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#28 Cambio de tercio (zarzuela)

Por Alejandro Carantoña

 

I.

 

 

Ayer se estrenó en el Teatro de la Zarzuela ¡Cómo está Madriz!, la versión que Miguel del Arco ha hecho de La Gran Vía y El año pasado por agua. Es, por lo que ha contado el propio Del Arco y por lo que la crítica empieza a dejar entrever, un salteado del género chico —ese tipo de zarzuela cómica de apenas una hora de duración— buscando sus hechuras para el siglo XXI, con un reclamo del calibre mediático de Paco León. Su sola presencia debería servir para llenar las dieciocho funciones que están programadas.

 

En esta bitácora solemos charlar mucho sobre las crisis de identidad de la ópera, pero casi nunca de la zarzuela. Estos triples mortales son una buena excusa para hacerlo, porque si bien la ópera ya conlleva el sambenito de elitista y petarda, la zarzuela encima lleva el de chabacana, cutre y hortera.

 

Hace un par de semanas, en un programa de radio se preguntaban muchos y muy variados jóvenes si la zarzuela es «retro o rancia». Los invitados de aquella semana eran Pablo Carbonell y el grupo indie León Benavente. Tras ser bombardeados con algunos fragmentos musicales, llegaron los veredictos.

 

Carbonell afirmó muy convencido, el primero, que había que reivindicar la zarzuela y volver a ella. Los dos presentadores, autores del portal satírico El mundo today, no dudaron en colgarle el apelativo de rancia; y Xoel López —otro indie— dijo que «esta música es como Francia pero sin la F». A León Benavente tampoco les pareció especialmente simpática —como mucho, pintoresca—. Con todo, acabó por ganar en las votaciones que había que reivindicarla, «aunque la música esté un poco pasada».

 

Música pasada, argumentos castizos y cutrez por doquier. Risas.

 

 

 

II.

 

 

Miguel del Arco debuta con esta producción en ópera, zarzuela o teatro musical, si no me equivoco. Mientras que en Madrid se crea el espectáculo, gira por España su bien recibido Hamlet, que ha adquirido la dimensión suficiente como para ser considerado teatro serio, con peso, con poso. Al terminar con aquel estreno, y siempre si las fechas no me bailan, comenzaba el trabajo sobre este espectáculo.

 

Sería apasionante poder acceder a las cabezas de los espectadores, y de los no espectadores también. Es decir, toda esa gente que jamás irá a ver ¡Cómo está madriz! pero que sí fue a ver un shakespeare leído en sus coordenadas. Sería apasionante saber cuántos de quienes visitaron el hamlet de Del Arco y salieron satisfechos de la experiencia creen que este proyecto es una pequeña perversión, o si por el contrario tienen alguna fe en poder penetrar en el extraño mundo de la lírica de su mano.

 

Sería fascinante averiguar en cuántos imaginarios es la zarzuela un subterfugio del más acerado joseluismorenismo; cuántos creen que esa forma de arte no tiene solución de continuidad y claman por que dejen de dilapidarse recursos en tratar de convencer a nadie de que es divertida. Todos saben qué clase de gente se deja caer por el Teatro de la Zarzuela: ancianas en visón, señoras bien de Madrid que mastican croquetas y se abanican durante las funciones. Nada que ver con los devoradores de libros, bebedores de capuccinos, consumidores de exposiciones que se dejan caer por los teatros hablados de la capital.

 

Lo más llamativo es que, de entre todo este último equipo —el que cree que todo son señoras, barroquismo, vejez— apenas hayan surgido unos pocos espectadores capaces de verle lo kitsch a la zarzuela. Creo que es más que probable que los entrevistados en el programa de radio se dividiesen en dos equipos, en realidad: los que han captado el regusto amargo y frívolo y agradable de cierto tipo de zarzuela como fue concebida y los otros, los que ven en ella ranciedad por quedarse en formas superadas y franquismo desaforado.

 

Esa es la gente que se toma demasiado en serio esto de la zarzuela, y esto de la ópera, y esto de la vida, y se dedica a componer presuntos himnos generacionales en americana, con un rictus serio y grave. El único sentido del humor posible es uno condescendiente, algo altivo. Esto de reírse del Gobierno y hacer chistes picantones parece estar completamente superado. Es cosa del pasado.

 

¿Seguro?

 

 

 

III.

 

 

No obstante, con los años uno acaba entendiendo que lo único casposo que hay en la zarzuela es cómo se hace, pero no la zarzuela en sí. No hay ninguna otra forma de arte —solo el teatro musical, del que es patrimonio exclusivo— que sea denostada o vista como «vieja» por nadie. No hay pintura vieja, no hay literatura vieja. La hay clásica, en todo caso, pero no vieja.

 

La zarzuela, sin embargo, es «vieja». Y alimenta la confusión, más si cabe, la palabra que siempre se le añade a todo: «actualizar». Este espectáculo, con dramaturgia completamente nueva de Miguel del Arco y la presencia de Paco León, está «actualizado». Es «actual y divertidísimo».

 

Nunca he visto que así se vendiese una película: «Es actual y divertidísima», podríamos hartarnos de repetir sin éxito. Es como decir de un libro que es fácil de leer. Un horror.

 

La zarzuela, por su lado, se enfrenta a sus propios dramas con algo de temor, carente aún del cuajo necesario —Emilio Sagi ha hecho progresos enormes por cambiar esto, pero aún queda otro tanto por andar— para reivindicarse con orgullo y presentarse sin remordimientos.

 

Esto empieza por las mismísimas dimensiones: el género chico se presenta en programa doble porque no parece de recibo cobrar entrada por una hora de cantarinos. Tampoco proponer espectáculos en serie, como en el cine, medio bien cantados, regular tocados y estupendamente actuados. Todos esos son pequeños retos que la nueva dirección del Teatro de la Zarzuela ha empezado a asumir y a afrontar, pero a los que aún les quedan años —y generaciones de directores dispuestos a inmiscuirse, a enfangarse, a escapar a lo fácil para acudir un formato genuino— para progresar. ¿La zarzuela es rancia o retro? La zarzuela no es ni lo uno ni lo otro: podríamos planteárnoslo si hubiese muerto. Y la zarzuela no ha muerto, de momento.

 

A menos que nos empeñemos en matarla...

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