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    Un pie en el río. Sobre el cambio y los límites de la evolución

    Felipe Fernández-Armesto - 26-05-2016

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    La imaginación es el motor de la cultura. Miramos a nuestro alrededor. Vemos nuestro mundo. En nuestra mente lo vemos de manera diferente, ya sea mejorado o ajustado sin más a algún modelo, patrón, orden o ideal imaginario. Si nos apetece, podemos también imaginar su destrucción o reducirlo al caos. En cualquier caso, reconstruimos nuestro mundo mediante la imaginación. Nuestras acciones pretenden convertir ese mundo imaginado en real. Por esa razón y de esa forma cambian nuestras culturas. Los primeros emigrantes de la tierra madre de los homo sapiens perseguían una visión de la vida que nunca habían experimentado. Los primeros constructores vieron de antemano que podían transformar hojas y huesos en techos y refugios. Los que decidieron adoptar el lenguaje oral como forma de comunicarse tenían ya en mente cómo podían contestarles los demás. Los primeros caníbales anticiparon los efectos de apropiarse de las virtudes y capacidades de sus víctimas. Los primeros artistas del ocre tenían una idea de cómo quedarían sus cuerpos maquillados. Los primeros pintores rupestres vieron un mundo que se abría dentro de la roca. Los primeros chamanes se  imaginaban a sí mismos como animales, con el poder que los animales tienen sobre sus presas. Los primeros magos vieron cómo la naturaleza se podía manipular a su favor. Los primeros matemáticos observaron el mundo plural en el que vivían y de ahí infirieron la posibilidad de que los números existieran independientemente de su adaptación a la vida real. Los primeros granjeros, tanto en el campo como en la ciudad, imaginaron un ecosistema reformado y rediseñado según la estética que ellos tenían en su mente. No puedo probar ninguna de estas reconstrucciones especulativas del pensamiento de los que llevan tantos siglos muertos, pero me parecen convincentes, más convincentes que colocar estas innovaciones a lo largo de un supuesto camino marcado por las leyes científicas. En palabras del brillante científico cognitivo francés Dan Sperber, las peculiaridades de la cultura humana son el producto de “una sobresaliente capacidad meta-representacional”. En otras palabras, de una imaginación capaz de convertir una cosa en el símbolo de otra.

     

    También se puede resumir esta idea diciendo que las ideas dirigen el cambio cultural. Por ideas me refiero a pensamientos que no se limitan a representar o localizar o registrar o reproducir la experiencia, sino que la exceden o la distorsionan. Las ideas son el producto del esfuerzo de la imaginación, porque no tienen sentido como mera repetición de lo que ya existe en el mundo. Las ideas tienen una propiedad distintiva: “procrean”. O, para ser más exactos, se estimulan entre sí y se hacen más prolíficas cuando interactúan. A veces se reproducen como las amebas, generando su propia descendencia. Más habitualmente, surgen de la interacción de distintas mentes. La visión personal de un determinado interlocutor sobre un determinado tema inspira a su vez una nueva respuesta. Un libro o una emisión o una imagen o un objeto pueden desatar una nueva escuela de pensamiento. Las conductas de otras culturas nos alertan de que hay otras maneras de hacer las cosas. Los malentendidos despiertan la creatividad. Cuando malinterpretamos una idea ajena, el resultado es una idea nueva, esta vez propia. Muchas ideas de las que consideramos nuevas son en realidad viejas ideas que no se han entendido del todo bien. Los tipos de cambio que surgen del pensamiento –las innovaciones técnicas, las nuevas formas de organizar la vida social...– pueden crear condiciones propicias para que las ideas sigan multiplicándose: esto no quiere decir que la tecnología y los cambios culturales o sociales sean la causa de las ideas, pero sí ayudan a que surjan nuevas ideas facilitando la comunicación o estimulando la imaginación. En consecuencia, las sociedades más productivas culturalmente hablando –las más intensamente creativas, las más innovadoras, las más dinámicas y las más mutables– tienden a estar en contacto unas con otras y a cambiar más cuanto más se relacionan. A principios del siglo XX, los antropólogos, principalmente aquellos que trabajaban con Franz Boas o formaban parte de otras escuelas dedicadas al trabajo de campo, demostraron en la práctica cómo se desarrollan las culturas tomando prestados elementos ajenos. Es una afirmación fácil de comprobar históricamente con solo echar un vistazo a las circunstancias de algunos de los episodios más espectaculares e intensos de la historia de las ideas en occidente: la “edad de los sabios” o el primer milenio a. de C. en el mediterráneo oriental; el renacimiento y la revolución intelectual de finales de la Edad Media, y los periodos de la “revolución científica” y la Ilustración europea en los siglos XVII y XVIII.

     

     

     

     

    Este texto pertenece al libro Un pie en el río. Sobre el cambio y los límites de la evolución que, traducido por Guillermo Ortiz, acaba de publicar la editorial Turner, y donde el autor dice: “puede que necesitemos buscar en el espacio exterior para encontrarlos [pruebas de que otros seres existan]: con el paso del tiempo, otras especies terrestres –en particular los chimpancés, y quizás otros primates– podrían adquirir algunos de estos rasgos mutables en su estilo de vida y sus relaciones sociales y políticas que hoy parecen exclusivamente humanos”.

     

     

     

     

    Felipe Fernández-Armesto (Londres, 1950) estudió Historia en la universidad de Oxford, donde fue profesor durante casi veinte años; posteriormente lo ha sido en el Queen Mary College, la universidad de Boston y en Notre Dame, además de colaborar con otras muchas. Siempre partiendo desde la historia, su interés por una multitud de temas ha dado origen a una amplia obra, entre las que destaca Los conquistadores del horizonte: una historia global de la exploración (2006), ganadora del World History Association Prize.

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