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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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4 de diciembre, 2017

Marta Rovira (y Jordi Évole) vs Inés Arrimadas

 

Inés Arrimadas tiene hechuras de haber luchado toda la vida contra gigantes. Son hechuras de heroína que ha viajado desde niña y sabe idiomas y artes marciales. Marta Rovira es de la misma tierra, pero es más bien de las que miraban con ojos vacunos ese juvenil ir de un lado a otro de Inés.

 

Quizá por eso ayer en Salvados Évole le dijo a Arrimadas buena parte de lo que Rovira no fue capaz de decirle, no estoy seguro si más por afinidad o compasión por Rovira (o ambas) o por levantar desesperadamente la anunciada tensión de un encuentro que desde el primer cruce de golpes fue como un combate del Mike Tyson de los orígenes, donde Iron Mike, naturalmente, fue Arrimadas.

 

Rovira fue (es) uno de esos púgiles enormes con la buena pinta ilusoria del caballo de Pat Stamper que le ponían delante a Tyson (y que le duraban en pie no mucho más de un minuto) y que Arrimadas, como el del Bronx, tumbó en apenas dos aproximaciones.

 

Casi todo el mundo sabía del verdadero lustre de la independentista, pero todo el sobrante, todo el perifollo con el que comparecía se lo quitó la ciudadana como si fuera la lluvia aquella que le descubrió el engaño del caballo inflado y pintado a Ab Snopes. Al final esa imagen faulkneriana del penco desteñido y enfermo y derrengado ante los incrédulos ojos de Snopes es la imagen que nos presentó la aplicada Inés de Marta la ensimismada en el villorrio.

 

El asunto era tan evidente, incluso sangrante, que Évole trataba a cada croché y a cada amenaza de directo en la barbilla de sostener la integridad personal y política de la pobre Rovira (como el masajista en la esquina, como el entrenador que grita indicaciones), que parecía aún más trastornada que de costumbre quizá porque en ocasiones ve muertos.

 

Claro que esa alineación del presentador resultó tan notoria como patética, más aún porque Arrimadas iba pudiendo con los dos sin esfuerzos y sin apenas sentir los flojos contragolpes que le llegaban de Évole (como si ni siquiera estuviese siendo consciente de que Évole la atacaba), quien trataba de disimular tan ridícula pegada con la sonrisita de ratón más nerviosa que nunca.

 

Desde luego el retrato de los tres fue magnífico, lo cual es el principal objetivo, y logro, de este programa de autor. Magnífico también en ese sentido y en su forma. Un programa que refleja como pocos y ante todos hasta sus intenciones fallidas, abiertas a un público que ayer pudo ver no sólo la pujanza de Inés Arrimadas y la idiocia de Marta Rovira, sino también a Jordi Évole haciendo de revelador contrapeso, se mire desde donde se mire.

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