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30 de mayo, 2017

Mujeres, niñas; palabras y silencios

 

Acabo de terminar La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, bielorusa nacida en 1948 y Nobel de Literatura en 2015. No sé cómo es el resto de su obra; éste es un libro necesario, que nos interpela y nos abre más la mirada a la vida y la Historia. Y nos habla de un esfuerzo descomunal, a lo largo de más de 20 años, para recoger y publicar sin censura –y sin autocensura los recuerdos de combatientes soviéticas  supervivientes de la II Guerra Mundial (la “Gran guerra patria”), en la que lucharon cerca de un millón de mujeres en toda clase de puestos. La autora pensaba, con razón, que en el relato canónico de esa guerra, con la enorme conmoción y sufrimiento que supuso para el país la invasión alemana, faltaban las voces de las mujeres, faltaba la guerra –y la posguerra vivida por ellas, la mayoría muy jóvenes (“Fui al frente siendo tan pequeña que durante la guerra crecí un poco”, dice una).  

 

En palabras de la autora: “Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. […] En esta guerra no sólo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros.” Y, al constatar que, quizás “por falta de confianza”, no han sido capaces de defender su historia, sus palabras, sus sentimientos, quiere “escribir la historia de esta guerra. La historia de las mujeres”. Completar el rompecabezas. Y encuentra resistencias de todo tipo. Y es difícil llegar al fondo, despejar la hojarasca: “[…] la gente sencilla –enfermeras, cocineras, lavanderas son las que se comportan con más sinceridad […] extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los rotativos o de los libros, toman sus propias palabras en vez de coger prestadas las ajenas.”

 

Ese libro me hizo enlazar con el de Elizabeth Strout, Me llamo Lucy Barton: “¿Comprendo la pena que sienten mis hijas?” (la narradora cuenta que sus hijas desean que muera su padrastro, y muera la nueva mujer de su padre, y así su madre y su padre volverán a quererse y vivir juntos). “Creo que sí, aunque ellas podrían sostener lo contrario. Pero creo conocer muy bien el dolor que de niños apretamos contra el pecho, que dura toda la vida, con una nostalgia tan profunda que ni siquiera eres capaz de llorar. Lo agarramos con fuerza, sí, con cada latido del corazón convulso: esto es mío, esto es mío, esto es mío.” La última frase de este libro es: “Toda la vida me asombra”.

 

Después seguí con la niña que interpreta Ana Torrent en Cría cuervos (Carlos Saura) una revisión del cine de esos años que no decepciona, que con su verdad, en este caso la verdad del dolor y la crueldad de los niños, te golpea en la cara y más adentro. “¡Quiero que te mueras!, ¡muérete!”, le grita Ana a su tía (y son más que palabras), quizás porque esta osa –la gota que colma el vaso contarle antes de dormir, ese cuento, Almendrita, que ella le pedía cada noche a su madre, que ha muerto sufriendo por partida doble. Con su rechazo profundo a su tía, que crece como un tumor, va cambiando sutilmente la perspectiva, nuestra visión de esa tía y de todo lo que la rodea, porque cada vez estamos más dentro de Ana. Desde Ana, descubrimos qué poco sabemos de los niños, de su soledad y de la dificultad que tienen para expresarla con palabras.

 

Finalmente, alguien me brindó la voz de María Zambrano, cargada de verdad, sobre las palabras: “Hablamos porque algo nos apremia y el apremio llega de fuera, de una trampa en que las circunstancias pretenden cazarnos, y la palabra nos libra de ella. Por la palabra nos hacemos libres, libres del momento, de la circunstancia apremiante e instantánea. Pero la palabra no nos recoge, ni por tanto, nos crea y, por el contrario, el mucho uso de ella produce siempre una disgregación; vencemos por la palabra al momento y luego somos vencidos por él, por la sucesión de ellos que van llevándose nuestro ataque sin dejarnos responder. Es una continua victoria que al fin se transmuta en derrota. Y de esta derrota, derrota íntima, humana, no de un hombre particular, sino del ser humano, nace la exigencia del escribir. Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente. Y la victoria sólo puede darse allí donde ha sido sufrida la derrota, o sea, en las mismas palabras. Estas mismas palabras tendrán ahora en el escribir distinta función; no estarán al servicio del momento opresor, sino que, partiendo del centro de nuestro ser en recogimiento, irán a defendernos ante la totalidad de los momentos, ante la totalidad de las circunstancias, ante la vida íntegra”.

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