizadas por la resistencia indígena. Pero, sea cual sea la antigüedad de este muro, todo sugiere que, sin sospecharlo, el alto mando de la guerrilla hizo suya una antigua fortaleza, arreglada para batallas que ya nadie recuerda.

     

    Ronald y Augusto siguieron buscando y mandándome fotos de sus nuevos hallazgos: una piedra plana con pigmento, un poco más ancha que su mano, que Ronald sospecha ser la paleta de un artista de la antigüedad; otra figura, de línea suelta e impagable gracia, de un hombrecillo sentado sobre sus piernas, de perfil, con una especie de trenza vertical a sus espaldas, separada de él, un menhir; una especie de horno excavado en una roca, una placa de piedra de más de un metro de altura anclada en tierra, con dos orificios… Fue necesario hacer otro viaje para ver todo eso en vivo. Esta vez contamos con el apoyo de la antropóloga Marielba Herrera y el arqueólogo Marcelo Perdomo, ambos de la Academia Salvadoreña de la Historia, y del joven Milton Torres, egresado de Artes Plásticas de la Universidad Nacional, quien se ofreció a hacer calcos en las rocas. Ya en Perquín se unió al grupo otro amigo que había acompañado a Augusto y Ronald en sus indagaciones, Rolando Cáceres.

     

    Fuimos primero a la cueva de la mano y los círculos. Con ojo de lince, rápidamente dio Marielba con otro detalle que se nos había escapado: una mano de niño en amarillo sobre otra roca cercana. Comprobamos asimismo que la del semicírculo amarillo es en realidad un megalito, esta vez apoyado sobre varias cuñas menores.

     

    Y fuimos a otra montaña, al sitio del horno que posiblemente no lo haya sido nunca, y que tiene un orificio labrado en la parte superior, quizás para recoger agua, y vimos piedras con círculos tallados y vimos… el arqueólogo Marcelo Perdomo vio los muros y dijo que los rasgos arqueológicos apuntan al postclásico.

     

    Esas murallas que a manera de anillos van cercando la montaña no son naturales y corresponden al modelo de fortaleza lenca que describe Anne Chapman. Como en la cueva de la mano también este sitio fue utilizado como campamento por la guerrilla, sin percatarse de que se trataba de un sitio preparado para fines bélicos. Y nadie reparó en los misteriosos artefactos de piedra, que pertenecen probablemente a un horizonte mucho más remoto. A tal punto nuestros intereses inmediatos condicionan nuestras percepciones.

     

    Mario es también ex-guerrillero y puede reivindicar esa palabra con mayor razón que Augusto. Él luchó con un arma mientras Augusto arriesgaba su vida documentando con la cámara los acontecimientos del frente de guerra. El hecho es que él había luchado en ese lugar y nos enseñó unos pozos para protegerse de las bombas que ellos hicieron siguiendo la línea de uno de los antiguos muros. Si uno está dentro de uno de esos pozos, explicó, no le hace daño una bomba que estalla a un metro.

     

    Al final de una muralla una torrecilla nos hizo volver la mente a los megalitos. Si bien la intención de esta torrecilla ha de haber tenido una muy distinta intención, servir a un vigía casi seguramente, pues desde ahí se domina un vasto panorama, quienes la hicieron, situando cuatro rocas una sobre otra, han de haberlos tomado por modelo. El método constructivo es, eso sí, más evolucionado, pues aquí hay argamasa.

     

    Y podemos ahora ir a ciertas conclusiones tentativas: las cuatro cuevas con pinturas que conocemos, la primera de las cuales es por supuesto la de Corinto, se hallan asociadas a megalitos. Podemos pues lícitamente suponer que sus autores fueron los mismos. No podemos por de pronto saber si esto es así del lado hondureño, pero es altamente probable. Tal como el interés en El Salvador se ha centrado mayormente en la Cueva de Corinto, sin fijarse mucho en los alrededores, allá se han limitado a la Cueva del Gigante, según entendemos. Pero, hasta donde se nos alcanza, la mayor concentración de megalitos está en Corinto y al menos en un caso obedece a parámetros astronómicos. Centro de las artes y centro del conocimiento, Corinto se nos presenta como una suerte de universidad rupestre. Podemos pensar que esos megalitos dispersos en nuestra geografía son una irradiación de este centro magnético. Baltasar Portillo sugiere que el impresionante Peñón de Cayaguanca es parte de estas creaciones. Jorge Colorado, el arqueoastrónomo, recuerda que en diversas partes del mundo remotas civilizaciones movieron grandes piedras. Guillermo Cuéllar nos hace ver que en el Primer Coloquio Regional de Arte Rupestre, que tuvo lugar en San Salvador en septiembre de 2010, un ponente habló de un megalito similar en Guatemala, que en tiempos paleo-indios debió ser un lugar extremadamente lejano, y me enseña la fotografía. ¿Pero qué poderosa idea hizo que tales esfuerzos se expandieran y se multiplicaran? No creemos abusivo pensar que estamos en presencia de una civilización desconocida.

     

    NOTA: Por decisión del equipo hemos callado la localización de los sitios recién descubiertos, a fin de defraudar la codicia de los saqueadores. Esos datos están en manos de la Dirección de Patrimonio de la Secretaría de Cultura.

     

     

    Una versión distinta de este artículo fue publicada el mes pasado en el número 2 de la revista Identidades, publicada por la Dirección de Investigaciones de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de El Salvador, y anteriormente, de forma reducida, en la web salvadoreña http://www.elfaro.net/

     

     

    Ricardo Lindo es escritor, crítico de arte e investigador. Colabora con http://www.elfaro.net

     

     


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