Nostalgia del futuro. Charles Sheeler, pintor de Nueva York

José María Herrera

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Ningún aficionado a la literatura puede evocar ciertas ciudades sin conjurar de inmediato el nombre de los escritores que las inmortalizaron. París y Proust, Londres y Dickens o Conan Doyle, Dublín y Joyce, Berlín y Döblin, Ferrara y Bassani, Alejandría y Durrell. La lista podría ampliarse a placer, pues, como proclama Félix de Azúa en La invención de Caín, “toda ciudad es una novela”. También, claro, Nueva York, aunque en su caso es difícil señalar un título o un autor que destaque sobre el resto. La causa hay que buscarla en el hecho de que su esplendor ha coincidido con un período en el que la hegemonía simbólica no la ha tenido la novela, como en el siglo XIX, sino la fotografía y el cine. Nada de ello quita, por supuesto, que se hayan escrito extraordinarias novelas ambientadas allí. Muchas, en realidad. Yo destacaría las autobiográficas de Henry Roth, Llámalo sueño y A merced de una corriente salvaje, pero no sabría impugnar la decisión de quien eligiera, por citar otras, Manhattan Transfer de Dos Passos, El gran Gatsby de Fitzgerald o Submundo de DeLillo.

 

Nueva York es una ciudad literaria y aún más una ciudad cinematográfica. Los viajeros que la visitan por primera vez repiten siempre lo familiar que les resulta todo, desde las avenidas y los parques a los rascacielos, protagonistas de tantas películas. Las vistas más conocidas son, desde luego, las aéreas. La línea de edificios descomunales que proporciona a la congestionada isla de Manhattan su silueta característica viene a ser para el espectador contemporáneo lo que durante siglos fue el perfil de Venecia, con el palacio ducal, las cúpulas de la Basílica de San Marcos y el campanile. Fotografía y cine han hecho la labor reservada antaño a la pintura. Pero no es la única coincidencia entre estas dos ciudades míticas, opulentas y cosmopolitas. Felix de Azúa señala en el libro citado que así como “Venecia encarna el esplendor perdido de un pasado constantemente muerto”, Nueva York ha sido hasta la mitad del siglo pasado “símbolo de un futuro constantemente presente”. Una es el paraíso de los nostálgicos, la otra el sueño de los futuristas. Sin duda no es casual que la mejor perspectiva para observar las singularidades urbanísticas de ambas ciudades la proporcionen la góndola y el avión. Claro que también para comprender sus temores: al acqua alta, fenómeno derivado de las obras acometidas en la laguna de Venecia para facilitar el acceso a los trasatlánticos; o al ataque desde el aire, espacio por el que, lejos de lo que creía Mumford, no transitan sólo ángeles y pacíficos aviadores.

 

 

Nueva York nº 1. Charles Sheeler

 

 

Aunque de Nueva York se puede decir lo que dijo Tácito de Roma (“un lugar donde todo lo malsano y criminal que existe en el mundo afluye y se propaga”), durante mucho tiempo fue sólo el punto de llegada de los emigrantes oriundos de Europa. Estos debieron de sentir una profunda emoción al entrar en la bahía del Hudson y divisar (desde 1886) la Estatua de la Libertad. Pocos se equivocarían tomando la antorcha por una espada como le pasó a Karl Rossman, protagonista de El desaparecido (América), de Franz Kafka. Estados Unidos era la tierra de la libertad y la igualdad, y su Constitución, cuyos cien años celebraba precisamente la estatua, una materialización de los ideales ilustrados. La antorcha simboliza la luz que rompe las tinieblas. Sólo un personaje de Kafka sería capaz de ver otra cosa.


 

Radiator building at night. Georgia O´Keeffe

 

 

Windows. Charles Sheeler

 

 

Claro que Kafka tenía un don y de la misma manera que la masa de cristal en que consiste hoy el centro financiero de la ciudad ha resultado mucho menos transparente de lo que creíamos, nada impide que la antorcha que porta Miss Liberty se metamorfosee cualquier día en espada flamígera o tea incendiaria.

 

 

River, New York. Georgia O´Keeffe

 

 

Nueva York es inconcebible sin el ascensor. Desde que Elisha Otis lo inventó, la ciudad ha crecido siempre hacia arriba. Centenares de torres de Babel compiten entre sí en una carrera por alcanzar el cielo. Semejante barullo, símbolo de lo que se ha llamado “cultura de la congestión”, constituye un canto a la libertad. Frente al modelo planificador tan estimado por la arquitectura de vanguardia y la política totalitaria, dominan allí la especulación y el caos. El resultado es un tótum revolútum donde lo mejor y lo peor se confunden. “Jungla de asfalto”, la llaman algunos. En esta jungla en la que parece imposible no satisfacer el deseo, cualquier deseo, lo que sucede siempre es más de lo que puede experimentar cada individuo. Tal excedente de realidad, llamativo en una época con las dificultades metafísicas de la nuestra, es uno de los alicientes de la ciudad y, para muchos, su principal atractivo. En Nueva York es fácil sentirse igual que el prisionero de Platón a medida que va avanzando en el interior de la caverna y descubriendo que la verdadera realidad no coincide con lo experimentado anteriormente. El lado feo de esta abundancia de cornucopia es el alto precio a pagar por ella, tan alto que se ha dicho que no hay otro lugar en el mundo tan malo para llorar como Nueva York. Los expresionistas abstractos, cuyos recursos plásticos y formales eran ridículos comparados con su exuberancia retórica, lo más que lograron fue describirla como un no-lugar.

 

Hasta mediado el siglo XX el crecimiento de Nueva York no fue vivido como algo perverso. Rascacielos y fábricas, fruto de la máquina y la ciencia, representaban el poder de una sociedad que se elevaba por encima de las anteriores igual que lo hacían sus edificios. El calvinismo de la elite americana, con su identificación de virtud, éxito profesional y riqueza, favorecía dicha visión.

 

¿Acaso se barre el mar? Pugnando palmo a palmo por conseguir cotas más altas, las colosales moles de Manhattan iban transformando la ciudad en expresión del sueño americano. Ni siquiera la antigua Roma podía compararse con ella. Tras la Segunda Guerra Mundial, con Europa sumida en una crisis profunda, el proceso daba la impresión de completarse. Nueva York era la capital del mundo. Los habitantes de sus faústicos edificios no sólo compraban un pedazo de cielo, sino que adquirían con ellos el derecho a considerar su perspectiva de las cosas la perspectiva universal. A fin de cuentas, sólo las que pasaban allí eran realmente significativas. Lo que ocurriera en el resto del mundo “provincias” habría dicho un madrileño, carecía de interés histórico. El estilo de vida neoyorquino y los productos de consumo asociados a él comenzaron a distribuirse por doquier en copias anodinas igual que en la antigüedad romana los bustos de mármol de los emperadores y los peinados de fantasía de sus esposas. En poco tiempo, el jazz, la Coca-Cola y el arte abstracto, estilo genuinamente neoyorquino que aspiraba a rematar una historia nacida en la época en que alguien trató de conjurar sus miedos pintarrajeando la pared de alguna caverna, se convirtieron en señas de identidad de época. La sospecha de que todo esto fuera efecto de una codicia sin límites y no de un espíritu moralmente superior tardó en aparecer, pero cuando lo hizo las consecuencias resultaron devastadoras. Ya lo había advertido Boecio en el libro con el que procuró consolarse de las penalidades de la cárcel: “en todo infortunio la peor desgracia es haber sido feliz”. Bajo la bella máscara de la democracia de la que tan orgulloso se sentía el pueblo americano, apareció la cara desfigurada de una plutocracia imperialista en la que resultaba difícil no percibir sus facciones. Nueva York, como la torre de Babel el día que Dios hizo añicos la unidad del lenguaje, no era la encarnación del progreso, la libertad y la justicia, sino otro escenario más del sempiterno combate entre el bien y el mal.

 

 

Macdougal Alley. Charles Sheeler

 

 

Tipos enloquecidos hasta el paroxismo por la codicia, el deseo y la ambición de poder, los tres motores de la sociedad capitalista, habían interpretado a su estilo el sueño de los fundadores convirtiéndolo en pesadilla para esa masa anónima que vaga a ras de tierra con el único propósito de no verse engullido por ella.

 

 

City Night. Georgia O´Keeffe

 

 

El descubrimiento de la urbe como laberinto y abismo no alcanzó sin embargo al gran arte representado a mediados de siglo por la llamada “escuela de Nueva York”. La ortodoxia estética había impuesto la idea de que cualquier obra anclada en la representación figurativa estaba fuera de lugar y, por tanto, el tema resultaba inabordable. Pollock, de Kooning o Rothko eran demasiado profundos para dejarse distraer por las fastidiosas interferencias de lo real. Aunque hablaban del malestar del universo, la inanidad del ser y el declive de la civilización, su pintura se situaba fuera de cualquier marco lingüístico inteligible. Si tenían algo que decir sobre Nueva York como artistas, no lo dijeron, o lo dijeron de manera que la traducción de sus visiones al lenguaje común resultó decepcionante. La posibilidad de que en una veduta de Canaletto hubiera más verdad que en sus composiciones les hubiera horrorizado y eso que era la época en que la distancia entre el genio y el retrasado empezaba a recortarse rápidamente. Uno de los tópicos del momento es que el saber se alcanza al transmutar el dolor en conocimiento, nunca el placer. Claro que si huir de la realidad puede ser un camino cuando se aspira a la santidad, no lo es, desde luego, si lo que se busca es la lucidez.

 

Quienes si se atrevieron a representar el declive de los ideales que encarnaba Nueva York fueran los ilustradores gráficos, artistas que no dependían del juicio de los críticos y que tenían la costumbre de poner en sus obras todo lo que les interesaba. Su forma de ver las cosas acaso no fuera tan profunda y sincera como la de sus geniales colegas abstractos, pero al menos era una visión capaz de ofrecer a los americanos los símbolos que jamás descubrirían en las galerías. Hoy esos símbolos se han convertido en patrimonio de la humanidad. Batman, Superman, Spiderman pertenecen a la mitología laica global. Verdad que no son dioses, sino hombres que han superado la condición humana y la disimulan bajo un disfraz o una máscara, pero justo por eso interesan al público de todas partes. La potencia de los superhéroes, sueño de los transhumanistas, constituye el remedio mítico a los problemas de sociedades sumamente complejas en la que la ley parece incapaz de garantizar la justicia y el bien. Claro que esto, de un modo u otro, ha sido así siempre. El hombre no vive en el paraíso. Las lamentaciones sobre la imperfección de la sociedad retornan constantemente. Por lejos que vayamos, hay que volver a puerto y remendar las redes. Gotham, la Babilonia de Batman, es esa Nueva York corrupta que recuerda a la Roma papal aborrecida por los luteranos. En vez de cardenales decadentes, cínicos plutócratas tejedores de chanchullos que han sustituido la púrpura y el crucifijo por el manto de terciopelo de la solidaridad.

 

 

Skyline. Charles Sheeler.

 


House of cards, castillo de naipes, se titula una serie televisiva de moda consagrada a explorar los tejemanejes del poder. Ese es el mundo, nuestro mundo, aunque el lector prevenido y el agudo televidente deben contar con la posibilidad de que sea sólo una interpretación del mundo, efecto del narcisismo, esa anomalía ultramoderna a la que son proclives aquellos que únicamente consideran aceptable su propio reflejo.

 

De cualquier forma, y para concluir, el momento en que Nueva York no era aún “el erizo trágico” de Le Corbusier, sino una suerte de Camelot lleno de torres medievales, pasó hace mucho y no cabe regresar a él. Por eso pocos recuerdan a Charles Sheeler, único paisajista, con Georgia O’Keeffe, que atisbó en Nueva York algo así como una belleza clásica.

 

 

 

 

 

José María Herrera es doctor en filosofía y profesor. Ha publicado gran cantidad de artículos periodísticos y académicos así como seis libros: María Zambrano, Dardos Fallidos, Doce cuentos de Ronda y un epílogo heroico, El libro del Génesis, Venecia Galante y El funeral del Emperador. En los últimos años se ha dedicado fundamentalmente al estudio de la cultura veneciana. Fruto de esa investigación son Los archivos de Alvise Contarini, publicada en FronteraD como novela por entregas.

 

 

 

Este texto pertenece a una serie sobre el mundo del arte en la que hasta ahora han aparecido:

  

Horror vacui. Giorgio de Chirico, el heterodoxo 


Las niñas de Balthus: ¿inocencia o perversidad? 

 

La pintura como espejo. Edward Hopper y el aburrimiento 

 

Monstruos perfectos. Max Ernst y la creación del mundo 

 

El pintor asesino. Walter Richard Sickert y los detectives 

 

Vivir junto al precipicio: David Bomberg en Ronda

 

Retratos de mujer desnuda: Pierre Bonnard y el éxtasis

 

El hombre en la encrucijada. Diego Rivera y el compromiso del artista

 

Jacob Lawrence, un arte más allá del color y del sufrimiento de los negros

 

Epifanías del dolor: Käthe Kollwitz, la pintora que alertó de la llegada de Hitler

 

La “casa sin salida” del pintor Felis Nussbaum y los perseguidos

 

Nosotros no somos los últimos. Zoran Music, un pintor en Dachau

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