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    Ningún hombre es una isla. Malvinas: ficción, trauma, guerra

    Jonathan Blitzer - 18-07-2013

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    Igual que dos calvos peleando por un peine, esta fue la célebre frase de Borges. En 1982 durante 74 días, Reino Unido y Argentina lucharon por un archipiélago inhóspito y escarpado del Atlántico Sur. La pugna sangrienta entre ambas naciones puso de manifiesto los siglos de discordia por el territorio en cuestión: las Islas, conocidas en el Reino Unido como las Falklands y en Argentina como las Malvinas.

     

    A pesar de que ningún país declaró formalmente la guerra, las constantes provocaciones  tuvieron como consecuencia una política arriesgada. Así ha sido desde que Argentina comenzó a reclamar su independencia en 1811 y con ello, a demandar su herencia postcolonial. En aquel momento, los británicos gobernaban el archipiélago por un acuerdo alcanzado con la corona española. Los españoles reivindicaban la soberanía, mientras que los ingleses se quedaron por guardar las apariencias, décadas después de que un capitán de la marina británica plantara allí la bandera de su país. Sin embargo. la independencia de Argentina puso en vilo el precario arreglo.

     

    Al principio, un variopinto  grupo de gauchos armados se enfrentó a los ingleses, pero no consiguieron echarlos. Los enfrentamientos dieron lugar a un siglo de hostilidades y altercados esporádicos. A lo largo del siglo XX, fervientes argentinos llevaron a cabo despegues y aterrizajes en las islas ocupadas por los británicos. El general Juan Domingo Perón, un oportunista que llevó a cabo su particular estilo anti-imperialista, juntó con un grupo de patriotas incondicionales, alentó las proezas de estos especialistas. Las Malvinas estaban situadas a 300 kilómetros de sus costas. ¿Por qué tenían que pertenecer a un imperio tan lejano como el británico?

     

    Sorprendentemente, la acritud no detuvo el comercio de armas entre ambos países. Durante los años 50, 60 y 70, Londres se convirtió en el cuarto mayor proveedor de armas a Buenos Aires. Las relaciones diplomáticas continuaron con altibajos hasta que en ambos países el fervor nacionalista se topó con la exigencia política.

     

    La Junta argentina invadió las islas el 2 de abril de 1982. A los británicos les pilló por sorpresa, pero reaccionaron rápidamente y contraatacaron en mayo. A pesar de algún revés inesperado, en junio expulsaron a las fuerzas militares argentinas. Como ironizó un periodista, los ingleses habían recorrido casi 13.000 kilómetros para defender un territorio del que la mayoría de los colegiales ingleses nunca había oído hablar. Los argentinos, con notablemente menos mar y tierra que recorrer, retomaron un archipiélago cuyos habitantes hablaban un español malo con acento inglés. Al final de las hostilidades, Margaret Thatcher, la primera ministra británica, tenía un célebre motivo para distraer a sus conciudadanos de la amarga medicina que suministraba en casa. Y la dictadura militar argentina, que para empezar había intentado evitar a toda costa su propio colapso al invadir las islas, eludió la vergüenza gracias al fervor del público. Sin lugar a dudas, igual que dos calvos. El número de víctimas mortales estuvo cerca del millar, argentinos en su gran mayoría. Dicha cantidad casi igualaba la propia población de las islas, que rondaba los 1.200 habitantes. Con todo, hubo más gente perjudicada que liberada. Los suicidios de veteranos argentinos, en las tres décadas transcurridas desde la guerra, han sobrepasado el número de caídos en el combate. El trauma es gigantesco para una guerra tan localizada y relativamente corta, tan menor aparentemente en relación con la matanza descomunal del siglo XX. Lo que los argentinos llamaban oficialmente guerra, el gobierno británico denominaba conflicto; los argentinos reclutaban un ejército mientras que los británicos organizaban un destacamento especial. Sean cuales fueren las apelaciones, se trató de una contienda sin un vencedor claro. Hoy en día la soberanía de las islas continua sin resolverse. Si acaso la lucha, más que disipar, ha acentuado la controversia. Alentada por su fácil victoria militar, a finales de los años ochenta, Thatcher intensificó su compromiso con las islas.  Su cambio de parecer al estilo de Churchill, como ella misma confesó, rompió con años de fría indiferencia hacia el anodino y costoso archipiélago. Mientras tanto, y salvo contadas excepciones, una sucesión de políticos argentinos han seguido hablando de las islas de modo nacionalista y beligerante.

     

    Al final, la victoria británica fue pírrica, como mucho. Las islas llegaron a ser, como escribió Borges en un poema, “demasiado famosas”. El angustiado adolescente protagonista de la novela de David Mitchell Verde cisne negro extrapola la idea de un punto muerto desde un conflicto inconcluso y morboso: “la guerra es una subasta donde gana quien pueda pagar más en daños y aun mantenerse en pie”. Sus palabras son un epitafio a medida de esa causa rancia y extraña. Pero en la actualidad, treinta años después de finalizar las violentas hostilidades, ¿cuál es el legado de la guerra en Argentina? ¿Cuán pertinaz es su agonía?

     

     

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    El novelista argentino Carlos Gamerro ha escrito una de las novelas más ambiciosas sobre la guerra. Las islas. Publicada inicialmente en castellano en 1998, ha sido traducida al inglés por Ian Barnett en colaboración con su bilingüe autor. El protagonista de la novela, Félix, veterano de la guerra de las Malvinas y pirata informático confundido por las drogas, se ve involucrado en el misterio de un asesinato. Sin embargo el crimen palidece en contraste con las elaboradas y a menudo hilarantes maquinaciones de un variopinto grupo de inadaptados, ejecutivos pedantes, ricachones maníacos, matones cocainómanos y obsesos sexuales. En resumen, se trata del Buenos Aires de los años noventa, los años del presidente Carlos Menem, tiempos de corrupción rampante, privatizaciones fulminantes y total impunidad.

     

    Al igual que en su época, a Las islas no le hubiera venido mal un poco más de orden, atiborrada como está de arengas y vituperios. A pesar de las circunstancias, el traductor Ian Barnett, se desenvuelve muy bien. Gamerro, obviamente consciente de las constantes peroratas de los personajes para justificarse a sí mismos, se resiste sin embargo a interrumpirlos. Fomentar la grandilocuencia es una proeza intrínsecamente porteña y en el centro de esta historia encontramos un personaje megalómano e histriónico al mismo tiempo. Tamerlán, promotor inmobiliario extraordinariamente rico, optimista incorregible y con un sórdido pasado a cuestas, trata de reunir los nombres de los testigos de un crimen que su problemático hijo ha cometido a plena luz del día. Para que Félix le ayude con su talento y pericia en el campo de la informática le ofrece una enorme cantidad de dinero.

     

    El conflicto de las Malvinas, latente tras más de una década, aparece vinculado con la enrevesada trama del asesinato.

     

    Félix lleva consigo restos de la guerra. Una herida de metralla dejó partes de un casco alojado en su cabeza, lo que le ocasiona debilitantes migrañas, además de activar siempre los detectores de metales. Se trata de un caso de sinécdoque crónica: “un cuerpo extraño en su cabeza… el casco de un soldado. Un recuerdo”. Cuando durante una conversación saca a relucir el tema de la guerra de modo poco convincente casi siempre es ignorado o ridiculizado. Los argentinos urbanos están deseosos de seguir con sus vidas de normalidad capitalista. A sus ojos, la guerra es como una plaga nacional, un recuerdo del fracaso. “No tengo tiempo para cuentos baratos”, brama Tamerlán a Felix. “Eso no era una guerra. En las guerras de verdad las fortunas se ganan y se pierden”. Félix se toma con calma el menosprecio, pero se retira del mundo civilizado. Es básicamente un solitario, aunque a veces se reúne con un viejo grupo de veteranos inadaptados. Todos se niegan a aceptar que han perdido la guerra y todos van hundiéndose sin remedio. Uno de ellos alardea sobre el plan de alquilar cinco botes en el parque Palermo e invadir la isla en mitad del lago, donde las parejas van a darse el lote. Otro se atrinchera tras un pasillo de artículos imperecederos en un supermercado local y grita órdenes de contraataque cuando ve el rostro de una mujer coreana. Al parecer su distorsionada memoria le llevó a confundir su cara con la de los gurkas, que formaron parte de las fuerzas expedicionarias británicas en 1982.

     

    Sin embargo su dolor más persistente es la obsesión con la “historia alternativa” y la que en el mundo de la novela acarrea más consecuencias. Respecto al inestimable trabajo de un amigo en un libro titulado Mil resultados diferentes de la guerra de las Malvinas, Félix señala: Nunca he encontrado nada parecido en la bibliografía inglesa sobre la guerra de las Malvinas. Parece como si los ganadores hubieran llegado a su destino creyendo que habían recorrido una línea recta hacia la victoria. Es a nosotros, a los perdedores, a los que siempre nos reconcome la inquietud para especular sobre las múltiples posibilidades de la historia. La observación de Félix tiene también otro significado: el esfuerzo fallido de la guerra puede que haya fracturado la codiciada línea recta hacia la victoria en multitud de hechos divergentes. Lo que pudo haber sido nunca fue. Pero todas esas líneas acumuladas deshechas por el fracaso todavía llevan años después, e ineluctablemente, de vuelta a un punto fijo. Los personajes, Félix incluido, re-escenifican y a su manera rememoran las Malvinas. Todas las líneas de visión apuntan en una única dirección. Se trata de una psicológica Línea Maginot. Mediante la repetición y la recreación, casi toda la primera mitad de Las islas insiste en el trauma de las Malvinas. Los veteranos están siempre reconstruyendo la guerra a imagen suya. Esto es literalmente cierto en el caso de uno de ellos que, en la soledad de su sótano, ha reconstruido un modelo a escala de los pueblos de la isla, hasta el punto de que  el pueblo real que pretende revivir ha dejado de importar. El irónico e ingenioso Félix se embarca en su propia versión del eterno retorno, aunque en su caso sea virtual. Necesita piratear los ordenadores de la Agencia Estatal de Inteligencia con la idea de conseguir documentos para Tamerlán. Para ello requiere la colaboración de su oficial superior, el coronel Verraco, que obtiene fácilmente con la promesa de que va a diseñar un videojuego para que Verraco pueda volver a pelear todas las batallas que ha perdido. Una proposición irresistible.

     

    En un divertido capitulo titulado ‘Las Malvinas atacan de nuevo’, Félix se inventa el juego a partir de plantillas de otras guerras (entre ellas la Tormenta del Desierto) y logra una amalgama variopinta. Se trata de que el juego culmine para Verraco con el desfile de la victoria que se completa con la felicitación del Papa a los soldados victoriosos. (Durante la guerra de las Malvinas el papa Juan Pablo II fue cauto respecto a la causa argentina y condenó la violencia por ambas partes). “Mejor que Verraco no se fije mucho, porque al no hallar Papa alguno en las plantillas de diseño, tuve que conformarme con el ayatolah”, dice Félix.

     

    La travesura de Gamerro en este caso no se sostiene, como él mismo reconoció en 2012 en un escrito posterior. Casi todo lo novedoso respecto al carnaval de realidad virtual se ha disipado y algunas de las digresiones teóricas parecen ligeramente anticuadas. Sin embargo la idea de una guerra virtual es una brillante estratagema. Si Gamerro hubiera elegido una recreación más cinemática de las escenas de batalla, como otros novelistas han hecho, las luchas habrían adquirido cierto aire surrealista. La película Iluminados por el fuego (2005), de Tristán Bauer, es uno de estos casos. Las desgarradoras imágenes del repliegue argentino –balas zumbando, explosiones por doquier, chorros de sangre y gritos ensordecedores- han sido filmadas con una cámara temblorosa que acrecienta enormemente el sentido de caos y total despropósito. Sin embargo cuando terminan los flash backs, el horror desaparece de repente, queda encerrado en el pasado como en un mal sueño. En comparación las escenas subsiguientes palidecen y resultan forzadas. Se compensa con una voz en off que lamenta la tragedia. Sin embargo ofrece un flaco servicio a la causa de las Malvinas. 

     

    El tratamiento virtual de Gamerro está mucho más lejos de la acción. Re-escribe la experiencia de la batalla, falsificándola de plano, una aproximación que acentúa una de las ideas fundamentales de la novela, la que se refiere a las artimañas o estratagemas de la memoria. Una de las pocas escenas de la novela en la que regresa al escenario de las Malvinas transcurre en un taxi que Félix toma de mala gana con otro veterano de guerra al volante. El voluble conductor se ha perdido por las calles de Buenos Aires nada más levantar la bandera y no para de hablar acerca de cómo la niebla le desorientaba, tanto a él como a sus compañeros soldados, sin saber nunca donde estaban. Cuanto más conduce, más habla, y cuanto más habla, más conduce sin rumbo fijo, hasta que el presente parece que desaparece por completo. Los recuerdos se superponen a la acción hasta que al final la usurpan y la reconducen. La bruma de las Malvinas es tan real como para que una década después encharque de niebla sobre las calles de Buenos Aires y nosotros, junto con Félix, nos sintamos desorientados.

     

     

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    La literatura argentina sobre la guerra se extiende a lo largo de las tres últimas décadas. Cuanto más lejos en el tiempo aparece una novela, más gráfica la pelea se presenta en la página. Como si se tratara de una conspiración, un ardid sobre la perspectiva, una situación de escorzo colectivo. Las islas, escrita casi dos décadas después del conflicto, recrea el combate a través de un entramado diáfano de memoria y virtualidad. La obra de Patricio Pron, todavía sin traducir al inglés, Una puta mierda (2007), escrita casi tres décadas después del cese de los combates, transcurre en el campo de batalla y casi nunca se aleja de esa localización. Las distintas escenas son una aglomeración deshilachada de piezas tragicómicas. A veces parece como si Pron hubiera trazado Catch-22 en el escenario abierto de Dogville, la película de Lars Von Trier, con ese sentido del espacio esquemático, casi gestual. A través de todo ello nos adentramos en una guerra cuyos protagonistas argentinos son reclutas jóvenes, provincianos en su mayoría. Confundidos por la Causa, incapaces de distinguir entre amigos y enemigos, y totalmente ridículos al tratar de imitar los gestos viriles aprendidos en las películas de Hollywood. Como el narrador afirma al inicio de la obra: “No sabíamos qué pensar porque la guerra era algo absolutamente nuevo para nosotros y no teníamos claro si era normal que una bomba colgara del cielo sin acabar de caer o si se trataba de una característica de esta guerra, aunque esto era obviamente una exageración porque la guerra había empezado como diez días antes y no podía decirse que algo fuera característico de ella”. La irreverencia de la novela emana de este tono de ingenuidad patética. Pron reconstruye la acción de manera irónica y para ello se sitúa al comienzo de la guerra, cuando las cosas eran absurdas y peligrosas al mismo tiempo. (Los británicos arribaron a las islas casi un mes después de que los argentinos las ocuparan, pero en cuanto llegaron la matanza fue instantánea).

     

     En 1982, Rodolfo Fogwill, escritor, sociólogo y a ratos publicista, publicó una cuidada y elegante novela corta titulada Los pichiciegos, que se tradujo al inglés en 2007 como Réquiem por las Malvinas. Fogwill la escribió mientras todavía se luchaba en las islas. Aunque el cuento es demasiado bueno como para no ser apócrifo, se rumorea que escribió la novela sobre la contienda de 74 días en casi las mismas horas (72, como en realidad ocurrió) sustentado por la cocaína en un auténtico maratón. Réquiem por las Malvinas triunfa mediante un concepto negativo (o invertido). Básicamente imagina el final de la guerra siguiendo a un grupo de soldados argentinos, que nada más aterrizar en las islas se convierten en desertores y se esconden en un búnker bajo tierra durante todo el conflicto. Cronológicamente esta novela se escribió en plena guerra y aún así Fogwill opta por describir su desenlace. Una decisión arriesgada, desde el punto de vista estético y político. Fogwill niega a los entusiastas de la guerra su ansiado triunfalismo, pero lo hace no con una prosa encendida, sino que se trata de una subversión que surge desde las propias filas de la deshonrada causa.

     

    Se define la guerra por lo que no es. Los capítulos tienden a  comenzar con negaciones (“Esto no puede ser”, piensa un soldado cuando llega). La oscuridad, como corresponde, es su tono más característico. En las primeras escenas unas voces incorpóreas mantienen una conversación en un profundo agujero conocido como La Madriguera, un lugar escondido e improvisado como refugio donde el brillo esporádico de un cigarrillo encendido ilumina momentáneamente un rostro cubierto por el barro. A estos  soldados se les llama comúnmente dillos, como en armadillos, por sus aficiones subterráneas. La guerra les ha llevado bajo tierra, pero parafraseando a uno de los personajes: “un dillo mira hacia adelante –cava, sufre y sobrevive”. Contrastan en esto con los miles de argentinos torturados y asesinados durante la guerra sucia del país que comenzó en 1976. Una manera habitual de morir entre los desaparecidos era drogarles tras una sesión de tortura y lanzarles desde un aeroplano al río de la Plata”. Si golpeas el agua desde 12.000 metros –comenta un dillo mientras el grupo discute los horrores de la dictadura desde La Madriguera- te conviertes en papilla que no flota y es arrastrada al fondo por la corriente”. Si los dillos sobreviven bajo tierra, a las víctimas del terror del Estado simplemente se les arroja bajo la superficie para no volver jamás. Los perpetradores de estas atrocidades en su mayoría eran prácticamente las mismas autoridades que emprendieron la aventura de las Malvinas. A su manera inconexa e intrascendente, los dillos lidian con las implicaciones de esta terrible ironía, tal vez el quid de la guerra en el lado argentino. “Dicen que somos 10.000 soldados en la isla”, afirma uno. A lo que el otro responde. “Dicen que Videla –Jorge Rafael Videla, el ex presidente argentino y general- mató a 15.000”. Se trata de una desigualdad trágica: 10.000 argentinos enviados para defender al país cuyo gobierno ha asesinado a 15.000 de los suyos. Tiene todos los visos de una manipulación masiva y sangrienta. Los militares vistiendo a los civiles de soldados, incluyéndolos en sus filas y obligándoles  a servir a una causa moribunda.

     

     

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    En 1976, el general Videla y su cohorte de militares alcanzaron el poder mediante un plan llamado Proceso de Reorganización Nacional. Se trató nada menos que de un asalto salvaje y sistemático a la sociedad argentina, camuflado mediante términos mesiánicos como la defensa de los valores cristianos. La campaña contra los subversivos –un pretexto sin límites- fue preventiva y sin remisión, las atrocidades inconmensurables y truculentas. Las descripciones de esa época diabólica conforman un retrato de la psicosis colectiva.

     

    El público arrastrándose, casi como sonámbulos a través del trauma de la guerra sucia. Como escribió V. S. Naipaul en mayo de 1977: “Buenos Aires está lleno de gente dolida y traumatizada, que ahora solo pueden pensar en huir, que consideran imposible tomar partido, que no encuentran Causa Argentina alguna y que pueden por fin reconocer la barbarie que les ha rodeado durante tanto tiempo”.

     

    En 1982 decenas de miles de personas habían desaparecido y los sótanos donde se aplicaba la tortura continuaban activos. A Videla le sucedió como presidente argentino Roberto Eduardo Viola y a este Leopoldo Galtieri. El espíritu no cambió, pero sí las circunstancias. La lucha interna entre los generales y la mala administración de la economía había debilitado la coraza indestructible de la dictadura. Finalmente fue la crisis económica la que amenazó con derrocar al régimen de una vez por todas. Tres días antes de la invasión de las Malvinas, miles de argentinos se manifestaron contra el gobierno por vez primera desde que se instaurara el régimen militar en 1976. Con la llegada de la guerra, como estaba previsto, se apagó la voz de la oposición. La incertidumbre se adueñó de la izquierda opuesta a la dictadura. Las Malvinas había sido siempre una causa anticolonialista e irrecusable, masivamente apoyada por la gente. Como escribe Jimmy Burns en La tierra que perdió a sus héroes, todos apoyaban la ocupación militar de las islas: sindicalistas, líderes políticos, obispos, el partido comunista y la guerrilla peronista. El escritor Ernesto Sabato, que catalogaría los horrores de la dictadura, lloró abiertamente en la radio española diciendo: “No es la dictadura la que lucha por las Malvinas, es todo el país”. La dictadura se había apropiado de una causa  profundamente arraigada en el pueblo argentino. Los observadores compararon con preocupación el surgimiento de apoyo con las exhibiciones patrióticas durante la Copa del Mundo de 1978, cuando los estragos de la vida bajo la dictadura fueron alegremente dejados de lado y todo el país se unió gracias a un gol de Maradona. De hecho un popular eslogan de ese año, “holandés el que no bote”, que se coreó masivamente en la final de la Copa del Mundo donde Argentina se enfrentó Holanda, se adaptó a la nueva causa: “inglés el que no bote”.

     

    Con la defensa a ultranza de la Causa de las Malvinas, de alguna manera se alcanzó la apoteosis del estado de terror. Los jóvenes soldados, las llamadas promociones del 62 y 63, popularmente conocidos como los chicos, de alrededor de veinte años, fueron carne de cañón, no sólo para los ingleses, sino también para los oficiales argentinos de grado superior. Había también un abuso generalizado debido a la falta de preparación y al abandono, además de tormentos aún peores.

     

    Un veterano de la guerra declaró al periodista argentino Daniel Kon en su indispensable historia oral Los chicos de la guerra: “Lo que más me duele es que mis amigos murieron en una guerra para la que no fueron entrenados. No éramos mas que objetivos de la artillería inglesa. Me sentía como un pato en un lago… totalmente indefenso… no nos sentíamos soldados… más bien prisioneros condenados a trabajos forzados… como si estuviera en la Isla de Alcatraz”.

     

    Los soldados estaban faltos de munición, entrenamiento, comida y agua potable. Era invierno y tuvieron que soportar el frío sin protección y a menudo padecían la congelación de sus miembros. El maltrato de los soldados argentinos por parte de sus superiores era otra truculenta realidad. Después de todo se trataba de militares con nula o poca experiencia en la lucha con otros países, pero con un amplio conocimiento sobre métodos de tortura (en parte gracias a las enseñanzas de Estados Unidos). El tormento habitual para un soldado al que pillaban robando comida o que era culpable de insubordinación consistía en atarle al suelo con unas estacas y dejarle “despatarrado”, con los pies y manos expuestos a los elementos, a menudo toda la noche. A la mañana siguiente el soldado estaba muerto o terriblemente enfermo y eternamente asustado. En Iluminados por el fuego la tortura es el eslabón último que termina con un personaje tanto física como emocionalmente. Nunca se recupera y la película abre con su suicidio años después de la guerra. El fundamento de la novela de Gamerro radica en el recuerdo de este tipo de trauma y la impotencia para detenerlo.

     

     

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    En Réquiem por las Malvinas la autoridad militar  prácticamente no aparece y Pron la maneja como una farsa en Una puta mierda. Por el contrario, en Las islas los militares  representan la mayor amenaza. El motivo en parte es que se trata de una novela de recuerdos, los personajes viven en un doble registro: el pasado que se impone sobre ellos y coexiste con futuras reiteraciones. En el presente, Verraco, antiguo oficial superior de Félix es un personaje grotesco e irrisorio, igual que el Coronel X, torturador de la Junta y liberador de las Malvinas, cuyo fanatismo por la causa una década después no ha disminuido un ápice. Aún así el pasado ni siquiera es pasado, ya que nunca se resuelve totalmente. Félix ha borrado de su memoria un recuerdo traumático de la guerra. Verraco ha torturado y asesinado obscenamente a un compañero soldado que Félix presencia en un horror mudo. El pasaje que relata este suceso contrasta mucho con la grandiosidad de los videojuegos virtualmente reconstruidos de las maniobras militares. Cada detalle –las descargas eléctricas, los alicates en uñas y dientes, la piel quemada- es relatada con un realismo acuciante. Se conecta a la víctima, atada de pies y manos y tensada mediante cuatro estacas, a una “maquinaria pesada” y se le somete a descargas eléctricas hasta que “se contrae y retuerce como un gusano agujereado por la punta de un anzuelo”. Verraco diluye la risa tonta y brutal de nuestros días en la mueca siniestra de un asesino a sangre fría cuyo rostro Félix recuerda sonriendo “con petulancia por el toque de originalidad que ha añadido a las torturas argentinas más tradicionales”.

     

    Félix se deja llevar por estos recuerdos del mismo modo que su taxista al principio de la novela se veía arrastrado por sus propios recuerdos. Se encuentra en la fiesta de cumpleaños de un veterano parapléjico. La atmósfera de camaradería e intimidad fraternal, salpicada de canciones de la guerra, consigue que los recuerdos afloren: “Mis reacciones se presentaron en capas, como un regalo de cumpleaños envuelto en otro y este en otro”.  No se trata de una coincidencia, el hecho de que estas visiones aparezcan en una fiesta de cumpleaños. La guerra constituye una travesía de una liturgia peculiar, pero con un efecto paralizante, una complicación en su desarrollo. En el libro de Daniel Kon, un soldado rememora una broma habitual entre los veteranos. “Si le quieres decir a alguien que le falta experiencia de la vida, le dices: ‘lo que te hace falta es más Malvinas’”. Sin embargo los veteranos viven petrificados en un estado infanticida, sus oficiales superiores funcionan como las eternas autoridades paternas. Lo que celebra Hugo cada año, dice Félix del homenajeado, es “el día en que tras desembarcar en la playa equivocada, el bote rozó contra una de sus propias minas y voló por los aires junto con sus dos piernas”.

     

    En la guerra el individuo como tal desaparece sólo para ser reemplazado por la equivalencia en ciernes entre persona y estado. El torturador se convierte en protector y redentor, defensor de la voluntad popular. Por lo tanto se trataba de una guerra en la que coincidían las convicciones personales y las patrióticas, a pesar de las pasadas (y actuales) atrocidades de la dictadura. Las consecuencias del servicio militar obligatorio fueron muchas. Del mismo modo que los soldados podían bromear sobre no tener “Malvinas”, también podían decir, de un modo crítico: “Espero que esta guerra sirva también para que el ejército… se haga mayor”.

     

    En el núcleo de la novela de Gamerro hallamos una serie de reflexiones e imágenes en el espejo que nos aproximan a esta convergencia perversa. Comienza ya en las primeras páginas, cuando Félix contempla por primera vez las enormes torres gemelas de Buenos Aires: “menos irreales en el recuerdo que frente a ellas”, donde Tamerlán tiene su oficina.

     

    Eran tan exactamente iguales que era fácil imaginar que se trataba de un único edificio frente a un espejo gigantesco: un espejo dorado en el que la torre plateada se reflejaba dorada, un espejo plateado que convierte a la torre dorada en su hermana plateada.

    Este es exactamente el lenguaje que un veterano utiliza para las propias Malvinas: “ la isla Gran Malvina parece como si fuera la otra reflejada en un espejo… Si la hubiéramos invadido en vez de isla Soledad… Perseguíamos un espejismo… Confundimos la imagen con el objeto…”. La resonancia es totalmente natural. El proyecto de construir edificios en las Malvinas para una nueva sociedad masiva  constituye la gran ambición de Tamerlán. Apoda el proyecto con  cierto aire peronista, “la tercera fundación de Buenos Aires y la ciudad del tercer milenio”. Igual que como veterano de las Malvinas cuenta con su meticuloso modelo a escala de las poblaciones de las islas, Tamerlán posee también su propio modelo a escala expuesto en un lugar destacado en su oficina acristalada. Las conexiones con la guerra y con los años precedentes resultan transparentes. El edificio podría haber sido construido por un admirador del panólish versionel espejo se ve a siqueptico de Jeremy Bentham. La torre de treinta pisos es totalmente transparente, con espejos por uno de los lados desde arriba hasta abajo. Tamerlán puede observar a sus subordinados y así sucesivamente, de arriba a abajo. Pero de abajo a arriba todo lo que se ve es la imagen de uno en el espejo. “Una cámara de vigilancia puede generar malestar, tal vez miedo, pero no terror. Los espejos sí que pueden, y lo hacen. Más aun cuando sabes que hay alguien tras ellos. “El master observándonos a través de nuestros propios ojos”. Se trata de un recordatorio discordante de lo que significó para la dictadura asesina, tan temida y vilipendiada, recubrirse de una causa popular. Mas aún: forzar a sus ciudadanos a imbuirse de patriotismo cuando todavía se encontraban bajo las garras de un estado de terror. Internalizan al fin la propia jerarquía, la ontología absoluta de obediencia y sumisión.

     

    El interés amoroso de Félix, que le ayuda a catalizar la confrontación con su propio pasado, es una de las víctimas. Durante la dictadura fue encerrada, torturada y violada, sin embargo Gloria se enamora de su antiguo torturador. Es incapaz de alejarle e incluso  lleva en su vientre a sus hijos, dos gemelos “mongoloides”, la versión argentina de los niños de la medianoche: “Fueron algo prematuros, nacieron la noche del 2 de abril de 1982, el día que se invadieron las islas”.

     

    Lo que une a Félix y Gloria es un archipiélago de memorias en el sentido más literal. En primer lugar comparten los recuerdos de la infancia de una ciudad ficticia con un pequeño lago que Gamerro explora más profundamente en otra novela titulada El secreto desvelado (2011). En Las islas, Félix rememora entusiasta las vivencias en esta ciudad, Malihuel. El lago contaba con una pequeña isla que servía de descanso a miles de flamencos, lo que desde la distancia se convertía en una gran mancha rosa. Cuando los pájaros emprendían el vuelo era como si toda la isla se levantara en el aire  y se abriera, como cien orquídeas floreciendo al tiempo.

     

    Hay algo inmaculado, pintoresco incluso, en dicha imagen, que sin embargo queda ensombrecido por los años subsiguientes de guerra y dictadura. Los dos amantes comparten también algo más: la conexión con el Coronel X, el padre de los dos niños de Gloria. El sufrimiento de Gloria durante la dictadura repercute en la herida que arrastra Félix por causa de la guerra: su angustiosa relación con el Coronel X se refleja en la poca consideración que profesa a Verraco.

     

    En Malihuel, multitud de flamencos levantan el vuelo transformando una isla terrenal en una enorme flor voladora, pero de alguna manera la imagen se detiene para forjar un recuerdo duradero y coherente. Tras la guerra, en Buenos Aires todos los ecos son cacofónicos y cada semejanza se convierte en otra imagen disparatada. En un momento dado Félix descubre en un vídeo grabado a los testigos del crimen del hijo de Tamerlán  reflejados en los cristales de las torres. Pero el hijo de Tamerlán ha lanzado a su víctima por el cristal y el reflejo se rompe en miles de piezas. Félix sólo puede reconocer las caras rompiéndose en una nube borrosa.

     

    Como dijo una vez Wallace Stevens, la identidad es el punto de fuga de la semejanza. A través del cristal de la guerra, un país descubre su auténtico rostro, un rostro marchito por la psicosis y el largo tormento. Un rostro angular y demacrado con cierta semejanza cínica a lo que el master ha creado desde el otro lado. Hay esa mirada desconcertante  frente al espejo que devuelve un rostro desconocido. No es mero parecido, el que se mira en el espejo se ve a sí mismo, pero como si fuera por primera vez. Y con ello, la imagen se descompone en mil pedazos.

     

     

     

    Jonathan Blitzer es periodista y traductor. Ha colaborado con The New York Times, The Nation, The New Republic, The Wall Street Journal y n+1. En Fronterad ha publicado ‘El País’, o el futuro ya no es lo que era y, con Doménico Chiappe, mantenía el blog Lo sublime y lo grotesco. Este texto se publicó originalmente en el semanario estadounidense The Nation

     

     

     

    Traducción: Victoria Fernández Cuesta

     

     

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