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De mi Diario: Semana 27 / 2014

Por Ricardo Bada

 

Weiß/Colonia, 29.6.

2:30 am : Lust, Caution, una de las mejores pelis que recuerdo, en lo que va de siglo. Siempre que la pasan la veo.

 

Vinieron mamá y papá a buscar a Henri, y cuando se fueron se acordó Diny de contarme algo que supo el viernes, su “día de la plancha” donde Montse. Y es que Paul y Oskar intervinieron de manera bastante rentable en una actividad para conseguir fondos con los que financiar una escuela primaria en Mali. Siempre que sé de este género de actividades me tengo que acordar de la reacción, más que primitiva casi de primate, de una intelectual chilena que allá por el 2008 me escribió lo siguiente: «Me pudren los europeos con sus caridades hacia el mismo horror que ellos crearon. Aquí estamos comiendo mierda, Bada. Las sofisticaciones culturales del primer mundo son un insulto». Y conservo mi respuesta a ese exabrupto: «No soy yo precisamente un modelo de “inocencia” primermundista, y me atrevería a suscribir lo de que te pudren los europeos con su caridad hacia el mismo horror creado por ellos, y a que las sofisticaciones culturalistas del primer mundo son un insulto. Va mi firma debajo. Sólo que debo excluir ex profeso a esos niños primermundistas y sí inocentes, que patean las calles de todas las ciudades y pueblos de este país pidiendo para sus congéneres menos favorecidos: ¿o a poco no, los metés también en la misma bolsa con los Austrias españoles masacrando América y los tolerantes holandeses traficando con esclavos y el honorable Mr. Disraeli apagando con sangre las insurrecciones indias y el rey de Bélgica depredando el Congo, y un largo etcétera?» Me contestó: «Claro que todos los niños son inocentes. Faltaba más. La culpa de los niños del primer mundo la tienen los que meten imperialismos en sus cunas. Qué papelón, el mío. Quise entrar en complicidad con el niño que nació sobre los escombros de una guerra civil, ante la puerta de una guerra mundial, en la región más pobre de Europa, y ¿qué me salió? ¡un Habsburgo!» Y le respondí «¡Epa, no es tan así! Decís que la culpa de los niños del primer mundo la tienen los que meten imperialismos en sus cunas, con lo que supongo que querés decir que la culpa de que los niños del primer mundo, cuando lleguen a mayores, piensen como Herrenvolk, la tienen quienes les inoculan imperialismo en sus cunas, pero eso es negar el libre albedrío. Marx y Lenin salieron de la clase media. Y además ello no invalida el hecho de que mientras ejercen su solidaridad de niños con otros niños, la ideología debe quedar en suspenso». Nunca más volvió a escribirme. La izquierda primate es así. Y Fidel Castro el santón a quien le rezan todas las noches. Mierda dura y pura.

 


[Creo que este intercambio de emails ya lo he copiado acá, hace un par de años, mejor dicho, no lo creo, lo sé, y lo vuelvo a copiar conscientemente porque no consigo salir de mi asombro cada vez que lo leo. La fe del carbonero saltó de las carbonerías a la izquierda totalitaria].

 

Weiß/Colonia, 30.6.

Me encuentro al abrir la compu con la triste novedad de que Google Chrome se desactivó por su cuenta y riesgo durante la noche. Menos mal que las cosas urgentes puedo despacharlas usando la vía del Internet Explorer, aunque es lenta como un desfile de cojos. Ojalá pueda venir Arzola a la tarde, para desfazer el entuerto. Qué dependiente y qué impotente se siente uno, carajo.

 

12:00 am: El agente de la compañía de seguros de accidentes y enfermedad, un tipo de lo más simpático que conozco, alemán de padres marroquíes, no consigue convencerme de que retorne a mi póliza antigua sólo a causa de las mejores condiciones en lo que se refiere a las prestaciones odontológicas. Diny anda muy bien de la dentadura, y yo no creo que vaya a vivir tanto tiempo como para que el tema me resulte gravoso en el presupuesto familiar. Pero lo que en realidad quiero consignar acá es que, cuando llegó, le ofrecí algo de beber, agua mineral, café o un té, y me dijo con esa cierta condescendencia que se tiene en estos casos con los infieles: «No, gracias, estamos en Ramadán». Ni siquiera en un cuento de Cortázar me hubiese creído que un alemán rechazaría un vaso de agua a causa del Ramadán. Eso sí que es realismo mágico.

 

Refiere Antonio Vélez en su Homo sapiens, que sigo leyendo en paralelo con otros dos grandes libros, que los linces con la amígdala del cerebelo extirpada se comportan como gatos dóciles. Y se me ocurre este tuit: «¿Qué tal si los códigos penales castigaran con la extirpación de esa amígdala a las personas de conducta violenta?» Pero le pido a Anache que lo consulte con su padre, y el padre le responde: «Amor: la idea de eliminar la amígdala cerebral para apaciguar al sujeto, tiene implicaciones variadísimas, fruto de la complejidad del cerebro. Para simplificar se dice que tal región se encarga de tales actividades, pero esto no es más que una grosera simplificación, pues en el cerebro todo está conectado con todo, así que si modificamos una estructura se ven afectadas las demás. Y en el caso de la amígdala sí que es cierto lo anterior. Por otro lado, por su situación, bien adentro en el encéfalo, intervenir quirúrgicamente la amígdala sin lesionar los tejidos vecinos presenta dificultades insalvables. Pero si tenemos un sujeto inmanejable, condenado a prisión perpetua, no me temblaría la mano para aprobar algunos experimentos neurológicos como el propuesto por Bada, contando, sí, con el consentimiento del sujeto. Y si el hombre queda manso como un lince operado, podremos darle libertad  condicional, muy condicional, por supuesto. El problema es convencer a los moralistas a ultranza. En fin, es compleja la pregunta de tu querido amigo. Una forma de ser creativo es proponiendo preguntas, poniendo el mundo a pensar». Modifico el tuit después de tal lectura y lo dejo de este porte, antes de enviárselo a Lina, en @otraparte: «¿Sería ético que los códigos penales castigaran con la extirpación de esa amígdala a las personas de conducta violenta?»

 

Vino Arzola. Vino, vio y convenció una vez más como “manitas”. “Manitas de Plata” creo que lo voy a llamar. Es tan virtuoso con una compu como el maestro gitano con su guitarra.

 

Weiß/Colonia, 1.7.

El nacionalismo es el cáncer del alma, y sus metástasis se me aparecen nítidas en algunos emails que me llegan. Y no a causa de algo verdaderamente serio, dramático, incluso trágico, sino de algo tan banal como el resultado de un enfrentamiento de once millonarios en calzoncillos vs. otros once millonarios en calzoncillos. De a deveras vomitivo. Lo jodido del caso es que en muchos de esos emails quienes me piden que los borre de mis listas son personas que nunca en la vida se sentirían felices acusadas de nacionalistas, pero en tocante al fútbol se comportan como tales. Dicho sea de la manera más drástica: si ganan, chochos de la vida, y si pierden, “¡Esto es una mierda, una confabulación contra el Tercer Mundo!”, etc. Nauseabundo. Sea como sea que se lo considere.

 

Vamos a La Modicana con Silvia, la profesora de la Uni, amiga de Carlos, que a fines de este mes volverá a Sudamérica, esta vez a Perú (Arequipa, el Titicaca, Machu Picchu, Iquitos, Lima), pero comenzando por una parada de tres días en Bogotá. Así es que la he munido de cantidad de direcciones, muchas más por cierto en Bogotá que en Lima, donde después de la muerte de Toño Cisneros sólo me quedan dos amigos, la buena Elsita y Fernando. En cambio, en Bogotá, Silvia necesitaría al menos una semana para saludar –bref!– a todos quienes quiero. Todavía  siguen siendo muchos más que aquellos a quienes aborrezco, por los siglos de los siglos. Enter.

 

Weiß/Colonia, 2.7.

49 años de conocernos, 48 años de casados, Diny y yo. Diny emplea la mañana en su habitual zafarrancho de limpieza de la casa, yo me meto a la cama, sin nada que hacer, porque se cayó el sistema y sé que siempre tardan un par de horas en repararlo. Luego Diny se va a buscar a Henri al Kindergarten para llevarlo a su casa, y yo me quedo trabajando una vez que el sistema se ha recuperado de su panne. (Escribo “panne” porque mientras buscaba la palabra correcta en castellano recordé uno de los primeros libros que leí en alemán, de Dürrenmatt, Die Panne, que en España se publicó titulado El atasco, cuando en realidad se trata de una avería).

 

Weiß/Colonia, 3.7.

El Fisco me reclama 411 € por haber dejado de transferir el anticipo trimestral. Busco en el archivador el comprobante de la transferencia, con el sello del Banco confirmando que la hice el 10 de junio, fecha fijada por el Fisco, pero para mayor seguridad llamo al Banco a fin de no dar puntada sin hilo. Y en el Banco me dicen que esa transferencia me fue retornada porque la hice a un BIC equivocado, lo que pasa es que aún no he recibido el extracto de mi cuenta corriente en el mes de junio. Me toca ir al Banco, pues, y hacer la transferencia con el BIC correcto, es la invasión de la vida privada, del ocio bendito, por obra y desgracia de la burocracia. La odio.

 

La sopa de pescado bretona no congelada, en frasco de vidrio, que compré hace un par de meses, la última vez que comí en el Nordsee, es francamente buena. Lo curioso es que en la página web de esa cadena no figura entre los productos que ofrecen. Espero que no la hayan descontinuado porque es una alternativa estupenda a la bullabesa congelada de Costa... ¡que tampoco aparece en la página web de esa firma!  ¡Qué ninguneo, Señor!

 

La novela de Alma Delia me la he jalado en dos sentadas, ayer por la tarde y hoy después de la cena, hasta ahora que acabo de leer la última frase. En mi opinión es muy buena. Atrapa desde el primer momento por el poder imán de su prosa, que ya conozco de sus columnas. Es más, en un primer momento temí que me fuese a endosar casi una serie encadenada de columnas, pero no. Los personajes son convincentes, y sus historias también. Tiene muchas cosas que contar y sabe contarlas. Tiene muchas cosas que decir y sabe cómo decirlas. Entonces, a partir de un momento determinado de la lectura uno quisiera suspender la mirada crítica y entregarse al placer de leer esa prosa y a compartir estos destinos. Sólo que mi obligación con Alma Delia era darle justamente una opinión crítica. Así es que hice de tripas corazón y la seguí hasta el final sin olvidar el lápiz rojo. Pero casi no tuve necesidad de usarlo. Chapeau!

 

Weiß/Colonia, 4.7.

Voy adonde el dentista, que me tiene ya listo un calce para los dientes inferiores, calce que debo usar sobre todo al irme a la cama, para evitar el frotamiento y el rechinar con los superiores, lo que me hará dormir y descansar mejor. Al darme la mano al despedirse me dice que ya encargó el libro de Grass, y yo saco mi ejemplar de mi mochila y se lo entrego: «Para que lo empiece a leer hasta que le llegue su ejemplar». Se alegra como un chico con zapatos nuevos. Es algo que tengo muy comprobado, los alemanes no están habituados a este tipo de gestos por parte de las personas con las que se relacionan por motivos profesionales. A mi asesor fiscal anterior, el buen Reimann, le llevó un par de años entender por qué lo invitaba a almorzar o le regalaba alguna botella de buen vino siempre que nos reuníamos, una vez al año, para hacer mi declaración de impuestos; era mi manera de agradecerle de un modo personal lo bien que trabajaba para mí.

 

En el magazín del diario una prescindible reseña del libro de Juan Gabriel con el que ganó el Alfaguara. Se conoce que el crítico no ha logrado formarse una opinión acerca del mismo y con el temor de meter la pata, haciendo un elogio o formulando un rechazo, se limita a hablar de la trama narrativa y de la situación en Colombia en la época cuando transcurre la novela. Debe ser jodido eso de no atreverse a decir la propia opinión. A mí no me ha pasado nunca.

 

Sigo con la lectura paralela de los libros de Raddatz (907 páginas, estoy en la 415), Deschner (403 y 158, respectivamente) y Vélez (649 y 312, ídem), pero entre medias, y sobre todo si he de viajar con el bus y el tranvía, voy despachando libros de más fácil lectura y menos volumen. Hoy he terminado el de Leticia, por cuya solapa me entero de que también es leona, y no sólo eso sino que también nació un 17 de agosto, como Diny. Me ha gustado mucho y así se lo he dicho en un email: «Me ha encantado la sencillez y la naturalidad contando esas historias. En algunos casos me ha recordado el caso de mi gran amigo Ernesto Feria Jaldón, quien era médico rural en su pueblo natal, Villanueva de los Castillejos, en la provincia de Huelva, y lo era por propia y sabia decisión, porque quería dedicarse a lo que en realidad le gustaba, leer y escribir, cosa que hizo en cantidades asombrosas, tanto lo uno como lo otro. Y cuando viví en Huelva, de regreso de la aventura argentina, desde julio 1967 a agosto 1968, Diny y yo íbamos mucho a visitarlo, siempre estábamos invitados a comer con su familia, y él me contaba anécdotas de la consulta. Por ejemplo la de la mujer que le llevaba a la hija para que la examinase porque tenía un "divení". ¿Sabés lo que es un divení? Pues una diarrea, "de ir y venir al servicio", pero con  fonética andaluza. La que mejor recuerdo es la del hombre que vino a decirle que había llevado a su esposa a Huelva, para que le hicieran “unos análisis de los cálculos billares, y han dao vengativo" (sic, en ambos casos). Me ha gustado también mucho la referencia a ese precioso cuento de O'Henry, uno de mis autores más leídos y predilectos».

 

Weiß/Colonia, 5.7.

Como no vi el partido no puedo opinar, pero parece ser que toda la frustración colombiana por el partido perdido contra el Brasil se ha focalizado en el desastroso, parcial y venal arbitraje de nada menos que un español, vaya por Dios. Sin embargo, por lo que veo en el diario, ese árbitro concedió un penalty a Colombia faltando 10’ del tiempo regular + los minutos de descuento. Tan parcial no me parece. Y en todo caso lo único que me interesa de este Mundial es que Klose anote su gol # 16. También, aunque sin muchas esperanzas, que los ticos les tomen las medidas a esos paracaidistas del área pequeña que son los holandeses. Lo sabremos dentro de cuatro horas y ½. O cinco, si hubiese prórroga. O cinco y ½ si la cosa se decidiera por penaltis legales, no de los que se consiguen haciendo lo que en alemán se llama “una golondrina”. Nunca me expliqué el porqué de ese insulto indirecto a las protagonistas de la bella rima de Bécquer.

 

Leo que Ingrid Betancourt publicó «una novela de ficción». Sin comentarios. Me recuerda un poco, no sé por qué, aquellos titulares de un diario de Huelva que me mandó una vez mi querido Pepe Baena: «Numerosos escolares recuerdan al poeta rocianero Odón Betanzos con una lectura de sus poemas. Al emotivo acto no faltó su difunta esposa».

 

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