25 Septiembre 2013

Viaje a Chile

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El primer mes de relación se acababa de cumplir entre las extenuantes dudas que teníamos Sancho y yo, que aún no sabíamos qué derroteros tomar ante el final absoluto del proyecto original de Kep que no estábamos seguros de si debía desembocar en otro diferente en Phnom Penh o, si como insinuaba él, nos quedábamos con lo de Chile, si acababa saliendo, cuando los dos sabíamos que allí no había sitio para más de uno.

 

A mí, la verdad, lo de irme a Chile no me ilusionaba demasiado. El viaje, sí. Y el posible negocio, también. Pero dejar Camboya, y esencialmente Asia, me desdibujaba el rostro que sólo era recompuesto cada vez que veía a Flower, la causa final y absoluta para que no quisiera marcharme de aquí. Porque satisfacer al amor debería ser una obligación que superase las surcos que te marca la sociedad para que el pueblo acabe acostándose creyendo haber hecho lo correcto, cuando lo incorrecto es no seguir a tu corazón, especialmente cuando late de manera violenta. Que cuando nos duele nos hace correr al hospital a atajar el infarto, asustados y arrepentidos de todo lo que nos hemos metido entre pecho y espalda, y cuando se enamora, calculamos el aterrizaje. Seis años de vida en China –la mayor masacre de la historia documentada de este planeta- y unos meses en Camboya hubieran sido una manera muy injusta de dejar Asia, cuando además mi sueño sigue siendo pasar parte de mis días en Japón y por qué no, en Mongolia.

 

El sexo –ese juego de mesa que se juega en la cama y en el que, luchando, pueden ganar los dos; o incluso los tres- seguía siendo materia prima en nuestro día a día aunque un extraño problema de comunicación, por culpa de los arquitectos modernos, me contraía el estómago y me hacía más de una vez salir a la carrera a eso de las siete de la mañana buscando el baño público más cercano, generalmente en Le Café, una cafetería donde se cagaba bien, sobre todo después del primer solo. Y las razones a estos cambios geográficos a la hora de defecar había que encontrarlas en que su baño, grande y abierto de par en par frente a su única habitación y la cama, no tenía ni puerta ni cortina, por lo que soltar lastre frente a tu reciente pareja, por mucho que en temas sexuales nos hubiéramos tomado ya demasiadas confianzas, no era plato de buen gusto, teniendo en cuenta que yo siempre he sido de buen comer y que las ingestas alcohólicas eran, casi todas las noches, lo más parecido, cuantitativamente, a las que se meten los familiares directos y gorrones en las bodas que nunca son de ellos. 

 

Flower, si tenía que ir al Tribunal, se levantaba a eso de las cinco de la mañana, en un esfuerzo sobrehumano por ayudar a desenmarañar una farsa occidental-progre, un asunto ridículo que deja al primer mundo a la cola de la dignidad, por eso de juzgar a tres viejales de la plana mayor de los Jemeres Rojos; que mientras los juzgan de manera amistosa se les van muriendo en sus brazos depilados por las mejores esteticien. Aquella mañana notaba extrañas ventosidades demasiado pestosas que parecían anunciar algo. Como los retortijones comenzaron a intimidarme, corrí tras mi ropa esparcida por el salón, seguramente arrancada la noche anterior en otro acto sexual salvaje, para saliendo a la carrera llegar por los pelos al baño de aquella cafetería convertida en cagadero público. Flower, seguramente esquivando la realidad, me dejó marchar sin preguntar. Al volver a su casa ya se había ido, por lo que la informé mediante mensaje de texto a su móvil de que una pequeña diarrea con décimas de fiebre turbaba mi felicidad. Como no hubo parte médico la anécdota pasó a la historia de las mentiras piadosas.

 

La cercanía del viaje a Chile, que se prolongaría entre pitos y flautas por espacio de tres semanas, nos acercó aún más, untándonos de una nueva capa de amor interminable de la que hacíamos ostentación cada vez que nos asomábamos a la realidad vital de un Phnom Penh que nunca terminó de emocionarme. En aquella época, y para que el crecimiento no cesara, instauramos un nuevo hábito en nuestros quehaceres diarios, resultando que cada vez que el beso de tornillo se alargaba por un espacio de tiempo superior a veinte segundos, nos mirábamos como neardentales retrasados para, siguiendo un acuerdo visual que pareciera pactado, incrustarnos en el baño más cercano a reventarnos mutuamente. Ni que decir tiene que ni ella ni yo habíamos sido tan exhibicionistas en nuestras pasadas relaciones, por lo que de nuevo llegábamos a conclusiones evidentes: tanto amor, tanta felicidad, cuanto sexo.

 

El Red Apron, un bar-tienda de vinos donde mi reputación era excelente, nos sirvió de experimento a nuestros desdenes viciosos-amorosos, usando ambos baños repetidas veces de donde debían salir gemidos estridentes y golpes contra las paredes por nuestras ilusiones amorales. En Afganistán hubiéramos sido carne de reformatorio islámico. Pero estábamos en Camboya, un país que tildan de conservador cuando queda muy opuesto a ese calificativo.

 

Una vez nos acercamos al Walkabout, uno de los bares de Phnom Penh que abre las veinticuatro horas del día y que aloja en su interior a extrañas clientas, de esas que sólo consumen si las invitas y que están dispuestas a irse contigo a casa siempre que les abones alguna participación de tu sueldo. No se llevan en esos lugares parejas occidentales, por lo que nuestra entrada debió sonarles o a que estábamos perdidos, como tantos y tantos turistas que nunca saben lo que hacen; o que buscábamos a alguna muchacha para satisfacer nuestros interminables bajos instintos en algún trío hiperbólico; o directamente que queríamos, tras la primera cerveza Cambodia, subsanar los baños a modo de fontaneros modernos. Y esto fue exactamente lo que hicimos. Con una salvedad: el pequeñísimo habitáculo, sucio y sin papel higiénico, tenía esas aperturas encima y debajo de la puerta que hicieron que los que esperaban su turno para orinar se pensaran lo de masturbarse allí mismo. La salida fue épica, con cuatro lumis maquillándose sin quitarnos la vista de encima y dos futuros pagadores haciéndose preguntas tales como: ¿Es que aquí se folla en el baño? ¿Es que hay meretrices americanas? ¿Es que no os apetece que me una? Un australiano de sesenta años y ciento veinte kilos, en evidente asimetría física-numérica, pasó la mano por el lomo a una Flower que ni la sintió aún consternada por la sesión brutal de sexo que nos acabábamos de dar. Y por una vez, y sin que sea la última, me sentí importante entre esa muchedumbre de putas y clientes, que en pasillo parecido al que dibujan los equipos de fútbol al reciente campeón de algo que se enfrentan a él, casi nos jaleaban en la repetitividad de un Walkabout que nunca había acogido tanto amor sin pagar dentro de sus entrañas.

 

Ya en la barra, y cuando creía que la música se iba a detener para dar paso a un presentador de no sé cuál programa basura de la televisión-caca, Flower, enrojecida de la presión física, los orgasmos, el amor y la vergüenza de verse señalada por aquellos ojos que realmente pecaban mucho más que nosotros, me dijo una frase que se repetía casi tanto como nuestro sexo en diversos baños públicos. “Nunca más”.

 

Además de esquivar el gimnasio por la buena forma física que nos generaba el sexo, hablábamos. Y hacerlo con la eminencia del disloque, de los políticamente incorrecto, era para mí otra razón para mi enfermedad, que crecía en su fiebre cada vez que abríamos diferentes puertas. Flower, sin duda alguna, no es una persona clásica, de pensamientos moderados, de calladas por respuesta, por lo que acudir con ella a reuniones públicas era un deleite. Jemeres rojos, política –aquí sí que discrepábamos a causa de su cierta devoción hacia Obama y su familia- y demás asuntos me caían como un chupito de Dyc de ocho años después del flan con nata: perfectamente. Otras cosa era la perversión que sentía para alinearse en la secta de “las mujeres independientes”, asunto que sí trajo cola en mi relación por la manera en la que amplié la dichosa frase: “Flower, tú eres una mujer tan independiente como dependiente de tus amigos”.

 

El Nova, club de moda en Phnom Penh en una ciudad donde realmente no hay clubs, y parada casi obligatoria entre la cena y el Pontoon, posee dos cualidades opuestas: la calidad y calidez de su dueño, y la perpetuamente lamentable puesta en escena del negocio, provisto de la peor música y el más lamentable ambiente que generan tantos y tantos expatriados a 12.000 dólares la nómina, los nuevos ricos sin quererlo, unos creyéndose que están salvando al mundo y los otros directamente hundiéndolo. Las botellas de Champagne se descorchaban con la misma facilidad que se abrían las puertas del baño y el hedor a perfume y maquillaje atascaba las narices de los mayores politoxicómanos que ni por esas detienen sus visitas a la taza del váter. Pero aquella noche tuve el honor de conocer a otro de los miembros de la banda tóxica a la que Flower pertenecía por ese drama que como decía anteriormente, hace a las mujeres más independientes con su sexo las mayores depravadamente dependientes de sus amigos, unos personajes de los que presiento nada sabrá de aquí a un lustro. Que en la edad adulta, por mucho que nos neguemos a reconocerlo, se repiten continuamente muchos de los tics llevados a errores durante las épocas infantiles, especialmente el de vivir en una ciudad un par de años, y al largarte, sentir como aquella amistad que parecía asentada sobre ocho pilares góticos era en realidad un homenaje a los campamentos de verano, donde comenzado el curso escolar si te he visto no me acuerdo.

 

Rik, holandés de presumible éxito laboral, que sospecho más de una vez se habrá despertado mojado porque Wikipedia le concede el penoso don de la fama en un archivo –el auténtico jamón del mono-, se plantó en la barra con una sonrisa que con el tiempo descubriría que no era auténtica, aunque esto no debe de sorprenderme, ya que a mayor edad menos sinceridad. Rik, como decía, captó que Flower no se andaba por las ramas a la hora de expresar su amor, que en postal juvenil nos mostró comiéndonos las bocas mientras él pedía una ronda de vodka y otra de la ruleta rusa, abrumado por unos indicios que como pedradas acabaron haciéndose fuertes en cada uno de los amigos de Flower, todos solteros o casi, que la necesitaban con ellos cuando si hubieran estado éstos emparejados poco la hubieran molestado. Que la solidaridad no va por barrios, sino por intereses.

 

El Nova me asfixiaba. Y no sabía cómo salir de allí hasta que comencé a ausentarme, permitiendo en esa modernidad que acaba pasando factura que Flower saliera con el grupo tóxico mientras yo me quedaba en casa -¡en su casa!- dándole a la tecla y contando los minutos para volver a verla. Debe saberse que el hecho de haber abierto el grifo de la libertad trajo consigo una inundación, posiblemente la primera en nuestra relación: “Qué cojones haces volviendo cada vez que sales a las seis de la mañana borracha como una mamarracha”. Y su respuesta, a la altura de lo que Ban Ki-moon les enseña: “Me necesitan. Mi apoyo les es importante”. Algunas de las veces que ella estaba moviendo el esqueleto y yo quemándome en mis entrañas –y suerte que no tomé la calle de en medio: el puti-club más cercano a su casa- me hacía preguntas sin respuesta que aún eran subsanadas por el inmenso amor que nos profesábamos y la catarata de sexo que nos envolvía.

 

Días antes de marchar a Chile se nos presentó otro dilema, que aún siendo nuevo nos sonaba como a pasado: ¿Menstruación sí o no? Todas a uno luchábamos por el sí pero nuestro historial de un mes, un auténtico sabotaje hacia nosotros mismos, anunciaba dos opciones reales que se entrelazaban en nuestros sueños y pesadillas mientras seguíamos jugando con fuego, por esa teoría del “ya que hemos metido la pata unas cuantas veces sigámosla metiendo”. Y no sé, ni éramos ugandeses ni solíamos hacerlo siempre bajo el influjo del alcohol.

 

El viaje a Chile que se conformó el día de mi trigésimo novenos cumpleaños, exactamente cuando comienza esta historia de amor y delirio, llegó un día de la primera semana de abril, cuando tras despedirme de mi auténtico amor, enfilé con Sancho el camino del aeropuerto con un destino aún difuso: ¿habría nuevo proyecto en Camboya, exactamente en Phnom Penh? ¿Quedaríamos tan prendados de Chile que nos sería imposible rechazar el ofrecimiento? ¿Me volvería solo a Camboya con una mano delante y otra detrás? Conviene recordar que la idea inicial de montar un pequeño hotel en Kep acababa de saltar por los aires y que mi socio no estaba aún por la labor de inmiscuirse en otro proyecto en el mismo suelo camboyano; por lo que mi temor, basado en una realidad absoluta, arrancó el mismo día que tomamos unos vuelos, que encadenados, nos llevaron hasta Santiago de Chile y un par de días después a la Isla de Chiloé, paraíso de la naturaleza donde un futuro hotel nos esperaba con opciones reales de negocio y agobio.

 

Volamos de Phnom Penh a Hong Kong con Dragon Air, donde comenzamos un festival alcohólico que no cesó hasta que aterrizamos en la ex colonia británica, donde tuvimos que hacer noche y aprovechamos para visitar a unos amigos españoles dignos, milagro no usual. A la mañana siguiente, y casi sin haber dormido, tomamos un Delta hacia Tokio, desde donde cogimos otro hacia Atlanta. Aterrizar en una ciudad americana en medio de ninguna parte –les recuerdo que día y pico antes abrazaba a Flower en Phnom Penh- me hizo sentirme extraño en el que justamente era su país. Atlanta, en sólo unas horas, nos mostró una extraña línea de metro (Breezes), una educación brutal de sus ciudadanos, una cocina floja de solemnidad, un vacío casi absoluto en sus ordenadísimas calles, y la posibilidad de comprar el New York Times, única alegría reseñable. A las siete horas estábamos de nuevo embarcando hacia Santiago de Chile. Y ahí sí que comenzaron a flaquearme las piernas de casi cuarentón que ya gasto. En los vuelos duermo poco porque en los transatlánticos si quieres, puedes estar bebiendo sin cesar.

 

Nada más poner pie en Santiago comencé a soñar con una conexión a internet por mi enorme deseo de saber de Flower. Para mí un solo mensaje de Skype era la gasolina necesaria para continuar en esta vida repleta de socavones y colinas, la mezcla perfecta para un tipo como yo que vive en un continuo sube y baja. Un café en pleno centro de Santiago de apariencia castellana, ordenado y recio, vetusto y con extremo olor a grano recién molido así como estridente en el sonido de choque de platos contra tenedores y éstos contra vasos, nos sirvió para conectarnos con una realidad que como siempre, era exactamente la misma que hacía dos días y medio: problemas políticos, económicos, declaraciones manipuladas, comentarios de lectores aberrantes, y goles y más goles. Pero en mi correo electrónico, a modo de ilusión, tres mensajes que al leerlos paulatinamente, me iban acelerando el corazón e incluso, porque no decirlo, provocándome una erección que así, de buena mañana, con un bocadillo de palta –aguacate en Chile- y un segundo café solo, me parecieron una grosería cercana a la poesía más enferma. El Mercurio, diario nacional por antonomasia, me sirvió para saciar mis ilusiones lectoras, cuando en Camboya es harto difícil encontrar periódicos ni que decir en China, país donde informarte es una provocación. Así, andan prensa, tele, radio e internet censurados y los humanos como alegres.

 

El tiempo que estuvimos en Chile, que contando los días de viajes sumaron tres semanas lejos de Camboya, nos valió para descubrir un país en apariencia más serio que España, con una cocina floja y una materia prima interesante, que daba cobijo a una población tan introvertida como tranquila, y en donde una isla (Chiloé) pertenecía a su geografía y a los milagros de este mundo, por su pureza natural, sus cielos cambiantes, sus lluvias bajo el sol, su tierra húmeda y sus perros afables, y su gama de cervezas varias, variopintas y reales. Alemania, sin duda alguna, había ayudado con su inmigración del siglo pasado a que Chile no fuera otro cachondeo más de Sudamérica así como que para su zumo de cebada hubiera digna competencia por ver quién lo hacía mejor. El hotel sería posiblemente nuestro negocio, además de que comprendimos que irnos de Camboya sería un error. Por lo que tras mucho debatirlo, aceptamos que nada más volver buscaríamos un local o casa para montar un restaurante que llevaría el nombre de Trasañejo. Y mientras, el deleite, con lugares de esa isla de Chiloé, tan verde como ondulada, donde me reencontré con la más pura naturaleza que se hizo especialmente violenta en un lugar en el mundo, en mi mundo de treinta y nueve primaveras: Cucao, el auténtico fin del mundo, donde el Pacífico rugía mientras yo casi lloraba, con vientos huracanados y olas vertiginosas, donde lugareños nos vendieron almejas recién sacadas de la orilla; y yo soñé con volver allí algún día con Flower, un milagro a la altura de aquel otro. Queilén, pueblo marinero con aguas más tranquilas porque miran al continente, me hizo pensar muy seriamente en regresar para empotrarme en un hostalucho y darle a la tecla a la vez que a la cerveza Escudo. La pena es que hasta allí no llegaba El Mercurio. Y eso que lo busqué afanosamente. Lo que sí había eran indicaciones para poder escapar en caso en tsunami. Y aquello terminó por ablandarme el corazón.

 

Mientras todo esto se sucedía, con Castro, capital de Chiloé como epicentro de todo, mantenía conexiones complejas con una Flower que transitaba dos continentes más hacia allá y a diez horas de distancia. Pero nos amábamos, qué quieren que les diga.

 

 

Joaquín Campos, 25/09/13, Phnom Penh.

 

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