Laura Fermina Saavedra Díaz

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    Parteras en Oaxaca, una tradición mexicana en extinción

    Laura de Pablo - 15-05-2014

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    Dice que es un don. Que con esas manos ya envejecidas han nacido varias generaciones. Las Madrinas, como las conocen en los pueblos. Laura Fermina Saavedra Díaz tiene 72 años. Es de San Francisco Lachigoló, a 18 kilómetros de la capital de Oaxaca. “Llevo 50 años de trabajo consecutivo como partera. No titulada ni nada, pero aquí estoy como estorbo de los de la bata blanca”.

     

    Con cabello largo y canoso, unido por dos trenzas que le llegan a la cintura, doña Laura nos recibe en el cobertizo de su casa. Una casa humilde donde ya casi no se vive de la partería. Los animales y las tortillas hechas a mano son casi el sustento de su familia, junto con los remedios de la medicina tradicional que vienen a pedirle los vecinos. Una familia de puras mujeres, cuatro. Una generación de parteras.

     

    A pesar de la cercanía con la ciudad, la población es pequeña. Apenas llegan a dos mil personas, y ellas son las únicas que atienden nacimientos. Ellas y, claro, la clínica del gobierno. Esos de la bata blanca que han marcado distancia con las comadronas.

     

    El sistema de salud las ha aislado. En el estado de Oaxaca quedan 400 parteras activas, de miles que había hace años. Ahora atienden en la clandestinidad, sobre todo para proteger a sus embarazadas, ya que si detectan que han acudido con ellas pueden quitarles el programa gubernamental de ayuda económica y alimentaria conocido como Oportunidades. Esta seudo advertencia dicen que es para reducir el índice de mortalidad materna, uno de los más altos del país. Pero culpan de esas muertes, sin base, a las matronas.

     

    Reducir esos índices es uno de los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas para México. Se había fijado una tasa de 22 decesos por cada 100.000 nacidos vivos en el año 2015. Sin embargo, el último informe indica que se está aún muy lejos, pues en el 2012 el indicador era de 42,3 muertes por cada 100.000 nacidos vivos. En el caso concreto del estado de Oaxaca los datos superan el promedio nacional, con un 61,3%.

     

    “A mis compañeras parteras, no sé si 50 o 100 pesos (entre 3 y 7 euros) cuánto les dan cada mes con el fin de que ya no atiendan a una embarazada, pero a mi aquí no me han logrado quitar todavía”, dice doña Laura.

     

    La experiencia y la sabiduría hacen que aún sea un referente en su comunidad, aunque por los años ya no pueda recibir a un niño. Ahora transmite los conocimientos a sus hijas, dos de ellas dedicadas por completo a la partería.

     

    Recuerda perfectamente el día en que atendió su primer parto. Era el 15 de Julio de 1964. Aunque había visto muchos nacimientos en su casa ya que se abuela y su tía a eso se dedicaban, fue en esa ocasión que por accidente le tocó ser la madrina.

     

    “En un momento en que las parteras habían ido a la cocina, me quedé cuidando a la mujer que se iba a aliviar (a dar a luz). Todo fue muy rápido. Todavía no entraban las mujeres a la cocina cuando la nena ya estaba gritando. ¡Qué compromiso! Envolví a la bebé, con otro trapo envolví la placenta y cuando las parteras regresaron y me vieron ahí les dije que cortaran el ombligo. Me contestaron que lo hiciera yo, que había atendido el parto”.

     

    Se ríe al contarlo porque dice que esa recién estrenada mamá la hizo famosa sin hacer nada, porque en realidad el trabajo lo habían hecho otras.

     

    Doña Laura ha perdido la cuenta de cuántos niños ha ayudado a traer al mundo, pero sí recuerda que al principio eran muchos, entre tres y cuatro al día. Dice que en ninguno ha tenido contratiempo por su falta de pericia, pero que sí ha visto muchos casos en los que los niños nacen mal. “Le echan la culpa a los eclipses, pero no, es la sangre de los padres. He visto bebés con labio leporino o que en su cabeza les faltan pellejito, como las membranas”.

     

    Pero lo que sí ve, y le preocupa, es lo que algunos doctores le hacen a las mujeres para acelerar el parto: la episiotomía en la vagina. “Con esa mentada cortada que yo no sé ni para qué se la hacen. Hay mujeres que parecen que se van a pudrir cuando llegan aquí conmigo después. ¡Pero si es tan linda la naturaleza, que solita se abre!”.

     

    Insiste en que es un don porque no entiende cómo los estudiados no pueden darle la vuelta a un bebé que viene mal colocado teniendo tanta tecnología. “Yo con estas pobres manos lo puedo hacer y, si está complicado y tocando la panza no se puede las pongo a gatear por el piso para que solito el bebé lo haga”.

     

    Pone el grito en el cielo cuando le pregunto si no mete la mano para tocar al feto. “¡Ni lo permita Jesucristo! Yo no meto las manos. Ni el tacto les hago cuando vienen a revisión. No lo hago porque también soy mujer y no me gustaría, y porque además no hace falta. Todo es por fuera, en la panza. Aquí una mujer antes y después de que nace su hijo queda intocable”.

     

    Doña Laura vuelve a ser firme. Pese a las presiones que tanto ella y sus compañeras tienen, ahora sus hijas, para no atender embarazadas no cesa en decir: “Mi compromiso es, con los pocos años que Dios me reste de vida, luchar hasta que vea que las parteras queden en su lugar, porque tenemos más trabajo nosotros que los de la bata blanca”.

     

     

    Una cuestión cultural

     

    Oaxaca es la entidad con mayor diversidad étnica y lingüística de México. Conviven 18 de las 65 variantes indígenas que hay en el país. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), los estados con mayor número de partos atendidos por las madrinas son Chiapas, con el 74%; Oaxaca, 56%; Guerrero, 51%, y Puebla, con el 33%.

     

    En ellos, acudir con una partera es casi una cuestión cultural y ancestral. Así ha sido siempre. No solo por usos y costumbres, sino también por una cuestión de practicidad. La mayoría de las comunidades quedan muy lejos de los centros urbanos donde hay hospitales con mejor infraestructura, y podrían tardar en llegar un promedio de tres.

     

    Pero a partir de los años 80 en que fue creciendo la red hospitalaria en México y los programas de ayuda fueron desarrollándose, esta práctica se fue prohibiendo ante el temor infundado de que eran las causantes de las muertes de mujeres en labor de parto por su “desconocimiento” médico. “Es una incongruencia porque se han aprovechado de las parteras durante mucho tiempo. Las parteras en los años 70 fueron fundamentales para bajar los índices de natalidad, para hacer las campañas de vacunación en las comunidades. Las autoridades sanitarias las han tomado en cuenta en un afán oportunista para lograr objetivos en el sector salud, sin embargo las parteras no están para eso, están para acompañar a las mujeres, para acompañarlas en el proceso del embarazo y para atender en los partos”, cuenta Virginia Alejandre, directora del Centro de Iniciación a la Partería de Oaxaca.

     

    La organización Nueve Lunas ha trabajado durante los últimos 10 años en fomentar el parto humanizado o parto natural, y en formar parteras cualificadas. Señalan cómo fue que los paradigmas cambiaron. Cómo los médicos sustituyeron a las parteras, los hospitales reemplazaron a los hogares, se ocupó el lugar de la familia como apoyo en el parto, la posición de litotomía acostada desplazó a las posturas verticales, el examen del recién nacido en los primeros 20 minutos sustituyó al contacto materno, la leche artificial reemplazó a la leche materna y el nido central y la incubadora sustituyeron a la madre.

     

    Por eso Nueve Lunas quiso volver al origen. Como las abuelas y bisabuelas han hecho siempre. Haciendo que la mujer sea la protagonista de su embarazo y de su parto. Que elija dónde y cómo quiere dar a luz. De este modo emprendieron su proyecto de formación y concienciación en Oaxaca, cuna de la partería tradicional.

     

    Lo que resulta contradictorio que cómo siendo México un país con tanta historia al respecto, sea el sexto con más cesáreas del mundo. Prácticas que cuestan en promedio 23.000 pesos (unos 1.200 euros aproximadamente).

     

     

    “Me hicieron sentir amada”

     

    Una de las hijas de Doña Laura, Alba, mamó desde chica cómo se debía tratar a una mujer embarazada y decidió formarse profesionalmente en el Centro de Iniciación a la Partería, el único que hay en el estado, pero que no tiene reconocimiento oficial. Tiene en su casa un lugar especial para atender a las futuras mamás. Un petate (tapete de palma sobre el que recostarse), un rebozo hecho por los indígenas que al colocarlo por la espalda mientras la mujer está tumbada y con ligeros movimientos logra acomodar al bebé en la posición ideal para salir. Y plantas medicinales. Yerbas con las que luego baña a la madre y le prepara infusiones con las que calmar cualquier dolor.

     

    A Alba le molesta que las acusen de algo que no está comprobado: la mortalidad materna. “Tanto se puede morir una mujer en nuestras manos como se puede morir en las manos del mejor ginecólogo”.

     

    Su hermana, Fe, con esa carga de creencia que el nombre refleja, ha tenido dos hijos. El primero en una clínica a la que llegó por temor a que sus problemas de epilepsia y diabetes complicaran el parto si lo hacía en casa.

     

    Hija y hermana de parteras, su decisión no fue bien vista por la familia. Algo de lo que hoy, llorando, se arrepiente. “Me sentí muy mal. Sin respeto. Tantito peor estando allí acostada, que viene todo el mundo a verte. El practicante, casi casi hasta el conocido viene a hacerte el tacto, y te hablan mal. ¡Señora abra las piernas, y señora levante las piernas, y así se hace! ¿Qué es eso? Cuando que el trato no es ese para una persona, no es ese para un ser humano”.

     

    Con su segundo embarazo las cosas cambiaron. Decidió guiarse por las parteras de la familia. No puede evitar que se le salten las lágrimas al recordarlo. “Estaba mi mamá, estaba mi hermana, estaba mi esposo, haciéndome sentir persona, haciéndome sentir querida, haciéndome sentir amada. Hubo momentos en que nos reíamos, en que hablábamos de cuando naciera mi bebé, me preparaban la comida que se me antojaba. Las horas que duró mi labor de parto fueron maravillosas”. 

     

    Pero ese momento de felicidad volvió a durar poco. Después de dar a luz no imaginaba el problema que tendría que afrontar. El certificado de nacimiento con parteras no le servía para registrar a su hijo ante el Ayuntamiento. Necesitaba uno expedido por un hospital.

     

     

    Partería oaxaqueña en el mundo

     

    Oaxaca ha sido un estado donde la partería tradicional tiene historia y reconocimientos internacionales.

     

    Doña Laura, la matriarca de esta generación de parteras, ha estado en encuentros en Fresno (Estados Unidos), donde comadronas y practicantes de la medicina tradicional comparten experiencias. Ella como oradora principal. “Fui invitada para hablar de cómo trabajo, de las técnicas, tengo mis diplomas. El gobierno de Oaxaca me facilitó mi pasaporte como partera para poder viajar. Por eso no entiendo por qué aquí después no nos quieren”. Ahora tiene una invitación pendiente para ir a Luisiana.

     

    Esta práctica es una tradición que cada vez más se usa en otras partes del mundo, como en Holanda, donde las parteras están integradas en el sistema de salud del gobierno. Algo que también sucede en Suecia, Japón o Islandia. Mientras, en México, con tanta tradición al respecto, la partería está siendo relegada.

     

    Que un país entre en la modernidad no debería significar dejar de lado sus tradiciones, sus conocimientos milenarios. Convivir con ellos, ir de la mano, sería lo ideal para parteras y médicos. Compartir el conocimiento.

     

    Es la partería tradicional oaxaqueña. Esa tan admirada fuera de sus fronteras, y tan humillada dentro de ella.

     

    Un arte que hoy, más que nunca, está en peligro de extinción.

     

     

     

     

    Este reportaje apareció el 21 de octubre de 2013, en una versión más corta, en el programa Semanal 28 de la Cadena Tres de México. Se puede ver en este enlace. 

     

     

      

     

    Laura de Pablo es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Información Económica. Lleva siete años residiendo en México, donde hace reportajes para televisión, radio y prensa, sobre todo de temas sociales. Vive en DF y trabaja para Grupo Imagen Multimedia (diario Excélsior, la estación de radio Imagen y las televisiones Cadena Tres y Excélsior Televisión). En Twitter: @lauradepablo 

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