La escritura del paraíso. Reflexiones tartamudas sobre un mito y el rito de la escritura

Miguel Ángel Hernández Saavedra

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(Detalle de El jardín de las delicias, El Bosco. Museo del Prado)

 

 

He intentado convencer al encargado de la inseguridad del paraíso para que me deje entrar. He entonado lo mejor que sé, no he empleado rimas consonantes y he intercalado períodos de transición entre las perlas de mi canto, evitando la creación de estribillos. De nada ha servido. Al fin me doy cuenta de que no es cantando como se accede al paraíso, sino entonando un silencio quebradizo. Los tartamudos son los favoritos del encargado; ellos acceden con solo llenarse la boca de aire. El encargado les pincha; los carrillos se desinflan como globos y la carga del lenguaje desaparece. (Yo era un poco tartamudo de pequeño; después, apenas he sentido la amenaza de volver a serlo). Entiéndase bien: el paraíso no es un sitio inseguro. Es el lugar donde las inseguridades se jerarquizan de acuerdo con una escala de sutilezas y bondades. No son los ricos necesariamente; son los muy seguros de sí mismos los que tienen harto difícil entrar en el paraíso. El encargado es inflexible; el infierno está lleno de solistas y rozagantes. Quizá el único propósito del diablo sea dirigir un coro en que las voces se fundan en una. Al cielo van los protagonistas tartamudos que dejan de trastabillarse al cantar, pero que deciden no hacerlo. Ellos echan a perder la seguridad de toda puesta en escena. Desde este punto de vista, el cielo es un infierno. Bueno, bonito, dulce.

 

 

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Escribir sobre el paraíso. Perdido. Sí, sí: no “sobre”… Hacerlo para recobrarlo. No hay reconquista posible. Sí, sí: no “para”… Para cobrarse un recuerdo. Escribir es una forma de acceder al paraíso, entrando en él como un ilegal. Un migrante. Muchos mueren cuando están a punto de alcanzarlo. Escribir es una manera de intentarlo. Se escribe desde la perspectiva del que aún conserva alguna fuerza, por pequeña que sea, para querer entrar en el paraíso. Algunos se dejan arrastrar por las corrientes o entonan un bellísimo canto al nihilismo, a la desesperación. Los arrogantes consiguen que la espera no lo parezca. Son los cínicos de todo tiempo, excepto del antiguo (del tiempo griego, por ejemplo, que era un espacio). Claro, claro: no basta con la arrogancia, hay que ser un experto. El ser humano no es una tabla de salvación para sí mismo ni debe serlo para otro, es un fabricante o un buscador de tablas. El paraíso es, desde el prisma del hijo de un carpintero, un precioso almacén. Escribir es imaginar los resabios. El sabio no escribe. No, no. Escribir no es cosa de sabios. (Ni Sócrates ni Jesús. La respuesta del oráculo a Querefonte es premonitoria; el silencio del Padre en la cruz es consumador. Los dioses dictan o callan, no escriben). La cicuta es el antídoto al veneno dulce del fruto del árbol, la confirmación de que las leyes son la única escritura importante, cuyos efectos no son interpretables. El hombre que así muere, dándoles cumplimiento, no necesita escribir. Escribir no le exime de su conocimiento. Darle la espalda a Sócrates: escribir.

 

 

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La lengua se lleva en la boca, en la sangre, en las encías. No es cuestión de aprendizaje escolar ni de inmersión lingüística. La lengua es la lengua materna. Eso no significa que debamos defenderla, cada nativo la suya, como si fuera la música del paraíso. Allí no hay lenguas. (Se las comió el gato altivo que vigila la entrada). El paraíso es el silencio casi inclusivo; en él no caben ni todos ni todas. Llamamos “paraíso” al recinto donde se incluyen las diferencias, excepto una… Shhh.

 

 

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Escribir es sepultar lo que aún vive o exhumar el vigoroso cadáver de un espíritu, tentar a lo irreconocible. Es tocarle a Dios las narices.

 

 

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Hay una manera sutilísima y aparentemente autoritaria de escribir que desautoriza a las demás, convertidas en banales maneras, subproductos de la escritura, artilugios entretenidos o perversos. El objetivo de ese escritor sutil, el único que así puede llamarse y que no desea llamarse así, es confundirse con su objeto imposible. Aquí, el objeto y el objetivo (Meinong) coinciden. El sentido del humor nos permite desembarazarnos de esta consigna, no creernos ella o él, abordar el silencio al que nos conduce inexorablemente, ¡tomar la palabra! Como quien aborda un barco sin tripulantes ni mercancías, en alta mar. Escribir es, asimismo, reírse de la escritura. Reírse de la propia risa: el componente demoníaco del arte, que los exorcistas alimentan. (Muerto el exorcista, se acabó el diablo). El fariseísmo es el mayor peligro, aunque no tan grave, la impostura de la que no merece la pena preocuparse. Los escritores fariseos no lo son por hipócritas o fingidores, ni por la observación escrupulosa o no juiciosa de la ley. Hoy, el fariseo es un Narciso: no finge ser otra cosa de lo que es, no admite otro juicio que el que se sigue de la imagen bendecida de su persona. Él no se interpreta, se lee. La risa del fariseo es el desahogo de un monoteísta que ocupa el lugar de Dios. Una risa teológico-política, incapaz de reírse de sí misma hasta el punto de llorar o desaparecer. En cuanto a los falsos místicos, les caracteriza el empeño en mistificar la escritura. Son los profesionales del misterio, cuerpos parapoliciales apostados en las curvas de las vías secundarias. ¿Quién no ha tenido la experiencia? Vas tranquilo por la carretera, y te asalta un falso místico. Asoma la cabeza por la ventanilla de su furgoneta; te tutea, te insulta, te escupe. Intentas contenerte, no entrar en el juego ni aspirar el aliento enfurecido que le sube del estómago. Las increpaciones van en aumento, el sudor tieso en la frente del falso místico. Quieres tener la fiesta en paz, te dejas adelantar. Frenazos bruscos. El poseído zigzaguea. Pincha a los tres kilómetros. Salvas el vehículo, la pesadilla boba. Contemplas los dientes perrunos del ocupante, el mediodía oscuro en su boca y las nostalgias nemorosas de sus babas. Suspiras, prosigues. Rumbo a Mantinea. La verdadera escritura no aboga por la vía única, no desconoce los atajos ni maldice el doble sentido en cada palabra. La apariencia de autoridad desaparece en la sutileza, que nunca está al alcance de muchos.

 

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¿Y si la escritura no fuera más que una manera de postergar el reconocimiento de los efectos que produjo la salida del paraíso? Escribir será, bajo esta visión, una forma de no acometer lo que corresponde a cada momento, el infierno contemplativo donde la acción se congela. Incluso el lugar de la escritura está sujeto a esta cláusula: no ordenar el estudio, no limpiar la ventana. ¡Nada de preparativos! Cualquier espacio es bueno con tal de no perder el tiempo con juegos preliminares. Esto convierte la experiencia de la escritura en el desarrollo (fálico) de un síntoma que no tuvo ese origen. El origen está en lo que de este modo se oblitera: el juego preliminar truncado, la caricia abandonada; en su otro sentido, el origen obliterado es el matasellos que imposibilita reenviar una y la misma carta, aquella que alguna vez se escribió y que ya no se recuerda. Escribir: el persistente intento por recordar (al destinatario) aquello de lo que el escritor (remitente) no quiere acordarse, siendo ambos el mismo. La escritura, así entendida, arranca en un lugar de la Mancha. El empeño en averiguar qué lugar es ese, legítima tarea de analistas, representa la incomprensión mayor que la cual, respecto al acto de escribir y sus potencias, ninguna otra puede ser pensada. La “mancha” es la marca del que escribe. No quiere acordarse, pero todo gira en torno a ella.

 

 

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Nos aferramos a su idea: ¡el paraíso nos quiere! El problema no es abandonarlo. Eso no es un problema. Es una condena, una expulsión; o una decisión, un impulso. El verdadero problema es confundir el infierno con el paraíso o imaginarlos sin relacionarlos, estableciendo entre ellos una distancia irreducible al concepto (que los comprende y los reúne sin mezclarlos, a menudo como el devenir tragicómico de lo mismo: lo que antes sí, ahora no). Los datos del problema son, por lo general, el miedo, la sumisión, la desesperanza. El problema del problema consiste en que los datos se invierten, ofrecen la faz contraria de acuerdo con la inteligencia pávida que los confunde a la vez que los manipula. El miedo se disfraza de ilusión; la sumisión se disfraza de compromiso; la desesperanza, de determinación. En el amor, subyace una promesa de infidelidad que los más dichosos no verán cumplida. (La muerte es siempre favorable, trunca la posibilidad del cambio y produce gran literatura edénica: Twain evocando a su difunta Olivia en Tonawanda, el paraíso catarata, por ejemplo). Escribir sobre el amor es hacer frente a esa promesa en los dos sentidos: en tanto que cumplida, en tanto que incumplida. Quienes solamente perciben uno de los sentidos y obliteran el otro son o bien unos estúpidos románticos, o bien unos incrédulos estúpidos. El paraíso expulsa ambas figuras de su seno. Aunque el arte periódicamente oscile entre una tendencia y otra, la mala literatura exitosa construye su nido bajo el signo de la candidez o del resentimiento (dos absolutos incomunicados).

 

 

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El paraíso está poblado de demonios, incluidos los demonios del lenguaje. De vez en cuando, hay que embozalarlos. Son como perros desasistidos. Muerden, lamen. Buscan dueño. Algunos aspiran a un hueso, se conforman con un poco de atención. Si los silbas, echan a correr como si los poseyera un santo. Los demonios del lenguaje no son el lenguaje. Son la involución de un lobo enorme, voraz, pero no insaciable, y nunca del todo solitario, pues nada tendría que decirse. Ese lobo no es una metáfora peluda. Sus orejas, sus ojos, su nariz y sus dientes son la abuela del lenguaje, los órganos de una generación no inmediatamente anterior. O eso me explicó el cazador, siendo yo una niña, antes de que llenara su cuerpo de metralla.

 

 

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“Malvives” no tiene por qué significar “mal escribes”. El paraíso está lleno de malos vividores y buenos escribientes. (No es condición necesaria). Otra cosa es la estulticia. ¿Se puede vivir tontamente y bien? ¡Se puede! Eso sí, por favor: no escribas. El paraíso es bueno, pero no está para tonterías.

 

 

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[Tesis] Nunca se inventó el lenguaje, siempre se ha recreado. No me refiero al lenguaje como algo distinto de las lenguas. No adopto la visión del lingüista. No aludo al lenguaje como a un todo. Expreso más bien lo evidente, la potencia reflexiva del habla. De un habla cualquiera. No hubo que esperar a la aparición (invención) de la escritura alfabética para que esa reflexividad o su toma de conciencia fueran un hecho, primero entre los hablantes y después entre los escribientes. Que no exista constancia escrita de la reflexividad del hablante, antes de la escritura, no implica la ausencia de otra clase de evidencias (arquitectónicas, pictóricas, escultóricas). La Prehistoria (reflexiva) de la lengua es una hipótesis tan poco descabellada como la Prehistoria de la guerra; se declaraba la guerra antes de hacerlo por escrito, bajo la llegada sorpresiva del enemigo o según el ciclo previsto de una venganza. Aquella reflexividad prehistórica del habla constituía quizá una manera más inmediata (menos mediata) de darse cuenta, en primer lugar, de las posibilidades instrumentales de la lengua (guerra, caza, cortejo) y, en segundo lugar, de sus virtualidades políticas y religiosas: del chamán al sacerdote, del trance colectivo a la colectivización del trance, de lo imprevisible sacrificial a la Providencia que ya no requiere sacrificios de esa índole (pues la Palabra está dada desde el origen y se mantiene hasta el final). Quienes apelan a lo alfabético como punto de partida, aunque muy llenos de razones, reducen a la datación lo que, desde un principio, debió de parecer una revelación al ser humano: el hecho de que el lenguaje es una acción a distancia. (Dejando a un lado el otro hecho: como si Laocio o Confucio, por ejemplo, fueran niños de teta al lado de un Habermas u otros viejos de nacimiento. Como si el ideograma, el pictograma o el jeroglífico no ejercieran sobre sus “objetos” una torsión no menos natural o violenta de la que ejerce la escritura alfabética; ya se trate del objeto representado –y usado al hablar– o de la representación objetual del lenguaje escrito, que se toma y se retoma a sí mismo, se postula y se retira, se usa o se menciona como objeto y medida). Después las cosas se complican y se aclaran, para volver a complicarse. Se resuelven o se disuelven. Solo en este sentido, ciertamente tramposo, el hombre no viene del mono. El mono, como todo lo que se nombra, viene del hombre. Humano es el impulso que toma la expulsión del paraíso y que en el tartamudo adquiere conciencia, ralentizándose: mmmonnno.

 

 

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¡Hay que decir la verdad! Escribir es el compromiso que la grieta adquiere con la piedra. Quien escribe puede aspirar a vivir en paz, eso no está prohibido, y, sobre todo, debe consentir que los demás respiren por donde mejor les convenga. (Declarar la guerra a ciertos géneros no conduce a nada, no “autoayuda”. No hay que odiarlos. Se destruye construyendo). Un texto nunca es la boca de la verdad. Es la verdad de la boca, que se equivoca. De la boca cerrada, que escribe. A veces, llena de moscas que le suben del estómago; otras veces, de luciérnagas o mariposas.

 

 

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Sabido es que el significado original del pecado es la tristeza, la vergüenza. El niño que se esconde tras las piernas de la madre, la niña que se esconde tras las piernas del padre. ¡Ya está aquí la voz articulada! Todas las combinaciones nos conducen a Adán, nos reconducen a Eva. Decir que la serpiente es “el lenguaje” resulta demasiado obvio; lo es argumentar a favor del fruto prohibido, sin el cual nada tendría sentido ni, por tanto, sinsentido. Para los criados aún bajo la sombra de aquel árbol, el Bien y el Mal siguen siendo objetos imposibles e irresistibles de conocimiento. Su imposibilidad no depende tanto del hecho de que un cruce de opiniones nunca dé como resultado una teoría estable, cuanto de la necesidad de poner en cuestión el producto más y mejor elaborado. Escribir es, para nosotros, una manera de prolongar la tristeza original hasta proporcionar a la vergüenza un escondite amable, aunque imperfecto. Quien escribe se esconde a la vez que mira. Este doble vínculo de la escritura, te miro y me escondo, puede explicar el narcisismo del que ya no mira, pero se exhibe mientras vigila su escondrijo. Se oculta tras sus propias piernas. Esta manera de escribir compensa también una deuda, se entrega a sí misma como moneda.

 

 

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Todo enunciado del tipo “la escritura es…” o “escribir es…” o “quien escribe es…” es una petición de principio, se muerde la cola. (Tenía razón Barthes cuando afirmaba que la única diferencia entre usted y yo es que yo escribo). Puede formularse tautológicamente: “quien escribe, escribe”. Ningún metalenguaje irá mucho más lejos. Escribir sobre la escritura, incluso si se elimina el “sobre” y convenimos en que he aquí el único proyecto posible e imposible a la vez (un escribir la escritura), nos devuelve al punto de partida. Se juzgará entonces el valor de lo escrito por otros medios, adquiridos siempre después de la pérdida: la profundidad, la condensación, la consistencia. Este es, en definitiva, el sudor de la frente que se desliza sobre la pieza: el poema, el libro, etcétera. Simplemente hay que reconocerlo para no sucumbir al embrujo de la gran ausencia, llámese Dios, o para sucumbir con conocimiento de causa, llámese Literatura. Las seguridades restantes no tienen cabida en el paraíso ni aun bajo la figura de su pérdida. Saberlo concede una especie de libertad suficiente, un principio de inacción que se sustrae a las miradas que nos avergüenzan, exhibiéndonos y exhibiéndolas. Tal es la actitud del que ha tomado su tristeza al pie de la letra. Y se alegra. El éxito de una escritura triste es infundir alegría. He ahí el pecado original, la vergüenza infantil, el taparrabos de la escritura.

 

 

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¡Qué bien se está en el paraíso! No hay otro estado del bienestar.

 

 

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[Transliteración realista, o de “la última expulsión del paraíso” contada a la manera sin blanca, pero irradiante, de la Banca y su Iglesia F.M.I.] El capitalismo es un modo de producción que se aviene, según sus fines, a determinadas formas de hacer política, no necesariamente pluralistas ni democráticas. Se aviene, si le viene bien, o las exige, de acuerdo con los modos productivos y sus contradicciones. La socialdemocracia fue el resultado del abrazo frío entre dos fuerzas, el Capital y el Trabajo, tras la Segunda Guerra Mundial y a un lado del Telón de acero. El abrazo dio lugar a un coito de treinta años, no en todos los tálamos por igual, que concluyó con la muerte del hijo pijo del Capital, papi nuestro que estás en los cienos, y de la fuerza de trabajo, madre putativa que depositó en el reformismo sus pasivos y esperanzas. La diseminación democrática del Capital (eufemismo que sustituye a la extensión planetaria de los activos bancarios) se impuso en forma de expulsión, de pecado, de vergüenza. De deuda y expulsión del paraíso, con todas las retóricas (literarias, simbólicas) que el despido de la realidad o la mutación de la fábrica en cápsula emprendedora comportan. (La proliferación del género “autoayuda” resulta incomprensible al margen de este despido, que es también una despedida: el adiós de la fábrica, que deja descompuesta y sin novio a la clase trabajadora. La autoayuda es la nueva heteronomía, resumida en fórmulas del tipo: ¡quiérete mucho, so miserable!). Es tal vez inevitable que los nuevos hijos compitan despiadadamente hasta que uno de ellos se haga con el poder del nicho. Por ahora abundan los monstruos, criaturas bastardas o naturales. (Abundan las reducciones groseras del lenguaje y sus multiplicaciones ridículas). Sucede así antes de toda guerra, cuando se van cociendo los ingredientes que alimentarán al futuro sistema. Pues la esperanza en un futuro es la condición sine qua non de todo orden. Y el atavismo hipnótico que conduce a la guerra.

 

 

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La escritura lo es del paraíso; el infierno es su imagen invertida, deletreada: un detalle delicioso en la esquina de un jardín, como el que pintara Hieronymus Bosch, cuyo premio es el beso de un cochino, una porción de amor compatible con la melancolía del autor y con el velo que nos recuerda que también la inmundicia es vestigio del Creador. Del gran ausente. Pocas culturas, si es que alguna, han dejado de nombrar esta relación entre los límites (ultramundano e inframundano) y la palabra que los registra, apropiándose de ellos y expropiándose al mismo tiempo. Lo propio de la nuestra consiste en la preponderancia de los marcadores discursivos: “de alguna manera”, “en algún sentido”, “no en vano”, “al parecer”. Al parecer, lo impropio es la propiedad de nuestra cultura, una forma de gestionar el tiempo, vaciándolo. El predominio de los marcadores nos vacuna contra la enfermedad que desearíamos contraer, de alguna manera; relativiza nuestros esfuerzos, en algún sentido; nos descalifica de antemano, no en vano, a la vez que nos hace especialmente proclives y vulnerables a toda suerte de efectos secundarios: paradojas, paranoias, paranomasias (y otros juegos de lenguaje con menos gracia que ingenio). La viralidad multiplica las conexiones (el medio ni siquiera es el mensaje, simplemente es) al ritmo con que vacía el contenido de las comunicaciones o las equipara en la falta de un criterio estricto. Ello marca discursivamente nuestra pertenencia al paraíso, nuestro modo de habitarlo o de conmemorar su pérdida. Deletreamos su imagen a la inversa. Del edén al averno, donde los criterios prenden con su antigua luz acusatoria el alma de los condenados. Quema, ilumina. Declina, oscurece.

 

 

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Porque el paraíso es la ausencia de criterio: el león que no devora, el sexo libre (todo hombre es Adán, toda mujer es Eva), la serpiente que inyecta su veneno en forma simbólica. En el paraíso, nadie es alguien. Los sustantivos no son las palabras que más importan con vistas al destino –al renombre– de una escritura. (Siempre hay un verbo, un adverbio, una preposición, una partícula dominante en cada escrito: así ES). En la entrada se agolpan los falsos místicos, se hacen cruces los sabios y se agazapan los lingüistas. El encargado inflexible les toma el pulso: tú no, tú no, tú no, tú sí. Los inclasificables hacen pedorretas, y así los clasifican. Las reflexiones del paraíso son las flexiones vocales de un tartamudo que aún no ha recibido el eco de su propia voz en respuesta. Dos imperativos nos acercan o nos alejan... Uno hipotético: ¡no cantes (si quieres entrar)! Y otro categórico: obra de manera tal que lo escrito te sobreviva. El segundo pasa por el infierno, nos reenvía o deletrea. Con una carta a la espera de firma.

 

La escritura del paraíso es la huella del paraíso en la escritura.

 

 

 

 

Miguel Ángel Hernández Saavedra (Madrid, 1969) es doctor en Filosofía y profesor. Entre sus publicaciones figuran el libro Ortega y Gasset: la obligación de seguir pensando (Dykinson, 2004) y numerosas colaboraciones en revistas y libros colectivos (Pólemos, Shangrila, etcétera), incluyendo ensayo, poesía y otros géneros sin género. A lo largo de su vida ha tomado tres o cuatro decisiones, como casi todo el mundo, y, como casi todo el mundo, no sabe ni cómo ni cuándo. En FronteraD ha publicado Ahora y en la hora. El tiempo de la escritura está por debajo de la tela.

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