Nos vamos al extremo. Los pies de un tal Manoel Francisco do Santos, ‘Garrincha’

Álex Couto Lago - 01-10-2015

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Los pies de Manoel do Santos no seguían una lógica natural. Su cerebro tampoco. Sus piernas, libres, tomaban la dirección que deseaban, rompiendo con la biomecánica natural de un ser humano. Su cabeza, libre, vivía en su mundo, interpretando desde la intuición natural lo necesario para asombrarse por asombrar. Él no estaba llamado para nada importante, sin embargo sorprendió al mundo rompiendo con todas las reglas que otros habían definido como necesarias para asombrar. Manoel Francisco do Santos no encajaba ni quería encajar.

 

De pequeño sus hermanos se reían de él, decían que era rápido y torpe, fácil de atrapar, raro y feo, capaz de sorprender así como de asustar y por eso le llamaron como al pájaro, Garrincha, y como tal vivió. Su columna torcida, una pierna más larga que la otra, sus pies zambos, la poliomielitis dejando una huella imborrable en su cuerpo y una operación inoportuna marcando para siempre su imperfección.

 

Pero Manoel, Garrincha, gustaba de vivir al libre albedrío. Allí en Pao Grande, pueblo de gente pobre con licencia para reír con poco o nada, obviaba lo importante y trascendente y disfrutaba de lo que todo el mundo busca, el placer. El placer de pescar, allí estaba en la tragedia del 50 cuando Brasil pegada a la radio buscaba una manera de salir airosa de la afrenta que una tribu de irreductibles orientales había infringido en su templo sagrado del fútbol. Mientras Brasil entera lloraba, él pescaba ajeno a todo el drama. El placer de buscar una novia que lo quisiera, de gustarse con todas, a sabiendas de que feo y zambo, sería motivo de sorna y de risas, bromas que él compartía desde la inocencia y la propia indiferencia hacia la vida. El placer de fumar, como tantos y de beber, como pocos. Beber, fumar y jugar. La pelota, esa enemiga aparente que lo alejaba de sí por las propias particularidades de su cuerpo. Nadie esperaba nada de él, con esas piernas, con esa cabeza. Vasco da Gama lo ignoró al no traerse las botas al entreno. Fluminense lo ignoró por marcharse antes de acabar la sesión. ¡Tenía que agarrar un tren para volver a casa! El fútbol lo llamaba en el barrio, en el pueblo y allí todos lo miraban extrañados. ¿Por qué Dios lo había bendecido de ese modo? Y esa bendición fue compartida al mundo cuando Botafogo, ¡quién si no!, lo eligió para portar con orgullo su Estrela solitaria, allí donde late el talento, muy cerca del corazón. Y en Botafogo se juntó con otros; Didí, Zagallo, Nilton Santos, Manga, el portero de los dedos torcidos, Zé María, Amarildo y de patrón, otro extraño ser, único y particular, Joao Saldanha.

 

Garrincha, Mané, a alegría do pobo, todos lo querían cuando la pelota dejó de ser un juguete para ser una herramienta. Todos preguntaban qué necesitaba, su aura de jugador de fútbol le abría las puertas más inverosímiles, a pesar de sus carencias, a pesar de sus particulares piernas deformes y su mente extraña. El gran psicólogo Joao de Carvalhaes lo catalogó de débil mental, al igual que hizo con otro niño, Edson Arantes, a quien definió como infantil, aconsejando que no fuesen a la selección brasileña en 1958, por carencias discordantes con las exigencias futbolísticas. Menos mal que Vicente Feola, seleccionador canarinho no tuvo en cuenta sus comentarios y se llevó a ambos. ¿Joao de Carvalhaes, de qué planeta viniste?

 

Garrincha, siempre distinto, pobre de niño, se encontró con un mundo nuevo cuando la pelota lo puso en el mapa de las grandes personalidades y empezó a hacer sentir a la gente cómo un chico de la calle podía elevar el espíritu de todo un país con un jugar particular. Un jugar que le dio fama y dinero, un dinero que le dio amistades y amores oportunistas que se llevaron la bondad de ese niño que ganaba y compartía.

 

Garrincha era la muestra palpable que el fútbol era un arte del pueblo y este lo quería, lo elevaba y cuanto más arriba subía, más oportunistas se le arrimaban y más señoras lo agasajaban y él, se dejaba querer y daba y se olvidaba. Bebía, compartía, reía, gustaba de ser loado y ellos y ellas sabían cómo hacerlo. Y así, catorce hijos después, su vida fue dejando un retazo de todas las imperfecciones, carencias e ignorancias que el pobre Manoel nunca supo ver venir, a pesar de su intuición.

 

Pero Mané no pasó a la historia por esto sino por su arte con la pelota. Ahí, en Botafogo y posteriormente en la selección de Brasil mostró al mundo la bondad de quien no teniendo capacidades sí derrochaba talento, quien no teniendo fuerza derrochaba las inteligencias necesarias para abordar los problemas como nunca nadie había hecho antes. Garrincha, como en su vida particular, llevaba al extremo el fútbol como estilo, como fuente de placer, una extensión y una sombra alargada de su personalidad. Al extremo derecho llevó todo su arte y con el siete a la espalda empezó un baile que solo las patadas podían parar. Y Zitarrosa cantó su vida y milagros en una simple canción que transcendió a la propia existencia de Mané, de Garrincha y lo definió para la eternidad.

 

Porque Garrincha vivió en el alambre y eso no fue una excepción en el campo de fútbol. Escorado, manchando las botas con la línea de cal, recibía encarando al rival, doblando las rodillas para equilibrar su cuerpo mientras su mente inconsciente generaba mil jugadas y elegía una. Y en el momento de la explosión, de la acción impensada, el defensor se descalabraba la única neurona que le dejaban hábil para tratar de comprender qué había pasado. Un rayo, un fulgor inesperado había derribado todas las ilusiones puestas en una acción trascendente que nadie podría haber imaginado. Y de repente esa pierna derecha, extraña, rara, cobraba vida propia y empezaba a fintar y cuando todos pensaban que ya no haría más fintas, hacía una más y todos caían en el engaño y justo cuando el defensor metía el pie para robar la pelota, esa desvergonzada pierna derecha la elevaba con sutil descaro y desbordaba con la elegancia que nunca antes nadie había presumido que tendría el raro, el chico zambo, Garrincha. Y así, una y otra vez. Y las patadas no desalentaban al jugador y ante la duda, siempre acudía Didí, a quien se entregaba la pelota para que este volviese a empezar con un nuevo sueño. Y la pelota de vuelta al extremo y Garrincha de nuevo a extremar las mil y una ideas que se arremolinaban en su cabeza y dejaba salir a cuentagotas, la zancada larga, la pelota domada, de repente una parada, un giro, un regate y vuelta otro defensa más, otro diferente y de nuevo la cabeza arriba, sumando, uno, dos, tres y cuando nadie esperaba nada, Garrincha salía corriendo para volver a frenar en donde nadie se frenaba y para patear la pelota donde nadie pateaba y el resultado, lo impensado, el gol y a partir de ahí, el delirio.

 

Garrincha saltaba, corría, daba vueltas en el aire tratando de compartir, como siempre, su alegría, su gol, su gozo, el gozo de todos. Garrincha regalaba el protagonismo al equipo mientras él desbordaba fantasía, romanticismo a raudales y hacía del fútbol el juego de todos, el deporte de la gente que no teniendo nada, podía igualmente soñar con ser campeón.

 

Y lo llevaron a un mundial y con él Didí, como siempre y ese ser cercano y lejano a la vez, oportunista y oscuro que solo reía en el momento que necesitaba de Mané, sí, Zagallo, y también, Nilton Santos, la enciclopedia y otros muchos como Vavá, el que siempre lo esperaba, el que siempre lo abrazaba tras el gol y finalmente, ese niño, Pelé, el que reía junto a los señores de traje, el que siempre estaba listo para la foto, el genio, la figura que todos querían ver triunfar. Y en el Mundial se encontró alineado, de amarillo para jugar, tras largas sesiones de entrenamiento y viajes interminables y el día del partido, inocente él, preguntaba contra quién jugaban. Pero no lo hacía en el vestuario, ni en el túnel, ni tampoco en el calentamiento, justo antes del himno, cuando todos, mano en pecho se preparaban para la contienda, él preguntaba y se reía, no tenía necesidad de saber quiénes eran los de enfrente, daba igual que fuesen checos o búlgaros, españoles o uruguayos… Bueno, estos no, que sabían dar donde dolía y ganaban donde nadie esperaba que lo hiciesen. Estos mejor lejos.

 

Y Garrincha comenzó a asombrar a un mundo que lo veía a través de las cámaras y su finta, su regate sencillo, su desfachatez y su imaginación siempre esperaban la acción final en el momento más inoportuno porque Garrincha no atendía a razones ni lógicas, él jugaba al fútbol sabiendo que cuando enviase la pelota, tendría a Didí detrás, vigilante para ofrecerle una salida airosa, al larguirucho Vavá, anhelante, dispuesto a empujarla con respeto y al muchacho del que todos estaban pendientes, el chico que antes de mirar hacia dónde iba a disparar sabía de antemano dónde estaban las cámaras para reír adecuadamente al ejecutar la acción. Y Garrincha elegía a Vavá que la empujaba con el cuidado de quien no quiere romper nada. Sabía que al momento recibiría un abrazo agradecido porque con Pelé, el gol se convertía en un solo de ego, en un ejercicio de vanidad en el que nadie tenía cabida. Y Pelé le reclamaba su cuota de éxito, sabedor Garrincha que estaba ante un fuera de serie, ante un jugador único, capaz de jugar al toque, hacer saltar la defensa, pero al mismo tiempo, conocedor del banquero, del doctor y del político adecuado para ensalzar su virtud por encima del equipo. Garrincha corría, driblaba, fintaba y se gustaba para gustar pero sobre todo para gustar al compañero con quien conectaba a través de la pelota y para hacer disfrutar al señor de la favela, a la niña de la calle, al muchacho que sentado a escondidas fumaba un cigarro esperando que el locutor narrase como nadie la diablura de Mané.

 

Garrincha era de la gente y la gente quería verlo ser Garrincha, a pesar de Pelé, quien era del sistema, del poder establecido, de los poderosos que veían en el fútbol algo más que una exaltación de una masa sin futuro.

 

Y el tiempo fue definiendo las posturas de la vida y Garrincha seguía jugando como vivía, dando y recibiendo golpes a cada gesto generoso de fútbol y talento. Y Pelé, en el otro extremo, disfrutando de la notoriedad del ganador, el que se arrima al buen árbol y recibe la pleitesía debida, a cambio de haber vendido su humildad al mejor postor. Y Garrincha, humilde, seguía ignorante de lo que pasaba a su alrededor pero sabedor que la doña, que se sentaba en la puerta tejiendo una pobre prenda para su marido, se alegraba de estar escuchando lo que él hacía, identificando al ciudadano de a pie en un terreno de juego que solo conocía un flanco, el derecho, por el que Garrincha vivía el sueño de todos.

 

Y la vida fue pasando y las patadas cada vez eran más fuertes. Pero Garrincha las llevaba mejor que los puñales que se iban acumulando en su espalda. La pelota seguía siendo fiel a Mané, la gente poco a poco iba  succionando todo lo posible por si las dudas. Y cuando a Mané se le acababa la plata se le acababan los amigos y las novias, pero los hijos seguían comiendo y pidiendo ropa y libros y sus esposas, ahora diferentes, seguían pidiendo lo que ellas pensaban que les correspondía, y a Garrincha se desflecaban las pocas ideas que le venían a la cabeza para poder atenderlos a todos hasta que la pelota volvía a rodar, con sus piernas sanas pero raras y la imaginación se le llenaba de ideas que la gente que las sufría no podría olvidar.

 

Y en Chile, Gracia y Pachín vivieron en sus carnes el escarnio del ridículo cuando Garrincha recibía la pelota de espaldas y les hacía un floreo con la misma para frenarse después y con la sonrisa cayéndole de la comisura de los labios, les invitaba a participar de una nueva diablura de la que no saldrían airosos. Nuevamente el mundo veían al gran Mané dominando su arte contra propios y extraños y Vavá esperando el regalo y Didí sujetando las riendas por si era necesaria una ayuda. Y Pelé, este vivía la dureza de estar lesionado entre focos y luces y señores de corbata que lo agasajaban con loas que Garrincha nunca entendería.

 

Garrincha era doble campeón del mundo, un referente del Botafogo, un señor querido por la gente, con Saldanha había vivido una experiencia única, un entrenador lo había entendido y lo había hecho sentir importante. Con Zagallo no se entendía fuera del campo, en el terreno de juego todos se arrimaban cuando él tenía la pelota, pero fuera, solo Didí, Nilton y los compañeros que sentían por él algo más que aprecio. Y esos que siempre estaban dispuestos a una cerveza más y ellas, queridas y amadas oportunamente en el momento en que la duda hacía acto de presencia y esa cerveza de más hacía ser ligero con la cartera propia, nunca con la ajena.

 

La vida de Garrincha se complicaba fuera de la cancha tanto como Garrincha complicaba a sus rivales dentro. El alcohol empezaba a golpear su hígado, el tabaco a mermar su fuelle, la presión de los cercanos a afectar su moral y el dolor de sus piernas a dejarse notar cada vez más. El fútbol empezó a ser un problema más y no la solución, y donde antes tenía la capacidad para sorprender ahora tenía que levantarse dolorido por la patada recibida. La velocidad mental seguía viva, pero su cuerpo no respondía a tiempo y ello empezó a provocarle dudas y esas dudas era más dolor, porque la lentitud dio paso a lo previsible y eso significaba la muerte del artista. Donde antes había engaño ahora había escarnio. El defensor se anticipaba y la grada gritaba, chillaba y se mofaba. Donde antes había dinero, ahora había deudas. Donde antes había amigos, ahora acreedores. Y su vida iba hacia el extremo y sus compañeros trataron de avisarlo que todo tiene un principio y un final, pero Garrincha sabía que su cabeza soñaba aún con jugadas inverosímiles, no así su cuerpo.

 

El drama acabó consumándose y Garrincha pronto fue un juguete roto, otro más de los tantos que produce el fútbol, pero no uno cualquiera. Aquellos que compartieron éxito con él ya no estaban, Pelé, el chico que siempre iba con los ricos, vivía entre los ricos y ya no miraba para abajo. Didí, que siempre había estado allí, se había ido a Europa. Sus hijos exigían, sus esposas lo angustiaban y las señoras de la vida, las oportunistas del momento, sacaban lo poco que le quedaba de alegría y de futuro.

 

Zitarrosa lo supo cantar, ahora ya no era Garrincha. El fútbol lo elevó a lo más alto y cuando la rutina de las lesiones, el dolor y la vida lo fueron apartando de su talento, el fútbol lo devolvió a donde pertenecía. Pero Garrincha no fue previsor de volver a su lugar con la vida resuelta, ésta la había compartido durante los años de su carrera con aquellos a los que ya no recordaba, aquellos que siempre le pedían una copa más, aquellas que se marchaban de mañana temprano después de haber manoseado debidamente su cartera. Y de golpe, Garrincha ya no fue más la alegría del pueblo y volvió a ser Manoel Francisco do Santos.

 

El tiempo le permitió ver la realidad y sufrirla en profundidad. Llamó a los amigos, a los compañeros, pero su vida estaba marcada por la dependencia. El alcohol, la ignorancia, la falta de adaptación a una realidad que le había invitado a vivir un sueño para despertarse en el momento en que su habilidad le impidió hacer soñar a los demás. Los extremos nuevamente, si en un inicio fue de la nada al todo, ahora iba a tornarse diferente porque desembocaría desde el todo a la nada.

 

Manoel vivió como pudo hasta casi los cincuenta. Su hígado vivió lo justo para apagarse y llevarse con él todos los excesos sufridos. Sus piernas ahora no soportaban nada más que dolor y burla. Ahora volvía a ser zambo, raro y feo. Pelé no fue a su entierro, nadie lo esperaba. Pero el mundo perdió a uno de los más grandes, uno que partiendo con todas las dificultades del mundo las tornó virtud y legó para la eternidad la imagen más pura del talento para jugar al fútbol que nunca hubo pisado un terreno de juego.

 

Y de nuevo Manoel volvió a ser Garrincha para siempre. Su vida quedó grabada en sus hijos, que ahora tienen nietos y dicen orgullosos quién fue su abuelo. Su sufrimiento se lo llevó con él.

 

Garrincha dejó en el fútbol una herencia que sería el principio de otras muchas manifestaciones de poder popular que el continente americano regaló al mundo. Su aporte, humilde en términos sociales, fue determinante futbolísticamente y su mensaje no está muy distante del que dejaría posteriormente Arnulfo Romero, Mercedes Sosa, Facundo Cabral, Adolfo Pérez Esquivel, Víctor Jara, Rigoberta Menchú o Estela de Carlotto.

 

Garrincha representó a lo largo de su carrera el sueño del garoto que haría del fútbol la salida a la vida de toda la familia. El sueño de una América pobre sujeta a los avatares de un monetarismo salvaje, de un colonialismo neoliberal que tomaba forma de manera alarmante con los encorbatados a los que Pelé o Havelange reían las gracias. Una dicotomía que en un campo de fútbol pareció trivial y que en la vida supuso la diferencia entre el sentimiento popular de millones ante los intereses particulares de unos pocos.

 

Garrincha fue al fútbol el olor a pueblo, a tabaco barato, a licor y a sudor. Fue la sonrisa fácil, el sueño ligero, el dolor como parte del día a día. Pero igualmente fue el contraste con la clase dominante, esa que nunca lo quiso ni lo reconoció como uno de ellos. Podría haber sido diferente, haber demostrado rigor y responsabilidad, podría haber mostrado un perfil más involucrado con los sentimientos de la gente más cercana a su vida, pero no lo hizo, no iba con su manera de ser, con su capacidad intelectual. Su vida fue la que fue, dentro y fuera del terreno de juego. Pero las emociones que hizo sentir, las sensaciones que regaló a toda una clase social, fue un aviso palpable de una realidad que estaba por venir. Él no abandonó el barco, mantuvo su camino a la par de los humildes y sucumbió humildemente a los avatares de la vida. Su muerte fue responsabilidad suya, en su conciencia no se llevó ninguna más que no tuviese que ver con su propia tristeza de vivir como vivió. Otros no pueden decir lo mismo.

 

Y nuevamente nos vamos a los extremos porque hablar de Garrincha es olvidarse del punto medio, hablar de Manoel Francisco do Santos es mancharse las manos con la cotidianidad de una vida que hoy día permanece presente en todos los barrios de cualquier ciudad del mundo.

 

El talento no entiende de estéticas ni de éticas. El talento se tiene o no se tiene.

 

Garrincha y Alfredo Zitarrosa:

 

 

 

 

Álex Couto Lago es entrenador de fútbol, máster profesional en fútbol y licenciado en Económicas. En FronteraD ha publicado también El fútbol, lo que no cambia. En Twitter: @AlexCoutoLago 

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