Un cirujano prepara un riñón para ser transplantado/ Owen Franken/Corbis

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    La peor pregunta en el peor momento

    Amparo Ballesteros - 03-02-2011

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    Cuando para el ascensor en la séptima planta, a duras penas puedo circular entre los racimos de familiares que esperan angustiados junto a la puerta de la unidad de cuidados intensivos. Me abro paso entre ellos, sabiendo que me siguen con la mirada, que esperan ansiosamente que alguien de uniforme y bata les informe de algo nuevo, que los llamen para comunicarles que su familiar ha salido, por fin, de peligro. Yo sé que no siempre es así. Lo sé porque soy la coordinadora de trasplantes del hospital y mi trabajo empieza precisamente cuando mis compañeros médicos y enfermeras fracasan.

           Hoy ha vuelto a ocurrir. Un paciente ha ingresado gravemente herido o enfermo y, tras recibir todos los cuidados posibles para salvarle la vida, no ha sido posible. Ha muerto. Como el fallecimiento se ha producido en una unidad de cuidados intensivos, y conectado a un respirador, el paciente es considerado potencial donante de órganos y tejidos. Y me han llamado.

           Hay multitud de cosas que hacer en una alarma de donación, muchos pasos que dar. Entre todos, uno único. La entrevista familiar. La entrevista que he de hacer a una familia que se encuentra en el peor momento de su vida. Que aún no ha digerido la noticia de la muerte que le acaba de transmitir el médico responsable. Que, incluso, no comprende esa muerte.

           Porque la muerte se ha instalado en el enfermo mientras el respirador le extraía y le insuflaba el aire necesario para intentar que el organismo funcione, y mientras las enfermeras le administraban por vía intravenosa los líquidos y drogas necesarios para conservar el latido cardíaco. Y los padres, parejas, hijos y amigos, entran a la Unidad de Cuidados Intensivos y ven el dibujo que el corazón al latir describe en el monitor del electrocardiograma, así que lo único que quieren oír es la recuperación cierta de su hijo, pareja, madre o amigo.

           Convencida de que demasiado a menudo el médico ha comunicado la muerte del paciente de forma torpe o apresurada, o utilizando términos médicos de difícil comprensión para los profanos, he solicitado a los intensivistas que me avisen antes de su entrevista con la familia para comunicarles el fallecimiento. De esa manera compruebo si comprende lo que se le dice, si es consciente de que lo ha perdido. Con frecuencia, una vez anunciada oficialmente la muerte, pido al médico responsable que me deje a solas con ellos.

           Ninguno de nosotros sabe cómo reaccionará ante la muerte, generalmente inesperada, de un familiar cercano. He visto esposas en estado de estupor, hijos desesperados, padres que se golpean la frente contra la pared, hermanos que se desmayan, amigos inconsolables, personas puestas a prueba como no imaginaron nunca, intentando hacer entrar en su cerebro la idea de lo irremediable, de lo irreversible.

           Cada vez que me he acercado a una familia en esta situación lo he hecho con el convencimiento de que podía ayudarles. De que, en medio de su confusión y de su desesperación, les brindaba una oportunidad, que les lanzaba un cabo en mitad de la tormenta que quizá los librara de la locura transitoria que les roía el alma.

           Nunca he dejado de emocionarme en su compañía. Para mí ellos, y creo que yo para ellos, era en aquel momento alguien muy cercano. Para que me permitieran acercarme en tales circunstancias, me presentaba a ellos de forma directa y empática. Les explicaba que en el hospital se realizaban trasplantes. Que los receptores de los órganos eran enfermos que resistían una planta más arriba o más abajo o en algún otro hospital, y que yo era su voz. Que me acercaba a ellos porque el caso lo merecía, que era una cuestión de vida o muerte, literalmente, que si el familiar que ellos acababan de perder se hubiera podido salvar con un trasplante, yo hubiera estado junto a otra familia pidiendo lo mismo. Que intentasen impedir que otra madre, esposo o hijo, sufriesen de la forma desconsolada en que ellos estaban sufriendo.

           La ley española sobre donación y trasplantes considera donante a cualquier persona que fallece y no ha dejado constancia escrita de su oposición a donar. Sin embargo, ningún coordinador de trasplantes de ningún hospital español actúa estrictamente con arreglo a la ley, sino que consulta esta delicada cuestión con los familiares. No sólo estamos convencidos de que la situación requiere este comportamiento, sino que ha resultado ser de mayor eficacia. La comparación con los países que aplican una legislación como la nuestra sensu stricto obtienen menos donaciones que nosotros. Esto avala nuestro convencimiento de que, como en tantos otros ámbitos de la vida, para que duren, los cambios culturales han de producirse por convencimiento y no por imposición.

           Las cifras de trasplantes en España son las mayores del mundo entero, en términos relativos. Nuestro sistema, el llamado modelo español, está siendo copiado y adaptado en la mayor parte de los países con capacidad para ello. Todo lo que tiene que ver con técnicas, procedimientos, etcétera, es susceptible de ser imitado. Pero ¿qué pasa con la gente? ¿Cómo es la gente de aquí, que en el peor momento de su vida, en el más doloroso, se eleva por encima de su propio sufrimiento y, mayoritariamente, concede su autorización? De nuevo, el factor humano.  El factor humano es lo imprevisible, lo inesperado, y por eso es humano. Está en nuestra naturaleza. Una sociedad en la que todo pudiera planificarse de manera infalible haría de nosotros otro tipo de seres, quizá humanoides, no humanos. Tiene que ser posible el fracaso, y, siendo éste posible, vencerlo. 

     

     

           Cuando, hace muchos años, en el otoño del 1989, los responsables de los grandes hospitales públicos españoles designaron a unas personas como responsables de la coordinación de trasplantes, hubo algunas bajas entre los elegidos, médicos y enfermeras. Ninguna de aquellas personas tenía una deficiente formación científica ni de otro tipo. Se trataba de una cuestión de contacto humano. Y esto fue demasiado para algunos. Porque el contacto con gente que sufre es difícil, delicado. Pegajoso. Ya no iba a ser posible la apacible distancia que los que trabajamos en sanidad ponemos con respecto al objeto, en este caso, sujeto, de nuestro trabajo. Había que arremangarse y enfangarse en el drama ajeno. Tampoco íbamos a poder musitar una triste explicación llena de términos incomprensibles, deliberadamente incomprensibles, en un pasillo, a una familia en estado de shock, para correr a ponernos a cubierto de la tormenta. No, esta vez llegábamos para quedarnos. Y hubo algunos que no quisieron o no pudieron. Para definir la selección se nos puso a prueba a los candidatos. Yo salí bien librada de la prueba, pero sin mérito alguno. Porque a mí me gusta el contacto humano. No pretendo significar con esto que fuera mejor enfermera que otros candidatos. Quiero manifestar que, enferma o sana,  me gusta la gente.

           De esta manera empezamos a trabajar en los grandes hospitales españoles. No éramos más que un puñado de gente entusiasta que tenía como difícil misión inculcar el mismo entusiasmo en el resto de profesionales necesarios para llevar a cabo un proceso de donación y trasplante. Hubo que combatir la inercia de la inmediata desconexión del soporte vital de la persona una vez fallecida. Hubo que ensayar más y mejores formas de acortar tiempos, de sacarle el máximo rendimiento a los recursos humanos o materiales, luchar contra la resistencia de los que deliberada y maliciosamente remaban a la contra, introduciendo en la contienda factores personales de envidia o desánimo. Hubo que reunirse con jueces, forenses, policías, responsables de aeropuertos...

           Todo ello se hizo. Pero no hubiera servido de nada sin la colaboración de los familiares de las personas fallecidas. Conscientes de ello, los responsables de la Organización Nacional de Trasplantes idearon la puesta en práctica de unos seminarios que tenían por objeto enseñar a médicos y enfermeras a  mejorar su trato con los familiares de pacientes en estado crítico, a comunicar la muerte del enfermo y a hacer más fácil pedirles su autorización para utilizar los órganos del recién fallecido.

           A uno de esos seminarios quiso asistir Agustín Almodóvar, hermano del director de cine, Pedro Almodóvar, y responsable de la productora El Deseo. Buscaban algo para una de sus películas y creo que lo encontraron. La relación entre la directora de los seminarios, mi amiga y compañera, Mamen, y el mismo director, continuó más allá de esa primera colaboración, en la que el cineasta utilizó material y grabaciones de seminarios anteriores, con nuestro permiso. Almodóvar no sólo introdujo nuestros seminarios en la película La flor de mi secreto, sino que, años después, la protagonista de su premiada y oscarizada Todo sobre mi madre es, como se recordará, una coordinadora de trasplantes que pierde un hijo en un accidente y experimenta en carne propia lo que como profesional predicaba. Este personaje, estupendamente interpretado por Cecilia Roth, es el que nosotros inventamos para la parte práctica de los seminarios. El resto es, desde luego, creación de Pedro Almodóvar.

           Han sido 14 los años de mi vida que dediqué a los trasplantes. Fue muy duro e ingrato en ocasiones. En un principio no existían los teléfonos móviles y tuve que lidiar con situaciones increíbles, como me ocurría cuando recibía una llamada urgente en el busca y tenía que pedir por favor en un bar que me dejaran el teléfono libre por una emergencia. Cuando lo conseguía, la parroquia oía pasmada cómo yo ofrecía, solicitaba o rechazaba riñones, córneas o corazones, mientras los camareros gritaban “¿para quién son estas gambas?”. También recuerdo haber solicitado la ayuda de la policía para sacar del cine a un anestesista que había extraviado su busca o no recordaba que tenía guardia. En una ocasión fui avisada de un ingreso grave en mi hospital. Abandoné el teatro donde bailaba Joaquín Cortés para encontrarme que la pequeña Andrea se había caído por la ventana de su casa. Sus padres vinieron al hospital para hablar conmigo mucho tiempo después de que la niña hubiera fallecido y donado sus órganos, aunque acudieran por separado porque el matrimonio no superó la tragedia. Igual que la madre de Gema, que la mujer de aquel ciclista tan famoso, que la hermana de aquella empleada de hogar dominicana...

           Me cabe el honor de haber tenido la oportunidad de ver a muchas personas bajo su mejor aspecto, ése que con frecuencia no nos dejan ver la prisa o los malentendidos. Pero que existe.

     

    Madrid, enero de 2011

     

     

    * Amparo Ballesteros fue coordinadora de transplantes del Hospital Universitario La Paz entre los años 1989 y 2003

     


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