02 Octubre 2013

Volver a su hogar

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Tras dos maratonianos días de viaje llegamos a Camboya donde la normalidad era absoluta. Flower me esperaba en su hogar por lo que procedimos a lo de siempre: hacer el acto. Debe saberse que la cuesta abajo oficial comenzó con mi vuelta de Chile, donde padecí un brutal jet-lag que me cambió las horas de sueño y el humor. Saltaba de la cama a las cinco de la madrugada pidiendo explicaciones al limbo del porqué de mi problema que intenté graduar a base de botellas de vino y escritura, justamente lo que necesitaba el problema para expandirse. Flower se levantaba bien temprano y me veía en la misma posición que me había dejado la noche anterior: sentado frente al escritorio, empantanado entre las teclas, con un sacacorchos a mi izquierda y una copa de vino manoseada a la derecha. La veía ducharse en mi desesperación física-psíquica y con los horarios cambiados me iba a la cama cuando el día corría y ya nos habíamos puesto manos a la obra en la búsqueda de un local donde colocar Trasañejo.

 

Suele pasar. Pero para el que ha sido politoxicómano y alcohólico la medicación le da miedo. Por ello me atraganté a gotas de valeriana, que cuando el prospecto decía “seis” yo echaba catorce y un chorrito, a sabiendas de que la sobredosis de ese producto blandengue en su actuación era parecida a quererte matar por una ingesta de once yogures con tropezones de frutas supuestamente tropicales. Y el efecto, a tenor de los resultados, desasosegante.

 

Al cabo de los días –creo que el sufrimiento se prolongó algo más de una semana- recuperé una realidad en donde el día dependía mentalmente de Flower y físicamente de Trasañejo, en una tan profesional como agonizante batida de Phnom Penh en donde casi llegamos a pedir presupuesto por alguna de las mansiones que pertenecen a Hun Sen, un mafioso dirigiendo un país: lo de siempre.

 

Lo de residir en su casa por tantos días comenzó a generar en mí un agujero negro que no fui capaz de controlar. Aún recuerdo las frases del inicio de la relación, cuando Flower me llegó a escribir en un mensaje que todavía almaceno en mi teléfono, algo que me hizo temblar las piernas: “Vente a mi casa a escribir y olvídate de todo. Yo cuidaré de ti”. Por un momento me vi como un gigoló, mantenido por una fuerza de la ONU, acumulando historias que escribir mientras cada vez que saldríamos a dar una vuelta yo pediría Champagne como el que no quiere la cosa. Sin contar el gimnasio, las ropas más caras, algunas joyas, y cremas para sentirme más joven. Pero mientras elucubraba con ser un mantenido, creí sufrir una parálisis cerebral. Por lo que desistí de aquel sueño del paria, generalmente femenino.

 

Su trabajo, extenuante, junto con sus amigos, irrisorios, comenzaron a provocar enfrentamientos entre ambos que siempre eran superados por la fuerza del amor y la violencia del sexo más extremo. Los ictus seguían asomándose desde el balcón mientras yo me preguntaba cómo era posible que llevara ya cerca de dos meses en una casa ajena que no era la de los dos sino la suya. Mi maleta, siempre entreabierta y en el suelo, era mi armario; y cagar, como bien comenté antes, era un problema así como afeitarse, con el desagüe del lavabo atorado y todas las facturas pagadas por ella. En esos tiempo de sinceridad, en donde no hizo mucha falta contarle que tenía menos dinero que uno que se estaba bañando, Flower se hizo cargo de no pocos recibos, incluyendo restaurantes, botellas de vino y hoteles. Bien es verdad que en la cuesta abajo desenfrenada de la relación, era yo el que llegué a pagar hasta su jabón de manos llenándole de yogures una nevera que generalmente sólo almacenaba botellas de vino y agua mineral.

 

Mientras todo se devaluaba, pero a una velocidad inapreciable, hacíamos excursiones de enamorados. Un domingo, me llevó al hotel más caro de la ciudad –el Raffles Le Royal– donde aparte de nadar como perros en celo, con ella encima mía y los demás bañistas preocupados por las imágenes que proyectábamos, nos bebimos una botella de Viñasol por eso de ayudar a la patria. En las hamacas, convertidas en camastros, nos manoseamos y besamos con tal virulencia que las copas cayeron de la mesa sin llegarse a romper. Nunca entenderé la teoría de la puta seguridad que no permite el cristal cerca de piscinas por si alguna persona, en accidente mucho menos preocupante que dejar preñada a alguien, se corta la planta del pie. Porque el vino no se hizo ni para mezclarse con otro tipo de bebidas ni para servirse en recipientes infantiles.

 

A la vuelta del hotel, me puse a escribir quinientas palabras en diez minutos en una vacilada a la altura de una mecanógrafa obsesa, que la emocionaba tanto que terminé por aceptar que el amor es ciego y aquella literatura que escribía una puta basura generada solamente para sorprenderla y embaucarla. Luego acepté que aquella no era mi casa, ni ése mi escritorio, y aunque usando mi ordenador, era incapaz de hilvanar dos frases seguidas con sentido. Necesitaba una casa pero aún la necesitaba más a ella. Por lo que las decisiones se hacían esperar más que la lluvia en Palestina.

 

Otro botón para nuestra camisa que se deshilachaba incansablemente fueron las constantes peleas que manteníamos en lugares públicos. Que ver a Flower haciendo aspavientos, llorando o celosa, cuando de fábrica era una americana reservada que no besaba ni daba la mano en público, me trajo por la auténtica calle de la amargura. Y hablando de celos, nunca los padecí tanto como en aquellas semanas, por su promiscuidad amistosa, su don de gentes, y esencialmente su manera de ser demasiado abierta a las cinco de la mañana con tipos que decían ser “sus amigos”. Reconozco un retroceso en mi personalidad porque Flower me sacó de mis casillas, en todos los sentidos, jugando con fuego cuando realmente sabía que nunca cruzaba la línea. Pero lo de menos no era lo que ella hiciera, sino lo que un día ocurrió, con un holandés amigo de Rik que se presentaba como “artista” –el mundo sigue dando vueltas por la inercia del espacio exterior y no por sus habitantes- y que manoseó su culo de manera prodigiosa. Cuando le pedí explicaciones saltaron las alarmas. Luego me pidió disculpas y comprendí que para una mujer que venía de una relación de un lustro, casi encerrada en casa por su exceso de trabajo y las negativas de su ex a que se diera garbeos, y con treinta y dos años llevados de aquella manera por no dormir ni hacer deporte ni cuidarse, sentirse atraída no era moco de pavo. Uno de esos días le solté una de mis frases prodigiosas, que en vez de ser tomadas como las de un filósofo en ciernes, fueron consideradas un ataque hacia su persona: “A las cinco de la mañana en una discoteca cualquier mujer es penetrable. Prueba a ver si alguno de esos es capaz de invitarte mañana a un desayuno de taza de café con charla posterior de dos horas”. Porque al final, el único que quería verla de día, tocarle el culo a las tres de la tarde y mirarla a destajo era yo. Y aunque aquello le doliera, era una verdad parecida a la caída libre de una relación portentosa en la pasión de la que me hago el único responsable y por lo tanto, culpable.

 

Nunca soñé con una relación como la que tuve con Flower, preparada para dirigir una región y a la vez, cercana al absurdo más acomplejado. Mi teléfono no dejaba de sonar –y el suyo también– con unas ristras de mensajes que me hicieron hasta dudar de Metfone, la compañía que me abastece de señal y a la que casi pido explicaciones por los facturones que abonaba cada mes. Para colmo de males, padecíamos extrañísimas situaciones con nuestras comunicaciones, a causa de mi absurdo móvil comprado en China –gracias China, una vez más– que aunque enviara siete mensajes, a veces, y no pocas, les llegaban amontonados doce horas después. Y lo mismo para los que ella me mandaba. Esta angustia generó otro tipo de dudas y enfados, en donde era difícil entender el mal que nos hacía esa compañía de telecomunicaciones. Para salir de dudas, no sólo con Flower padecía ese problema, que también ocurrió y ocurre con otras personas. Por ello, Skype era una de las pocas salidas seguras además del correo electrónico. Pero cuando no recibía respuesta por ningún medio, directamente llamaba, comprobando que todo estaba en su sitio y que mi mente, ahogada en alcohol y humedad, seguía marchitándose.

 

Mientras intentábamos disfrutar de nuestra relación, hecho difícil por su exceso de trabajo y mis ocupaciones diarias, sonaba su móvil como si los que le enviaban mensajes no supieran que estaba intentando disfrutar de su relación que en el fondo comenzaba a formarse sobre vigas poco profundas. Eso a mí me quemaba la sangre. Pero el asunto subió de tono cuando Rik amenazó con divorciarse y le pidió ayuda. La ayuda, no se crean que abastecerle de botellas de oxígeno o ansiolíticos, consistía en acompañarle en sus largas noches para que no se sintiera desamparado. Rik, que ocho años antes horadó y ofreció matrimonio a Flower, fue el jaque-mate para que mi ex muchacha llegara a Camboya el pasado diciembre. Jugó con sus sentimientos –sabía que estaba en crisis con Peter– y ocultó los suyos –tenía planeado divorciarse–. Pero lo que no calculó fue mi aterrizaje, prácticamente perfecto. Que donde se ponga el amor que se quiten los planes sin alma sacados de una calculadora escolar. Rik, el que necesitaba ayuda, miembro esencial del grupo tóxico y al que le fue negada la posibilidad de casarse con ella tras una extraña relación de días, es hoy su jefe, para que vayamos viendo que la cosa no era, precisamente, normal. Luego le explicaba todo esto a Flower y se subía por las paredes. Hasta que su madre se lo comentó y ella admitió la teoría. Que no hay nada como las madres. Sobre todo cuando vives a miles de kilómetros de distancia. Rik, que me saludaba con la clásica falsedad que gastan los humanos, se niega a estrecharle la mano a Sancho, que desde que se lo cruza es ignorado, justificando que el perdedor siempre se venga por el eslabón más débil, por mucho que la vida le haya dado sueldos disonantes con su nula capacidad humana y una tremebunda falta de autenticidad. Intenté hablar con Rik un montón de veces, pero sólo acertaba a mirarme abrumado, falsario, lejos de mis ojos, sonriendo fríamente, como abducido.

 

Mi inglés, que sin ser paupérrimo no sería valido para dar simposios en esa lengua ante graderíos repletos de británicos, debía sonar extraño a los oídos de una Flower que en medio del amor más absurdo –porque el amor casi siempre es absurdo y por eso es precioso, como todo lo absurdo– le parecía “perfecto” con un “acento español” que le encantaba. A veces, hubiera querido saber cómo sonaba mi inglés en su cabeza; que su español, que siempre ocultaba, no era del todo malo. De hecho algunos de nuestros problemas nacieron en incomprensiones mutuas, en verbos fatalmente elegidos por mí, en frases que a sabiendas de la anglófona, eran usados en mi contra y viceversa. Aprendí mucho inglés, eso sí que lo debo reconocer, gracias a la convivencia con una americana a la que aquella noche que me atacó en el Pontoon casi no la entendía y que meses después hubiera pagado por haber seguido sin comprenderla.

 

La música que expulsaba mi ordenador, seleccionada siempre en Youtube, a la antigua usanza de los que no entienden una mierda de novedades tecnológicas, la ponía alegre, sobre todo cuando me insertaba los auriculares que le evitaban el sufrimiento y a la vez, el humor de verme saltar en la silla mientras escribía crónicas sin sentido; porque en aquella casa, la suya, de la calle 228, nunca encontré mi lugar literario, por mucho que sí encontrara el placer del sexo más legendario así como el amor más cancerígeno, por puro y sin cura, que jamás haya padecido mi corazón ya de por sí fastidiado de tanta vida disoluta.

 

En esta sucesión de anécdotas –porque el amor en sí es como un chiste del que luego rebaneas los buenos momentos, como las repeticiones de los goles evitando el tragarte todo el partido, como en los exámenes, cuando el 90% de lo estudiado no fue preguntado– no deben pasárseme las enormes dificultades que manejé para poder disfrutarla en cenas que se convertían, prácticamente siempre, en batallas campales. Primero, por su desinterés en comer, acomplejada con la posibilidad de coger kilos; y luego, cuando conseguía sentarla ante una mesa, floja en sus elecciones y nula en sus consumiciones, acabábamos bebiendo tanto que de pronto la velada culinaria había mutado en un claro caso de botellón juvenil. El drama se palpaba a cada trago de vino. Y si no éramos capaces de clavarnos los cuchillos de la carne en las propias nos escondíamos en los aseos donde volvíamos a horadarnos. Sin lugar a dudas estábamos dando todos los pasos necesarios para el ingreso en un hospital psiquiátrico. Pero por creernos mentes libres y ajenas a la media nunca aceptamos que aquello se nos estaba yendo de las manos.

 

Sancho, de justicia clara e independencia real, me lo explicó muy clarito: “Si Flower piensa que tus zapatillas de esparto rojas, que ya son negras de la mierda que cargan, son preciosas, es que se ha vuelto completamente loca”. Y así fue. Porque así pensaba mi chica, que lo mismo te retiraba la palabra en una madrugada de agonizante trabajo haciéndome dudar en si debía marcharme en ese mismo instante de su casa, como te decía frases para la posteridad, de esas que aparte de hacerte temblar te obligaban a desenfundar la pistola. Fuera la hora que fuese. “Nunca he sentido tanto. Sin duda eres el hombre de mi vida”. Y allí estaba yo, que en vez de hacer oídos sordos subía la apuesta provocando una riada de atracones pasionales. Y a la mañana siguiente depresión. Con Flower levantándose con resaca psíquica y física, el gesto deformado, y el hábito de meterse dos aspirinas a capón, en otra clara muestra de la vertiginosa caída que nos llevaba, sin aceptarlo, agujero negro abajo. Mañanas de mal presagio donde debía aceptar su mal carácter por su falta de descanso. Y luego lo de siempre: setecientos mensajes al móvil pidiendo disculpas y yo cayendo en sus redes. Pensé en numerosas ocasiones en bucear en internet a la caza de una muñeca hinchable. Pero mientras esto ocurría comencé a realizar apuestas suicidas. Porque casi superando al descontrol de hacerlo sin protección sin manchar las sábanas yacía un auténtico ‘all in’ del ludópata más reputado: “¡Dame la oportunidad de vivir contigo en una casa que sea de los dos!”. Y como los pares e impares, o según cayera la moneda, a las tres de la tarde era no y a las nueve de la noche era sí. Sin duda alguna se estaba gestando, aparte de un ictus –o dos–, un brote psicótico de 8,7 en la Escala de Richter.

 

 

Joaquín Campos, 02/10/13, Phnom Penh.

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