18 Septiembre 2013

Jugando con la muerte

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Qué quieren que les diga, todos sabemos que se folla más cerebralmente –o de boquilla- que físicamente. Que no se inventaron la Viagra y el Cialis para batir records mundiales de duración sino para ayudar a parejas destruidas por su falta de libido. Por eso, cercano a los cuarenta y tras una relación anterior sin sobresaltos sexuales, nunca pude imaginar que con Flower jugaría con la muerte, literalmente.

 

Tras el autobús que me trajo de Kep me presenté en el Java –un café de moda donde los que trabajan en el Tribunal de Camboya de Naciones Unidas que juzga a los Jemeres Rojos pasan sus días laborales cuando no hay juicio- corroborando que Flower estaba aún más bella y olía mejor que cuarenta y cuatro horas antes, momento en que me dejó en Kep tan marcado que decidí cambiar mi destino o seguirlo. Cogimos un tuk-tuk donde nos besamos de manera prodigiosa y llegamos a su casa, un pequeño apartamento en la calle 228, algo modernizado, donde comenzaría a afianzarse una relación ciertamente extraña en la cual el sexo, que anteriormente a ninguno de los dos nos había ido excesivamente bien, nos abrió de par en par nuevas dimensiones. En ese momento no comenzamos la masacre que se aplazó hasta las seis de la tarde, momento en que ella volvió de su rutina laboral para lanzarse en plancha a mis brazos. Antes, y en esos tiempos muertos en donde sólo veía su cara y su cuerpo por mucho que me cruzara con otras personas o tapias desnudas de aerosoles, en donde sin saltarme el guión transité por bares y parecidos, dándole a la tecla y a la botella, verifiqué su hogar, que sin ser realmente grandioso, proveía de lo suficiente y hasta me resultaba acogedor. Que es lo que tiene enamorarse: un problema de ceguera en donde un zulo es una mansión y una novia no es un problema, exactamente lo contrario que se siente cuando el amor se esfuma.

 

Dieron las seis de la tarde y de aquella puerta endeble apareció Flower. Creo que a los dos minutos hacíamos el acto como salvajes. Y a la hora otra vez. Y así hasta cinco veces, la última en plena madrugada, que cualquiera de los dos que tosiera y despertara al otro provocaba una catarata de atracciones que yo nunca había visto ni leído. A las dos de la mañana, temblando y arrítmico, tomé una ducha tirado completamente en el suelo. El agua golpeaba mi estómago y Flower me preguntaba que qué me pasaba.

 

Voy a morir. He sentido al correrme como si se me soltara una vena en la cabeza. Y luego calor. Mucho calor. Te lo prometo.

 

No me asustes.

 

Luego, al enjabonarnos, volvíamos a calentarnos, y como perros en celo la volvía a cubrir en una extraña maratón animalesca en la que por primera vez en mi vida pensaba cosas, planes para escapar de aquello, al hacer el acto. Al menos me llevé la medalla a la hombría, la del supuesto macho ibérico, la del hombre que aunque no lo desee siempre desea parecer un hombre, sobre todo a los ojos de uno mismo. Y esencialmente esto ocurre por un único fin: contárselo a la gente, en mi caso escribirlo.

 

Joaquín, nunca en mi vida, nunca, he tenido un sexo como éste.

 

¿A qué te refieres?

 

Con mis anteriores parejas me acostaba de vez en cuando. Y aunque disfrutara, conseguir un orgasmo era noticia y dos milagro.

 

¿Cuántos has alcanzado hoy?

 

¿En todo el día?

 

Sí.

 

No sé. ¿Diez? He perdido la cuenta. Me duele todo el cuerpo. Estoy muriéndome de placer.

 

Me encantas.

 

Y nos fuimos a dormir, empapados en un sudor que nunca dejaba de brotar mezclado con el agua de la ducha que nunca nos llegamos a secar bajo un aire acondicionado que refrescaba un habitáculo dominado por el eterno calor húmedo de Camboya y un olor a sexo que se masticaba en el ambiente. Yo seguro que ronqué; pero en mis numerosos momentos que tuve que ir a orinar –suelo beber agua en cantidad pero en aquellos días las botellas de litro y medio caían de una tacada- descubrí que el sobreesfuerzo había atascado la respiración a una Flower que emitía sonidos estridentes.

 

Aquellos primeros días fueron salvajes, con sexo a todas horas y sin cesar. Contábamos sus orgasmos mientras yo luchaba por contenerme, ya que cada eyaculación por mi parte era una suspensión de la contienda por espacios de tiempo ilimitado. Sin que todo fuera sexo aunque casi lo fuera, salíamos a cenar, a bailar, a beber –sobre todo- y a pasear, bajo el sol o la lluvia, otros momentos únicos. Porque Flower y yo coincidíamos en nuestra novedosa capacidad sexual, el alcoholismo, la falta de sueño y nuestros paseos a costa de padecer, al menos en mi caso, los ataques infructuosos que unos conductores de tuk-tuk, que apostados en cada esquina, me daban las tardes y las noches con sus ofertas casi violentas en donde cada tres metros sonaba la misma cantinela: “¡Eh amigo!, ¿tuk-tuk?”. Llegué a odiarlos a la vez que comprendía de sus necesidades económicas y laborales. Pero una luz verde de ‘libre’ y otra roja de ‘ocupado’ ayudarían a que mi pesadumbre, que aún se proyecta sobre mí cada vez que salgo a pasear –en la actualidad a solas-, quedara disuelta, o al menos menguada.

 

Norma Jeane, señora que dio a luz a Flower –a la que yo debería proponer para que le pusieran una calle con su nombre allá donde resida- hablaba a través del iPad con su hija que no cabía en sí misma. Y como era su madre, y las madres saben más que los que crearon todo esto, las preguntas se sucedieron mientras Flower, que había sido casi actriz de serie B de Hollywood, sonrió sin disimular y cayó en sus trampas admitiendo que al otro lado del aparato creado por Steve Jobs estaba un español en pelotas que hasta hacía poco se medía la calva con la palma de la mano por manía y que desde que residía en esa casa se buscaba en la misma cabeza, siguiendo una sorprendente fuente de calor, alguna arteria reventada: el anuncio de un ictus.

 

La madre me aceptó sin mediar palabra, porque en el fondo yo seguía en la trastienda; pero de todas maneras me llegó muy hondo eso de que una tipa americana, además judía, con tres carreras y demás anécdotas, hubiera comentado a su madre que ya no dormía a solas cuando la relación con Peter, el ex de Flower, seguía flotando en el ambiente. Creí tanto en mí que planee miedos ocultos (preñamientos, bodorrios, abortos, hipotecas, abogados, rencores); y si no me lancé hacia atrás debió de ser porque mi intuición es directamente contraria a una realidad que se acentuaba en el ocultamiento.

 

Curiosamente su madre (Norma Jeane), aterrizó días después en Phnom Penh con la idea de ver a su hija entristecida y divagante –cuando compró el billete debía pensar en los pesares de su muchacha- que de manera manifiesta se había transformado en una fuente de placer, en un espejo de su alma, en una puta contradicción de su destino supuestamente conservador donde no ya sólo me cogía la mano en plenas avenidas pobladas de transeúntes sino que me amaba a tumba abierta, mostrando en cada baldosa sus sentimientos y riendo a mandíbula batiente por cada estupidez que yo decía. Luego llegarían las vacas flacas, realmente flaquísimas, pero debo reconocer que esta obra literaria, auténtico vómito cerebral de puro amor, no es una broma sino un legado de lo que realmente es el querer, que no es más que una realidad que se te esfuma de las manos cuando creías tenerla agarrada y que cuando aterriza sobre ti, en accidente aéreo invisible e irreversible, nunca pensaste que aquello era eso ni que tú aquello otro. Porque cuesta más digerirlo que admitirlo. Como el marisco en mal estado.

 

Mientras ocurrían todas estas cosas me corría dentro, con el problema de falta de tranquilidad que ello genera. Lo del sida ya había pasado a ser casi una broma de mal gusto cuando se nos presentó un nuevo dilema: ¿volverá el periodo? Y de verdad, Flower no pertenecía a ese mundo del disloque al que yo sí pertenezco. Y asumiendo que llevara mintiéndome desde el inicio, cuando descubrí que su pureza irritable era tan real como aquellos gestos que me mostraba al quinto orgasmo, materia seria en la que ella se regocijaba con locura extrema. Juro que, bastantes veces –esencialmente al principio de este viaje convertido en odisea- Flower reía de manera infantil, demente, en medio de bastantes actos sexuales que me dieron que pensar.

 

No puedo Joaquín, no puedo más.

 

Yo tampoco.

 

Y de pronto, mientras ella seguía tumbada en la cama, despatarrada, yo, intuyendo el ictus que nunca llegaba, me volvía a tirar en el suelo de la ducha de su casa, donde tras abrir el grifo, me quedaba pensando en la cara de gilipollas que se le iba a quedar al responsable de expatriación de cadáveres de la embajada francesa cuando tuviera que hacerse cargo de mi cuerpo. Debe saberse que España, que tenía un proyecto para movilizar a un buen número de diplomáticos a la capital camboyana, desechó esa posibilidad ante la crisis económica que se gestó hace un lustro y que enterró, definitivamente, el sueño de la embajada española.

 

Podría asegurar que las primeras semanas de relación con Flower fueron intensas en todos los sentidos. Una de las noches, mirándonos las caras antes de dormirnos, y supongo, tras hacer el acto, ella me dijo algo que anunciaba profundidad: “Te querría decir algo pero no lo hago porque es muy pronto. Creo que me estoy volviendo loca. Nunca en mi vida había sentido tanto y tan rápido”. Yo pensaba lo mismo, aunque le contestara con una sonrisa y un abrazo. Porque decir ‘te quieros’ a las primeras de cambio, con todos los días que nos iban a quedar por delante para poder decírnoslo hasta la extenuación, era como meter un tocino de cielo en el horno y sacarlo a los tres minutos. Pura yema de huevo, muy dulce aunque muy cruda.

 

En medio de la excitación general volví al Yumi, primer lugar donde mi cerebro almacenó la cara de Flower, en aquella noche en la que me sacó por los pelos del Pontoon de una meretriz segura que luego debí seleccionar en bares obscenos cuando la noche se hacía mañana y no había nadie para salvarme. Lo del regresar a aquel restaurante japonés en pleno BKK1, distrito de Phnom Penh donde aparte de paupérrimos se agolpan ricos nativos y expatriados de toda índole, fue porque Norma Jeane, su madre, y su segundo marido, se iban a cenar con ella. Y yo, conmovido por tanta pasión, cité a Paco, al que conocí aquella misma noche donde se inició nuestro idilio, y a Jaume, un amigo español que vivía en Pekín en la misma época que yo residía en Shanghái. La novia de éste también compartió una mesa que, mira tú por dónde, era la contigua a la de Flower y su familia. Y yo, casi tiritando, no pude soportar la angustiosa presión de saber que a metro y medio de mí estaban mi amor y su madre, una tierna manera de aceptar que yo también estaba enamorado. A los postres, y cuando ya no podía soportar más con la vejiga llena, tuve que rebasarles para soltar lastre y al volver, con la cabeza dislocada a la fuerza y la mirada entumecida, fui asaltado por una Flower que mucho más tranquila que yo, acabó por asestarme el inicio de un paro cardiaco al presentarme a una Norma Jeane que aunque no sospechara de mí, soltó una frase ante su hija para el recuerdo: “Mira este con la coleta recogida”, parece ser que le dijo cuando yo aterricé en un Yumi convertido en ring de boxeo por los golpes imaginarios que creía estar recibiendo. A los diez minutos, y a modo de machacona repetición, Flower y su familia se despidieron de todos mis amigos incluyéndome a mí, por lo que de nuevo toqué la mano derecha de su madre, que al día siguiente corroboró que alguien estaba horadando, a la vez de amando, a su hija. La razón: visitó el zulo de Flower y descubrió a la entrada zapatillas de esparto rojas talla 46 así como una sospechosa mochila que menos mal que no abrió porque cargaba con una prueba concluyente: tres camisetas lisas negras y tres calzoncillos la mar de simplistas, todas las prendas adquiridas en el Uniqlo. Sería un par de semanas después cuando le confesaría que aquel español de corte de pelo molesto que conoció en aquel restaurante japonés era el mismo del que le había informado mediante llamadas por el iPad: su amor. A la vez, le gastó bromas como “a lo mejor estoy embarazada” -porque tomábamos menos precauciones que un ciclista escapado del pelotón bajando un puerto de montaña-, que según Flower equivalían en absurdo a que un afgano se presentara en casa de sus padres, en Kabul, con un crucifijo y un ‘flyer’ del Día del Orgullo Gay, ya que toda la vida amorosa de mi emoción en aquellos días había sido un coser y cantar solamente alterado por sus cambios de proyectos universitarios y sus denodados esfuerzos laborales.

 

Por supuesto, el amor entre Flower y yo iba destrozando sembrados y levantando aceras de tal manera que el haber conocido a su madre no cambió nuestro rictus sexual, donde en treinta horas de un día cualquiera echamos seis –nuestro record; que para un alcohólico que había echado tres en toda una noche con veintiséis no era moco de pavo sino carne de cardiólogo u olimpiada- y así hasta una media inusual de tres actos diarios con violencia inusitada tras jornadas laborales extenuantes, al menos para ella, y unos calores impropios de un planeta Tierra que en lugares como Camboya azota al humano de manera violenta sin bajar de los treinta grados centígrados con una humedad irritante.

 

Pero mientras me duchaba tumbado en el suelo, esperando el ictus antes de los cuarenta y el final a una vida sin legado literario, mi único sueño –y no por dejarlo a las generaciones venideras, sino por poder escribir- las nubes en forma de tormenta de verano comenzaron a situarse sobre nuestras cabezas. Y posiblemente ninguno de los dos prestó atención al inicio de la debacle. Dudas sin entonación, salidas nocturnas por separado, exceso de trabajo por parte de ella –más mi búsqueda de un negocio que justificara mi estancia no sólo en Phnom Penh sino en su casa- hicieron que todo se comenzara a resquebrajar, lenta pero eficientemente. El sexo camufló las heridas pero nuestras cabezas comenzaron a distanciarse. La pasión se mantenía pero el abogado llamaba a la puerta.

 

Pero antes de todo eso el amor seguía girando sobre nuestras sombras que no cesaban de andar pegadas como nuestros cuerpos. El suyo, por cierto, mucho más atractivo en la desnudez que bajo la vestimenta. Y sus piernas, reclamo absoluto para mi mente atorada de tanto amor, de tanto sexo, y de tantos planes que como flechas en un concurso de tiro con arco, se nos iban apareciendo sin sentido. Ella, que está tan loca como yo, si no más, me comentaba sus sueños que quería compartir conmigo. Y entonces elucubré con que a toda la población mundial le fuera obligatorio pasar un control anti-dopaje cada semana.

 

¿Te gustaría vivir en Kabul? ¿En Somalia? Allí hay tribunales penales internacionales auspiciados por la ONU.

 

Y yo, estupefacto, llegué a la conclusión de que podía llegar a compartir el resto de mi vida con una empleada de una de las mayores vergüenzas de la historia de la Humanidad: Naciones Unidas. Que ahora que rememoro esta relación, cruzo los dedos para que la siguiente con la que comparta almohada no sea una burda cooperante de esas que al tomar el café de la mañana siempre te recuerda que ella está salvando al mundo y tú no. Uno de los mayores dramas era verme viajando en ‘business’ durante las vacaciones navideñas por esas ventajas inexplicables que sacan todos estos salvavidas que a fin de cuentas sólo suelen salvar las suyas. Y tuve pesadillas en las que me veía llegando al aeropuerto de Nueva York mezclado con los de primera clase mientras las azafatas de la línea aérea me hacían reverencias. Sólo me hubiera interesado volar con ventajas por el hecho de que me iba a poner ciego de buen vino y champagne francés. Y por supuesto, porque posteriormente escribiría sobre ello.

 

Otra noche cualquiera de aquella primera época volcada en el amor más extenuante, la vi cepillándose los dientes –por cierto, perfectos- con mi cepillo. Y entonces, de nuevo, verifiqué que aquella construcción de puro amor cargaba con unos pilares asombrosamente fuertes. Y suspiraba tanto en mi interior que me costaba mucho dormirme.

 

Joaquín Campos, 13/09/13, Phnom Penh.

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