La reacción al reflejo del horror y la singularidad de ‘Hiroshima’

María Alcaraz Mayor

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¿Cómo reaccionaríamos a algo que no hemos vivido nunca? Esa pregunta es una cuestión a la que muchas veces nos cuesta encontrar una respuesta. Aunque clamemos a los cuatro vientos que durante un incendio saldríamos rápidamente de casa sin llevar con nosotros vestigios de nuestra vida, es imposible adivinar si correríamos a por los álbumes de fotos para que no los devorara el fuego. Lo mismo ocurre con el pensamiento de verse envuelto en medio de una guerra. Muchos de nosotros, afortunadamente, nunca hemos tenido que enfrentarnos a una. Lo que conocemos de ellas son fragmentos a modo de historias lejanas o imágenes de contiendas tan remotas que las sentimos ajenas.

 

Al comienzo de Ante el dolor de los demás, Susan Sontag evoca a Virgina Woolf y su Tres guineas. En este ensayo, la escritora inglesa, a través de unas cartas con un abogado, se plantea cómo la sociedad reacciona ante la guerra. Una de las ideas que plasma es la de que las imágenes que nos llegan de los conflictos armados nos hacen sentir algo –si no lo hicieran sería extraño– pero tenemos un problema con el desarrollo de la empatía. Nuestra imaginación falla, no somos capaces de tener presente esa realidad que nos es foránea.

 

Woolf reflexionaba sobre ello a comienzos del siglo XX y, en el ya mencionado libro de Susan Sontag, escrito en 2002, la autora califica este fenómeno como algo propio de los tiempos modernos: “Ser espectador de las calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de un siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas”.

 

Inmersos en esta nueva realidad, Sontag apunta dos ideas discordantes derivadas de este fenómeno. La primera de ellas es el hecho innegable por el cual, debido al trabajo periodístico y a ciertas imágenes de gran fuerza emocional y conceptual, la atención pública muestra interés por ciertos temas sobre los que de otra manera nunca habría reflexionado. Por otro lado, la escritora razona que vivimos en un mundo ultrasaturado de imágenes en el que las fotografías que deberían tener mayor importancia cada vez se vuelven menos relevantes. “Tales imágenes sólo nos incapacitan un poco más para sentir, para que nos remuerda la conciencia”, explica la escritora estadounidense. Nos volvemos insensibles.

 

En uno de sus primeros ensayos, Sobre la fotografía, Sontag decía lo siguiente: “Si bien un acontecimiento conocido por fotografías sin duda se vuelve más real que si éstas no se hubiesen visto nunca, tras una exposición reiterada el acontecimiento también se vuelve menos real”. Cuantas más veces se ve una imagen, más se debilita su impacto. ¿Hemos perdido nuestra capacidad de empatía? ¿Se ha convertido la guerra en nuestra realidad en un problema fútil?

 

 

“Lo has inventado todo”

 

En la secuencia inicial de Hiroshima mon amour (Alain Resnais, 1959), Emmanuelle Riva, interpretando a una actriz francesa que rueda una película en Hiroshima, y Eiji Okada, metiéndose en la piel de un soldado japonés, mantienen una larga conversación años después de la caída de la bomba atómica:  

—Ella: He visto pasearse a la gente. La gente se pasea, pensativa, a través de las fotografías, las reconstituciones, a falta de otra cosa. Las fotos, las reconstituciones, a falta de otra cosa, las explicaciones, a falta de otra cosa. Cuatro veces al museo en Hiroshima. He mirado a la gente, he mirado, incluso yo, pensativa, el hierro, el hierro quemado, el hierro quebrado, el hierro vulnerable como la carne. He visto cápsulas en ramos. ¿Quién lo habría dicho? Pieles humanas, flotantes, supervivientes, todavía en el frescor del sufrimiento. Piedras, piedras quemadas, piedras reventadas, cabelleras anónimas que las mujeres de Hiroshima recogían enteras, por la mañana…

—Él: No has visto nada en Hiroshima. Nada.

—Ella: Las reconstituciones se han hecho con la mayor seriedad posible. Las películas se han hecho con la mayor seriedad posible. La ilusión es sencillamente tan perfecta que los turistas lloran. Siempre se puede uno burlar. ¿Pero qué puede hacer un turista si no es llorar? Siempre he llorado por el destino de Hiroshima. Siempre.

—Él: No. ¿Por qué habrías llorado?

—Ella: He visto las noticias. El segundo día, dice la historia, no me lo he inventado. Desde el segundo día, especies animales precisas surgieron de las profundidades de la tierra y las cenizas. Hay perros fotografiados, para siempre. Los he visto. He visto las noticias. Las he visto. Del primer día, del segundo día, del tercer día...

—Él: No has visto nada. Nada.

—Ella: No me he inventado nada.

—Él: Lo has inventado todo.

 

Susan Sontag coincide con el argumento de la actriz francesa. ¿Es Hiroshima una excepción a todo lo que se planteaba en Ante el dolor de los demás? ¿Es el impacto de la bomba atómica una impresión que perdura en el tiempo? “Hay imágenes cuyo poder no mengua, en parte porque no se pueden mirar a menudo (…) los rostros hundidos y cuajados de cicatrices de los supervivientes a las bombas atómicas estadounidenses lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki…”, escribe Sontag.

 

 

La imagen mental

 

El 31 de agosto de 1946 la población estadounidense se hizo por primera vez una idea de lo que apenas un año antes había leído en los periódicos. Informaciones asépticas que explicaban que sobre una remota población japonesa de nombre Hiroshima había caído una bomba que había desencadenado el final de la eterna guerra.

 

Aquella mañana calurosa de domingo, los kioskos norteamericanos vendieron en su totalidad la tirada de 300.000 ejemplares del número dominical del New Yorker. Treita mil palabras en forma de artículo, firmado por John Hersey, que narraban de forma exhaustiva y gráfica las consecuencias de la bomba a través del relato de seis supervivientes al ataque.

 

La población se revolucionó. Se leyó el texto completo en la radio. El artículo se comentó durante semanas en cada rincón del país. Se editó en un libro, que 39 años después de completó con un epílogo de Hersey en el que contaba que había ocurrido con sus seis protagonistas. Reeditado con frecuencia y traducido a múltiples idiomas, Hiroshima ha hecho mella en nuestra sociedad. ¿Son en este –u otros casos– las imágenes mentales más poderosas que las imágenes gráficas? La novela periodística parece responder de forma afirmativa a esta pregunta.

 

Su estilo llano y directo hace del artículo una historia de lectura áspera y difícil que en algunos momentos es tortuosa, no por su dificultad narrativa, sino por su contenido. El propio Hersey explicó que su intención era escribir sobre las consecuencias que arrastraban los seres humanos y no sobre los edificios. Quería reflejar el horror que aquellas personas experimentaron, su desconcierto, su ignorancia sobre lo que ocurría, su reacción ante una situación inconcebible. Durante la lectura nos metemos en la piel de sus personajes, figuras hacia las que sentir fácilmente cercanía y compasión.

 

La empleada de una fábrica, atrapada bajo unas pesadas librerías infinitas horas tras la caída de la bomba, que tiene que pasar, tras ser rescatada, incluso más horas infinitas junto a víctimas con heridas atroces. Un adinerado doctor que cae despedido hacia un río, incapacitado por sus lesiones y que aguarda escondido la calma tras la tormenta. Una viuda con tres hijos, cuya única preocupación es poner a sus retoños a salvo tras el ataque y preservar una máquina de coser, su único medio de vida. Un sacerdote alemán, ávido en las tareas de rescate y cuyas secuelas médicas condicionan en resto de su vida. Un joven doctor que sale casi ileso del ataque y pasa días sin dormir mientras intenta atender a una innumerable avalancha de pacientes, para los que no hay recursos suficientes, con unas gafas que ni siquiera son las suyas. Un pastor de la iglesia metodista japonesa, que deja de lado a su familia para intentar ayudar a una gran cantidad de personas, anteponiendo su moral ante cualquier otra cosa.

 

Historias humanas que generan empatía. Narraciones en las que se vierten los pensamientos de los protagonistas, en las que sentir lo que ellos sienten, en las que vislumbrar un atisbo de nuestra posible reacción a una situación de tal magnitud. Pavorosa narración en la que, sin ningún tamiz, nos cuentan el efecto de la bomba sobre los cuerpos y sobre las mentes. Aquella insensibilización de la que habla Susan Sontag está vigente en nuestro día a día, pero al leer Hiroshima todos nuestros escudos se caen y nos dejan expuestos para sentir. Transmitir esos sentimientos, pensamientos que se te meten por dentro y no sabes cómo sacar, eso, no lo puede conseguir ninguna fotografía. Incluso si es una difícil de mirar.   

 

 

 

 

María Alcaraz Mayor (Madrid, 1995) es graduada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Tras hacer prácticas en Antena 3 y Cinco Días cursó el Máster del periódico ABC. Actualmente forma parte de la sección de Sociedad de ABC, donde “habla un poco de todo sin saber mucho de nada”. En FronteraD ha publicado Lágrimas, canciones de rap y un padre fundador de Estados Unidos. ‘Hamilton’ en Londres. En Twitter: @AlcarazMayor  

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