Fátima Valcárcel

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    Retos de la Educación en Mali

    Fátima Valcárcel - 18-03-2010

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    República de Mali. Junio de 2009.

    Kader ag Hattane acaba de entrar en el almacén donde guardan las herramientas y el molino. Me mira raro. No puede esconder que tiene sueño y preferiría seguir durmiendo, pero no le queda otra: lo necesitan para traducir. He llegado a su asentamiento con la pretensión de estudiar el sistema de sustento (livelihood) de sus habitantes y el padre de Kader confía en que mi interés les puede traer beneficios en el futuro.

           Su padre es Hattane ag Tahama, el líder de la fracción tuareg que lleva su nombre, y aunque se defiende en un francés que aprendió sin estudiar, prefiere su lengua materna: el tamasheq, la lengua de los tuaregs.

           El primogénito y único hijo varón de Hattane comienza así un nuevo día en las afueras de Kanabougou, un pueblo del círculo de Niono, en la región de Segú. Hasta este lugar, bañado por los canales del río Níger, llegaron hace 25 años su padre, su madre y el resto de los miembros de la fracción, que actualmente cuenta con unas 400 personas. Las fuertes sequías sufridas durante los años setenta en la región de Tombuctú, al norte de Mali, les hicieron perder todo el ganado y el jefe tuareg se vio obligado a buscar una salida sedentaria para su pueblo en las tierras fértiles del país. Para Kader, a pesar de que ha heredado de sus mayores el respeto y la añoranza de un pasado semi-nómada, éste es su sitio.

           A 22 kilómetros de Kanabougou se encuentra Niono. Allí, en la sede de la organización no gubernamental MSAF-MALI (Motores Sin Fronteras), se aloja Timothée Sogoba. Trabaja como jardinero para esta organización y, por tanto, es el artífice de la zona verde del orfanato y centro de acogida de niños y niñas que inaugurará la ONG en octubre. Timo, padre de dos hijos -chico y chica-, en julio cumplirá 26 años.

           Mientras distribuye tierra en unas bolsitas recicladas afirma que su mayor ilusión sería poder estudiar jardinería en un centro de formación profesional (FP), pero reconoce que es casi imposible “porque cuesta mucho dinero”. Además, Timothée estuvo escolarizado desde los siete hasta los 12 años de manera intermitente y no llegó a obtener ningún título: su padre lo necesitaba para ayudarle a labrar la parcela. Por eso ahora se siente feliz con lo que tiene. Gracias a su empleo actual, el joven experimenta con las semillas que le trae de España el director de MSAF-MALI, Jaime Molías, o sigue los dibujos de un libro de plantas que también recibió como regalo. Todo está en español, así que es Jaime quien le traduce al francés el reverso de los sobres para que pueda hacer germinar desde rosas y claveles hasta crisantemos o girasoles. De aprenderlo todo sobre la flora autóctona ya se ocupa él por su cuenta.

           Timo nació en Koyancrua, un pueblo situado a seis kilómetros al este de Niono. Estas tierras también son regadas por uno de los canales del Djoliba, como se le conoce al río Níger en bambara, la lengua del grupo mayoritario de la zona que vivió su época de mayor esplendor durante los siglos XVII y XVIII, gracias al reino de Segú. Él, en cambio, es mianka.

           A muy pocos metros de la ONG, en el mismo Niono, vive de octubre a junio Eudoxia Magoubril. Por su altura dirías que es menor, pero la niña ya tiene 13 años, estudia séptimo, y dicen de ella que es muy aplicada. Aunque Eudoxia es de Burkina Fasso, pasa el año escolar en Niono, interna en un colegio para niñas que fundaron las hermanas católicas de María Inmaculada en 1984, tras instalarse allí en 1976. De los costes se encarga la congregación.

           Después, durante las vacaciones, la pequeña se marcha a Bamako, la capital de Mali, donde unos amigos la cuidan desde que empezaron los problemas económicos de su familia. Su madre adoptiva se sentía en deuda con los padres biológicos por la ayuda que le prestaron en el pasado, y ahora la está saldando. Tanto en Niono como en Bamako, la niña se siente querida.

           Casi todas las tardes, cuando regreso de Kanabougou, Eudoxia viene a saludarme con sus amigas. Han terminado las clases y se pasean un rato por el barrio. Después de cenar, las jóvenes ya no salen: la zona por la noche está muy oscura y, además, no quieren perderse la telenovela. Y eso que quedan pocos días para que acabe el curso académico.

     

     

           Se nota en el ambiente. En las aulas de preescolar de la Misión Católica llevan días ensayando la fiesta de fin de curso. Esta guardería privada para niños y niñas de tres a cinco años está ubicada entre el colegio de monjas y la sede de MSAF-MALI, donde me acogen y a quienes debo haber sido recibida en el poblado tuareg. Cuando los fines de semana salgo a leer al porche, la mirada se me escapa hacia las actuaciones que interpretarán los pequeños en unos días.

           En el centro del pueblo de Kanabougou, a 1,6 kilómetros del asentamiento de la fracción Hattane ag Tahama, también se respira un cierto nerviosismo. En este caso, tuaregs y bambaras -que junto con otros mandinga forman el grupo mayoritario de los 12 millones que suma la población total de Mali- comentan impacientes que se aproxima el día de los exámenes oficiales del DEF (Diploma de Estudios Fundamentales), a los que únicamente acceden quienes han aprobado el noveno curso. En España, si existiera, equivaldría a una reválida de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO).

           “¿Qué caerá este año? ¿Cuántos pasarán las pruebas?”, se preguntan unos a otros. Algunos jóvenes, tras ayudar a sus familias en las tareas del campo, corren a sus casas antes del anochecer para sacarle aún unas horas al día e intentar ir mejor preparados.

           Más tarde, al caer el sol, las hermanas de María Inmaculada recuerdan a sus alumnas lo mucho que se juegan y las animan a dar el repaso final. En su colegio se estudia desde cuarto hasta noveno, por lo que es importante que sus niñas obtengan buenos resultados.

           Justo en la calle contigua, un estudiante de edad imprecisa parece haber escuchado los consejos de las monjas. Sentado en una salida de agua elevada por un bloque de cemento no le quita ojo a su libro de física. Está tan concentrado que, por un momento, te hace revivir tus días de estudio en la biblioteca. A su alrededor, en cambio, no hay mesas, ni sillas. Ni libros, ni silencio. A unos metros, unos hombres reparan bajo un árbol unas bicicletas viejas. Aunque la sombra ya no es necesaria, ellos siguen en el mismo sitio en el que se encontraban por la mañana. No perturban al pequeño. Al chico ni siquiera le molesta un anciano que al pasar con su asno levanta el polvo del barro que sirve de pavimento a los caminos. Son los últimos días de la estación seca y las tormentas, como el cansado animal, sólo levantan polvo. Las lluvias no deberían de tardar en llegar a Niono, y con ellas las nubes de letales mosquitos. Pero en Mali, como en otros lugares del planeta, las estaciones son cada vez más imprevisibles. Bueno, quizá aquí, en esta zona limítrofe entre el río Níger y el Sahel, el azar ya tuviera un fuerte protagonismo antes del cambio climático. La misma fortuna que favorecerá a unos y olvidará a otros los días de los exámenes del DEF y durante los años siguientes.

           Drissa Dicko, de 18 años, es el único de todos los jóvenes del asentamiento Hattane ag Tahama de Kanabougou que continúa sus estudios tras haber aprobado el DEF. Acaba de regresar de Bamako para pasar sus vacaciones. Ha terminado décimo en la especialidad de Literatura Maliense, pero todavía no sabe si podrá seguir estudiando el próximo curso.

           A pesar de ser el hijo adoptivo del presidente del Consejo, Mohamed ag Aboubacine, el año pasado su padre no pudo afrontar los gastos y la educación de Drissa la financió su mejor amiga de la infancia -“su hermana”, como él la llama-, quien tras casarse dejó el asentamiento y se fue a vivir al norte de Mali. Sin embargo, esta vez el futuro del joven, al menos el de los próximos 12 meses, no está nada claro. Que Drissa pueda o no continuar con sus estudios dependerá de si “su hermana” dispone de otros 50 euros y de que el hermano de la chica, que reside en Bamako, vuelva a acogerle en su casa de la capital después de l’hivernage -la estación lluviosa, que comparte raíz con la palabra francesa hiver (invierno)-. Entre tanto, Drissa sueña con irse a Europa. Una Europa en la que, curiosamente, niños y jóvenes disfrutan de sus vacaciones de verano, mientras desean que éstas no se acaben nunca.

           Pero, tanto en este lugar como al otro lado del estrecho de Gibraltar, los días pasan al mismo ritmo de siempre, porque el tiempo no atiende a ruegos. Y lo cierto es que al estudio sobre el sistema de sustento le viene bien. En el poblado tuareg se han desvestido de formalismos, pero no por ello han dejado atrás su hospitalidad, al contrario: cada día me siento más en casa. Compartimos inquietudes.

           Kader y Drissa son dos de los únicos tres varones de todo el asentamiento que han aprobado, por ahora, noveno grado. Años de estudio que no incluyen los que han dedicado los dos marabús -guías espirituales- a aprender e interpretar las leyes islámicas y el Corán.

     

     

           Kader, antiguo compañero de Drissa en el colegio a pesar de sus siete años de diferencia de edad, era el primero de la clase. No obstante, tras marcharse a estudiar a una escuela técnica no tardó ni un par de meses en regresar. No podía dejar de pensar en que sus clases costaban una fortuna a sus padres.

           Desde que volvió, Kader no ha encontrado una salida laboral. Aunque le cuesta reconocerlo, porque el discurso democrático que aprendió en sus años de escuela lo conoce mejor que su interlocutora. No ha sido educado para trabajar en los campos de arroz y de hortalizas que, en cambio, sí cultivan los forgerones -descendientes de los antiguos esclavos- de su extensa familia. Él quisiera poder conseguir un empleo en la administración pública o en cualquier otro lugar donde se le reconocieran, al menos, las cinco lenguas que habla (tamasheq, francés, peul, bambara y sonray). Pero en Mali, como en gran parte del África Subsahariana, son muchas las personas que conocen cinco lenguas, y más…

           El hijo de Hattane destaca, incluso, que hace unos años envió su currículum para trabajar de obrero en la construcción del último tramo de la carretera principal que une Segú con Niono. Tampoco tuvo suerte.

           Mientras se expresa, su porte y su sonrisa, que mostró nada más despejarse con un té el mismo día en que lo conocí y que no ha vuelto a abandonar desde entonces, recuerdan a los de un adolescente. Pero hace ya tiempo que, por edad, Kader dejó de serlo. Especialmente en un país donde, según los últimos datos del Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD), la esperanza de vida se situó en 48,1 años en 2007. Tal vez por ello, por saberse privilegiado entre los suyos, y aunque a veces no pueda evitar sentirse atrapado, el primogénito del jefe de la fracción tuareg de Kanabougou mantiene la esperanza y asegura que se casará en tres años: “a los 28”. Una edad que él mismo se ha fijado porque para entonces confía en que podrá mantener a su propia familia.

           Sin embargo, Kader sabe que para ello quizá tenga que abandonar su hogar. Hattane ag Tahama, su padre, así se lo ha hecho ver siempre: “Hemos comprendido que debemos morir en la tierra que nos dé trabajo. Si tras sus estudios mis hijos encuentran un empleo, su deber será marcharse allá donde lo obtengan”.

     

    La Educación en Mali

    Estudiantes en MaliPara entender las recientes políticas de Educación de Mali y su impacto en la población debemos retrotraernos, al menos, hasta comienzos de los años noventa. Concretamente hasta el 26 de marzo de 1991, cuando una revuelta popular, con relevante participación universitaria, provocó un golpe de Estado, la caída de la dictadura de Moussa Traoré y un periodo de transición de un año, tras el cual Mali se convirtió en un país regido por una democracia que ha perdurado hasta la actualidad.

           Desde entonces, primero bajo el mandato del presidente Alpha Oumar Konaré (junio de 1992-junio de 2002), y después con Amadou Toumani Touré como jefe de Estado, el país subsahariano ha convencido a la comunidad internacional de que quiere materializar las reformas necesarias para alcanzar los valores universales, según muestra el texto constituyente de la Tercera República. Principios entre los que se incluye la defensa de los Derechos Humanos de la Declaración Universal aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, en cuyo artículo 26 se recoge el derecho a la Educación.

           De ahí que el artículo 18 de la Constitución de Mali dicte: “Todo ciudadano tiene derecho a la instrucción. La enseñanza pública es obligatoria, gratuita y laica”.

           Ahora bien, Mali es uno de los 49 países considerados por la Conferencia de las Naciones Unidas como País Menos Adelantado (PMA) -Least Developed Countries-, por lo que dependen de la ayuda externa. Esto, más su decisión de jugar en la liga de los países desarrollados -sin muchas más opciones tras la caída del muro de Berlín en 1989 y en espera de ver los resultados de la entrada de China en el país-, ha hecho que sus políticas hayan estado marcadas por la evolución de la agenda internacional del desarrollo y por la condicionalidad de sus donantes. Una práctica, esta última, que denuncian numerosas ONG y expertos internacionales por ir en contra de lo acordado en la Declaración de París sobre la Eficacia de la Ayuda al Desarrollo y en el posterior Programa de Acción de Accra (2005 y 2008, respectivamente), en donde se marcaron las nuevas pautas de comportamiento entre donantes y socios -antes receptores-.

           Sin embargo, muchas veces es difícil medir el verdadero peso de las decisiones adoptadas por el país receptor o de las condiciones impuestas por los donantes.

     

     

           Si seguimos la agenda internacional en materia de Educación comprobamos que Mali, además de ajustarse a los Documentos de Estrategia de Lucha contra la Pobreza (DELP) del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial -que sustituyeron a los tan criticados Programas de Ajuste Estructural (PAE)-, suscribió también los retos derivados del Foro Mundial sobre la Educación para Todos (EPT) de Dakar (Senegal), celebrado en 2000 con el fin de revisar los resultados del Foro de Jomtien (Thailandia), de 1990, en el que se habían propuesto universalizar la educación en diez años.

           Tras el decenio transcurrido, al ver que no se había conseguido esa meta, la comunidad internacional volvió a tomar conciencia de la importancia de la Educación para lograr el objetivo global de acabar con la pobreza, y apenas dos años más tarde, en 2002, se implantó la Vía Rápida de Educación para Todos, en la que el país subsahariano fue admitido en 2006.

           No obstante, para entender mejor el proceso seguido por Mali en materia de Educación, y puesto que no se puede desligar de lo anterior, debemos retroceder unos años en el tiempo y detenernos en el segundo de los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) aprobados por 189 países en Nueva York, en la Declaración del Milenio de la ONU de 2000: “Lograr la enseñanza primaria universal”. Así como destacar la importancia que conceden otros ODM a acabar con la desigualdad de género. Dos metas que, como veremos a continuación, han sido clave a la hora de diseñar las políticas de Educación, no sólo a nivel mundial, sino también por parte de los gobiernos malienses.

           Pero, antes de centrarnos en estas políticas, es importante señalar que la participación de los donantes en el presupuesto dedicado a la Educación en Mali en 2008, aunque relevante, supuso tan sólo cerca de un tercio del total. Según los datos extraídos del informe de Oxfam International: Delivering Education For All in Mali, de los 316 millones de euros presupuestados, 200 millones procedieron de los recursos de la administración central maliense y otra pequeña parte de los ingresos fueron generados mediante tasas impositivas locales.

     

    El PRODEC y otras medidas

    La Educación en Mali no puede comprenderse sin la puesta en marcha del PRODEC (Programa Decenal de Educación en Mali) establecido para el periodo 2000-10, entre cuyos objetivos cabe destacar:

     

    - Garantizar la igualdad en la escuela: concretamente, impulsar la educación de las niñas y la formación de las mujeres.

    - Luchar eficazmente contra los fenómenos de abandono y contra la asistencia irregular a las clases.

    - Consolidar la política de descentralización.

    - Conseguir la alfabetización para todos.

     

    Unos fines que el Gobierno maliense completa con:

     

    - Lograr una educación básica (primaria, fundamental) de calidad para todos.

    - Conseguir una FP adaptada a las necesidades de la economía.

    - Alcanzar una enseñanza secundaria general y técnica renovada y con buenos resultados.

    - Diseñar una enseñanza superior que responda a las necesidades prioritarias y al control de costes.

    - Enseñar en las lenguas maternas, además de en francés. En Mali se reconocen para ello 10 lenguas locales.

    - Dar importancia a los libros y a otros materiales didácticos.

    - Fomentar el diálogo y la concertación entre todos los implicados.

     

           Es precisamente en este momento cuando se plantea el objetivo de reestructurar la enseñanza fundamental en el país. De esta forma, se establece un bloque único de nueve años por alumno para tener la garantía de que, por un lado, se asegurará que el estudiante no termine siendo analfabeto y, por otro, que el alumno obtenga los conocimientos necesarios bien para poder insertarse en el mercado laboral, bien para poder continuar estudiando.

           Por otro lado, con el programa decenal se persigue unificar las escuelas privadas, las públicas y las comunitarias -creadas gracias a iniciativas locales, normalmente para suplir los déficit de acceso a la educación-. Así es como se busca reformar la educación no formal: la enseñanza otorgada a las personas analfabetas, bien sean mayores o niños no escolarizados, cuyas estructuras no son las clásicas. Estos lugares son de diversos tipos pero, sobre todo, destacan los Centros de Educación para el Desarrollo (CED), a los que el PRODEC concede una gran importancia.

     

     

           Entre los objetivos se aspira a que cada pueblo de Mali tenga, al menos, una escuela fundamental o un CED. Lo que se pretende conseguir con un fin básico: aumentar el número de profesores en 2.450 al año (de los cuales 2.000 serán destinados a las escuelas públicas); en 3.070 para las escuelas de FP; y en 1.683 para las escuelas secundarias y técnicas. Una medida que se considera especialmente necesaria tras la merma del profesorado registrada en Mali como consecuencia de la implantación de los PAE durante las décadas de los ochenta y noventa, ya que estos planes obligaron al Gobierno maliense a realizar importantes recortes en el gasto público y, por tanto, en el sector de la Educación.

           En definitiva, el PRODEC abarca todo un conjunto de medidas, aún más amplias que las señaladas en este artículo, cuya materialización ha corrido, y corre, a cargo de los PISE (Programa de Inversión del Sector de la Educación): El PISE I (2001-05), el II (2006-08), y el III (2009-11); con unos resultados, como se verá más tarde, hasta ahora bastante distintos de los deseados.

           No obstante, aunque la práctica tampoco ha acompañado siempre a la teoría en este caso, al Gobierno maliense se le deben reconocer también algunos avances dados en materia de independencia:

           Como repasa Esther Palacio Blasco en el documento de trabajo de la Fundación Carolina Cooperación delegada, algunas experiencias prácticas, en 2001 se elaboró en el país un marco de cooperación (Cadre Partenarial) para armonizar y coordinar las aportaciones de los donantes; y a finales de 2006 el Gobierno maliense desarrolló un protocolo específico de trabajo (Arrangement Spécifique) con el que organizar de un modo más eficaz los apoyos presupuestarios de los donantes en el sector de la Educación.

     

    La discriminación por cuestión de género y la presencia del islam

    A pesar de que, a la hora de redactar este artículo, no se cuenta con la infraestructura necesaria para medir directamente los resultados de estas políticas, las estadísticas disponibles y las fuentes consultadas nos pueden servir para conocer mejor algunos de los asuntos más importantes de la Educación en Mali, como los niveles de discriminación por cuestión de género registrados o la influencia del islam en la enseñanza.

           Según los indicadores de los ODM, mientras que en 2007 la tasa neta total de matriculación de los niños en primaria se situaba en el 69,8%, el porcentaje de niñas matriculadas ascendía únicamente hasta el 56,2%. Unas cifras que se reducían al 61,9% para los niños que acababan este ciclo, frente al 42,5% de las niñas que lo conseguían. Lo que revela que la discriminación por motivos de género continúa siendo visible en Mali.

     

    Para explicar las causas de esta realidad se podría aducir que:

     

    1.- Aunque la educación fundamental se supone gratuita en Mali, muchas veces los costes derivados de los desplazamientos y otros gastos, o las tasas requeridas -de forma indirecta, en el caso de las escuelas públicas- para, por ejemplo, pagar a los profesores cuando el dinero no llega a las escuelas, suponen un extra que la mayor parte de las familias malienses no pueden afrontar. Una situación que en Mali -como en otros países de la región subsahariana- lleva a los padres a primar la educación de los hijos antes que la de las hijas.

    Ahora, sin por supuesto pretender dar la razón a quienes denominan esta práctica como cultural y obviar así que se trata de una decisión, claramente, discriminatoria, no está de más recordar, en este momento, los problemas financieros a los que se enfrenta la mayor parte de la población de Mali, puesto que, en numerosos casos, estas dificultades explican la no escolarización tanto de las hijas como de los hijos.

    Según las cifras del Banco Mundial, en 2008 la renta per cápita de los malienses se situó en 580 dólares anuales. Mientras que los indicadores de los ODM apuntan que ese mismo año el porcentaje de población que vivía con menos de un dólar al día (a paridad de poder adquisitivo -PPA-) era del 51,4%.

     

     

    2.- Por otro lado, y de nuevo por discriminación de género, las niñas son más requeridas para ayudar a sus madres tanto en las tareas del hogar como en las relacionadas con la generación de ingresos (preparación de las comidas, búsqueda de agua y leña, labranza, venta de artículos diversos en los puestos callejeros o de modo itinerante…), por lo que les queda menos tiempo para el estudio. Además, al contar más con las pequeñas para todo, su presencia o no en las aulas depende también de los costes de oportunidad. Es decir, la familia no sólo decide llevar a la niña a la escuela en función de los gastos que le genera, sino que mide lo que deja de ganar por las horas que la pequeña pasa sin trabajar o sin ayudar en la casa.

     

    3.- Y por último, al ser Mali un país de mayoría musulmana -el 90% de la población profesa el islam suní-, a veces las niñas se ven, o son, obligadas a abandonar sus estudios cuando se convierten en mujeres: porque no hay letrinas separadas para niños y niñas; porque deben ausentarse del colegio unos días al mes y ello les impide aún más seguir el ritmo de la enseñanza; o porque al alcanzar la edad fértil algunas familias -en este caso con independencia de las creencias religiosas- consideran que las jóvenes deben prepararse ya para el matrimonio.

     

           Precisamente, una de las características que hacen de Mali un país peculiar en materia de Educación, respecto a otros países subsaharianos no islámicos, es la existencia de las madrasas en las que, gracias a las contribuciones de los padres de los alumnos, normalmente un único profesor enseña unos conocimientos más adaptados a los que se imparten en los países árabo-musulmanes que a los planes educativos del Gobierno maliense. Lo que provoca, según las fuentes consultadas, que, en la mayoría de los casos, estos estudios no sean homologados en Mali y, en cambio, sí sean reconocidos en otros países islámicos, donde algunos de estos jóvenes continúan sus estudios tras pasar por las escuelas coránicas malienses.

           Es más, una de las imágenes que más perdura en la visión del viajero que llega por primera vez a Mali es la de los numerosos niños que, en pequeños grupos y aparentemente sin rumbo, se desplazan por cualquier rincón del país. Niños de cabezas rapadas y ropas harapientas -para crear compasión-, que sujetan un pozal de plástico en una de sus manos, mientras piden dinero para sus líderes espirituales: los marabús. Marabús que, en su mayoría, actúan no sólo en perjuicio de estos chicos sino también en detrimento de los guías espirituales musulmanes que sí ejercen sus funciones como les exige su religión.

           Según asegura un maliense que estudió esta situación para una importante organización, que pide no desvelar, los padres de estos niños -y adolescentes- pagan una pequeña suma al marabú para que les adoctrine en los principios del Corán, creyendo además que, de este modo, la familia podrá estar más cerca de las bendiciones divinas que pueden dispensar estos religiosos. Sin embargo, como los marabús se desplazan para mantener a los pequeños lejos de los suyos, a veces la distancia y el tiempo transcurrido hacen que estos chicos nunca vuelvan a ver a sus padres, e incluso que quienes consiguen escapar de su marabú terminen convirtiéndose en niños de la calle.

           Una parte de la realidad maliense que, sin duda, se ha convertido en una de las peores lacras para la tradición musulmana de un país que cuenta dentro de sus fronteras con Tombuctú. La mítica ciudad que, especialmente durante el imperio Sonray y tras su caída en los siglos XV y XVI, se convirtió en uno de los lugares más admirados del mundo por el nivel cultural de sus habitantes. Gracias, entre otros motivos, a la biblioteca, propiedad de la familia Kuti, que llegó a albergar más de 3.000 volúmenes de todas las ramas del saber. Esta familia, de origen visigodo, se asentó en Tombuctú a finales del siglo XV, tras haberse visto empujada al exilio desde al-Andalus por convertirse al islam.

     

    Otros objetivos incompletos

    Además de la importancia otorgada a las dos cuestiones anteriores, la mayor parte de los expertos consultados coinciden en señalar que el Gobierno maliense tiene otras asignaturas pendientes, entre las que destacan:

     

    - La necesidad de mejorar las infraestructuras.

    Lejos de haber proporcionado una escuela o CED por pueblo, los niños siguen teniendo que recorrer distancias kilométricas para ir a la escuela, especialmente en las zonas rurales.

    - Aumentar la alfabetización de los adultos.

     

    Entre los objetivos del PRODEC se encontraba incrementar esta tasa hasta el 50% en 2008 pero, según los últimos datos del Índice de Desarrollo Humano (IDH) del PNUD, en 2007 la tasa de analfabetismo se hallaba en el 73,8% para las personas mayores de 15 años.

    - A pesar de que los datos de Education at a Glance del Banco Mundial muestran una evolución claramente positiva desde 1990, se debe acelerar el proceso si se quiere lograr la enseñanza universal en Mali en 2015, según marcan los ODM.

    - Mejorar la cantidad y la calidad de la educación que reciben los alumnos.

     

    Cantidad: Según las estadísticas sobre Educación del Banco Mundial (DDP Quick Query), en 2008 el ratio de alumnos por profesor en primaria era de 51 estudiantes a 1.

    Calidad: el informe de Oxfam International, citado anteriormente, propone que el Gobierno no sólo debería incrementar aún más el número de profesores que incorpora al mercado laboral cada año, sino que además tendría que ampliar la formación de estos maestros.

    - Reducir las disparidades que existen entre la Educación de las zonas rurales y las ciudades. Tanto en términos de masificación en las aulas, en perjuicio especialmente de Bamako -donde las tasas de escolarización, no obstante, son mayores-, como en número de centros privados que, en este caso, generan desigualdad de dos tipos: primero, porque benefician a las élites y, segundo, porque normalmente se concentran en las zonas urbanas.

    - La verdadera puesta en práctica de los procesos de descentralización y de la implantación de la política lingüística, que incluye la introducción en la escuela de las otras lenguas malienses reconocidas.

    - Elevar el presupuesto destinado a la Educación. Según los datos de Education at a Glance, en 2008 el Gobierno de Mali destinó un 4,6% del PIB del país y un 16,8% del gasto público. Con una clara apuesta por la educación primaria a la que se derivó el 62,3% de la inversión.

    - El reforzamiento de la participación de todos los actores involucrados en el proceso educativo, a pesar del incremento del papel de organizaciones como ROCARE (Red de Investigación sobre Educación para África Central y Occidental), creada ya en 1989, que, aunque tiene su sede central en Mali, abarca un total de 14 países (10 francófonos y cuatro anglófonos) y de la puesta en marcha de iniciativas como el Foro sobre la Educación celebrado a finales de 2008, que agrupó a los sindicatos de profesores, estudiantes, asociaciones de padres, distintos grupos de la sociedad civil, partidos políticos y al Gobierno.

     

    No obstante, en este punto se han encontrado posturas que matizan esta última afirmación, como la opinión expresada por Médjomo Coulibaly, quien, además de desarrollar proyectos en Mali durante sus años como Consejero Regional Senior para África Central y del Oeste para la Oficina Regional de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), también participó en la creación de ROCARE.

    Desde su actual puesto en la oficina del Banco Africano de Desarrollo (AfDB) en Congo y en la República Democrática del Congo, Coulibaly considera que la participación de la sociedad en la formulación de políticas educativas “merece una cauta reflexión tras los limitados efectos de la celebración de jornadas nacionales y/o de los foros nacionales de Educación”. Y añade: “Por supuesto que se puede involucrar más a la sociedad, pero las decisiones deben ser tomadas por los profesionales, al igual que en otros sectores como el de la salud. A la sociedad, en cambio, se le puede otorgar un mayor papel en el seguimiento/evaluación de las políticas implementadas. Es importante recordar, por ejemplo, que en Ghana, durante los años noventa, el Ministerio [de Educación] convirtió a los padres de los alumnos en guardianes de los profesores con el fin de frenar el absentismo de algunos maestros y de mejorar un nivel pedagógico insuficiente. Sin embargo, aquella medida acabó generando complicaciones adicionales, tanto en lo estrictamente pedagógico como en lo referente a la gestión administrativa de las escuelas, ya que los profesores se negaron a aceptar las decisiones de unos padres mayoritariamente analfabetos”.

     

     

    República de Mali. Marzo de 2010.

    Mientras, la vida sigue para casi todos. He podido saber, a través de unas conexiones telefónicas no siempre propicias, que Eudoxia Magoubril -la pequeña de 13 años que hoy ya cuenta con 14- regresó a Niono tras las vacaciones escolares para continuar con sus estudios. Lo hizo, como cada año, al comenzar la tercera y última estación de Mali, la que denominan la fría. Sin embargo, octavo ya no será como séptimo. Las hermanas de María Inmaculada han mejorado y ampliado sus instalaciones gracias a las contribuciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), y ahora también imparten los cursos que corresponden al bachiller en Mali (décimo, undécimo y duodécimo), cuya reválida, el BAC (Baccalauréat), sí tiene su equivalencia en España: la selectividad. Además, a partir de ahora las chicas también pueden estudiar distintos módulos formativos allí.

           En Kanabougou, Kader, el príncipe tuareg de la ya eterna sonrisa -que se vislumbra incluso a través de los cables telefónicos-, sigue sin trabajo pero no desespera. Cuando se le pregunta por las personas del asentamiento Hattane ag Tahama, todo parece ir a la perfección. Nadie diría que las lluvias torrenciales del pasado hivernage arruinaron gran parte de la cosecha de arroz de la zona.

           Kader también me cuenta que su amigo Drissa llegó a irse a Bamako, pero sin recibir los fondos de “su hermana”. No le podía dar nada. “Así que Drissa solicitó ser transferido a la región de Segú, consiguió una plaza y, por suerte, esta vez Mohamed [su padre] sí que ha podido cubrir los gastos de su curso: ¡Undécimo!”, exclama Kader. Ahora el joven Drissa pasa los días de entre semana a 23 kilómetros de allí y, normalmente, regresa los sábados y domingos para estar con los suyos. Kader asegura que lo ve feliz.

           Asimismo, todo salió mejor de lo previsto en el orfanato y centro de acogida de la ONG MSAF-MALI de Niono. La inauguración se celebró, según agenda, el pasado 1 de octubre, con representantes de la administración maliense y española, ya que también en esta ocasión los fondos de la AECID hicieron posible que Jaime Molías, con su esfuerzo y dedicación, cumpliera su sueño. Un deseo que compartía con sus conciudadanos de Niono.

           De ahí que la energía, en forma de actividades, haya crecido dentro y fuera del centro. Por primera vez en la historia de Niono, los 16 colegios públicos y privados han participado durante dos días en el I Festival Artístico de Niono, organizado por MSAF-MALI. Más de 2.685 alumnos de enseñanza secundaria han compartido las poesías, las obras de teatro, los cantos y bailes tradicionales y los sketchs de sensibilización, que llevaban dos meses preparando.

           Porque los proyectos de Educación de este país de África podrán ser más o menos genuinos respecto a la influencia extranjera, pero la tradición oral y las enseñanzas malienses, que tan bien han sabido transmitir los griots durante generaciones, afortunadamente, prevalecen. 

     


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