Natali. Tirar con quien llama de un silbido. Cobrar por eso. Y exponerse a la violencia

Texto: Luis Paucar / Fotos. Mara Rengiffo - 12-11-2015

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Un día después de enterrar a su madre, Héctor se rasuró la cara, los brazos, las piernas, sacó los vestidos y el maquillaje que había comprado en secreto, cortó sus camisas y pantalones mientras lloraba de furia frente a un espejo. Dice que ninguna fotografía de antes lo mostraba con remeras ajustadas ni faldas, ni con el pelo crespo cayendo en cascada. Porque la respetaba, porque siempre fue, para ella, su pequeño Héctor. Pero una vez muerta a nadie más le importaría tanto. Así que empezó a llamarse Natali, como Natalie Lamour, esa chica de novela que admiraba tanto, tanto.

 

Natali Saavedra Maldonado tenía entonces dieciséis años. Había dejado tercero de secundaria para trabajar como mesera en un bar de Sechura, una ciudad pesquera del norte del Perú, y el pasado enero había regresado a casa, dispuesta a estudiar, pero como el hogar seguía roto por la miseria –Jorge, el padre, siempre estuvo ausente–, eligió agolparse a la calle. Tirar con quien la llamara de un silbido. Cobrar por eso.

 

Natali no jodía a nadie. Con ese dinero pagaba la luz, compraba las cosas para el almuerzo, alguna medicina cuando se enfermaba de gripe. Nadie en casa lo sabía. El cuatro de abril de 2014, un viernes por la noche, fue hasta el cuarto de Ángel, su hermano, para decirle que saldría. “Duerme tranquilo –le susurró–, voy al cumpleaños de una amiga”, después lo abrazó. Entre bostezos, el menor de la familia le pidió que pusiera cerrojo a la puerta, que no se hiciera tarde porque el barrio es peligroso. Como Natali había olvidado la cartera –y en la cartera estaban los preservativos– fue hasta su cuarto en puntas de pie para no interrumpir a Ángel.  

 

Abril, a sus espaldas, empezaba a ser el mes tan cruel.

 

 

*     *     *

 

La casa es de triplay y se levanta en una calle polvorienta llamada Los Robles, en el asentamiento La Península, a veinte minutos de Piura, una ciudad del norte peruano. En la sala hay una vitrina donde saltan a la vista cosméticos, perfumes, accesorios baratos. En las paredes hay calendarios de mujeres en bikini, de santos –San Francisco de Asís, el Señor de los Milagros–, de una virgen y, sobre el marco de la puerta que da a un pasillo, un cuadro de Francisca, su madre, una mujer de arrugas profundas y sonrisa breve. “No vas a morir mientras estés en nuestro recuerdo”, se lee.

 

Debajo hay un florero con flores secas.

 

Debajo, el televisor.

 

Frente al televisor está Natali.

 

“Mi mami –dice– se murió hace tres años sin saber lo de mi cambio. Tomó un purgante y se deshidrató. Cuando la fuimos a ver ya estaba toda blanca, blanca. Deshidratada. La llevamos al hospital, pero no se pudo hacer nada. Ahí murió”.

 

Natali tiene la voz cacofónica, llena de graves y frases que se alargan hasta que las corta un puntazo de angustia. Es el mediodía de un jueves de sol. El ladrido de unos perros llega hasta la sala. De vez en cuando ella mira la muleta que utiliza desde hace más de un año, el cuadro de su madre, las noticias en la televisión. Tiene la pierna cubierta por vendas y, debajo de las vendas, entre la tibia y el peroné hay insertos cuatro clavos. Son producto de ese accidente.

 

—Mi papá, Jorge, trabaja en Sullana. Vive allá. Al principio como que le daba asco, pero ahora viene, me ve y como que se hace el loco. Ya me aceptan, como ves.

 

Natali vive con sus hermanos. Jaime, Alex, Luz María, Abel, Lucy y Ángel.

 

Ahora Lucy entra y sale de ver las ollas de la cocina, atiende a sus hijos, trapea el piso. A su paso va dejando destellos de cloro.

 

—Te entienden.

—Algo así. A veces creo que las cosas pasan porque tienen que pasar, que uno tiene escrita la vida. Tal vez ese día el Ángel presentía que me iba a pasar algo y por eso me abrazó tan fuerte, como si me quisiera mucho ¿ves?

 

 

*     *     *

 

Un mes antes de que su caso sea calificado como emblemático para la lucha de derechos de la comunidad LGBTI (Lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero) de Perú, una madrugada de marzo de 2014, el suboficial Víctor La Torre Requena llegó, en su auto amarillo, hasta la avenida donde Natali se prostituía y la llamó con un silbido. Ella se acercó. La Torre Requena le dijo que quería tirar con ella y, luego de intercambiar cigarrillos fueron a un hotel de la avenida Loreto, una hilera de restaurantes y edificios desaliñados donde se prostituye la mayoría de travestis de la ciudad. Natali dice que tardaron una hora.

 

—Cuando acabamos me llevó a la avenida otra vez, estacionó su carro y le dije: ya págame, y él me dijo no, no te voy a pagar. Estaba tomado –contará más adelante–. Se puso en ese plan y le cogí el celular.

 

La Torre Requena debía pagarle ochenta soles [unos 23 euros].

 

—Pero se le puso malcriado –contará Joselyn, una de sus amigas que presenció la discusión esa noche–. Le decía: tú no eres siliconeada, no tienes buen cuerpo. Luego la amenazó: vas a ver lo que te va a pasar hija de puta, vas a quedar coja, no sabes con quién te has metido.

 

Otra versión de la historia dice que Natali tomó el celular porque se había enterado que Víctor La Torre Requena era policía y sus amigas lo habían grabado cobrando cupos. Esto, sin embargo, ha sido descartado por ella misma. La noche del 4 de abril de 2014, 32 días después de haberlo conocido –y en complicidad de un hombre que hasta el momento es una incógnita–, Natali fue secuestrada y torturada por La Torre Requena. Para liberarla, luego de las balas y cuchilladas que recibió, el suboficial exigió dos mil soles y la devolución de su celular.

 

—Llegó con pistola, cuchillo, sogas, colchas, trapos para taparme la boca. Intenté escapar, pero me dispararon y me acuchillaron y, así herida, me llevaron hasta una represa –dijo Natali a los medios desde una cama de hospital, siempre cubriéndose el rostro.

—Me decía que me iba a enviar sus dedos cortados –contó Lucy, su hermana, a Perú 21. Lucy asentó la denuncia en la comisaría de San Martín.

 

Horas después, la policía encontró a Natali en un descampado, cerca de la represa donde, según dijo, La Torre Requena la había intentado ahogar. Tenía perforaciones de bala en los brazos, las piernas, y cortes en la cabeza, en el abdomen, en los muslos. La sangre salía a borbotones, de modo que fue trasladada de emergencia al Hospital Regional y luego derivada al Hospital Santa Rosa, donde permaneció durante quince días. Víctor La Torre Requena fue detenido y, cuatro días después, la juez Daiana Serván Sócola, del Segundo Juzgado de Investigación Preparatoria de Piura, ordenó nueve meses de prisión preventiva para investigarlo por el delito de secuestro agravado (lesiones graves).

 

La noticia, como suele suceder en estos casos, según Brenda Álvarez, abogada del Centro de Promoción y Defensa de los Derechos Sexuales y Reproductivos (Promsex), desapareció de los medios. El proceso legal continuó en silencio. Y Lucy, su hermana, le alquiló un cuarto barato en Castilla, un distrito de Piura, para que no tuviera temor a ser encontrada. Natali también cambió el número de celular, desapareció de Facebook. No quería comer y rechazaba la medicina. Estaba deprimida. Cada vez que sus amigos iban a visitarla ella se cubría el cuerpo con una sábana. No quería que la vieran así, dice. No quería.

 

—Un día –dice Natali– vinieron a verme unos amigos que hacían tatuajes y me dijeron: por qué tienes eso, y yo les conté todo. Les dije que son las cicatrices de las balas. Y ellos me dijeron que sabían hacer tatuajes. Yo les dije: háganme uno, por favor.

 

Desde entonces tiene sus cicatrices cubiertas con estrellas y mariposas.

 

—Se me ven poco. Antes eran horribles, horribles. ¿Quieres ver cómo quedé?

—Bueno.

—LUCCYYY, TRÁEME LOS PAPELES, POR FAAAA.

 

Lucy, entonces, deja de trapear, cruza una cortina y se pierde tras un pasillo. Al rato llega con una mica llena de papeles. Son exámenes de VIH de Natali –negativo–, recetas médicas, boletas, más recetas, más diagnósticos. Y fotos. Natali las mira, hace un gesto de asco y dice que las tomaron los policías cuando la encontraron.

 

—Yo no iba a denunciar, te juro, pero ellos me dijeron que denuncie.

 

Ahí se le ve en la tolva de una camioneta, llena de sangre, con pollera marrón, minifalda jean y botas acolchadas. Ahí se ven, además, los casquillos de las balas y los mensajes que Víctor La Torre Requena le envió a Lucy pidiéndole dos mil soles para que la dejara viva.

 

“Llámame, me van a matar, devuelve el huaco”, escribió el policía desde el celular de Natali, haciéndose pasar por ella. “¿Qué pasó?”, le escribió Lucy.

 

La Torre Requena le explicó lo del celular. “Dime dónde está mi hermano, yo te lo voy a devolver mañana”, dijo Lucy. “Aquí estoy en la comisaría –mintió La Torre Requena–, apura, sino se muere tu hermano”. “Te estoy llevando los 1.500 y tu memoria. Ya voy para allá”, escribió Lucy. Recuerda que le temblaban las manos y lloraba. “Apúrate sino se muere tu hermana. Ahorita las dos lucas [los dos mil soles] sino se muere tu hermana”, respondió el suboficial desde otro número. Lucy envió este último mensaje: “Apúrate, ahí (en la comisaría) te lo entrego”.

 

Nunca se cumplió el trato.

 

—Nunca me llevó a la comisaría como le dijo a la Lucy. Ella dejó la plata en la comisaría y fue a buscarme a la avenida. Tenía miedo. A mí ya me habían llevado a un descampado. Le decía: por favor, ya no ya no, pero él seguía.

 

Entonces, dice, empezó a ver todo de color rojo.

 

 

*     *     *

 

Un crimen de odio involucra, además de amenazas y hostigamiento, el daño físico motivado por prejuicios contra la raza, color, religión, etnia y orientación sexual contra las comunidades históricamente discriminadas. Según Brenda Álvarez, abogada de Promsex, el último caso no solo implica homofobia, sino además violación de los derechos fundamentales de acuerdo con la Constitución. En Latinoamérica, el término se introdujo, sin virtud jurídica, a partir de la década de los noventa. “El argumento de quienes los perpetran es también el de limpiar la sociedad de algo que consideran nocivo”, señala Gio Infante, director ejecutivo del Movimiento Homosexual de Lima (MHOL).

 

De acuerdo con este movimiento, unas setenta personas de la comunidad LGBTI son asesinadas al año en el Perú, un país donde los congresistas continúan debatiendo un proyecto del Nuevo Código Penal que proponga incluir la orientación sexual y la identidad de género como motivos expresos para generar la comisión de los delitos de discriminación e incitación a ella. Cada 32 horas se informa del asesinato o tortura de un LGBTI en el mundo. De toda la comunidad, gais, transexuales y travestis son los más vulnerables.

 

Según el Observatorio de Personas Trans (TMM, por sus siglas en inglés), solo en 2014 fueron asesinados al menos 226 transexuales en el mundo, la mayoría en Brasil (113 casos), México (31), Honduras (12), Venezuela (10) y Estados Unidos (10). Un estudio del Trans Violence Tracking Portal agrega 77 casos de violencia física, seis suicidios, cuatro muertes por inyecciones de silicona y tres desapariciones. Este mismo estudio sostiene además que en seis años, de enero de 2008 a octubre de 2014, suman 1.612 asesinatos a transexuales en 62 países.

 

En enero de ese mismo año, en un arenal de El Porvenir, el distrito más peligroso de Trujillo, una ciudad del norte peruano, unos vecinos encontraron el cuerpo de Mónica cubierto con cartones y una frazada. Mónica era travesti. Tenía veinticuatro años. La habían liquidado a pedradas a pocos metros de su casa. En febrero, Javier Noile Taba –Isis–, un travesti de diecinueve años, murió tras ser baleado a quemarropa en el parque Los Álamos, en el distrito limeño de San Juan de Miraflores. Se presume que su agresor fue, también, un policía a quien la víctima habría acusado de robo. En abril, un travesti de diecisiete años fue asesinado por su pareja, Julio Huamán Cañari, a pocos metros de la municipalidad del Rímac, en Lima. Ambos convivían desde hacía dos meses.

 

En julio, Ulises Humberto Rosales –Romina–, un travesti de 24 años, fue asesinado en la calle 23 de Las Tres Torres, una avenida frecuentada por travestis y prostitutas de San Salvador. Desde un vehículo, la víctima recibió al menos doce impactos de bala. En setiembre, un travesti de cincuenta años identificado como Lizet fue asesinado en una bodega abandonada en Santa Catarina, México. José Álvarez Morales, el agresor, dijo haberla asfixiado solo porque no quiso darle 900 pesos para comprar droga.

 

Otras víctimas, como Natali, tienen un poco más de suerte. Y pueden contarlo.

 

 

*     *     *

 

—Pasa, pasa. Toma asiento.

 

Joselyn es travesti y amiga de Natali. Tiene dieciocho años, el pelo recogido en media cola, un vestido corto con estampado de flores, sandalias. Afuera el sol es un tajo violento.

 

—Natali tenía poco tiempo en la avenida –dice Joselyn, los brazos moviéndose como alas de una mariposa–. Casi no salía. Una maricona no la dejaba parar mucho porque no le daba los veinte soles del cupo. Solo iba cuando quería ir a discotecas, así. Él [La Torre Requena] nos levantaba a mí, a la Daniela, a la Natali. A las tres nos buscaba. Llegó una, dos veces, y después lo veíamos todos los fines de semana.

 

Víctor La Torre Requena, según ella, llegaba hacia las dos de la madrugada. Cuando lo veían, siempre en su carro amarillo, Natali, Daniela y Joselyn erguían los pechos, el culo hinchado con silicona. Luego él las silbaba, bajaba del auto, elegía y se iban a un hotel. Así hasta esa noche en que el suboficial se negó a pagarle y entonces Natali tomó el celular. Joselyn vio.

 

—Yo vi –dice–. Te vas a quedar coja, le decía, hija de puta, no sabes con quién te has metido. Y mira cómo son las cosas: al mes empezó a rondar esa mototaxi.

 

Un mes después, el día en que secuestraron y torturaron a Natali, un mototaxi pasó por la avenida. Primero a las nueve, luego a las doce, luego a la una de la mañana.

 

—Era sospechoso. Yo le dije a la Natali: “ese mototaxi está dando vuelta, pero no levanta a nadie. Solo mira, mira y se va. Ten cuidado vaya a ser por el celular”.

 

Cerca de las dos de la madrugada, el mototaxista se detuvo, llamó a Natali de un silbido, le dijo que quería tirar con ella y ella aceptó sin reparos. La Torre Requena subió dos cuadras más adelante, le cubrió la boca para ahogar sus gritos mientras la moto avanzaba, le amarró las manos y las piernas. Veinte minutos después llegaron a un descampado y entonces, ahí, empezó la lluvia de golpes y balas.

 

—Natali nunca se demoraba más de una hora –dice Joselyn. Habla tocándose el pelo, calmada–. La llamé para irnos juntas, pero su celular estaba apagado. A las cuatro de la madrugada llega su hermana preguntando qué había pasado. Nos dijo que la habían secuestrado. Todas estábamos reunidas.

 

Joselyn se enteró de los detalles por televisión, cuando los familiares de Natali denunciaron a Víctor La Torre Requena y cuando el caso llegó a los medios de la capital.

 

“Travesti es secuestrado y torturado por un policía”, tituló Perú 21.

 

“Suboficial secuestra, tortura y agarra a balazos a travesti”, tituló El Trome.

 

“Policía podría recibir cadena perpetua por torturar a travesti”, anunció Correo.

 

Ella tiene guardados estos recortes.

 

—Hace dos semanas le hicimos una parrillada para juntar plata para que le quiten los cuatro clavos que tiene en la pierna. Todas hemos apoyado.

 

Faltan pocos minutos para las tres y media de la tarde y el sol sigue violento. Joselyn

barre el sudor de su frente. Luego dice, con esa voz, con ese gesto grácil de siempre:

 

—Hay que tener fe. Aunque creo que la Natali ya no va a poder caminar.

 

 

*      *      *

 

No hay un registro oficial sobre los casos de violencia y discriminación por la orientación sexual y la identidad de género, ni una estadística exacta de cuántos crímenes de odio se han cometido. Lo dice Alberto Hidalgo, miembro del equipo de incidencia política de Promsex. De acuerdo con los informes que este centro elabora, año a año, junto con la Red Peruana TLGB, en 2005 se registraron catorce homicidios, doce en el período 2006-2007 y tres durante 2008.

 

A partir de 2009, tomando solo los casos que habían llegado a ser públicos –no había otra forma–, Promsex fue más específico: ese año se cometieron 19 homicidios, de los cuales trece fueron contra gais, cinco contra trans y uno contra una lesbiana. En 2010 hubo dieciocho homicidios: doce contra gais, cinco contra trans y uno contra una lesbiana. En 2011, catorce homicidios (diez contra gais y cuatro contra trans), además de diecisiete agresiones. En 2012 se registraron siete homicidios (cinco contra gais y dos contra trans) y doce agresiones. En 2013, diecisiete homicidios: seis contra gais, diez contra trans y uno contra una lesbiana. De acuerdo al último informe –de 2014 a lo que va de 2015–, hubo trece homicidios (seis contra gais, cinco contra trans, uno contra una lesbiana y un bisexual), además de trece agresiones, de las cuales tres fueron contra gais, cuatro contra trans (una de ellas fue Natali), y uno contra una lesbiana; además de los suicidios de tres gais y un trans.

 

La mayoría de estos casos –los que sí han llegado hasta una sala fiscal– continúa en proceso. (De acuerdo al estudio de Promsex, el término incluye a transexuales y travestis).

 

Hasta antes del ataque contra Natali, Víctor Saulo La Torre Requena trabajaba en el Escuadrón de Emergencia de la Policía Nacional. Tiene 28 años. Según Joselyn, a quien él habría solicitado servicios sexuales en al menos tres ocasiones, fumaba marihuana y tenía modales sados: las amarraba, dice, les jalaba el pelo, las cacheteaba mientras las penetraba con furia. El 8 de abril de 2014, la juez Daiana Serván Sócola, del Segundo Juzgado de Investigación Preparatoria de Piura, le impuso nueve meses de prisión preventiva para investigarlo por el delito de secuestro agravado. El entonces jefe de la Policía de Piura, Gustavo Hananel, también se pronunció: “De ninguna manera protegeremos al custodio”.

 

Afuera de la corte, los familiares y amigos de Natali pedían que la jueza le condenara a cadena perpetua.

 

En la sala, José Alvarado Rojas, su entonces abogado, tomaba apuntes.

 

La Torre Requena solo se mordía las uñas.

 

—La tipificación jurídica del Ministerio Público, al principio, fue secuestro agravado. Así lo decía. Yo me preguntaba: ¿se puede secuestrar a alguien que declaró haber brindado servicios sexuales?

 

En su despacho, Alvarado Rojas hace silencio. Luego se responde:

 

—No hay secuestro, pues. [Natali] fue voluntariamente a brindar un servicio sexual. Que se haya generado un tipo de problema durante el acto es otra cosa. Esa tipificación jurídica del Ministerio Público fue, considero, incorrecta.

 

Dentro de los elementos probatorios por los que la juez dictó prisión preventiva para La Torre Requena se encontraban las actas de intervención, la declaración de Natali, su certificado médico legal –ella presentaba lesiones que requerían hasta 75 días de incapacidad–, la pericia realizada a los casquillos de bala –encontrados en el lugar de los hechos– y las fotografías de los mensajes que Lucy recibió aquella noche.

 

—Efectivamente, [Natali] había sido sujeta de agresiones, pero que la privaron de su libertad es algo que no se ajusta a la realidad –agrega Alvarado Rojas–. Cuando alguien decide dedicarse a la prostitución no sabe a quiénes o a qué circunstancias se va a exponer.

 

En julio de 2014, el coronel José Alcalá Sotomayor, jefe de la Inspectoría Regional de la Policía Nacional en Piura, confirmaría que La Torre Requena había pasado a retiro. Hasta entonces, la pena que recibiría era aleatoria: el secuestro está tipificado como delito en el último párrafo del artículo 152 del Código Penal, para el cual se establece, si el agraviado sufre lesiones graves o muerte, la pena máxima (cadena perpetua). La Torre Requena, sin embargo, ha recibido apenas ocho años de prisión efectiva en el penal Río Seco, en Piura. Su exabogado lo considera apropiado.

 

—Para mí, la defensa de Natali actuó mal desde el principio. Había lesiones, sí, lo repito, pero no secuestro agravado. Que el Ministerio Público tipificara así el delito en este caso emblemático me parece una negligencia. Pero bueno, ya no lo veo. No sé cómo continuó ni más detalles, tampoco cómo está mi expatrocinado.

 

En busca de una respuesta, un lunes de agosto por la tarde llamo a Violeta, la madre de La Torre Requena. Al otro lado de la línea ella amenaza, dice que no dirá nada –que está en un hospital, internada– y cuelga. Su celular volverá a sonar a las cinco y media, a las cinco y cuarenta y cinco, a las seis. Nadie responderá en su casa de la urbanización Las Mercedes donde, según la ficha del Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (Reniec), vivió hasta hace poco.

 

 

*     *     *

 

Una mujer. Una mujer de cabellera blanca y sonrisa otoñal que mira hacia lo que puede ser un prado verde azul. Una mujer de blusa cruda, de vestido crudo, de medias pantis y alpargatas, lista, lista para la misa. Una mujer encorvada por la vida dura, las manos tajadas por el cloro, la mirada triste como hecha de cera. Una mujer. Una mujer que se apaga al filo de la noche mientras baila, delicada, un bolero de José Feliciano. Así se ve a Francisca, la madre de Natali, en unas fotos. Francisca murió el 5 de septiembre de 2011. Cada 9 de marzo la familia celebra su cumpleaños con una misa. Natali compra un ramo de rosas, las coloca en el florero, después llora. Dice que la respetaba, que siempre fue para ella su pequeño Héctor. Al cementerio nunca va porque le da miedo. Nunca sale sola. Una vez avanzó hasta la esquina de su casa y el ladrido de unos perros la espantó.

 

Más de un año después de su accidente –como insiste en llamarlo–, mientras la comunidad LGBTI aún aguarda ser incluida en el Plan Nacional de Derechos Humanos, ella se pinta las uñas mientras ve la televisión. A veces escribe algunas frases que le vienen a la mente. Siempre le ha gustado escribir, dice. Algunos poemas los publica en Facebook. Los que plasma en papel están sobre la cómoda de su cuarto, un ambiente pequeño donde apenas llega la luz, la bulla de la calle. Alcanzo a ver algunos:

 

Mis ojos están ke se llenan de lágrimas sekas soy tierna de, cristal e perdido tantas veces y tengo un puño aki en el corazón y kiero ke lo abras y me tomes de la mano y uyamos de aki de esta ciudad ke nos mira con sus ojos lastimados por favor vámonos de aki

 

En otro papel dice:

 

Te amo aun cuando kieras matarme con la flecha de Qupido

 

¿A quiénes más seguirá matando la desidia? Ha pasado poco más de un mes desde la última entrevista a Natali. Es un martes por la noche cuando llamo. Dice que ya no quiere que la vaya a ver. Ya no quiere que escriba sobre ella.

 

—Hoy la madre [de La Torre Requena] me trajo pastillas –dice–. Está viendo lo de la reparación civil, pero a mí no me interesa mucho la reparación. Solo quiero caminar, eso. Volver como antes. Todas las noches le pido a la virgen.

—¿Y qué más le dices?

 

No hay pausa, ni silencio, ni un suspiro al otro lado de la línea. Solo su voz cacofónica, llena de graves y frases que se alargan hasta que las corta un puntazo de angustia.

 

—Que no se olvide de las que quedamos.

 

 

 

 

Luis Paucar es estudiante de periodismo. Ha trabajado en diario El Tiempo, de Perú, y además colabora con la revista dominical Semana y el portal Sin Etiquetas. En 2013 uno de sus reportajes fue premiado por la Red Turística Peruana y la Universidad Privada Antenor Orrego.

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Muy interesante la crónica y el tema de la homosexualidad, sobre el que uno no suele encontrar mucho en los círculos del periodismo narrativo.

 

Sin ánimo de desmeritar el trabajo del autor, ni mucho menos atacarlo, quisiera señalar que se imita mucho a Leila Guerriero en estilo. Aquella frase de "a sus espaldas... empezaba a ser el mes tan cruel" es copiada textualmente de una crónica de la autora argentina llamada "El caso Poblete. La fuerza del cariño". Ese tipo de detalles menores le quitan credibilidad al texto y ensombrecen la pluma de éste autor, porque la historia es bella y consistente, no necesita plagiar giros insustanciales ni recursos narrativos ajenos.

 

Saludos.

ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

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