05 Septiembre 2013

Lo llaman destino

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Esta historia comienza un veintiocho de febrero de 2013, día que cumplía treinta y nueve años en el paraíso de Kep, milagro natural fuera de toda guía turística en donde residía placenteramente después de seis años en China en donde palpé a manos llenas el brote psicótico. China no es país para locos. Y menos para los que sienten la dignidad como una meta aunque deban al banco créditos personales que sin ser cuantiosos siguen siendo impagados. Por lo que tras romper una relación maravillosa –Yu Feng, el eterno ‘Pescadito’- proseguí mi travesía vital sin orden ni concierto en medio de la jungla camboyana, a menos de una hora de la frontera vietnamita. La excusa real era montar un pequeño hotel con restaurante intentando aprovechar mis recursos laborales adquiridos. Pero aquel veintiocho de febrero tomé, sin saberlo, un rumbo absolutamente contrario al premeditado, mientras engullía el mejor regalo con el que alguien pudiera obsequiarme: dos botellas de oporto Graham’s con diez años de envejecimiento que ayudaron a que aquel día tan señalado se produjera la mejor puesta de sol de la historia de Kep. Un par de gintonics gigantescos terminaron de culminar una visión inaudita aunque realmente debió ser la de siempre.

 

Katzume se presentó en una casa que compartía con Sancho, mi socio para el proyecto en Kep, con la idea de trajinárselo; de hecho ya habían hecho el acto en ocasiones anteriores pero de aquel viaje brotaron telarañas. “Joaquín, no me apetece”, me dijo un Sancho al que el alcohol le afecta más que a mí; y seguramente sea porque bebe menos que yo. Que en esto del alcoholismo hay que gastar cuidado con los abstemios que un día descorchan y acaban volviéndose locos. Algo así como los domingueros para los conductores reputados. Katzume, como buena japonesa, llevó el drama por dentro y se parapetó en la ingesta alcohólica de mi cumpleaños para no aceptar que aquel viaje al fin del mundo –ella vive en Hong Kong- no iban a ser más que unos días de asueto sin regadío. Un auténtico drama en toda regla.

 

Sancho pulsó la tecla correspondiente para que el ordenador nos corroborara que habíamos adquirido un par de idas y vuelta a Chile para dentro de cinco semanas. El viaje, que por supuesto se produjo, se compró de la manera más austera a causa de que sería un desplazamiento por trabajo –nos ofrecían llevar un pequeño hotel de lujo en la isla de Chiloé, Chile- y por ello nos comprometimos a un trayecto harto cansino: de Kep a Phnom Penh en autobús decadente, de la capital camboyana a Hong Kong debiendo hacer allí noche, de la ex colonia británica a Tokio, y casi sin tiempo para echarnos unas cervezas, otro inmenso vuelo desde el Japón a Atlanta, para tras una tarde extrañísima volar a Santiago de Chile y de allí a Chiloé. Llegamos vivos, que tras tanto vuelo uno compra papeletas para otro destino, pero ésa será otra historia que ya contaré más adelante.

 

Como decía, en el mismo instante que el ordenador nos daba el sí para nuestro viaje a la exacta antípoda de Camboya, recibía en mi correo electrónico un anuncio sugerente: “Joaquín, estaré por Phnom Penh unos por días. A ver si nos podemos ver en persona”. Al remite Sergio, prestigioso periodista y corresponsal en Asia de un importante medio de comunicación.

 

Aunque el nublado era evidente ante tanto oporto y tanta ginebra, conseguí comprender que aquello podía tratarse de una oportunidad única; que no todos los días a los que queremos ser escritores nos calientan de una manera tan escandalosa. Por lo que en medio del delirio general –mi socio por no acostarse con Katzume, ella por ir bebidísima, y yo por cumplir años sabiendo que reporteros con estrella me solicitaban y que un viaje al hemisferio sur se había hecho oficial el mismo día de mi último cumpleaños treintañero- informé de si necesitábamos o no viajar en autobús grosero por carreteras complejas a la capital de un país, que viviendo en Kep, de veras un milagro único, cada día nos quedaba más lejos.

 

Phnom Penh, para el que no la conozca, es un absurdo de ciudad que por ser capital de un país es visitada a menudo. Los cooperantes y las meretrices, los pederastas y los que apuntan maneras, los mochileros y muchos que cobran el paro en España, pasean sus cuerpos bajo la irritante humedad de una Phnom Penh que también ofrece momentos alegres. Pero claro, viviendo en Kep pocas veces se nos ocurría, a Sancho y a mí, visitar semejante peligro, con sus bares llenos de señoritas y sus hoteluchos a precios baratísimos: exactamente lo que necesitan dos solteros para perder la cabeza, sus escasos ingresos y pillar venéreas desasosegantes cuando el tratamiento del dermatólogo no dura menos de tres semanas y cuesta más que trece cenas.

 

El cinco de marzo, un martes, llegamos a la calamitosa estación de autobuses de Phnom Penh tras un viaje desde Kep donde los aires acondicionados y el karaoke iban muy subidos de tono. Nuestro tuktuktero, Chen, nos esperaba como siempre, sonriente y cordial, cuando tomamos sobre su vehículo ultra descapotable el camino hacia el Goldie, un hotelito que se separa del prostíbulo sin caer en esos falsos hoteles boutique que han proliferado en la capital de Camboya. A diecisiete dólares americanos la noche –los que cuestan diez son cloacas- podíamos descansar tranquilos sin miedo a ser devorados por la muchedumbre.

 

Serían las cinco de la tarde cuando me puse en contacto con Sergio vía telefónica. Sancho y yo estábamos en el Exchange, una bar ultra moderno con buena conexión a internet, necesidad evidente cuando no quieres perder el tiempo andando bajo el sol. “Elige tú el restaurante”, me dijo. Y yo, que no andaba muy ducho en conocimiento de casas de comida en Phnom Penh, me dejé seducir por una web que ofrece críticas culinarias de sus clientes a modo de información. Japonés, pensé, y metiendo datos en el Tripadvisor salió primero el Yumi, un restaurante que ni parecía caro ni falso. A las nueve sería la cita.

 

Antes, Sancho y yo, exhaustos del viaje y atraídos por la majestuosidad del toqueteo aceitoso, nos introdujimos en una casa de masajes donde se produjeron anécdotas de todo tipo. Para no alejarme del asunto principal, que en sí era aquella cena y lo que vendría después, sufrí el acoso de una señora de cincuenta y tantos que tras arrimárseme a las ingles se despelotó sin previo aviso mientras me incitaba, por veinte míseros dólares, a cubrirla. Por alguna razón inexplicable –seguramente era porque aún no había bebido lo suficiente- negué la mayor para tras ducharme, volver a vestirme e ir en busca de un Sancho que mucho más alegre me informó de que la suya “no pasaba de los veinte”. El Yumi estaba enfrente y allí no sólo Sergio, ilustre periodista y escritor, iba a aparecer, sino la protagonista de esta historia, una mujer de bandera sin mástil; un milagro al que sólo podrías acceder por medio de profundas casualidades; una anécdota que se transformó en una historia que hoy da hasta para este libro y espérate tú que no dé para un serie de televisión, ahora que están tan de moda, o para un juicio en donde no me quedara dinero para indemnización alguna.

 

Suelo llegar a las citas a la hora, sino antes, por lo que Sancho y yo tomamos el mando de la mesa mientras pedimos unas cervezas niponas –Asahi en este caso- para refrescar el cuerpo y ayudar a que el sudor siguiera brotando. El restaurante estaba casi lleno, con una amplia terraza donde nosotros nos encontrábamos, y una zona interior de compleja distribución con las mesas semi vacias de clientes. El personal, muy atento, nos informó de que la cocina cerraba a las nueve y media, por lo que tras ceder los minutos de rigor me apresuré a pedir en previsión de que Sergio llegara tarde. Sergio, finalmente, arribó con un par de amigos, uno español (Paco), y otro latino del que no recuerdo su nombre. Pero mientras estrechábamos las manos e intercambiábamos los típicos saludos, corroboré que a mi derecha un par de occidentales, presumiblemente americanas, cenaban. La que miraba hacia fuera, como yo, me llamó la atención, con su nariz saliente y su melena al viento. Parecía alta. Y de buen cuerpo. Pero aquella imagen quedó en una anécdota como tantas personas que se cruzan en mi camino a lo largo del día. Además, ayudó a que perdiera la memoria la ingesta de sake, de cerveza japonesa, y la sana conversación donde Paco tomó la voz cantante –menudo artista de hombre- y Sergio, muy profesional, sólo apuntaba datos certeros para no solapar a un Paco que por momentos no comía para no dejar de hablar.

 

En un momento de la noche –ese clásico momento donde ya no hay nada sobre la mesa, salvo restos de comida y huesos roídos- abonamos a escote y abandonamos un local donde prometimos volver. De hecho lo haríamos más adelante. Aunque nunca juntos pero todos por separado. Pero hoy, pasto de las llamas del capitalismo más extraño, Yumi no existe. Y eso que servía comida de calidad, trabajada y a precios asequibles. Pero claro, si la inmensa mayoría de los expatriados de Phnom Penh no entienden de calidad, ¿cómo iba aquello a ser económicamente beneficioso para su dueño? La capital de Camboya, para el que no lo sepa, en un centro de producción masiva de hamburguesas grasientas y perritos calientes cancerígenos así como pizzas de sospechosas procedencias. Lo que demanda el pueblo, ni más ni menos.

 

Luego nos fuimos al Barsito, un bar de éxito rotundo donde dos neozelandeses han sabido hacérselo para atraer a la no poca clientela expatriada de Phnom Penh. Allí Sergio, al ir a orinar, habló con la pareja de mujeres que habían cenado donde nosotros, informándome que, al menos, a la que le dirigió la palabra era canadiense. Aún quedaba la duda de saber de dónde era la que yo me había fijado y por qué habían ido al mismo bar que nosotros. Con el paso del tiempo descubrí que en Phnom Penh tampoco hay tantos sitios donde ir; y menos un martes.

 

Tras el Barsito, el latino nos llevó al Nova, una discoteca que más adelante representará una buena parte de mis problemas y en la que nos volvimos a encontrar con aquellas supuestas americanas que bailaron sin cesar alrededor nuestra. Yo, que no soy muy amante del baile, llegué a plantearme el entrar a la de la nariz prominente por su sonrisa celestial y por un hecho mucho más sencillo: me miraba. Que muchas veces todo se reduce a que alguien muestre interés por uno; con lo fácil que sería no tener que pedir teléfonos a personas que realmente nunca estuvieron interesadas. Pero tras balancearme de cerca me entraron las dudas. Y sobre todo cuando se marcharon las chicas, seguramente desoladas de tanta falta de interés general, me acabé fijando en una modelo de apariencia local a la que me faltó un instante para que cambiara el curso de esta historia. Sancho, muy de cerca, me dijo: “Nos vamos que estos se van a otro sitio”. Y yo, siempre tan fiel a mis amigos, incluso cuando los había acabado de conocer, les seguí con el mal sabor de boca de haber perdido a ese ángel que luego pasaría a la inopia de mi mente.

 

Finalmente, y en una noche que estaba dando mucho de sí, con un Paco que ya directamente se subía por las paredes para que le escucháramos, llegamos al Pontoon, un antro donde se pincha música seria, y donde para decirlo claramente, el 98% de las mujeres que lo habitan son meretrices. Debe saberse que en Phnom Penh, donde el expatriado hace estragos y las expatriadas campean por las calles sin pena ni gloria, los bares están llenos de putas y no porque éstas pasen hambre, precisamente. Sin ir más lejos, yo ya había capeado temporales personales en el mismo lugar al haberme llevado a muchachillas con las que luego me levantaría al grito moldeado de “son veinte dólares”, mientras se recolocaban la ropa y me preguntaban mi número de teléfono. Tan detallistas.

 

Pero aquella noche sería diferente. Primero, porque por cuarta vez –tras el Yumi, Barsito y Nova- volvería a darme de bruces con aquella mujer que ya no sabía si era americana, canadiense o groenlandesa, uno de mis sueños a la hora de encontrar a una pareja. Mis amigos, deleitándose, bailaban junto a mi pasividad en la pista principal y yo, absorto, seguía los pasos de travelos y putas, como tocaba. Sancho marchó con alguna y ya quedábamos menos; en esas, la pareja de mujeres que protagonizan este inicio de texto, fueron vistas por mis ojos con dos locales, por lo que asumí que aquello ya era historia por muchos encuentros casuales en una misma noche que se hubieran producido. Pero cuando comenzaba a sufrir los efectos del alcohol en forma de “búscate a alguien, no pierdas el tiempo” –esas voces siempre surgen cuando uno debería marcharse a casa a la carrera; que a veces pienso que el que martillea mi oreja no es más que el camarero del local para que siga consumiendo- Flower, la de la nariz prominente, la del cuerpo equivalente a su misma nariz, se me acercó de manera diligente para pedirme mis coordenadas. Creo recordar que le dije mi nombre y poco más; y yo sólo recordaba que me dijo que era de Boston, cuando a la siguiente cita descubrí que realmente era de Maine. Algo así como para un abulense decir que es de Madrid. En ese momento en mi cerebro brotaron recuerdos de Larry Bird en sus Boston Celtics y poco más, porque al instante me había deshecho de ella para volver al reducto, yéndome sin avisar y planteándome muy seriamente el volver a despertarme con una meretriz de sonrisa amplia y complejidades mínimas. Pero mira tú por dónde Flower, con nombre florido y olor a hojarasca, me atacó de manera casi definitiva para llevarme a un apartado del Pontoon con la idea de contarme su vida. Que suele pasar, te separas de tu pareja de cinco años –se llama Peter y hasta hace poco llamaba para decirle que se quería suicidar-, con la que te compraste una casa inolvidable y viviste momentos en 3D, y se te pasa el tiempo intentando mostrar al mundo que tú eras perfecta y que él no lo era. No recuerdo mucho de aquella conversación –de hecho al día siguiente no recordaba nada- pero lo que sí brotó de mi mente fue mi interés por saber cuánto pesaba. De hecho se lo pregunté y hoy día aún me lo recuerda con feo gesto. Antes de irme, y cuando de camino al Goldie –mi hotel- me dijo que era “una pervertida”, me volvió a recordar su nombre: “Me llamo Flower”. “Eso significa flor”, le apunté. Luego, y en acto caballeroso, la dejé volverse a casa cuando siempre pensé que quería follarme y que yo era un genio porque le había dado boleta. Cuando marchó en el mismo tuk-tuk, me escondí tras un ciprés para buscar otro que me volviera a llevar al meollo del asunto. Esa noche el Madrid eliminó al Manchester United en Old Trafford y Hugo Chávez murió. Yo, absolutamente borracho desde un bar anodino –y rodeado de putas-, envié un mensaje al móvil de Flower: “Sálvame”. Acababa de meter el segundo Cristiano, y una señora ultimaba su interés en no volverse a casa de vacío tras haberme metido un dedo por la parte trasera de mi pantalón. Hacía calor, mucho calor.

 

Luego me acuerdo de imágenes fugaces. Destellos. Una muchacha en el camastro de mi habitación del Goldie; luego la misma muchacha duchándose con la puerta abierta, con el agua que había saltado el escalón de seguridad comenzando a inundar los alrededores de mi cama; y de nuevo ella, de unos veintidós años, marchándose con cierta pomposidad y veinte dólares de más. Entonces tomé el relevo de la ducha y tras desatascar el desagüe, lleno de cabellos de diversos colores, tamaños y presumibles procedencias varias, comencé a evaluar una noche anterior en la que, la verdad, conocer a Flower fue sólo una anécdota. No creo recordar que enviara ningún mensaje más y así pasaron dos días hasta que Sancho y yo tomamos el camino de vuelta a casa, en otro autobús que sería ilegal en la pestilente Occidente, recauchutado y traído desde Corea del Sur, cuando allí ya hacía tiempo que no se le permitía transportar a pasajeros. Los clásicos detalles que regala el primer mundo al tercero. Luego el lastrado autobús se cae por un barranco de Ratanakiri, provincia boscosa y selvática camboyana, y los informativos del primer mundo abrirían sus noticieros sin recordar de dónde procedían los autobuses, en este caso y otros muchos donaciones de un primer mundo bastante peculiar. Durante el trayecto sonó mi móvil. Era Flower, que me invitaba mediante un mensaje de texto súper cordial –cómo son los americanos con buena educación familiar y escolar- a una fiesta en casa de no sé cuál amiga –luego descubrí que sería Marilyn, una de las numerosas toxicidades con las que se rodea-. Para corroborar que aquello no terminaba de atraerme, contesté al día siguiente: “Perdona, ya estoy de vuelta en Kep. Siento no haber ido a esa fiesta donde espero que lo pasaras muy bien. Cuando vuelva por Phnom Penh te llamaré. Saludos”. Como se puede comprobar mi texto de vuelta estaba a la altura de su educación y modales cuando yo a la universidad no fui ni de fiesta. Y la vida siguió en Kep, con absoluta normalidad, motorizado por las obligaciones de un lugar desierto de gentes y taxis, y con larguísimos caminos para ir de un sitio a otro –que se sepa que nunca en mi vida había conducido moto o coche; y que las bicis dejaron de existir cuando a los quince años de edad clavé la cabeza en el asfalto por mis malas habilidades al pedal-. Pero el domingo nueve de marzo, dos días después, celebrando con Sancho su cumpleaños en un bar de alterne donde veíamos sin prestar atención en una televisión de los años setenta un aburridísimo Real Valladolid-Málaga –debe saberse que no nos interesa el fútbol aunque sí el milagro de ver a una familia camboyana con hijas menores en medio de la nada llevando un bar de putas mientras tomaban nota de un partido fútbol cualquiera de la Liga española-, comenzamos Flower y yo a cruzarnos mensajes –es lo que tiene el alcohol; aunque luego descubrí que ella no estaba bebiendo- para llegar a una conclusión mucho más que inesperada: Flower vendría a visitarme en sólo cuatro días con la idea de pasar el fin de semana. El mundo se me vino encima. Sobre todo cuando al día siguiente desperté y evalué la situación: A ver, no conozco de nada a esa mujer; además, creo que está gorda y posee una nariz prominente; a todo esto, ¿para qué querrá venir a verme? Y por cierto, ¿de qué hablamos aquella noche? Sólo recuerdo que era de Boston y que en medio de una frase dijo que era “una pervertida”. La cuenta atrás había comenzado y yo no sabía si estaba preparado y sobre todo si de verdad deseaba verla, conocerla y acostarme con ella, evidencia que iba suceder pero que me tenía intrigado porque normalmente las personas no se recorren en autobús medio país tercermundista para hacer el acto con un desconocido, además calvo y con melenas, que bien podría ser un ex convicto si no un asesino en serie.

 

Hasta el miércoles, un día antes de su llegada, no nos volvimos a cruzar mensaje alguno; y ese día, en la barra del Toucan, un horrendo bar lleno de mierda donde se resume la calidad de Kep no hay más bares donde tomar algo, ojo-, recibí un mensaje simplista: “Que mañana llego, no te olvides de mí”. A la vez de aquello se produjeron dos acontecimientos magnos, únicos, milagrosos, y hasta depresivos, o al menos uno de ellos: el hotel boutique que íbamos a montar Sancho y yo en Kep se nos había venido abajo cuando él estaba en Phnom Penh a punto de firmar con nuestros abogados y los fajos de billetes de cien dólares en una mochila. Allí descubrimos que había gato encerrado y que todo nuestro esfuerzo de meses se nos había ido, literalmente, a tomar por el culo. El segundo momento mágico, justo tras enterarme que de un día para otro no había más proyecto que seguir viviendo, fue escuchar en el Toucan una canción que venía sonando en mi tálamo desde hacía mucho tiempo y nunca había localizado ni su título ni a su interprete. Salté como un resorte, indignado por cómo de templadas sirven las cervezas en ese maldito bar, para verificar en el ordenador del bar que aquel nuevo mensaje de amor se llama Israelites y tenía por cantante a Desmond Dekker. Al llegar a casa, abrumado por tanta desgracia y con el soniquete de la canción a perpetuidad, ya que la había escuchado trescientas veces seguidas en Youtube por si me daba un golpe en la cabeza y no volvía a acordarme de ella, recordé que debía contestar a una Flower que aunque ya dormía contestó a mi mensaje: “Esa canción es muy especial para mí. Nos vemos mañana. Buenas noches”, me dijo.

 

Y el día siguiente llegó. Como un juicio final. Con esa extraña sensación que no era la primera vez que padecía de preguntarme qué cojones había montado para tener que quedar con una tipa a la que no conocía de nada y con la que debería pasar, al menos, cuatro días. Para redondear el drama se confirmaba que nuestro proyecto de hotel se había ido definitivamente al garete y que sin mucho tiempo para recolocarnos estábamos sin negocio, con bastante menos dinero, y con mucho tiempo perdido. De la noche a la mañana Kep se había convertido en una especie de infierno y para colmo me quedaban poco más de cinco horas para recibir una visita nunca soñada. Que intentaba recordar su cara y sólo veía su nariz prominente. Si hubiera podido habría intentado cancelarlo, pero ya era inútil, absolutamente inútil.

 

“A las seis y media en el Sailing Club”, fue su último mensaje, por lo que me apresuré a escribir sin cesar, única alegría que podía meterme en el cuerpo además de un Gran Coronas reserva, que con la cálida temperatura me hizo padecer sudores varios e importantes ganas de dormir. Pero a las seis y veinte, diez minutos antes de lo pactado, y cuando yo seguía en calzoncillos delante del teclado y a tres kilómetros de mi cita, Flower me confirmó que ya estaba tomándose algo mientras me esperaba. Creo que ni me volví a duchar –en Kep ducharse tres veces al día era lo usual- para tras vestirme sin convencimiento y con pantalones cortos deshilachados, arrancar una moto que encendió a la primera –otro milagro escasamente usual- y que me llevó, bordeando el magnífico océano hasta un Sailing Club donde al haber anochecido ya no había posibilidad de ver su magnífica puesta de sol, la mejor que han visto mis ojos en este trayecto vital de sólo unos meses por Camboya.

 

Llegué tarde, diez minutos, cosa que nunca hago, y segundos antes de encontrármela me entraron muchas dudas ya que realmente no recordaba su cara y temía saludar a otra –ese lugar, el Sailing Club, si algo tiene son extranjeros tomando cócteles-; pero en la zona de la arena, y en una mesa con una silla vacía, Flower tomaba una copa de vino blanco. No me impresionó el volverla a ver. Aunque reconozco que me pareció más atractiva que aquel martes pasado en el Pontoon. La noté nerviosa –era porque ya se estaba enamorando- y tras besarla en las mejillas me pedí un gintonic que sirvió de llave para iniciar una conversación absurda, como todas la conversaciones entre dos personas que saben que van a follar y no se lo dicen a la primeras de cambio. Lo que sí que me sorprendió fue que vino sola, cuando me había dicho que vendría con amigas. “Ellas llegan mañana; yo he preferido venir hoy. Además, puedo trabajar desde el hotel por su conexión a internet; no hace falta que esté en Phnom Penh”. En ese momento dudé de su profesión mientras que corroboré que el hecho de que hubiera venido sola era muy importante. Algo le pasaba. Aunque a mí lo único que me ocurría es que debía estar cuatro días con una americana desconocida cuando hacía menos de veinticuatro horas que me había quedado sin negocio. Si hubiera podido verme desde el cielo sería uno de esos escarabajos a los que les es imposible darse la vuelta cuando por razones que nunca sabemos se han caído de espaldas.

 

Preferí ir a cenar, ante el largo día de alcohol, por lo que tras montarse de paquete en mi pequeña moto –era la primera vez que llevaba a alguien por esas peligrosas carreteras de Kep, cuando Flower sin estar gorda no deja de ser una mujer grande-, y yendo a unos módicos veinticinco kilómetros por hora, llegamos al Breezes, un restaurante privilegiado por su localización, junto al mar, con un precioso jardín, donde no suele haber clientes –como en todo Kep, un paraíso realmente desconocido- y donde cenamos de maravilla tras meternos una deprimente botella de vino blanco que casi destruye las más que dignas viandas. Sin pensármelo dos veces y tras abonar la cuenta, le dije a Flower que se montara en mi moto la cual manejé hasta mi casa. Ella ni rechistó. Y de pronto otra encerrona auspiciada por mí: tendría a Flower en casa, con una botella de Bombay Sapphire, y toda una noche por delante en donde no me quedaría más remedio que desvestirla y horadarla. Pero aún no las tenía todas conmigo. Quiero decir, sabía que no debería resistirse, pero yo no estaba convencido de lo que estaba haciendo. La conversación amortiguaba las dudas, con su excelente dicción y perspectiva del mundo por su enorme experiencia tras haber visitado y vivido en numerosos países; además de su curiosa y muy rica vida estudiantil, donde fue desde actriz a psicóloga para definitivamente haberse convertido en abogada criminalista, una experta en la defensa de violadores, pederastas, asesinos y terroristas. Y la verdad es que comencé a cogerle gustillo al asunto y a corroborar que aquello no iba ser flor de un día, tras sentar las bases claras para que esa noche fuera la primera piedra de nuestro asentamiento en la parábola del amor: seguía sin tocarla y ya eran las cinco de la mañana; mal presagio.

 

Al rato la invité a subir a la terraza de casa desde donde vimos amanecer. Al momento, se me ocurrió que irnos a nadar al océano sería otro momento histórico para algo que ya irremediablemente no se iba a quedar en un triste polvo. Una pequeña plataforma de madera y cemento por donde en alguna época debieron ascender y descender pequeños barcos, nos sirvió para comenzar a conocernos mejor ya que ella se bañó en ropa interior y yo igual, debiendo reseñar que nos tiramos más de una hora en la maravillosa agua donde pasé casi todo el tiempo cogiéndola en mis brazos y calibrando qué tipo de ilusionantes piernas posee y olisqueando la perfecta mezcla de la extrema salinidad del mar y la suya, en una piel tan atractiva que juro que no salí antes del agua porque la erección era interminable.

 

De vuelta a casa y tras verificar que tanto había ido el cántaro a la fuente que Flower me estaba comenzando a gustar, pensaba en que ya no me quedaba otra que ducharme con ella, quitarle la sal a lengüetazos y culminar lo que los dos esperábamos. A las semanas me dijo que estuvo a punto de invitarme a ducharme con ella. Pero no lo hizo. Yo tampoco abrí la puerta para asaltarla. Aunque lo que sí hice fue darle una pequeña camiseta con la que deberíamos echarnos un rato en la cama. Como tenía la ropa interior mojada decidió acostarse junto a mí sin bragas. Aunque debe saberse que me estaba comenzando a aflorar un tremendo respeto por una persona a la que aún no me atreví a tocar. Olía a Tsubaki, mi champú nipón. Y llevaba puesta mi camiseta del Uniqlo. Por lo que se me hizo aún más cuesta arriba meter mano a una persona que ya comenzaba a recordarme demasiado a mí. Serían las nueve de la mañana. Le toqué la mano. Luego debí quedarme dormido.

 

Joaquín Campos, 29/08/13, Phnom Penh.

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