Teresa Margolles, "PM" (2010). Instalación en Kunsthaus Bregenz, Austria, 2013. Foto: Markus Tretter / Kunsthaus Bregenz

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    El periodismo no es siempre ni del todo inocente… El doble discurso de la prensa mexicana

    Cristina Ávila-Zesatti - 05-11-2015

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    “Cuando los muertos lloran, es señal de que empiezan a recuperarse –dijo el cuervo con solemnidad. 

    —Lamento contradecirlo amigo –dijo el búho–,

     pero yo creo que cuando los muertos lloran, es porque no quieren morir”.

      Carlo Collodi

     

     

     

    Pasan los días con sus noches y por fortuna, no soy la primera persona (y casi con seguridad no seré la última) que ha notado y hecho notar que la cobertura periodística y mediática (porque son dos cosas distintas aunque parezcan lo mismo) sobre el multi-asesinato donde perdió la vida el fotoperiodista Rubén Espinosa prácticamente se ha centrado exclusivamente en su persona.

     

    Publicaciones en las redes sociales y notas periodísticas han olvidado, han obviado y algunos hasta han estigmatizado (queriéndolo o no) a las cuatro mujeres víctimas del multihomicido ocurrido en la colonia Narvarte del Distrito Federal. A ellas les han puesto calificativos y adjetivos como: “una chica extranjera (o la colombiana), una activista, o la mujer que hacía el aseo”. Y todas ellas –dice la prensa– murieron “junto a él”, convirtiendo así al periodista y colega Rubén en el epicentro de un temblor violento que debería sacudirnos a todos, no por la profesión de ninguno de ellos sino simple y llanamente por el hecho mismo, porque el hecho mismo no es poca cosa: cinco personas asesinadas en un domicilio particular, el lugar donde, se supone, más seguros deberíamos sentirnos todos.

     

    Pero no, ya no temblamos. Hace rato que estas cosas, estas muertes que en México se suceden un día sí y otro también nos tienen adormecidos no solo por la cantidad inconmensurable de nuestros sucesos violentos, sino también y sobre todo, por la terrible calidad con la que en nuestro país se inflige la violencia. Y digo inconmensurable porque no es posible medirla, porque resulta imposible llevar una cuenta. Porque aunque sería deseable y necesario que las autoridades lo hicieran también es verdad que contar y relatar esa cantidad de hechos violentos que se suceden en México día a día, hora a hora, minuto a minuto, y desde hace ya tanto tiempo, tal vez amenazaría, aún más, con arrebatarnos la poca cordura que como sociedad nos queda.

     

    Cordura. Cordura social es lo que nos hace falta. Y la prensa y los periodistas que han centrado este último suceso en la figura de Rubén Espinosa no abonan a ella. Lo que digo es duro, lo sé, pero no es por falta de solidaridad hacia mi colega, antes bien al contrario: lo digo porque me parece que idealizarlo a él, y minimizando a otras víctimas, los medios y los periodistas estamos, una vez más, fallándole a nuestra profesión, y por ende, a la sociedad a quien, se supone (se supone) nos debemos quienes ejercemos el periodismo no como una opción profesional sino profesando una vocación vital.

     

    En la prensa y en las redes sociales he leído hasta el cansancio las peticiones de justicia para Rubén, he leído los deseos de Rubén, los miedos de Rubén, las amenazas contra Rubén… Pero, por más que nos duela aceptarlo, esa noche de viernes del último día de julio Rubén Espinosa no fue el único que murió asesinado ni en ese departamento, ni en esa ciudad, ni en nuestro país. Porque la barbarie que se cierne sobre nosotros no es nueva, ni es exclusiva para los periodistas o los activistas. La barbarie que se cierne sobre nosotros es generalizada.

     

    Informaciones de prensa tomadas al azar dan cuenta de que, entre ese día y esa noche fatal en la colonia Narvarte del Distrito Federal, en Zapopan, Jalisco, un hombre fue golpeado y asesinado de 3 disparos, y sucedió en plena calle; en Tabasco, dos hombres fueron linchados por los vecinos de la comunidad de Cunduacán porque, al parecer, quienes eran conocidos en vida como los hermanos veneno (sic) antes habían “macheteado” a otro sujeto del lugar; en Chihuahua la prensa del 1 de agosto menciona el hallazgo de “otro ejecutado más” (sic), encontrado al sur de la ciudad, y cuyo cuerpo presentaba ya signos de descomposición, mientras que apenas el día anterior, el jueves 30 de julio, a las 9 de la mañana, fue ultimado en Chilpancingo un comandante de la Ministerial del Estado de Guerrero.

     

    De todos estos otros que murieron el mismo día que Rubén, y que no son periodistas, no se sabe mucho más: ¿Tenían un perro? ¿Los habían amenazado con anterioridad? ¿Vivían con miedo? ¿Intentaron quizá, también ellos, huir de la muerte, sabiendo que tarde o temprano les iba a salir al encuentro, solo por el hecho de vivir en México? ¿Quién les llora a gritos? ¿Quién les rinde homenaje? De todos estos otros asesinatos, ciertamente, la prensa daba cuenta… De ninguno de ellos, en la prensa, se pidió o se exigió justicia. ¿Por qué, compañeros periodistas? ¿Qué es lo que nos hace especiales a nosotros? 

     

    Soy periodista y soy mujer. Ambas cosas –dicen las estadísticas– constituyen un alto riesgo en México. Mayor al riesgo normal, si cabe. Soy nacida en Zacatecas, el lugar donde, según versiones periodísticas, fue encontrado, hace 31 años, el homicida del periodista Manuel Buendía, a quien le dieron cinco disparos al salir de la redacción. Unos días después, su asesino fue también asesinado. Al parecer recibió más de 100 puñaladas. De nada le valió huir del Distrito Federal. Parece ser que ocho años después (sí, ocho años después) finalmente dieron con los autores intelectuales del crimen contra el periodista… aunque en realidad nada fue nunca debidamente probado: ni su culpabilidad total, ni su inocencia parcial, ni el verdadero móvil que determinó el asesinato de Buendía. Se cree que el periodista estaba a punto de difundir información comprometedora y personal sobre el (entonces) presidente de México, Miguel de la Madrid, de quien se habían publicado detalles poco gratos en la prensa estadounidense por haber ingresado exorbitantes cantidades de dinero en bancos suizos.

     

    ¿La historia le suena conocida? Sí, al parecer así de violento es nuestro México, pero no lo es de ahora, sino desde hace mucho tiempo. Así de violento y así de impune también. Los nombres pueden haber cambiado, pero las condiciones de violencia e impunidad no han cambiado casi nada, y más bien, al parecer, han empeorado.

     

    Por eso afirmo que la barbarie que hoy se cierne sobre nosotros no es nueva, ni es exclusiva de un sector o una profesión. Esta barbarie de la que fue víctima Rubén Espinosa, y que ya no nos escandaliza, que ya no nos hace temblar, es generalizada, tiene serias y muy antiguas raíces y, no nos quepa duda, la prensa, los medios y los propios periodistas no somos ni ajenos, ni inocentes en lo que como país nos acontece.

     

    ¿Estamos en constante riesgo quienes ejercemos el periodismo en México? Sí. Absolutamente sí. No hay duda de ello. Pero no estoy tan segura de si nosotros los periodistas o los activistas estamos más en riesgo que otros. Soy periodista, pero ignoro cuántos taxistas han sido asesinados, y en qué lapso particular de tiempo… cuántos transportistas, cuántos estudiantes, cuántos comerciantes, cuántos políticos, cuántos médicos o enfermeras han caído de manera violenta y en el ejercicio de su profesión. Las autoridades no nos lo cuentan, es verdad, como también es verdad que nosotros, los periodistas, hacemos un flaco favor a la sociedad cuando nos situamos por encima del resto de las muertes, del resto de las profesiones, del resto de la población.

     

    No cabe duda de que quien tiene el poder de difundir información tiene el poder también de configurar el mundo, o al menos, las percepciones que del mundo tenemos. Este sí es nuestro poder. El poder de los medios. El poder de la prensa. El poder de nosotros los periodistas. Entonces, ¿qué tipo de mundo hemos ayudado a formar (o en su defecto a deformar) con nuestras informaciones sobre lo que sucede en México? ¿Por qué nos asombra (y a algunos les indigna muchísimo) que la gente de a pie no salga en masa a sumarse a las marchas que convocamos los periodistas cuando los (otros) poderes fácticos secuestran o asesinan a un colega?

     

    “Somos los ojos y los oídos de la sociedad y la gente nos necesita” decía (casi) literalmente el comentario de un colega periodista a propósito del asesinato de Rubén… ¿De verdad lo somos? O quizá la pregunta más pertinente sería: ¿De verdad la gente nos percibe así, como sus ojos y sus oídos, como sus aliados? ¿De verdad la gente piensa y siente que nos necesita? O es que en realidad, la insolidaridad social de la gente hacia la prensa es el resultado de nuestros constantes fallos sociales, los mismos que a nosotros, los periodistas, nos cuesta aceptar de manera abierta, tan abierta como cuando inundamos páginas y titulares pidiendo justicia por la muerte de uno de los nuestros, en tanto que de las muertes de los otros nos limitamos a hacer rojo recuento y muchos de nosotros, y muchos de nuestros medios, incluso se dedican a hacer un buen negocio de la violencia?

     

     

    El discurso de la sangre

     

    Manuel Buendía fue asesinado en 1984 y aunque el México de entonces no era mucho mejor que el actual en términos de violencia e impunidad, parte de nuestra más respetable prensa hizo nacer en 1987 el periódico Metro, que pertenece a los mismos empresarios del prestigioao diario nacional Reforma. ¿Conoce ese diario? Es una suerte de revisión de la tristemente célebre (y hoy desaparecida) revista Alarma! Pero este no es ni de lejos el único respetable grupo mediático que en México ha decidido, hace tiempo o recientemente, que el lector ávido de violencia y de desgracias ajenas es un excelente nicho de negocio: ni más ni menos, El Universal, el gran diario de México, por ejemplo, tiene a su vespertino El Gráfico (nacido en los años 20). Hoy en el país coexisten centenares de estos pasquines sangrientos.

     

    ¿A quién le importa esto, y qué tiene que ver con el asesinato de Rubén Espinosa y de otros tantos colegas asesinados, de quienes sí se lleva cierto recuento, a diferencia de otras víctimas? Importa porque, ciñéndome sólo a esos casos, que como digo no son ni de lejos los únicos Alarma! que existen en el país. Resulta que nuestros dos principales periódicos impresos de México, Reforma y El Universal, los más leídos, los más consultados, los más poderosos, y que ya no son solo diarios sino grupos de medios en todos los formatos, exhiben una doble moral en cuanto a periodismo se refiere. Y así, los diarios de la mañana condenan la violencia en general y la violencia contra los periodistas en particular, pero por la tarde su edición vespertina la explota con alegría, con imágenes explícitas donde la violencia social se vuelve pornografía que se acompaña (siempre) con una chica semidesnuda.

     

    Importa, porque quienes hacen periodismo por la mañana (al menos en los medios que menciono), y cuyo público meta está bien delimitado, se empeñan –lo digo sin sarcasmo– en condenar la violencia, condenar los feminicidios, en ventilar los indecentes negocios de los políticos que lucran con las expectativas, en investigar a quiénes están coludidos con el crimen (el organizado y el desorganizado)… Mientras que otros periodistas, los de la tarde, se regodean con mujeres convertidas en objeto, en la saña que distingue a la violencia de los mexicanos y en la mezcolanza de sangre y placer retratados para goce del pueblo… Y yo, aquí, humildemente, como periodista y mujer que soy, me pregunto: ¿A qué juego esquizofrénico estamos pues jugando los medios y los periodistas de México? ¿Queremos erradicar la violencia mientras vivimos de ella?

     

    Sí, este es un artículo incómodo para los colegas. Lo sé y lo asumo. Pero creo sinceramente que es necesario empezar a revisar nuestro propio comportamiento si de verdad queremos (como decimos querer y pedimos a ocho columnas) erradicar la violencia contra los periodistas… lo que supondría, en realidad, erradicar la violencia generalizada, la que no nos es exclusiva, aunque queramos llevarnos la nota. Porque asumirnos como víctimas y  al mismo tiempo evadir nuestra propia responsabilidad en la violencia que hoy se cierne sobre nosotros, insisto: es faltar a la verdad (o a la autocrítica) y no abona nada a la cordura social que hoy tanto estamos pidiendo y necesitando.

     

    Preguntémonos, colegas: ¿No ejercemos nosotros mismos a veces (y con no poca frecuencia) muchos tipos de violencia, escudándonos en nuestra credencial de prensa? ¿No construimos discursos que, o son directamente violentos o incitan a una ulterior violencia social? ¿No acusamos, no señalamos, no construimos enemigos sociales con contenidos tendenciosos y faltos de pruebas? Nosotros, desde nuestro pedestal de periodistas, a los actores sociales les pedimos (les exigimos) “profesionalidad, transparencia y rendición de cuentas”, pero… ¿Y a nosotros quien nos la exige? ¿Quién se atreve a ello? ¿No es acaso verdad que muchos de nosotros solemos servirnos del miedo que se le tiene a los (llamados) periodicazos o a la mera presencia de la prensa?

     

    La cordura social necesita como premisa básica ceñirse a la verdad. Pero no a nuestra verdad periodística, sino a la verdad, esa misma verdad que los periodistas mexicanos solemos construir a base de informaciones a medias, poco o nada corroboradas, o incluso sobre falsedades completas. ¿No estamos nosotros mismos creando este vacío social hacia nosotros, fallando constantemente a la sociedad al tiempo que nos erigimos en héroes victimizados de la violencia social que los periodistas mismos estamos sobrealimentando y contando de manera poco eficaz? ¿No estamos acaso juzgando a otros, pero evitando ser juzgados con la misma vara con que medimos a los demás?

     

    Como periodista y como mujer son preguntas que me hago y que luego quedan solo flotando en mi mente, preguntas que se quedan atrapadas en eso que la teoría comunicacional llama la espiral del silencio, el lugar a donde van las ideas que disienten, que incomodan, que no concuerdan con las opiniones mayoritarias o que no son políticamente correctas ni encuentran un sitio adecuado para ser planteadas y plantadas como ideas-semilla del tan necesario auto-cuestionamiento profesional. Creo que ha llegadao el momento de lanzar estas preguntas. Porque bien dicen que “el buen juez por su casa empieza”, y nosotros, los periodistas, hemos sido –desde hace mucho– jueces bastante alevosos y parciales de esta realidad mexicana que hoy se vuelve (también) contra nosotros.

     

     

    La protección del gremio, convertida en chantaje

     

    Recuerdo por ejemplo cuando, recién llegada a vivir nuevamente a mi ciudad natal, Zacatecas, logré colarme a una reunión de periodistas locales. Una reunión que se hacía con dos fines: elaborar un censo de periodistas que iban a cubrir las elecciones federales del 2012, y discutir –para en su caso aprobar– la propuesta de ley de protección a periodistas que impulsaba la Asociación de Mujeres Periodistas de Zacatecas (MUPEZA).  Ambos temas sonaban bien: recién llegada, a mí me interesaba pertenecer al gremio, ya que viviría en mi ciudad de nuevo; y obviamene, una ley de protección para periodistas era el tema de moda después del entonces reciente asesinato de Regina Martínez, la corresponsal de la revista Proceso en Veracruz.

     

    Ahí, en esa reunión del gremio periodístico zacatecano, me llevé varias desagradables sorpresas. La primera: el lugar donde se celebraba, pues se hacía (con presencia de diputados priístas) en una sala prestada en el Congreso del Estado. Allí estaban los periodistas que formarían parte del (mentado) censo. La idea era apuntarse en una lista, dando nuestros datos generales para luego obtener credenciales de prensa que serían avaladas por varias autoridades, algunas locales y otras federales. Esto era (dijeron los colegas de la reunión) para asegurarse de que quienes cubrirían el proceso electoral eran realmente periodistas en ejercicio. Esta fue otra (muy) desagradable sorpresa.

     

    Pero la tercera fue peor que las anteriores: se trataba del proyecto de ley (que se conoció como ley MUPEZA) y que, bajo el soterrado y tendencioso título de Ley para el Bienestar Integral de las y los periodistas del Estado de Zacatecas pedía en su redacción (literal) becas para los periodistas y sus familiares, ayudas del Estado para la compra de viviendas, subsidios y préstamos gubernamentales y la conformación (nuevamente porque ya había existido en el pasado) de un fideicomiso donde el ejecutivo estatal duplicara los ingresos acumulados por los colegas a lo largo de un año, entre otros tantos chantajes disfrazados de ley y en nombre del periodismo.

     

    “Esto no es una ley, es un cobro de prebendas, un chayote institucionalizado”, dije en aquella reunión, donde también me extendí explicando que era una absurda necedad la idea de las credenciales avaladas por los principales actores de un Estado que, a nivel federal, estatal o municipal, y según han dado históricamente cuenta los organismos nacionales e internacionales de protección de los periodistas, son precisamente los principales actores que atacan –de varias formas y a veces hasta llegar al homicidio– a quienes ejercemos el periodismo en México. Pero en aquella reunión a la que asistimos alrededor de unos 30 colegas, solo tres disentimos por razones parecidas, razones apegadas a la ética y la deontología profesional. De los tres, yo era la única (periodista y mujer) que no pertenecía al gremio local, por lo que mis comentarios resultaron doblemente incómodos, así que los compañeros de oficio me despidieron con un lacónico y despectivo gracias por sus observaciones, compañera, para luego ignorar por completo mi presencia y pasar a votar aquella vergonzosa orden del día.

     

    Cuento la anécdota de aquella reunión de 2012 no como una queja, sino porque al final esa experiencia me abrió los ojos a una lección que a partir de entonces no he podido (y no he querido) olvidar. Después de todo, los medios zacatecanos y los periodistas que en ellos laboran, no son tan distintos de la infinidad de prensas locales que proliferan por todo México. Medios y periodistas generalmente vendidos, ya sea de manera abierta, ya sea bajo el pretexto de su absoluta dependencia de la publicidad institucional, para mantenerse en el aire o en circulación.

     

    Y lo cierto es que este mal de origen, este mal habido matrimonio entre el Estado y los medios y los periodistas, al igual que esa violencia social que se cierne sobre nosotros, es antiguo y (casi) generalizado. En menor o en gran medida, llámese Televisa o radio o periódico (y ahora web) patito, lo cierto es que el contubernio prensa-gobierno existe desde hace mucho tiempo y no podemos los periodistas considerarnos inocentes. El doble discurso (parecido al que manejan los diarios de la mañana y los vespertinos) influye en nuestra tan tocada y dislocada cordura social mexicana de ayer y de hoy.

     

    Y esto, no seamos ingenuos, la gente de a pie lo nota. La gente de a pie, la gente que no acude en forma masiva a exigir justicia por los periodistas asesinados en tal o cual periodo de gobierno, en tal o cual entidad, lo sabe perfectamente; y la gente de a pie entiende, quizá mucho mejor de lo que nosotros los periodistas queremos comprender, que los periodistas somos (parafraseando al colega que clamaba por la vida perdida de Rubén Espinosa), en realidad y en mayoría, los ojos y los oídos de los poderosos, y nos necesitamos mutuamente, y no precisamente somos los ojos y los oídos de la gente que nos necesita.

     

    Por supuesto que no todos estamos vendidos. Por supuesto que hay en este país muy honrosas excepciones de periodismo valiente, periodismo que precisamente por su valentía, acaba sin más remedio convirtiéndose o uniéndose, más temprano que tarde, al activismo que busca verdad y justicia. Pero no somos (ni de lejos) la mayoría de nosotros. Y en todo caso, esa minoría que sí hace periodismo ético, no convierte –o no debería convertir– a nadie en un idealizado héroe.

     

    No. Los periodistas no somos héroes, ni siquiera cuando intentamos hacer periodismo valiente y ese periodismo termina abruptamente con la muerte. Y esta es la segunda y muy valiosa lección que me dejó aquél encuentro con mis colegas zacatecanos. Porque a partir del 2012 decidí que es injusto pedir justicia para nuestros colegas cuando deberíamos pedir justicia para cada uno de los que en este país son violentados. Pedirlo con la misma fuerza y la misma cobertura. Con la misma personalización y el mismo enardecimiento. Decidí pues que no asistiría más a las marchas o manifestaciones por los colegas desaparecidos o asesinados, porque para mí sería tanto como decir que somos especiales, y que los periodistas estamos por encima de otros desaparecidos y otros asesinados.

     

    ¿Que los periodistas mexicanos nos hemos convertido sin remedio en ‘corresponsales de guerra en nuestro propio territorio? Es una frase fuerte y parcialmente cierta. Con la pequeña (gran) salvedad de que nosotros los periodistas hemos podido (pero no hemos querido), en el presente y en el pasado, atajar el avance de esta guerra, esta guerra que no es exclusivamente contra los periodistas, sino que está generalizada, y que nuestros contenidos enardecidos, rojos, amarillos, tendenciosos y mal sustentados (gran parte de las veces) han contribuido a prender no pocas mechas sociales que podrían haberse apagado a tiempo, o que nosotros pudimos haber ayudado a contraer, porque en el mundo de las ideas, de las emociones, los valores y las percepciones sociales, el discurso importa y mucho... Y cuando el discurso es de violencia reproducimos violencia. Muchos estudios así lo demuestran.

     

    Y también porque más allá de los hechos violentos están las imágenes con las que nos representamos… Porque, como digo siempre, no se trata de evitar contar la violencia, sino de saber cómo contarla para que el discurso mediático pacifique y no encienda, proponga y no condene. La realidad nunca es toda blanca o toda negra, y tampoco hay realidades transparentes. Incluso en un retrato perfecto el fotógrafo decide enfocar cierta porción de lo que retrata, y nosotros los periodistas en México parecemos empeñados en e