Vista de Tlaxcala. Fuente: http://tlaxcala.tlax.com

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    El mudo virreinato de Tlaxcala. En México verás edificios con la lengua fuera

    Jesús Pérez - 25-06-2015

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    Tlaxcala de Xicohténcatl es la capital del estado más pequeño de México, también llamado Tlaxcala. Para no confundir ciudad y estado cada vez que me refiera al municipio lo llamaré X. X no es un lugar como otros, donde pistoleros oscuros disparan al pecho, paran el tiempo y, entre risas con oscuros adinerados, cuentan pesos. Los tlaxcaltecas son tranquilos, orgullosos de haberse aliado con los españoles contra los mexicas. Eso da, cuanto menos, materia de conversación y camisetas conmemorativas. Con noventa mil habitantes, X posee el zumbido de los lugares pequeños. Si prestas atención a ese zumbido, no se te quita de la cabeza, hasta aullar en el oído cada noche.

     

    Al llegar me recoge una amiga, restauradora, tapatía. Su novio es tlaxcalteca. Al subirme al carro pregunto si viven lejos. Él responde que no. Cuesta destruir el confort de señorío motorizado, según el lema de ciudad pequeña, vida en coche. Como castigo por mis suspiros, el carro pide más gasolina. Dejamos atrás varias gasolineras, completamente vacías. Paramos en una de PEMEX, a rebosar. La cola acaba siendo tan larga que se pierde en el centro del sol. El novio me cuenta que solo llena el depósito en esta, la única que la PROFECO, institución que vela por los derechos del consumidor, no ha precintado alguna vez.

     

    En Guadalajara también es frecuente que, ante mis aspavientos señalando dónde repostar, mi esposa niegue con la cabeza, porque tal lugar no da la cantidad que pagas, y en ese otro la gasolina es mala, y en el de más allá el dinero gastado con la tarjeta ondula como la vida misma. Esta inseguridad obliga a una elección continua que quita la grasa del azar. Pero la capital jalisciense es grande y hay varias opciones que evitan la estafa. Sin embargo, en X, únicamente esta no tima. Afrontarlo es ir a la esencia del problema.

     

    Lector, si alguna vez visitas México, verás edificios con la lengua fuera. Es una lengua larga y roja que cuelga de instituciones y empresas. A veces es debido a que la institución no llegó a tiempo para cumplir sus obligaciones, aunque corrió como una posesa. Entonces, agotada, la lengua se balancea. En otros casos, se burla de ti, por lo iluso de esperar que las cosas funcionen, por creer que si pides gasolina y la pagas te darán la gasolina pagada. Te saca la lengua como un niño. Otras veces, la lengua denota el solícito frenesí de querer reparar lo que estuvo dañado durante mucho tiempo, y que por algún motivo tiene que arreglarse rápido, ahora mismo, sin descanso y a su modo. Así que no te asustes si ves tales pedazos de carne haciendo diferentes movimientos, algunos favorables y otros perjudiciales. Son parte del paisaje. Cortarlos abocaría a una mudez explícita y dolorosa sobre el tinglado mexicano.

     

    Mi amiga me lleva a uno de sus monumentos preferidos. Es una pirámide protegida por un techo metálico. En una de las paredes hay pintado un hombre azul con cola de escorpión. Un niño lo mira y se pone el brazo como si fuera su propia cola. El hombre es pavoroso. Como si sus batallas fueran entre cuerpos con los órganos hacia fuera, con perros descarnados como avanzadilla. Su remisión al cosmos es palpable, suave y podrida, pues cabe en los pasillos de esta pirámide, como un gran mamífero. Sin embargo, este turismo de ruinas no es para mí. Yo necesitaría una enciclopedia con páginas de ojos para entender sus danzas de sangre. Siempre cumplo con mi cara de respetuoso reverente, pero, por desgracia, pensar lo precioso de la montaña tiene algo de cruel cuando se vive y se vivirá en el mar. Es decir, no sé la historia de estos lugares, por lo que me pierdo sus matices. Solo puedo verlos tras el cristal, y si ellos me ven a mí, me tachan de ciego. Al dejar la pirámide, mi amiga comenta que mañana habrá una fiesta en casa de unos amigos. El preferible turismo de personas.

     

    La fiesta es en Ocotlán, un pueblo pegado a X. En los alrededores de la casa se escuchan perros. Los asistentes vienen en coches grandes y con la música electrónica a todo volumen. Los poligoneros de los años noventa no se extinguieron, sino que iniciaron su conquista a esta región del centro de México, varios siglos después que Hernán Cortés. Antes de irme me prometo hablar a alguien de la Ruta del Bakalao y de las semejanzas que ahora mismo veo con mis antepasados valencianos[1]. Pero de momento me conformo con sacar el mapa al que obliga toda fiesta, y que tiene dibujados su castillo, sus senderos, las zonas a evitar, las prohibiciones pestíferas.

     

    En la sala principal hay un póster con el mismo hombre azul con cola de escorpión de la pirámide. Un chico con el pelo a cepillo y gafas aparatosas se me acerca. Digo que estuve allí, en el Templo de Venus de Cacaxtla. Tras escuchar mi acento, Gafas Aparatosas replica que si yo he ido a esa zona arqueológica él ha estado en España, en una estancia de investigación para estudiar una máquina que, tal y como la describe, proporciona trabajo a decenas como él, dadivosa, como la vaca para el hindú. El chico tendrá unos veintitantos, una ingeniería y se ha especializado en biotecnología. Le propongo que nos sentemos, porque lo que dice es interesante, y probablemente lo que hablemos esta noche palidezca ante lo que conjeturaríamos al día siguiente, y al otro, y así hasta que la tecnología se desboque y se implanten por ley colas de escorpión metálicas a los ciudadanos. Por curiosidad, le pregunto por qué eligió ese campo de estudio. Responde que la biotecnología es la manera más rápida de llegar a la esencia de Dios. Menos mal que mi cerveza está fría.

     

    No está bien hablar de religión con alguien que lleva colgando un crucifijo de ese tamaño. Grande, como una llave de portón con la que abrir círculos cuadrados. Por suerte, cambia al tema de siempre, la violencia. El test rápido cada vez que surge el asunto:

     

    —¿Son los mexicanos violentos por naturaleza?

    —No, ¿qué clase de fatalismo es ese?

    —Entonces, la violencia surge de la pobreza, ¿verdad?

    —Si así fuera, ¿por qué las zonas más pobres de México no son las más peligrosas?

    —Es la maldita cercanía con Estados Unidos, pues!

    —Pero no olvides la frontera con Centroamérica. Sin embargo, ¿no ha estado México siempre en el mismo lugar, y hacía décadas que no se veía esta violencia?

    —¿No serán las instituciones las que son un problema?

    —Algo debe de haber de eso, pero piensa en las zonas grises que no pueden estudiarse desde la formalidad de una institución oficial.

    —¿El poder del narcotráfico?

    —Los vínculos entre instituciones legales y grupos ilegales, y la cadenita que no sabes ante quién te va a conducir.

     

    Me pregunta por lo sucedido hace poco en Guadalajara y otras ciudades jaliscienses, los bloqueos de carreteras, incendios de gasolineras, bancos y comercios, el derribo de un helicóptero militar, por gente del Cártel de Jalisco Nueva Generación[2], supuestamente para evitar un operativo. Le digo que en México hay tantas monedas lanzadas al aire que bajan convertidas en balas… A cualquiera puede tocarle y se sabe bien poco, asiente. Acá, según él, narcotraficantes ligados a la organización del Golfo usan Tlaxcala como almacén y quieren mantenerlo tranquilo. Añade que le interesa saber las funciones sociales del crimen organizado y por qué los jóvenes se meten en esas organizaciones. Cuando le pido que concrete un poco más, Gafas Aparatosas dice que estuvo en la Mara Salvatrucha (MS-13).

     

    En la cocina, veo a mi amiga y le pregunto si Gafas Aparatosas es un mitómano. No lo conoce, pero quizá su novio sí lo haya tratado. “Take it easy, Bernal Díaz del Castillo”, se burla antes de despedirme. Busco a su novio, que, junto a otros invitados, está en una sala viendo en una laptop la sesión de un DJ desde Tulum (Quintana Roo). Uno de ellos me comenta que es deep techno. En el vídeo, el DJ tiene piñas y pimientos entre sus cachivaches. Su música suena como si te pegasen con cucharitas microscópicas debajo de la lengua y el sonido te saliera de la nariz y las orejas. Le hago al novio la misma pregunta que a mi amiga, y él responde que Gafas Aparatosas es muy buena gente. ¡Ay!, una persona bondadosa que decide mentir comete el crimen perfecto.

     

    En cualquier caso, le pido al ex marero que me cuente cómo entró. Dice que Tlaxcala es una zona de paso de rutas migratorias, por lo que hace unos años, al menos, había maras. Él no se metió por dinero o por oponerse a sus padres o al Estado. Le hacían bullying en la escuela y necesitaba apoyo emocional. La mara le ofreció cercanía, un refresco en el momento adecuado, palabras amables, como preguntar por qué lloras. Así de cursi y de efectivo.

     

    De madrugada proponen irnos con los coches, la bebida y la música a una fiesta al aire libre. Pasamos la estación de PEMEX. Mucho después, la caravana se detiene a un lado de la carretera. Hay una fábrica abandonada. Otras naves más pequeñas diseminadas, sin ventanas. Restos incoloros entre la maleza. Tras la fábrica, un pozo. Abajo, ratas entre la basura. Se ensayan apariciones monstruosas, como si entre el abandono pudieran crecer hijos oscuros. Pero solo hay latas de refrescos, restos de comida. Un silencio feo, de ave paridera. Caminamos entre la maleza, el pozo es un como un insecto partido y apestoso. Distinguimos a una mujer, que se nos queda mirando. Creo que está sentada o es muy bajita. A su alrededor hay muebles desperdigados y números de la revista Proceso. El ex marero bromea con que son todos los ejemplares que los políticos tlaxcaltecas secuestran si llevan noticias que les disgustan[3]. La mujer no dice nada, pero ella y sus cosas dan la impresión de totalidad. Es decir, estamos viendo su hogar. Le damos las buenas noches. La fiesta no es aquí.

     

    Llegamos a una segunda fábrica. El lugar está aún más alejado de cualquier foco urbano. Cerca hay una casa con las ventanas rotas y la puerta tapiada. En la fachada hay carteles a punto de caerse, en los que se lee “Propiedad privada: prohibido el paso” o “No estacionarse: se ponchan llantas”. En la entrada a la fábrica hay una máquina que parece crecer hasta llenar el lugar, como una cáscara manufacturada y cósmica. Tiene patas en diagonal, poleas y muelles que parecen heridas, como si el suelo la enfermase por lo que oculta enterrado. Moscas grandes y verdes se posan en sus costados. La fiesta es aquí.

     

    El ex marero me cuenta que, a medida que se integraba, se deslizaba en una jerarquía que le inquietaba: el grupo primero, luego la madre, finalmente uno mismo. No recuerdo si se inició, con tatuaje y demás compromisos, o estuvo a punto. Pero sí me contó en qué consiste la ceremonia. Son dos tiradas de dados. En la primera, la cifra indica cuánto durará la golpiza, si eres hombre, o la penetración, si eres mujer. La segunda concreta el número de participantes. Le pregunto si antes de esa iniciación se debía hacer algún mérito, pero el ex marero me dice que solo cumplir lo que te pedían. En su caso de nerd desamparado, pequeños robos en autos. Pero antes de dar más pasos lo dejó. El desencadenante fue que empezó a morir gente. Primero, se enteraba por las llamadas telefónicas:

     

    —Han matado a X.

    —Pero si estuve con él esta mañana.

    —Te digo que han matado a X.

     

    Quienes han organizado la fiesta nos dan la bienvenida. Comienza. Se dice que Tlaxcala tiene forma de rombo. Lo cierto es que, a estas horas y con esta música, todos parecemos rombos. 

     

    Un día, el ex marero y sus compañeros estaban sentados en un parque. Por algún motivo, él y otro se levantaron. Al volver, se intercambiaron el lugar. No sabe por qué. Hubo un reproche entre bromas. Quizá uno de ellos se había quedado con la mejor vista a los árboles. Llegó un coche oscuro. Bajaron la ventana oscura. Dispararon al de su lado. ¿Por qué os mataban?, le pregunto. Lo olvidó[4]. Tiene sus hipótesis, pero le avergüenza que ninguna autoridad lo haya investigado, como deben. Ni ese, ni otros asesinatos. Dice exactamente: “El virreinato de Tlaxcala es mudo”.

     

     

     

     

    Jesús Pérez Caballero (Gandía, 1981) es escritor y jurista. Becario posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM (México), es autor de los libros Las Brigadas Prosublime (Sloper, 2015) y El elemento político en los crímenes contra la humanidad. La expansión de la figura al crimen organizado transnacional y el caso de las organizaciones de narcotraficantes mexicanas en el sexenio 2006-2012 (Dykinson, 2015). En FronteraD ha publicado La moral de las estatuas. ¿Qué queda del socialismo en el Berlín del siglo XXI?Geopolítica de las conspiraciones. Lectura del Euromaidán ucranianoEl muro de 2017 y las pasiones de Transnistria, un país arbitrario y Pueblos prendados de fantasmas: Cioran en España, yo en Rumanía.

     

     

     

    Notas


     

    [1]    Al final de la noche, cuando se hace el silencio, consigo pasar a un DJ gordo e inteligente como Ganesha el vídeo Canal Plus 1993 La Ruta Del Bakalao, YouTube, 23 de octubre de 2011 (consultado el 9 de mayo de 2015). En el momento de transmitírselo nos congelamos, él en el futuro y yo en el pasado.

     

    [2]    He intentado resumir en algunos textos qué se sabe de esa organización. Por ejemplo, en: Pérez Caballero, Jesús, “CJNG: Cómo adaptarse con éxito a la ‘guerra al narcotráfico’ en México”, InSight Crime, 14 de octubre de 2014 (consultado el 9 de mayo de 2015).

     

    [3]    Tal que REDACCIÓN, “Escoltas del gobernador de Tlaxcala asesinan a un civil y hieren a otro”, Proceso, 30 de noviembre de 2014 (consultado el 9 de mayo de 2015).

     

    [4]    Entonces, es la letanía de si es una mentira, entonces luchamos en esa mentira… Pero tenemos que luchar (“if it’s a lie, then we fight on that lie... But we gotta fight”). The Wire - Avon and Slim Charles talk “WAR”, YouTube, 28 de noviembre de 2007 (consultado el 9 de mayo de 2015).

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