Recordar para olvidar: el Museo Memorial del 11 de septiembre en Nueva York

Mariana Graciano - 10-09-2015

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La mañana del 11 de septiembre de 2001 estaba en Buenos Aires. Escuchamos la noticia de que algo había pasado en las torres. Encendimos la tele. El Pentágono estaba en llamas. Tenía 19 años y una mueca de satisfacción se me dibujó en la cara. “Al fin”, pensé.

 

El 11 de septiembre de 2011 hubo un acto en conmemoración de las víctimas del atentado en el memorial del World Trade Center. Hacía un año que me había mudado a Nueva York. Por primera vez escuchaba testimonios directos de personas que habían vivido aquí ese momento. Me hablaban del ruido ensordecedor del cielo rasgado por los aviones, de los olores, del humo, de la calles de Manhattan empapeladas de cartelitos buscando a los ausentes.

 

Poco a poco ese evento tan “espectacular” y tan ajeno se me fue acercando: mi vecina, mi profesor, mis amigos, mi pareja podrían haber estado ahí ese día, a esa hora. Esas torres tan televisivas se me iban llenando de personas.

 

Hoy, un año después de la apertura del Museo Memorial del 9/11, me acerco otra vez al sitio. Este es sólo un recorrido posible.

 

 

Requisitos

 

Para poder acceder al Museo Memorial 9/11 es necesario pagar 25 dólares, a menos que seas considerado parte de los familiares de 9/11, de los trabajadores de rescate y recuperación o parte del ejército de Estados Unidos. Si tu conexión con el ataque terrorista en el World Trade Center no está oficialmente legitimada, entonces es necesario pagar para recordar, pagar para conocer la información que el museo tiene para ofrecer, pagar para poder expresar respeto por las víctimas.

 

 

Seguridad

 

Después de pagar el ticket, paso por seguridad tal como si estuviera en un aeropuerto, con escáneres y todas las revisaciones necesarias. Primer recordatorio tras pasar la puerta de vidrio: todavía vivimos con miedo, todos somos vulnerables.

 

 

World Trade Center

 

Nunca antes había pensado en el significado de las palabras World Trade Center. Quizás porque no sabía mucho inglés cuando empecé a oír esas palabras y en muchos casos, como este, sólo aprendía los nombres de las cosas sin pensar en su significado, como un sonido vacío. “World Trade Center” es “Centro de Comercio Mundial”. Todavía más me sorprendió escuchar la voz de Robert De Niro en la audioguía explicándome que “the WTC was built with the idea of promoting peace through world trade”: el WTC fue construido con la idea de promover la paz a través del comercio mundial.

 

¿Será que las memorias de esta tragedia también formarán parte de ese comercio?

 

 

Objetivos

 

Todavía en el hall de recepción, la audioguía establece expectativas muy altas para mi visita. Me advierte que “este museo conmemora a aquellos que murieron en los ataques del 11 de septiembre y también en el ataque al WTC en febrero de 1993 [del cual no había escuchado nunca antes a pesar de que llevo cinco años viviendo en NY]. Explora las razones por las que el WTC y otros monumentos nacionales  estadounidenses se convirtieron en un objetivo para los terroristas [esta es la parte que me intriga más: ¿cuáles son esas razones?] y documenta las respuestas a esos ataques y su impacto hasta la fecha en los Estados Unidos y el mundo”.

 

 

Testigos colectivos

 

“Alrededor de dos mil millones de personas –casi la tercera parte de la población mundial en 2001– vieron los eventos del 11 de septiembre, ya sea a través de trasmisiones en vivo o repeticiones de las mismas durante ese día. Este nivel de testimonio colectivo no tiene precedentes”.

 

“Testimonio colectivo” es la traducción del inglés “collective witnessing” que hace la guía. No creo que “testimonio” sea una buena traducción de “witnessing” pero no encuentro otra. Las dos mil millones de personas que vimos estos eventos no dimos testimonio, en todo caso todos fuimos testigos.

 

Me pregunto cómo llegaron a ese número. Me pregunto si ver el atentado por televisión, como en mi caso, me convierte realmente en testigo. ¿Qué es lo que vi? ¿De qué podría dar testimonio en una potencial corte judicial?

 

Me acuerdo perfectamente de esa mañana y de la confusión en mi casa. Esa es una de las cosas que hizo que el 11 de septiembre se convirtiera en un evento global. Todos se acuerdan de qué estaban haciendo ese día, en ese momento. En casa teníamos la radio y la tele prendidas al mismo tiempo. No podíamos entender qué estaba pasando. Yo tenía 19 años y pensé que estaba presenciando el principio del fin del imperio de Estados Unidos, “el enemigo común de la raza humana”, según el discurso del Che que tenía pegado en mi cuarto. Estaba muy equivocada.

 

 

Descenso

 

Como tercer paso, después de pagar y pasar por seguridad, hay que descender por una rampa para poder entrar a las exhibiciones. Comencé a bajar. El espacio se ponía más y más oscuro. Arquitectónicamente se sugiere que el acto de recordar tiene que ver con transitar áreas muy oscuras en un movimiento descendente. Como en un ejercicio paleontológico, ahora estamos excavando los restos del pasado, tratando de leer en los restos materiales las pistas que podrían ayudarnos a entender lo que pasó.

 

“Usted está en el nivel de los cimientos”, oigo en mis auriculares. Realmente se siente como estar dentro de una excavación. Alrededor de mí: vestigios del WTC original, enormes piezas de acero retorcidas, el muro de contención que formaba el perímetro de la enorme trinchera diseñada para evitar que el agua del río Hudson inundara el agujero de siete pisos que se excavó para construir las torres. Un agujero que ahora estamos rehabitando.

 

 

Boxes inside boxes 

 

Hay un espíritu laberíntico en el diseño del piso principal. Hay secciones aisladas dentro de cada exhibición. Por ejemplo la sección que se enfoca en honrar a las víctimas, llamada In Memoriam, es un cuarto aparte cuyas cuatro paredes están forradas con las fotos de las 2.983 víctimas. Dentro de ese cuadrado hay otro más pequeño y oscuro donde uno puedo sentarse a oír los testimonios de los familiares y amigos de las víctimas. Todos se refieren a memorias de la vida de estas personas, nadie a sus muertes.

 

 

Advertencia 1

 

La exhibición histórica principal tiene una entrada separada. Hay un cartel de advertencia en la puerta indicando que la exhibición contiene escenas de violencia que pueden no ser recomendables para niños. Me doy cuenta que hasta ahora no he visto ninguna escena de violencia. Pienso en las imágenes que circularon después del atentado en la Embajada de Israel y en la AMIA en Buenos Aires. Imágenes de destrucción y caos, cuerpos y personas heridas por todos lados, nada que ver con las imágenes que vi hasta ahora aquí. Dentro del museo por ahora sólo he visto daños materiales y recuerdos de las vidas de las víctimas.

 

 

El hueco

 

En el medio de la exposición, los objetivos establecidos en la entrada vuelven a mi mente: ¿Dónde están esas razones que el museo iba a explorar? ¿Hay alguna reflexión respecto a por qué sucedió esto?

 

 

Advertencia 2

 

Otra señal de advertencia adentro de la sección que ya estaba señalizada: “esta zona de la exhibición incluye material que puede ser particularmente perturbador”. Al lado se explica que entre 50 y 200 personas [otra vez: ¿cómo llegaron a ese número?] “cayeron de las torres” [usan la palabra “cayeron” (fell) en lugar de “saltaron” (jumped)]. En esta pequeña sección separada del resto uno puede ver imágenes de las personas que decidieron saltar desde las torres. Algunas de las imágenes son increíblemente bellas, como si el horror y el esplendor tuvieran un punto de encuentro. Hay bravura en esos suicidios. Pareciera que las cámaras hubieran capturado a esos cuerpos en el momento preciso en el que se estaban convirtiendo en pájaros.

 

No pude evitar pensar en la manera en la que se colocaron para caer. Brazos abiertos o cerrados, boca arriba o boca abajo. Pienso que yo habría saltado de espaldas, mirando al cielo, con los brazos abiertos. No podría soportar el miedo de ver el suelo acercándose cada vez más.

 

 

Repeticiones

 

Los videos y los audios funcionando en bucle. Terminan y vuelven a empezar incansablemente. Las torres enteras. Un avión impacta sobre la torre norte. La torre norte en llamas. Otro avión impacta sobre la torre sur. Se derrumba la torre norte. Se derrumba la torre sur. Las torres enteras. Un avión impacta sobre la torre norte. La torre norte en llamas. Otro avión impacta sobre la torre sur. Se derrumba la torre norte. Se derrumba la torre sur. Las torres enteras. Un avión impacta sobre la torre norte. La torre norte en llamas. Otro avión impacta sobre la torre sur. Se derrumba la torre norte. Se derrumba la torre sur.

 

Las torres se caen frente a mis ojos cien veces más ¿Cuántos testigos más? 

 

 

Pañuelos

 

Hay postes con pañuelos de papel para los visitantes. No vi esto antes en ningún otro museo. Ahora me doy cuenta que nos quieren hacer llorar o, al menos, que esperan generar un efecto emocional en la gente. Otra vez me acuerdo del contrato previo hecho al comienzo de explorar los porqués. ¿Llorar puede promover alguna reflexión? ¿Se supone que llorar me ayude a pensar o me detiene en el dolor? 

 

 

Testimoniar

 

Uno podría decir que el Museo Memorial del 11 de septiembre está enfocado en el acto colectivo de testimoniar. Hay testimonios de testigos oculares y supervivientes reproducidos en todas partes. Se trata mayormente de testimonios audibles o legibles, no tanto visuales. Sólo hay unas pocas imágenes de personas heridas, no hay fotos de cadáveres sino una multitud de voces diferentes: qué estaban diciendo en los canales de noticias en ese preciso momento, llamadas telefónicas desde los aviones secuestrados, comunicados entre los bomberos y la policía, residentes de Manhattan avisando de lo que veían a través de sus ventanas, declaraciones de los representantes del gobierno. Quizás este sea el aspecto más interesante del museo. No hay nada para ver. Se trata más bien de quedarse callado y escuchar.     

 

 

Narraciones incompletas

 

Hay una curiosa obsesión con el tiempo: qué estaba pasando a las 8:45am, 8:46am, 8:47am. Intentos de crear líneas de tiempo completas del recorrido de cada avión. Pero lejos de lograr ese objetivo, lo que se percibe más claramente es el carácter fragmentario de los restos y de la información disponible. Ninguno de los audios dura más de tres o cuatro minutos, en las paredes se citan frases de una o dos oraciones, recortes breves de diarios, clips de noticias, fotos.

 

El foco está puesto más en lo que pasó ese día que en el antes o el después; como si reconstruir aquella mañana, minuto por minuto, pudiera ayudarnos a entender algo de ese terrible acto de violencia.

 

Me doy cuenta entonces que no voy a poder unir todos estos fragmentos en una sola narración. 

 

 

Lo que me hizo llorar

 

Encontré mi punctum dentro de la sección de la exhibición histórica. Agarré uno de los tubos de teléfono que están disponibles en varios puntos del recorrido. Hubo algo en ese gesto de atender un teléfono ajeno que anticipaba que estaba a punto de escuchar algo privado, algo que no estaba saliendo directamente de un altoparlante pero no me di cuenta en ese momento. Era un mensaje de voz de un hombre que iba en uno de los aviones secuestrados para su esposa/novia. Sonaba tranquilo y al mismo tiempo seguro de la proximidad de su muerte. Todo el mensaje duraba menos de dos minutos. Todavía puedo escucharlo: “I just want to say I love you… I absolutely love you… you go and have good times”.

 

 

Cercanía

 

La estructura fragmentaria en el diseño del piso y sus secciones hace que los pasillos se vuelvan muy angostos por momentos. De repente me encontraba atascada frente a un video o una serie de imágenes sin poder avanzar antes que el grupo de gente alrededor decidiera moverse. Hay algo en esa desaceleración que me lleva otra vez a la obsesión con el tiempo, como si fuera necesario ir más despacio para poder procesar lo que pasó. Una se mete en estos pequeños cubículos, rodeada de extraños en silencio. Hay que salir en grupo para poder dejar espacio a la siguiente tanda de gente. No hay manera de aislarse dentro de la exhibición. Cerca de la puerta de salida un cartel apunta: “Llegamos como individuos y salimos juntos”.

 

 

Zona de construcción

 

El World Trade Center se convirtió en Ground Zero. Zona Cero es el título que se le da a la superficie inmediatamente debajo de una detonación. ¿Cómo podemos procesar lo que pasó? ¿Qué deberíamos recordar? ¿Cuál es el objetivo de un memorial? Encuentro algunas de estas preguntas y otras en carteles y notas en la sección dedicada a las consecuencias de los ataques. Prácticamente toda la sección está dedicada a mostrar cómo se fue recuperando este espacio y al hecho de que la reconstrucción del WTC continúa. Un video de menos de tres minutos muestra una secuencia de imágenes tomadas cada 15 minutos desde el 2004 al 2012 [¿un ejercicio de desmemoria?]. De la nada, un despliegue de andamios y máquinas que parecen autómatas yerguen el ahora llamado One World Trade Center.

 

Al otro costado, en una vitrina, encuentro una pequeña fotografía del sitio apenas unos meses después del ataque, cuando todo era todavía polvo y deshechos. En la foto se ve un cartel hecho a mano que alguien dejó colgado en el perímetro: Don’t build on my sister’s grave. No construyan en la tumba de mi hermana.

 

 

Camposanto

 

Un amigo colombiano me cuenta de su desconcierto camino al museo. Cuando estaba llegando, caminando por Wall Street, en medio del tráfico, los banqueros y los turistas se dio cuanta de que, en algún sentido, estaba a punto de visitar un cementerio. Se acordó de cuando su abuela lo llevó a visitar el sitio donde ocurrió la tragedia de Armero, aquel pueblo que desapareció por completo de un momento a otro, tras la erupción del volcán. El Papa Juan Pablo II declaró la zona camposanto y a día de hoy familiares y amigos de las víctimas se acercan al sitio para presentar sus respetos a un valle que se convirtió en fosa común.

 

Mi amigo decidió volver a su casa, dejar allí su teléfono, su billetera, las cosas de metal y realizar las oraciones adecuadas de acuerdo a su fe antes de regresar a la zona cero.

 

Dentro del museo no logro encontrar ese lugar tan necesario en donde encender una vela o simplemente decir adiós. Quizás con ese rol se hayan diseñado las dos enormes piletas que se encuentran al lado del museo y que llevan inscriptos los nombres de cada una de las víctimas. Es confuso el panorama de los turistas sonriendo tomándose fotos al lado de estos dos inmensos agujeros.

 

Justo al día siguiente de esta visita me entero que de hecho el museo cuenta con una sección apartada en la que se encuentran restos humanos de víctimas que todavía no han podido ser identificadas. La sala está separada del espacio público y cuenta además con una Reflection Room accesible solamente para familiares.

 

 

Prevalecer

 

El papel protagónico de esa enorme pared de contención original y de la última columna, junto con la idea de la reconstrucción total del área prueba que se tomó una decisión respecto a todas esas preguntas tan intrincadas. El mensaje del museo es claro: perduramos. El imperio todavía está vivo y con toda su fuerza. El sitio web del nuevo World Trade Center explica esto con transparencia:

 

“De pie como un faro de luz para el nuevo centro de la ciudad y una adición audaz al horizonte, One World Trade Center es seguro, sustentable y artísticamente dinámico. Elevándose a unos simbólicos 1.776 pies [541 metros] –es el edificio más alto del hemisferio occidental, y ya un emblemático monumento de Nueva York–.”

 

 

 

 

Mariana Graciano (Rosario, 1982) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y Magíster en Escritura Creativa por New York University. Sus textos han aparecido en revistas y antologías de Argentina, España y Estados Unidos. Su primer libro de cuentos La visita (Demipage, 2013) le valió el reconocimiento como Talento FNAC. Actualmente realiza su doctorado en The Graduate Center, CUNY. Vive en Brooklyn.  

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