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Reportero salvaje el blog de Javier Molina


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16 de noviembre, 2017

Una guerra, todas las guerras

 

 

 

Una herencia misteriosa. Una indagación entre continentes. Un laberinto genealógico que sólo las matemáticas pueden explicar. Una búsqueda, un exilio, una guerra que es espejo de todas las guerras. Una saga familiar de varias generaciones. Una tragedia griega en el mundo árabe. De Sofocles a Brecht. De Shakespeare a Brook. Podríamos estar hablando de una novela río, o de una serie de HBO de cinco temporadas, pero no, se trata de Incendios, la obra que une a tres grandes del teatro: el dramaturgo Wajdi Mouawad, el director Mario Gas y la actriz Nuria Espert. Probablemente el mayor éxito de la temporada en España.

 

Descomunal, grandiosa, admirable, épica… Son sólo algunos de los adjetivos que se han escrito desde su estreno en septiembre en el teatro de la Abadía de Madrid. El director Mario Gas (Montevideo, 1947) continúa la gira por España -ahora en el Teatre Goya de Barcelona- con un elenco de caras conocidas encabezado por Nuria Espert (Barcelona 1935), un mito viviente del teatro español y europeo.

 

El texto de Mouawad (Beirut, 1968) nos deja pegados a la butaca durante más de tres horas. Este canadiense nacido y crecido en Líbano conoció el éxito gracias a su tetralogía teatral Le sang des promesses (La sangre de las promesas, en la que se incluye Bosques, Litoral, Incendios y Cielos). El veterano Mario Gas (con más de treinta montajes a sus espaldas) se atreve con la más compleja y celebrada de las cuatro y afronta uno de sus mayores retos: dirigir una tragedia con ecos de Edipo con la desnudez y el desgarro de Peter Brook. Lo hará en un escenario sobrio pero muy funcional: una especie de ataúd gigantesco rodeado de arena de desierto en el que los cambios temporales y los diálogos se mezclan y complementan con gran fluidez.

 

En un elenco lleno de caras conocidas destaca la citada Nuria Espert, en el que supone su último gran éxito sobre las tablas. Encarna a la abuela Nazira, a la madre Jihane y a la hija Nawal. Su presencia octogenaria inunda el gigantesco paraninfo con porte de emperatriz británica. Marcos Ordoñez la compara con las históricas Diana Rigg (Juego de Tronos) y Judy Garland (Vencedores o vencidos) y asegura que “su desgarradora escena del juicio debería pasarse una y otra vez en las escuelas de teatro”.

 

Espert comenzó su andadura teatral en la Barcelona de los años sesenta, pero se consagró como actriz en Madrid, su nueva casa, al lado de figuras como Fernando Arrabal, Víctor García y el famoso poeta Rafael Alberti. El mismísimo Peter Brook dijo de ella: “Es como un vaso de agua que, en tan solo un segundo, puede congelarse y hervir”. Podemos sentirnos afortunados de haberla visto helar e incendiar el escenario una vez más. Esperemos que no sea la última.

 

A su lado tenemos un reparto de gran fuerza en el que destacan un Ramón Barea (el notario, el médico y el viejo árabe) algo teatral, pero emotivo y preciso como pocos; una desbordante Laia Marull (Nawal a los 14, a los 20 y a los 40), ganadora de tres premios Goya, creíble en la pasión y en el dolor más absolutos; y un pequeño regalo final: la locura de Germán Torres (el enloquecido Phsyco Killer), un actor-volcán que se lleva comiendo los escenarios españoles desde aquel grandioso Ivan-Off de José Martret.     

 

Pese a sus incuestionables virtudes, la obra cojea en algunos momentos con diálogos algo impostados (la incurable costumbre del teatro español de sonar a “teatro español”). Pero finalmente los personajes desbordan humanidad y se hacen querer. 

 

Incendios nos habla de la familia, de los primeros amores, de la amistad y del perdón; pero es sobre todo un mensaje contra la guerra y contra el odio. Siria, el gran incendio del siglo XXI, está presente en cada segundo en nuestra retina. Porque todas las guerras de Medio Oriente desembocan en esta: la del Líbano (en la que se basa el texto), la de palestina y la sempiterna masacre mesopotámica. El texto de Mouawad reivindica el perdón como única solución al infierno de la guerra. Y en su última escena, en la mirada de misericordia de la madre hacia el hijo asesino, cristaliza la luz última del teatro y del arte. Imposible no emocionarse.

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