28 Febrero 2014

XII. La visita de la viuda

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Los días se iban haciendo imperceptiblemente más largos. Continuaba el mucho frío, pero el sol, al mediodía, calentaba ya algo más y afuera, a la caída de la tarde, el paisaje nevado se llenaba con una luz tenue de blanca quietud.

 

Arda Solís había terminado su jornada laboral y se paseaba ahora indolentemente por los alrededores de la casa. Iba y venía por la nieve mientras le daba vueltas a lo último que había escrito. ¿Debía eliminar aquellos ejemplos que había puesto al final o añadir quizá alguna reflexión más sobre la descriptio retórica en la prosa renacentista? Sin saber muy bien cómo, había vuelto a trabajar otra vez en la dichosa monografía. El primer capítulo estaba ya terminado y el segundo casi. Quedaba alguna laguna por ahí y más de un párrafo trunco, pero esta vez sentía que iba por el buen camino. La soledad parecía haber dado sus frutos.

 

Miró su reloj. Cinco y media. Pronto anochecería. El campo, a esta hora de la tarde, invitaba a la melancolía, aunque él estaba contento, casi eufórico. A lo lejos, en medio de la blanca llanura, se dibujaba la imponente y monda silueta de un arce.

 

Con ganas de estirar un poco más las piernas, Solís se disponía a bajar hasta la maraña de matorrales, allá al fondo, a la entrada del bosque, cuando oyó detrás suyo el motor de un coche y, casi de inmediato, abrir y cerrar de puertas.

 

Al principio pensó, al verlos acercarse, que era una pareja que se había perdido o acaso una curiosa pareja que deseaba fisgonear. Vestían los dos ropa de esquí. El hombre, altísimo, huesudo, pelirrojo, era todo sonrisas, gafas de sol y pecas. La mujer, elegante y muy señora, llevaba un jersey azul celeste y una bufanda rosa de cachemira que hacía perfecto juego con su melena rubia y el discreto maquillaje.

 

Se presentaron.

 

Ya ni te acordarás de mí. Soy Pamela. Y este es Johnny, mi primo.

 

El primo le tendió la mano y se la estrechó con fuerza.

 

Solís tardó un poco en reconocer a la viuda. La recordaba atractiva, pero no tan muñeca Barbi ni tan joven. Sus casi cincuenta años –que esa es la edad que le calculaba– no parecían más de treinta y cinco.

 

La viuda le dijo que se pasaba solo a saludarle. Se iban a Hunter a esquiar. Estarían en la estación de esquí dos o tres días y luego, a lo mejor, volverían por aquí con un agente inmobiliario. Había decidido vender la casa, pero no antes del verano. Solís encomió las bondades del sitio y lo bien que se encontraba. El primo, medio en broma, le soltó si estaría interesado en comprarla, a la vez que echaba un vistazo a la otra vivienda.

 

Aquí dormí yo más de una vez en verano. ¿Sigue habitable?

Me imagino, pero no sé en dónde anda la llave, aclaró la viuda. Habrá que llamar a un cerrajero.

 

Solís se vio en la obligación de confesar que él la tenía.

 

¿Has entrado?

Una o dos veces. Es un estudio precioso.

 

La viuda puso cara de extrañeza:

 

¿Sí? A mí siempre me pareció un lugar poco acogedor. Laszlo lo empleó muchos años de desván.

 

El primo trataba de mirar el interior a través de los pliegues de la persiana. Solís le adviritó que podía entrar, que la puerta no tenía puesto el pestillo. El primo la abrió y poco después, desde dentro, gritó que aquello estaba muy cambiado.

 

Está casi vacío, se le oyó decir.

 

La viuda bajó también a indagar. Solís, por un momento, se sintió como cogido en falta, pero en seguida las palabras de la viuda lo tranquilizaron.

 

Laszlo tiró al final casi todo. Tiró y quemó un montón de papeles. Los mejores muebles de las tías se los regaló a alguien de por aquí, no sé si a una antigua novia. Ahora este sitio parece otra cosa.

¡Y tanto! –exclamó Johnny mientras examinaba el recinto. Está irreconocible. Y mucho mejor. Fíjate en el cuarto de baño.

Sí, lo mandó arreglar poco antes de ponerse enfermo.

 

Solís le preguntó si las tías que había nombrado antes eran las hermanas de la madrastra.

 

Pamela hizo como si no entendiera la pregunta.

 

Solís se aturulló algo, balbuceó no sé qué y trató luego de explicarle que en las conversaciones con los vecinos había conocido algunos aspectos de la vida de Laszlo. El padre, la madrastra…

 

Pamela lo interrumpió:

 

Enrique ya me vino con algunas preguntas que le habías hecho. La familia de Laszlo era un poco disfuncional. Pobrecitos. Sufrieron mucho, pero estaban todos un poco tocados. ¿Qué te han contado de Esther?

¿De la madrastra? Pues que era una mujer de mucho carácter. Sus hermanas eran más simpáticas, ¿no?

Probablemente. Yo solo conocí a la más pequeña.

¿Vive?

Si no se ha muerto, sí.

 

Solís insistió.

 

Vive en una residencia del ancianos cerca de aquí, ¿no?

Pues supongo.

 

Se veía que el asunto no era muy del agrado de la viuda. Johnny encendió las luces del estudio, pero su prima le señaló el reloj:

 

Se nos hace tarde.

 

Salieron afuera. Era ya casi de noche. Solís los acompañó hasta el coche, un SUV color plata que se iluminó de pronto y empezó a emitir ruidos extraños. Quedaron en verse a la vuelta. Pamela, antes de meterse en el coche, se acercó a Solís y le agradeció que estuviera al cuidado de la casa.

 

Quien debe estar agradecido soy yo, replicó Solís.

Bueno, nos viene bien a los dos. Hablamos en unos días.

 

El SUV empezó a recular por la pendiente de la entrada mientras volvía a emitir unos ruiditos de nave futurista. Los focos iluminaron momentáneamente la fachada de la casa y, un momento después, un trozo de bosque nevado antes de perderse por la oscuridad del bosque.

 

21 de febrero

Acabo de despedir a la viuda y a su primo. Aparecieron los dos de improviso mientras yo estaba estirando las piernas por los alrededores de la casa. Se iban a esquiar a las montañas. El primo debe medir casi dos metros y tiene un muy buen aspecto, con su mandíbula prominente y su bronceado de rico ocioso, como saludable y guapetona me ha resultado la viuda vestida de esquiadora. La verdad es que sus rotundas caderas (y el pomposo derriere cada vez que se volvía) me han puesto algo cachondo. La visita, en todo caso, ha sido un tanto extraña. No han estado aquí más de veinte minutos y ni siquiera han entrado en la casa. Dijeron que volverían dentro de unos días con alguien de una inmobiliaria. La viuda quiere vender la casa cuanto antes. El primo, medio en broma, me preguntó si yo estaría interesado, y cuando le dije que no, se echó a reír, y luego, con la carcajada todavía en la boca, se fue para el estudio. Afortunadamente la viuda no ha echado cuenta de que yo haya entrado allí sin su permiso. Al parecer, Laszlo lo empleó durante muchos años de desván o cuarto de los trastos, hasta poco antes de morir, en que decidió arreglarlo. Me entero también de que muchos de los muebles que guardaba en el estudio eran de sus tías y que se los regaló a una “antigua novia” cuando hizo la reforma. La novia debe de ser Pat y las tías infiero que son las hermanas de la madrastra, aunque no me ha quedado del todo claro. La viuda no tenía muchas ganas de hablar. Contestó a mis preguntas con evasivas y cuando le insistí si las tías eran las hermanas de Esther, creo que se incomodó. Por lo menos confirmé que una vive (o vivía) en la residencia del pueblo.

 

23 de febrero

Se me secó otra vez la inspiración. Esta mañana no he escrito un solo renglón. A las doce, después del almuerzo, me pasé por la biblioteca y me fui directamente a hablar con Ms. Schwegler. Estará casada, pero creo que le gusto. Y ella me gusta a mí. Me gusta cada vez más. Estuvimos solos casi todo el tiempo en la sala, así que tuve la oportunidad de hacerle alguna que otra pregunta, no muchas, porque tampoco quiero agobiarla, ni ella es muy dada al charloteo. Se acuerda vagamente de Laszlo Martell. Venía solo para leer periódicos y tener acceso a internet. Del resto de la familia no sabe nada, como es lógico. Sale a colación su marido –o soy yo, más bien, quien le pregunto por él– y me dice que se alistó en la marina hace dos años. Está destinado en San Diego y lo ve poco. Por el tono de voz y la expresión facial deduzco que no es un matrimonio enteramente feliz. Al final me atrevo a preguntarle si me acompañaría uno de estos días a la residencia de ancianos del pueblo. Se queda un poco sorprendida por la propuesta, pero cuando le digo que estoy recogiendo testimonios de supervivientes del Holocausto y que me gustaría entrevistar a la tía de Martell, si es que vive, se muestra de pronto muy interesada. Me da pie a explicarle el proyecto, que adorno con algunas pinceladas de fantasía y color. Le parece fascinante. Me dice que hoy no puede, porque tiene que ir de compras a Kingston con su madre, ni mañana domingo, pero que el lunes, a partir de las seis, lo haría con mucho gusto, aunque no entiende muy bien por qué necesito su presencia. Le digo que con ella será todo más fácil. Ms. Schwegler se sonríe y por primera vez creo entrever algo de malicia en esa sonrisa.

 

24 de febrero

He trabajado algo esta mañana. Decido saltarme el tercer capítulo y comenzar con el cuarto. Si sigo así, no me extrañaría tener terminado el libro para junio, o casi.

 

*     *     *

 

Otro día más sin saber nada de Julia. ¿Estará molesta por algo?

 

*     *     *

 

Me paso la tarde en los malls de Kingston caminando de aquí para allá como un ánima en pena. En Marshalls compro un jersey color aceituna rebajado a la mitad y en Homegoods una vinagrera.

 

Vuelvo a cenar en Olive Garden. Ravioli con verduras esta vez.

 

Veo en una sala casi vacía Efectos secundarios, que es un thriller de argumento rocambolesco, aunque me lo paso pipa las dos horas que dura la película. Si pudiera, me gustaría volver a ver Vértigo de Hitchcock para comparar. Por cierto, Catherine Zeta-Jones está estropeadísima.

 

Antes de la película, para hacer tiempo, entré en Best Buy y veo en diferido la segunda parte del Real Madrid-Manchester que se jugó la semana pasada. Lo pasaban por cinco pantallas simultáneas, a cual más grande, más nítida y más ultramoderna. Miré también algún aparatito en la sección de ordenadores. Un dependiente estuvo a punto de convencerme para que me comprara un iPad mini. Quizá lo haga la semana que viene.

 

*     *     *

 

El cielo está todo estrellado desde las ventanas del salón. Otra noche frígida afuera. Pongo música: primero el concierto de guitarra de Giuliani y luego otro de arpa de Boieldieu. Le doy vueltas al cuadernillo con las páginas cifradas. ¿Se guiaría Martell por algún sistema de codificación especial? Será cosa de indagar en ello. Mañana quedo con la bibliotecaria. Si lo veo propicio, la invito a cenar este fin de semana.

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