Violet Gibson

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    La mujer que disparó a Mussolini

    Frances Stonor Saunders - 16-01-2014

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    Miércoles 7 de abril de 1926

     

    Una mirada. Duración uno, o quizá, dos segundos. En la física de partículas, una eternidad. En historia, el encuentro más breve, un intercambio infinitesimal diminuto. Dos brazos que se levantan, el de Benito Mussolini en el saludo fascista, el de Violet Gibson apuntando con una pistola. La distancia que separa a estas dos personas que jamás se habían visto es de unos veinte centímetros. Lo suficientemente cerca como para respirar cada uno el aliento del otro. El asesinato puede ser algo muy íntimo.

     

    Violet, la hija de un noble, parece una indigente. Lleva un vestido negro, lustroso por el uso, lleva el cabello blanco grisáceo recogido en un moño desigual del que sobresalen mechones sueltos; está muy delgada. Mussolini, hijo de un herrero, viste como un corredor de bolsa. Cuello estilo mariposa, corbata negra, polainas, abrigo con cuello adornado de terciopelo –ropas que ha elegido esa mañana su amante judía, quien ha pasado la noche con él. No ha dormido bien debido a una posible úlcera de estómago que le produce frecuentes malestares. (Alejado de las multitudes, el acto de aflojarse los pantalones y masajearse el estómago con las manos se ha convertido en un reflejo cotidiano). Violet, que se ha estado preparando desde hace algún tiempo para matar a Mussolini, tampoco ha dormido bien, porque también sufre de dolores de estómago.

     

    Hasta el momento en que ella levanta la pistola y apunta al rostro de Mussolini, ha sido una mañana fascista corriente. A las seis en punto, el cámara de Mussolini, Quinto Navara, llegó a su apartamento del Palazzo Tittoni en la vía Rasella. Muy poco después, subieron a un Lancia negro y les llevaron al despacho de Mussolini en el Palazzo Chigi. Su Excelencia el primer ministro Benito Mussolini, Il Duce, se sentó tras su escritorio para recibir a sus procónsules y escuchar sus peticiones. Su personal y servicios de seguridad le han estado ajustando la agenda, dando órdenes detalladas para su perfecta ejecución. El jefe de policía acaba de terminar la orden de seguridad número 08473, en la que se detallan los preparativos policiales para el día siguiente. Diariamente, se despachan copias al carbón de estas órdenes de seguridad para los responsables del orden público, incluyendo a los jefes de las policías política y militar, el Ministerio del Interior, y la Guardia Real. El jefe de policía tiene que lidiar con una fuerza muy poco entrenada que no dispone de un sistema telefónico eficiente, carece casi en su totalidad de transporte motorizado, y con unas comisarías locales abarrotadas y antihigiénicas. En unas pocas horas tendrá que modificar sustancialmente la orden. Pero, por el momento, todo transcurre como debería ser en el nuevo Imperio romano.

     

    Violet, mientras tanto, hace su recorrido desde Via Nomentana, una amplia avenida de villas y apartamentos que se extiende por la que había sido, hasta hace bien poco, una zona rural interior de Roma. ¿Va caminando? ¿Toma el tranvía? Violet no tiene personal que diseñe y atienda las minucias de su agenda. Como más adelante testificarán las monjas del convento en donde se aloja, Violet se levantó a las seis y se presentó, cubierta con un velo, a la misa de la capilla del convento. Salió después de desayunar, a las 8.30 de la mañana. Estaba algo agitada “como si estuviera intentando controlar alguna emoción interior”. Cuando le preguntaron si volvería para el almuerzo respondió que sí, con “una media sonrisa”. La hermana Riccarda estaba preocupada. Por la noche le llevó a Violet algunos medicamentos para sus dolores de estómago. La monja observó que había estado leyendo un periódico italiano y que había marcado algunos pasajes. “No me di cuenta de que mañana tendría que estar fuera por tanto tiempo”, dijo Violet, la intención, como siempre, esquiva. Cuando abandona el convento no se percata de que la madre superiora, Mary Elizabeth Hesselbald, la vigila de cerca desde una ventana.

     

    Violet atraviesa la Porta Pía, el fabuloso portal travertino de Miguel Ángel y se dirige hacia la iglesia de Santa Susana. Aquí, hace tres días, el Domingo de Resurrección, asistió a misa, sentada bajo floridos frescos que representan el martirio de Susana, la santa del siglo III que consagró su virginidad a Cristo. Violet, aunque no es virgen, está preparada para abrazar su propio martirio, porque Dios lo ha querido así. En la mano derecha, metido en un bolsillo, lleva un revólver Lebel, el arma estándar del ejército francés, capaz de disparar seis balas de 8 mm cargadas en una recámara basculante. La ha envuelto en un velo negro. En la habitación del convento, en donde había estado practicando con el revólver descargado, sujetándolo con las dos manos hacia un objetivo fijo, tiene una caja con veinte balas activas. En el bolsillo izquierdo del vestido de solterona lleva una piedra grande, escondida en un guante negro de cuero, con la que romperá el parabrisas del coche de Mussolini por si tuviera que dispararle en el vehículo. Éstos son los instrumentos de su santo gesto.

     

     

    Lo que ven los turistas

     

    La Roma clásica, la Roma medieval, la Roma renacentista, la Roma del siglo XVIII, la Roma de la postunificación. Los visitantes extranjeros (de los que se estima que han llegado unos 150.000 a la ciudad para celebrar la Semana Santa) se aventuran a salir desde los hoteles y pensioni para medir con pasos sus rutas por todas estas Romas, dos mil años de historia y memorias confusas aplastadas bajo escombros o esculpidas en mamposterías erguidas. Para muchos turistas, es la última oportunidad de rebuscar en sus Manuales de Roma de Baedeker o de Murray antes de que comience el éxodo hacia sus hogares. Edith Wharton detestaba estos “volúmenes de color rojo que acompañan al viajero por Italia”, porque tenían “tan completamente anticipados los impulsos caprichosos de sus lectores que ahora es casi imposible planificar un recorrido de exploración sin averiguar, en referencia al mismo, que sus autores ya habían estado en el lugar”. Pero los impulsos de Violet la llevan por una trayectoria que ninguna guía había medido.

     

    La Roma fascista, el verdadero sabor de la gloria Romana, el sentido de lo que Virginia Woolf identificó como “una época para llegar a la pura, a la autoafirmativa virilidad”. La “absoluta masculinidad” de la nueva Roma se personifica en su líder, Benito Mussolini, cuyos “músculos” y “vitalidad extraordinaria” son un deleite para lady Asquith, la mujer del anterior primer ministro británico (quien, por el contrario, ofrece un físico desarmado y un cutis de interior). Se estima que hay en circulación trece millones de fotos de Il Duce en diferentes poses. Se le ha fotografiado nadando, practicando esgrima, cabalgando, cortando maíz descamisado, con el pecho sudoroso y brillante –inimaginable para la mayoría de los políticos de su época–. Hitler, Stalin, Lenin, Baldwin, Chamberlain, Roosevelt, Blum y Franco no son “hombres” a los que se pueda ver de esta manera, mantienen tímidamente sus cuerpos como asuntos privados. Se dice que el cuerpo de Mussolini deja imágenes-recuerdo de sí mismo para suscitar a los fieles. Clementine Churchill, al conocer a Il Duce en marzo de 1926, lo encontró “bastante simple y natural, muy digno… [con] unos maravillosos ojos penetrantes de color marrón dorado que se pueden ver pero no mirar”. Como si mirarle fuera como mirar al sol. En definitiva, concluyó, “uno de los hombres más maravillosos de nuestros tiempos”. Estaba encantada de haberse llevado una foto firmada de recuerdo. Lady Oxford describió su sonora voz como una de las más maravillosas que jamás había oído. Lady Ivy Chamberlain, esposa del secretario de estado de Asuntos Exteriores, Sir Austen, era una admiradora incondicional que guardaba como un tesoro su propia insignia del Partido Fascista (y, mientras aguantaron, las orquídeas que Mussolini le envió). Se decía que lady Sybil Graham, la esposa del embajador británico, estaba igualmente encantada.

     

    Las guías turísticas aconsejan también que el mismo Mussolini esté entre los sitios a visitar. “Todo aquel que iba a Roma quería tener una entrevista con Mussolini”, observaba un periodista americano. “Verle era tan parte del largamente planeado viaje a la Ciudad Eterna como lo era visitar las ruinas o caminar por los lugares por los que en su día caminaron los héroes de la Antigüedad”. Las mujeres viajeras sueñan con tomar el té con Mussolini –aunque él no lo toma, pero sí toma manzanilla, tanto oralmente como por vía rectal, como un paliativo para sus dolores estomacales–.

     

    La hermana Caterina Flanagan testificará que Violet había asistido a un desfile oficial en septiembre de 1925 pero que volvió indignada porque Mussolini no había aparecido. Esto no era sorprendente, la monja (ignorante de las intenciones de Violet), explicó que muchos huéspedes extranjeros del convento y que eran grandes admiradores de Mussolini “estaban constantemente intentando conseguir ver algo de él, y se decepcionaban si fracasaban”. Qué ridículas, medita el secretario de estado de Asuntos Exteriores Dino Grandi, son estas “viudas ancianas y señoras mayores desarraigadas” –sin ofender a miss Jean Brodie, una mujer en la flor de la vida– que adoran a Il Duce y que desean llevarle torta de semillas.

     

     

    Lo que no ven los turistas

     

    No ven a los prisioneros políticos, el aceite de ricino, las cachiporras manganello, rellenas con gruesas pieles o con plomo, o el cuerpo del líder asesinado de la oposición Giacomo Matteotti, abandonado a la putrefacción en una zanja en las afueras de Roma; o los tres mil muertos y enterrados, aporreados o acuchillados o disparados por las bandas fascistas. Los turistas, mientras se acomodan en sus trenes wagon-lit (al completo desde tres semanas antes, con motivo de la Semana Santa), no ven a los prisioneros transportados a confino, el exilio interno, en vagones para ganado agregados a los trenes de tercera clase, encadenados, esposados, sin alimentos ni aire. Los turistas no ven los huesos destrozados del cadáver del sacerdote católico antifascista don Giovanni Minzoni; o las contusiones y la hemorragia interna de líder del Partido Socialista Giovanni Amendola, golpeado salvajemente por los matones fascistas en julio de 1925. Su cuerpo destrozado jamás se recuperará. Nueve meses más tarde, justo este día, 7 de abril de 1926, permanece enfriándose en una losa en la morgue de un hospital de Cannes. Una mañana fascista corriente.

     

    La ostentación de Mussolini es continua y convincente. Todos los periódicos están obligados a colocar en un lugar prominente sus artículos y discursos. Los cajistas han de imprimir la palabra DUCE en mayúsculas. Todo son urgencias con las pinturas doradas y los panes de oro, para decorar las mazas y las fasces de los lictores y las águilas romanas y para el trono que se está construyendo con el fin de que Mussolini se siente durante la ceremonia que en unos días señalará su elevación a “César del Imperio Moderno”. La fascinación y el ímpetu del fascismo; aunque en su corazón yace un rencor, un temor nervioso. El régimen está permanentemente preparándose él mismo para “el agrupamiento, la marcha, la batalla, la liquidación de los enemigos que paradójicamente nunca [cejan] en sus amenazas… para otro conflicto, otra prueba”. Mussolini pronuncia discursos de “combate”. Se declara “la guerra” contra los taxistas, a quienes se les dice que deben afeitarse (“Edictos de prohibición de bigotes y obligatoriedad de sombreros, cuello y corbata”); contra las mujeres que visten atuendos indecentes, contra los solteros que rehúsan crecer y multiplicarse en pequeños fascistas. En las paredes de miles de edificios se pintan consignas históricas de Mussolini en barniz negro indeleble: Credere, Obbedire, Combattere (creed, obedeced, luchad); “Mussolini siempre tiene razón”; “Nosotros dispararemos”.

     

    Violet sabe cómo disparar una pistola, después de haber utilizado una sobre sí misma. Pero su puntería podría ser un problema, ya que la bala que disparó contra su cuerpo hace un año –“Quería morir por la gracia de Dios”– le pasó rozando el corazón y silbó a través de la caja torácica antes de detenerse en el hueso del hombro.

     

     

    Caput Mundi

     

    A las 9.30, después de una reunión con el duque de Aosta, un primo del rey, trasladan a Mussolini la corta distancia que hay desde el Palazzo Chigi a Campidoglio, el Capitolino. No lleva el bombín que su amante le dio antes de que saliera de su apartamento –demasiado, quizás, bajo un brillante sol de abril–. (Más tarde lo dejará de usar, cuando se percata de que Laurel y Hardy llevan bombines en las comedias de Hollywood que a él tanto le gustan.) Baja del coche al pie de los anchos y bajos escalones que llevan al Capitolio de la capital del mundo, y los sube a toda velocidad, dejando jadeando tras de sí a su secretario personal. Este lugar es el centro –político, religioso, administrativo– de todas las Romas. Si Mussolini cumple su voluntad, será también el centro del nuevo Imperio romano.

     

    La geometría exquisita de Miguel Ángel: una plaza de tres lados con edificios de color melocotón en medio de la cual Marco Aurelio está montado sobre su caballo de bronce, siglos de sucesos tormentosos arremolinándose a sus pies. En el lado oeste se encuentra el Palazzo dei Conservatori, al que Mussolini entra por la puerta principal. Avanza por los vertiginosos pasillos de mármol, taconeando contra la piedra como unas castañuelas. En la sala degli Orazi e Curiazi, se sube al escenario y abre el discurso inaugural del Séptimo Congreso Internacional de Cirujanos. Cientos de cirujanos escuchan con satisfacción cómo Mussolini alaba su arte y les agradece las intervenciones realizadas sobre su propio cuerpo tras volar y quedar destrozado durante la Gran Guerra. El vendaval de acero que le golpeó era un proyectil fallido que él mismo había cargado, dejándole muchísimos fragmentos y punciones cutáneas, la clavícula derecha rota, el brazo izquierdo con parálisis temporal, y una laceración severa en la pierna derecha que llegó a infectarse y que requirió de un agonizante proceso de raspado a lo largo de la médula de la tibia. Como se vio después, heridas que demostraron ser de utilidad, marcas de puntuación en el progreso de un salvador mientras avanza hacia el triunfo.

     

    Uno de los primeros biógrafos de Mussolini escribió, en Dux, que tenía tantas heridas que recordaba a “San Sebastián, con la carne perforada como con flechas”. La autora era Margherita Sarfatti, quien como amante de Mussolini estaba bien cualificada para ubicar los detalles íntimos de su cuerpo. Mussolini atesoraba experiencias cercanas a la muerte de la misma forma que los generales coleccionan medallas: duelos (combatió al menos en dos en 1919, y en uno en 1920), accidentes de avión (en marzo de 1921 un avión que él mismo pilotaba cayó en picado y se estrelló; salió con sólo unos rasguños en la cara y una rodilla torcida). Y explosivos. Poco antes de la Marcha sobre Roma, en octubre de 1922, una bala le rozó un oído cuando un squadrista eufórico disparó su pistola al aire. La revista Time informaba que en el tiempo que fue editor de un periódico en Milán, Mussolini solía tener varias bombas y granadas de mano en su escritorio, “por si sus enemigos le atacaban”. Una vez, mientras escribía un editorial, “se prendió una mecha de una de esas bombas al dejar accidentalmente su cigarrillo sobre ella. Un ayudante gritó al percatarse de que la mecha estaba ardiendo lentamente. Levantando la vista, Mussolini el Editor la apagó con sus dedos y siguió escribiendo el editorial”. “Me gusta vivir peligrosamente”, le gustaba decir a Mussolini.

     

     

    Violet se aproxima a Campidoglio. Quizá la gran multitud reunida allí la condujo al lugar. Éste no es el itinerario de hoy, no es el escenario que ha escogido para su fatal encuentro con Mussolini. En el bolsillo izquierdo lleva un trocito de papel, la esquina de la solapa de un sobre, en el que ha escrito «Palazzo del Littorio», la dirección de la sede del Partido Fascista, en donde, de acuerdo a lo que ha leído en un periódico, aparecerá Il Duce esa tarde. En Campidoglio, se aproxima a un hombre alto y barbudo y le pregunta si está presente el rey. No, el rey no, Mussolini. Se abre paso entre la multitud y se coloca al lado de una de las farolas justo fuera del Palazzo dei Conservatori. Hay dos policías uniformados cerca. Justo delante de ella están los mariscales de librea del capitolio enfundados en rígidos abrigos de brocado de seda y sombreros bicornio emplumados. Hay agentes secretos de paisano por doquier. Ella parece vieja, triste y desaliñada, con gafas precarias; se queda en la sección dorada de este tableau vivant fascista y nadie repara en ella.

     

    Aquí está él, Mussolini ha salido del edificio y se dirige hacia la estatua de Marcus Aurelius, donde le espera su Lancia con el motor al ralentí. Son las 10.58 de la mañana. Frente a él está el gobernador de Roma, y a su lado los doctores Bastianelli y Alessandri. Detrás, Quinto Navara y otro personal, guiados por el secretario de Asuntos Exteriores, Dino Grandi. Una fotografía tomada a empujones muestra a Mussolini avanzando con seguridad a grandes zancadas, con el pecho inflado como un gallito. La multitud oscila hacia delante para verle más de cerca. La extraña rezagada aparece un instante por detrás de las líneas de la policía y la hacen retroceder hacia dentro. “Viva Il Duce” es el grito, lo que Il Duce agradece con un saludo. Se detiene a menos de un palmo de Violet. Un grupo de estudiantes canta a coro un estribillo del himno fascista, Giovinezza.

     

     

    Los poetas y los artesanos,

    Los patrones y los campesinos,

    Con el orgullo de ser Italianos,

    Juran fidelidad a Mussolini,

    No hay barrio pobre

    Que no envíe a sus hombres,

    Que no despliegue las banderas

    Del fascismo redentor

     

    Mussolini mueve ligeramente la cabeza para saludar a los estudiantes. Según el relato de un testigo, el sonido de la pistola cuando disparó fue como el de un palo atizando a una piedra. Mussolini retira el brazo de saludo. Se aferra la cara con la mano. La sangre mana entre sus dedos. Se tambalea hacia atrás, un paso, dos. Pero todavía está de pie. Levanta la vista, estupefacto, y sus ojos se clavan en Violet, quien también está estupefacta, justo cuando aprieta el gatillo otra vez.

     

    Clic.

     

    Disparo fallido. El percutor de la pistola golpea, pero no ocurre nada. La bala se ha encasquillado en la recámara. Transcurren varios segundos, en los que todo el mundo está quieto de forma poco natural, manteniendo su posición como en el juego de los pies quietos. Silencio sin el ruido sordo amplificado de los latidos del corazón.

     

    Entonces el alboroto. Mussolini, cuando se da cuenta de que no está muerto, pide más compostura que cualquier otro en el lugar de los hechos. “No es nada, que todo el mundo permanezca tranquilo”, ordena, y todo el mundo se deja llevar por el pánico. Deja de lado al célebre médico el Dr. Bastianelli, que estaba detrás de él cuando se disparó la pistola y que ya saca un pañuelo del bolsillo y está intentando presionarlo contra la cara sangrante de Mussolini. Más gritos desde la multitud. “No tengáis miedo”, ordena Mussolini. “Aquí estoy. Esto es una bagatela”. Tiene razón: la primera bala de Violet ha cortado ligeramente el puente de su nariz, llevándose una pequeña muesca de carne. Pero es tal la pérdida de sangre que finalmente Mussolini cede a la sugerencia de Bastianelli para que vuelvan dentro del edificio a fin de contener la hemorragia y tratar la herida.

     

    Mientras se llevan a Mussolini precipitadamente, la multitud ataca a Violet con violencia, y “como llamas de fuego” se alza de golpe con “una rabia frenética”, según un informe emocionado. Una mujer que hay detrás de Violet la pega, golpeándola en la cabeza con un bolso de mano y tirándole de los pelos. Más tarde se jacta de haber sido la primera en asestar un golpe. La paliza que le proporciona tiene el vigor añadido de la afrenta personal, porque, como ella cuenta, Violet la había apartado a codazos de su sitio original e impedido la visión. De los dos policías que están cerca de Violet, uno consigue tirar de un golpe la pistola de su mano, mientras el otro le da de lleno un puñetazo en la cara. Este golpe tira a Violet hacia atrás y se golpea contra el suelo, tras lo cual la muchedumbre salta sobre ella, golpeándola y rasgando sus vestiduras.

     

    El comisario Ermanno de Bernardini intenta controlar a la multitud. Grita: “¡Déjenla!, ¡déjennos hacer nuestro trabajo!”. “¡Es nuestra!”, alguien replica. En la consiguiente refriega, el brigadier Lucarini, un agente uniformado, sufre tantos cortes y moratones que es atendido en el hospital. Esto es ya una enorme reyerta. Declaraciones de testigos e informes de la policía revelan el gran número de agentes presentes, los diferentes departamentos involucrados en supervisar el acontecimiento, y en última instancia, la inutilidad de todos ellos. Ella no hace nada, no suplica misericordia ni se protege de los golpes. Se le ha soltado el lazo del pelo, aumentando así su aspecto desaliñado. Han pisoteado sus gafas, le han arrancado los medallones de santos –sus santos protectores– que llevaba en el cuello. Con mucha dificultad, la policía la saca a rastras fuera de escena antes de que la multitud pueda despedazarla.

     

    Mientras, Mussolini se encuentra en una pequeña despensa, echado hacia atrás en una silla con los pies en el aire y la cabeza colgando del borde (de manera que quede por debajo del corazón), y en cuya posición tiene una vista invertida del caos que se está formando a su alrededor. Si está en peligro es por la aglomeración de cientos de eminentes cirujanos, todos ellos determinados a salvar su vida. “[Ellos] casi me matan”, le cuenta más tarde a Rachele, su mujer. “Esos científicos ilustres, con el pretexto de ayudarme, se lanzaron sobre mí y casi me ahogan. Confieso que en ese instante sentí miedo. Me defendí con energía pero con dificultad”. Fuera, la multitud se pone nerviosa, rompen algunas ventanas. Quince minutos después, Il Duce reaparece con un esparadrapo grande extendido por la nariz y las mejillas como si fuera una mariposa fortuita. De nuevo se dirige hacia la multitud y pide calma, pero la gente se apretuja hacia delante, tirando las barreras y avanzando a su alrededor. Con dificultad, le conducen hacia el coche, le meten a empujones, y le llevan a su apartamento en donde finalmente se deja caer conmocionado. Su amante, Margherita, quien desconoce lo que acaba de pasar, está allí para recibirle.

     

    A Violet la han llevado al patio del Museo dei Conservatori, que contiene los fragmentos –cabeza, mano, pie– de la colosal estatua de Constantino el Grande, el emperador que creyó que el futuro de Roma estaba en el cristianismo. El dedo gordo del pie es más grande que la muñeca de un hombre. Frente a las titánicas proporciones de estos restos de mármol, la diminuta Violet es como Alicia en el País de las Maravillas. Está muy confusa. Cerca, el sonido de cristales destrozados al romperse una ventana. Alguien manda a buscar brandy para calmar sus nervios. “Bébeme”. Lo hace. Balbucea su nombre y dos direcciones en Roma, después rehúsa seguir hablando.

     

    Como una hora después, cuando han despejado y cerrado la plaza como el lugar del crimen, la llevan en un coche de policía una corta distancia hasta la prisión de Mantellate, un vasto complejo en la orilla oeste del Tíber. La obligan a sentarse en la parte trasera del coche, sin esposas, entre los comisarios de policía Epifanio Pennetta y De Bernardini, ambos de la policía política.

     

    Permanece en silencio. En prisión, la reciben las monjas que llevan la sección de mujeres. La fotografían –dos fotos de la cara, una de perfil y otra de frente– junto a un número de identificación penal, 14967. Tiene las mejillas coloradas, signo de la incipiente hinchazón a causa de los golpes recibidos. Tiene arañazos y cortes en la cara, como si acabara de correr atropelladamente por un bosque de zarzas. El cuello blanco almidonado está roto. La línea que forman la boca y los labios es fina y horizontal, encuadrada por sendas arrugas que bajan por sus mejillas. Lo que en su día fue una fina estructura facial –los pómulos altos, la bien definida mandíbula– se hundió a partir de la extracción, unos años antes, de la mayoría de los dientes superiores. Los ojos envueltos en una especie de niebla, la mirada de una terrible resignación y a la vez dolorosamente directa. Mira como si lo hiciera por un ojo de buey, detrás del cual se extiende el vasto desierto del mundo.

     

    Le toman las huellas, con los dedos de la mano izquierda sujetos bajo la mano guiadora de un policía, cada uno de ellos se impregna con tinta –un proceso cuidadoso, como rular gnocchis en harina–. La entregan a las monjas carceleras, quienes la desnudan y registran y le confiscan el liguero y las horquillas del pelo. El registro de sus ropas revela el trocito de papel en el que había escrito “Palazzo del Littorio”. No hay nada más. Ni bolso, ni dinero, ni documentos de identidad, ni efectos personales. La lavan y la llevan a la enfermería para tratar las hinchazones de la cara y del cuerpo.

     

    Muy poquito después y aún en la enfermería, Violet conoce a los hombres que determinarán lo que pasará con ella, el jefe de policía, el fiscal de la corona, el comisario jefe Pennetta, y dos jueces de instrucción. Hay un intérprete, puesto que aún ninguno sabe si habla italiano. Responde a sus preguntas de manera vacilante, en inglés con un ligero acento irlandés, proporcionando algunos detalles personales y confirmando que lleva en Roma algún tiempo. Les cuenta que intentó cometer suicidio el año anterior, que no volvió a Inglaterra por temor a que su familia la confinara en un manicomio. Le enseñan la pistola Lebel pero dice que no sabe lo que ha sucedido; que nunca antes había visto a Mussolini. Las preguntas se acaloran. “No sé nada, no recuerdo nada”. Entonces, con una mirada de sorpresa: “¿Mussolini? ¿Están seguros de que era yo?”.

     

    ¿Están seguros de que era yo? La honorable Violet Gibson intentó asesinar a Mussolini el miércoles 7 de abril de 1926. No hay duda de ello. Los hechos, hasta el mínimo detalle, se pueden recuperar de los informes: de los archivos policiales, los relatos de testigos, las notas médicas, los despachos diplomáticos, la correspondencia privada, artículos de periódicos. El periodismo de la década de 1920 era sorprendentemente grandilocuente: sensacionalista e hiperbólico, en ocasiones rayaba en la histeria. Abundan los errores tipográficos. Pero en general el contenido objetivo es fiable y está corroborado por otras evidencias externas.

     

    En el expediente consta que Violet Gibson hizo historia. Fue la única mujer que intentó eliminar al dictador italiano, y de los muchos aspirantes a asesinos, la única que le hirió. Los sucesos de Campidoglio probaron ser un punto decisivo en la forma en que el fascismo –el primer régimen del siglo XX en definirse como “totalitario”– se conformó a sí mismo. Con pocas excepciones, la opinión mundial se unió para denunciar a Gibson y apoyar a Il Duce en su audaz empresa. Las intrincadas negociaciones entre Gran Bretaña e Italia para resolver la crisis desatada por el asunto fortalecieron una alianza diplomática que concedió certificados de mérito inestimables a un dictador tan ridículo como peligroso. En la más cruel de las paradojas, cuando Gibson hizo sangrar a Mussolini, puso en movimiento una cadena de sucesos que en última instancia le fortalecerían.

     

    Con todo esto, la historia no ha hecho mucho por Violet Gibson. En las miles de estanterías de tomos sobre el fascismo y Mussolini, ella apenas merece una mención. Si aparece, es simplemente para tratarla (o denigrarla) como una “irlandesa demente” (Denis Mack Smith), una “mística medio loca” (Max Gallo), una “solterona irlandesa chalada” (Adrian Littleton). Los historiadores y biógrafos que excavan el yacimiento de sus disciplinas con la minuciosidad de un forense, que examinan durante años los cepillos de dientes y pinzas ahí encontrados, han extraído el fragmento de la historia de Violet Gibson, sólo para quitárselo de encima como un pedazo de detritus accidental e inútil que no pertenece a su zanja. Vuelven entonces a la tarea de cribar una mezcla de materiales designados como significativos, para entresacar una interpretación y desenterrar un argumento digno de las grandes demandas de la historia.

     

    ¿Están seguros de que era yo? Parece poco probable. Violet Gibson vivió su juventud en el epicentro del establishment victoriano –aristocrática, vestidos con honores y solapas de seda y flecos de perlas–. ¿Cómo se convirtió en la mujer desaliñada que disparó a Mussolini? Por un momento, en medio de una mañana fascista corriente de 1926, Violet Gibson es dramáticamente el centro de atención, más real que la realidad, hiperreal. Antes de eso, y en algún momento a partir de entonces, se la ve con menos claridad, como perdiéndose en la niebla, la tenue envoltura de las circunstancias. La mujer que disparó a Mussolini es esquiva no solo porque la historia la ha olvidado, sino porque hizo de su carácter esquivo el objeto de su vida. Intensamente privado, su secreto cuidadosamente alimentado era una estrategia para vivir, una forma de pasar inadvertida en un mundo cuyo pleno resplandor era demasiado fuerte para ella. Tanto éxito tuvo en ello que nadie la vio cuando estaba a un palmo de distancia de Mussolini y apuntándole a la cara con una pistola.

     

    En un pasaje clave de Mrs. Dalloway, Clarissa, la protagonista de Virginia Woolf, medita sobre la mujer que puede ver moviéndose en la casa de enfrente, sobre la que no sabe nada. Clarissa descarta una explicación metafísica profunda –“el amor y la religión”– y prefiere verla “en medio de las cosas ordinarias”, en la vida misma, un enigma. “El misterio supremo… era simplemente éste: aquí hay una habitación: allí otra” –lo que da una idea del insignificante conocimiento que tenemos de la vida de los demás–. Vemos, pero vemos a través de una distancia infranqueable, otro ser humano, pasando de una a otra habitación. Violet Gibson; cuán poco sabemos. La vemos en una “habitación”, un estado –apuntando con una pistola a Benito Mussolini–. La vemos en otra “habitación”, otro estado –una debutante delgada, sonriente, radiante–. El misterio es como esta mujer, tan vívida para nosotros en cada estado, en cada estado contradictorio, hace realidad el corto y enigmático viaje –una vida y un momento– desde la habitación iluminada hasta las sombras de la siguiente.

     

     

     

    Fragmento del libro La mujer que disparó a Mussolini que acaba de publicar la editorial Capitán Swing Libros con traducción a cargo de José Manuel Méndez.

     

     

     

    Frances Stonor Saunders (Reino Unido, 1966), periodista e historiadora, colaboradora habitual en medios como The Guardian, New Statesman o Areté, es especialmente conocida por su trabajo en documentales para la BBC. Su primer libro de ensayo, La CIA y la guerra fría cultural (publicado en España por Debate), fue desarrollado a partir de su anterior trabajo documental Hidden Hands: una Historia Diferente del Modernismo (Channel 4, 1995). Muchas de sus obras reflejan su formación académica como medievalista. Su segundo libro, El broker del diablo, narra la vida y carrera de John Hawkwood, un condottiero del siglo XIV de origen inglés que hizo una notable carrera en la política de poder del papado. En 2005, tras algunos años como editora de arte y editora asociada de New Statesman, renunció a su cargo en protesta por el despido de Peter Wilby, el entonces editor

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