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    El Rey y el deporte rey. Simulacros políticos y crisis monárquicas en la España del Mundial de 2014

    Germán Labrador Méndez - 21-08-2014

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    En el día que España cambiaba de rey, el Mundial presenciaba cómo la corona quedaba huérfana de la peor manera. Vencida por una república roja como Chile y víctima de todo el compendio del libro de los horrores, la selección española cerró su efímero paso por Brasil por la puerta de atrás. (Público)

     

     

    La campaña de la selección campeona del mundial de 2010 en los campos de Brasil fue fugaz y concluyente: cayó 5-1 contra Holanda y 2-0 contra Chile. La eliminación humillante del equipo español no por inesperada es menos coherente, quizá no respecto de su trayectoria última y de su juego, pero sí a propósito del lugar simbólico, político y mitológico que ha ocupado el fútbol en la sociedad española en los últimos años de crisis, de protestas y de recortes. Si, en 2012, el equipo nacional ganaba partidos mientras el país aceptaba el rescate económico, en 2014, como bien ha sabido ver la prensa internacional, La Roja ofrecía otra sincronía importante en su derrota contra Chile, pues esta coincidió con la ceremonia de investidura de Felipe VI, nuevo Rey de España tras la abdicación de su padre. ¿Abdicaba también la selección nacional en consecuencia? ¿También el suyo era el final de un reinado?   

     

    La abdicación del Juan Carlos I el 2 de junio tomó al país por sorpresa, ¿pero también lo hizo la debacle de la furia roja diez días más tarde? Algunos ojos atentos habían avisado de que, en los dos últimos años, el juego del F.C. Barcelona ya no era el mismo y de que sus estrellas locales envejecían. La espina vertebral de la selección era, en gran medida, la del Barça y su modelo de juego una trasposición del que Guardiola usó para ganar en un año todas las competiciones posibles. Villa, Xavi, Piqué... y de capitán Casillas... como en un Western crepuscular, la lista de convocados del seleccionador español al mundial de Brasil remitía con demasiada exactitud a la de aquellos que levantaron el trofeo en Suráfrica, cuya condición paradójica de leyendas vivas les restaba ferocidad, prontos habitantes del Olimpo y, por ello, saciados en banquetes de gloria demasiado temprano: “no hemos sabido mantener el hambre. La cuota de alegría y éxito estaba cumplida, agotada”, afirmó un Xabi Alonso en retirada, citando una advertencia del seleccionador previa al Mundial: “en este vestuario sólo veo a uno que mire con hambre”.

     

    En realidad, desde una perspectiva simbólica, la derrota ya había sucedido un año antes, cuando en julio de 2013, la armada Roja y la selección brasileña disputaron la final de la Copa de Confederaciones en Maracaná, mientras en los alrededores del estadio se congregaba una multitud en protesta que oponía los vocabularios de la política y del fútbol. Allí se expresaban antinómicas la democracia y el espectáculo, la lógica de los estadios y la de los hospitales. Ajena a todo ello, sin embargo, la selección española perdió aquel encuentro por tres goles a cero, en lo que fue narrado por la prensa peninsular como un simulacro anticipador de la final del mundial de 2014. Copa pra quem? Si aquellas protestas serían el inicio de otras protestas, aquella derrota resumía otras derrotas futuras, pues, en ella, la selección española entregaba el testigo de campeona a la gran potencia emergente y gobernadora imaginaria de las esencias mágicas del fútbol. Si en 2013 lo dijo la prensa, en 2014 lo confirma Del Bosque: “nos ha tocado perder y tenemos que hacerlo con la cabeza alta, dando paso a otro campeón”. Descansando aliviada ante la responsabilidad de revalidar título alguno, la selección española, último vestigio del éxito global de una sociedad-mundo, la España de comienzos de milenio, de la burbuja del ladrillo, la especulación inmobiliaria y la autodenominada octava economía mundial, se disponía a sincronizarse a continuación con el nuevo signo de los tiempos: crisis, decadencia y apatía.

     

     

    Del boom a la crisis: ascensión y caída de La Roja

     

    Si los antropólogos culturales piensan que el espacio de lo social se articula como un juego es porque también entienden los espacios de juego como espacios que articulan lo social. En ellos, como en el ámbito del fútbol, lo que las cosas son podría reducirse a lo que las cosas significan colectivamente en un determinado momento. En ese año que media entre una y otra derrota de la selección la sociedad española ha estado sometida a un continuo y colectivo rozamiento con lo real. Y es que, en realidad, desde el año 2012 esta sociedad ha vivido un violento proceso de reajuste en lo político y en lo económico, un tiempo de conflictiva reubicación de las expectativas y creencias ciudadanas a propósito de la naturaleza e intereses del régimen político vigente, que se puede resumir en un lema popular que afirma que “lo llaman democracia y no lo es”. La selección española no sólo no es ajena a estas mutaciones ideológicas sino que ha contribuido, quizá como ninguna otra instancia cultural, no sólo a expresarlas, sino también a darles forma. En el campo de signos que es el fútbol buscamos paralelismos rápidos, que muchas veces se reducen al primer grado, cuando pensamos que si un país va bien su equipo debe ganar, y si va mal debe perder. Para un análisis de cómo el fútbol ha servido a la elaboración de la actualidad española, al entendimiento de su hora histórica, hemos de usar un modelo de lectura distinto.

     

    La mayor parte del ciclo de victorias de la selección española, recién interrumpido, tuvo lugar no durante los años de expansión y auge del mundo que la creó y dio sentido, sino justo en el periodo de su colapso, anunciado justo después de la conquista de la primera Eurocopa con el comienzo de la crisis financiera global de 2008. Más tarde, la explosión de la burbuja del ladrillo y la crisis de deuda de la banca española estuvieron jalonadas por el Mundial de 2010. Pero sería finalmente, y sobre todo, el rescate financiero (bail-out) de 2012, y su correspondencia estricta con la conquista de la segunda Eurocopa, lo que determinaría el carácter contra-cíclico de las victorias de La Roja en el imaginario colectivo. Si hasta la primavera de 2011 la crisis había sido excluida del régimen de representación mediático, fruto de un esfuerzo por representar la normalidad, si las cifras macroeconómicas y el deterioro del tejido cohesivo de la España del bienestar se conjuraban como pausas necesarias del sueño colectivo de crecimiento ilimitado donde todos íbamos a ser millonarios, de pronto, las tomas de plazas de mayo de 2011 (el movimiento 15-M) cambiaron el lenguaje de la crisis y la percepción colectiva de la misma, así como su horizonte político (“no es una crisis, es una estafa”). Por ello, un año después, en los meses previos a la Eurocopa del 2012, la crisis, sus consecuencias, los modos de salir de ella, hegemonizaban las representaciones del presente, los anuncios en la televisión o las declaraciones del gobierno.

     

    La victoria en el Mundial del 2010 respondía todavía a un deseo de totalidad, de completitud. Era una victoria que podía pensarse aún como definitiva, un triunfo que se podía reclamar en nombre de la nación, que sostuvo, por un breve lapso de tiempo, la fantasía de habitar juntos un país normal, al reunir, bajo la siempre problemática bandera rojigualda, a vascos, catalanes, gallegos, nacionalistas españoles, a aficionados del Madrid y del Barcelona, a nostálgicos del franquismo y a jóvenes progresistas (nos lo cuenta Elena Delgado en un hermoso y reciente libro: La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española). La victoria del Mundial de 2010 nos implicaba a todos y volvía a convocar el compromiso con la trascendencia y con el crecimiento constante que la crisis había detenido y que forzosamente habría de volver. No fue así. En el año 2012, el año del rescate, toda victoria ya era explícitamente relativa, y lo era por oposición o por compensación, pero siempre en relación con la crisis económica y social que sublimaba o diluía. La fantasía de la crisis sustituía la de estar todos juntos en un mismo barco esperando que volviese a zarpar hacia horizontes de riqueza: la crisis era el barco que se hunde. La esfera de lo real y la esfera del fútbol se habían alineado en una extraña ecuación simbólica, que podemos llamar el nacional-quijotismo, donde se podía perder y se podía ganar a un mismo tiempo pero a cambio de que ello implicase significados distintos para la política, el deporte, la nación o la vida. En el verano de 2012, impresionado al ver cómo todo lo que era aire se disolvía en lo sólido, pude elaborar por vez primera exponer algunas de estas mismas ideas. Dos años después todavía me inquietan.

     

    En junio de 2012, el mismo día en que Mariano Rajoy solicitaba el rescate del sector financiero español con fondos internacionales y con cargo al gasto público, mediante el desmontaje del estado del bienestar, comenzaba la Eurocopa. Durante tres semanas nadie del gobierno dio explicaciones a una ciudadanía hostil sobre las causas y consecuencias, las formas y condiciones del rescate financiero. En su ausencia, el entrenador Del Bosque daba consejos y explicaciones de clara trascendencia política (“hemos pasado de pobres a ricos demasiado rápido”). Y, sin embargo, a pesar de la indignación, del desconcierto, del enfado, esa misma ciudadanía se entregaba mayoritariamente al disfrute de ver a la selección ganar con épica y con emoción después de unos inicios de competición más bien oscuros. Se trató de un gran proceso de sublimación, donde las pérdidas materiales se transformaban en ganancias espirituales, donde la cesión de soberanía económica se compensaba ejerciendo una hegemonía deportiva, y donde se alababa la condición sacrificada, caballeresca, emotiva del alma nacional, incorporada teológicamente por su equipo. Como dijo un joven entrevistado por un periodista al final del torneo:

     

    —¿No se podía haber negociado el rescate con Alemania?

    —No, no porque los alemanes son superiores a nosotros en el tema de la economía, entonces mejor ganar la Eurocopa, que les jode más, porque ellos no pueden hacer nada.

     

    Era una perfecta formulación del quijotismo esférico, convertido en sentido común ciudadano.

     

    Dos años después, cuando la prensa española leyó la renuncia del Rey a través de la derrota de la selección frente a Chile, los periodistas se hacían cargo del final de un modelo de fútbol-ficción y de sus formas de convocar lo colectivo. El quijotismo esférico coincidió con el final de un reinado, el de Juan Carlos I, y, con él, el de una cultura política, la del régimen del 78, emanado de la transición española. Sus fantasías unitarias se han erosionado progresivamente en estos dos años últimos. Han tenido que vérselas con la amenaza constante de lo real político: desahucios, suicidios, desempleo, violencia policial, pobreza infantil, ocupaciones, escraches, paro juvenil, mareas ciudadanas, cadenas humanas pro independencia, auditorías para el pago de la deuda, marchas por la dignidad... A lo largo de este último curso político han surgido nuevas formas de protestas en barrios y nuevas huelgas que han comportado las primeras victorias ciudadanas (Gamonal, huelga de basuras de Madrid, Can Vies...). En las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2014, los dos grandes partidos dinásticos, los liberales del gobierno (PP) y los socialdemócratas de la oposición (PSOE) –en caída libre–, han quedado en minoría por vez primera ante el avance de opciones independentistas y fuerzas de izquierda, entre las que destaca el crecimiento espectacular de una nueva agrupación –Podemos–, un frente cívico de ciudadanos, dirigido por profesores universitarios y organizado según principios de democracia directa y digital. Esta formación anticapitalista bebe de las experiencias bolivarianas y de los foros altermundialistas y se asocia con otras formaciones anticrisis aparecidas en el sur de Europa (Syriza), que reclaman la condonación de la deuda y el desarrollo de una “Europa de los ciudadanos”. Ante el riesgo de que estos resultados puedan trasladarse a las elecciones municipales o legislativas del 2015, generando potencialmente mayorías republicanas en las cámaras, el proceso de sucesión al trono real se ha tenido que acelerar. El 19 de junio de 2014, Felipe VI era entronizado. 

     

     

    La Energía de La Roja

     

    La articulación del mito quijotesco proclama el triunfo espiritual de la nación gracias a su capacidad de compensar, mediante flujos inmateriales, la súbita escasez de lo material. Este diseño adquiere su mayor complejidad en la Eurocopa del 2012 y, gracias al rendimiento entonces demostrado, va a contaminar todo el pasaje colectivo de estos dos últimos años, incluyendo la preparación de la Copa del Mundo. Su incapacidad de seguir ofreciendo una mediación con lo real durante las jornadas brasileñas contrasta con la enorme inversión en publicidad y en propaganda que lo mantuvo vivo en los últimos meses. Y es que las instituciones españolas y sus representantes corporativos, así como los medios de comunicación nacionales, habían propuesto una selección más implicada que nunca en las necesidades simbólicas del estado-nación. Todo estaba listo para una nueva descarga de alegría, que, sin embargo, nunca se produjo. En su lugar, asistimos la bancarrota temporal de un modelo entero de nacionalismo deportivo.

     

    Desde el comienzo de su mandato, Rajoy asoció su imagen a un modo de entender el deporte como ámbito de sublimación de las narrativas nacionales y como espectáculo ejemplarizante y disciplinador del mismo cuerpo social sobre el que se ejecutaban agresivas políticas de austeridad. El proyecto conservador podría resumirse en la siguiente máxima: de la misma manera que los deportistas sufren para obtener bienes inmateriales, igual deben hacer los ciudadanos en tanto que miembros de una nación común. En febrero de 2012, el ciclista Alberto Contador fue condenado por dopaje y tuvo lugar una llamada “crisis de los guiñoles”, cuando, en la televisión francesa Canal +, se mostraron muñecos de los deportistas españoles firmando un documento de apoyo al ciclista usando jeringuillas hipodérmicas en vez de estilográficas. En una reacción característica del nacionalismo quijotesco, mientras una parte de los medios de comunicación atribuyeron la broma al resquemor francés por las victorias de ciclistas y tenistas españoles en sus competiciones, el Gobierno organizó un acto de desagravio al deporte patrio en el que Rajoy pronunció un discurso programático en términos de filosofía política, que constituye una verdadera piedra Rosetta del quijotismo deportivo. Decía Rajoy: “España es un gran país, una gran nación, y la hacen los españoles, entre ellos sus deportistas, que llevan nuestro pabellón por todo el mundo. Detrás de eso hay mucho trabajo, mucho esfuerzo y mucho sacrificio. Esos son valores que influyen en todos los aspectos de la vida. Vivimos una crisis económica de la que nos va a costar salir. Volver a ese esfuerzo, sacrificio y trabajo es muy importante” (El País).

     

    Esta correlación alcanzaba su cénit cuando se trataba de hablar de los logros de la selección de fútbol. Históricamente, la pobreza de los resultados obtenidos por el equipo nacional se había interpretado como el síntoma de una normalización pendiente, de una anormalidad nacional que impedía a todos los habitantes del estado gozar e identificarse bajo unos mismos símbolos rojigualdos. Sin embargo, desde 2008, al ritmo que crecían las victorias de la furia roja, comenzaba a celebrarse más bien lo contrario, la capacidad del equipo de encarnar el mejor espíritu de la nación. La selección de fútbol, desde entonces, ofrecería una imagen modélica de lo que podría ser la comunidad nacional, a veces una traducción directa de los valores populares de una nación de clases medias (“somos gente de la calle, gente normal”, dijo el guardameta Casillas tras la victoria de 2010), en otras ocasiones, más bien una especie de vanguardia inspiradora de trabajadores heroicos y sacrificados, capaz de anticipar al “hombre nuevo” de la España de la globalización post-crisis. Así pues, el fútbol se iba a mostrar como espejo de España, sí, pero como espejito mágico de Blancanieves, en el que una sociedad pesimista y desmoralizada siempre podría redescubrirse capaz de singulares proezas al activar valores de cooperación, esfuerzo y trabajo. No es una casualidad que estos valores, además, puntualmente coincidan con el lenguaje moral con el que se profetiza la salida de la crisis: el de la austeridad, el sacrificio, la responsabilidad y los recortes.

     

    Este dispositivo se socializará como fantasía colectiva en el contexto de las grandes citas del balón, pero habría sido preparado densamente en campañas publicitarias, en marketing de Estado y en discursos políticos previamente. A modo de ejemplo, cabe mencionar La energía de La Roja, una exposición itinerante que contó con el apoyo de instituciones públicas, organizada por la multinacional energética Iberdrola. La muestra “ensalza los valores de la selección española de fútbol [...] que cuenta con la presencia de la copa del mundo”. Sus “responsables apelaron al esfuerzo y a la unidad para lograr objetivos como superar la crisis y destacaron que esos mismos valores llevaron a la selección a un objetivo que nunca se había logrado” (La Crónica de León, 10 mayo de 2012). Conviene mencionar que no hay nada singularmente español en estos usos ideológicos, pues responden a un modelo global, articulado alrededor de la FIFA, que gobierna las relaciones entre deporte, economía, publicidad y Estados nacionales. Igualmente, desde que el deporte existe en el ámbito del espectáculo, este ha servido para proponer la superioridad de unos determinados valores. Lo característico del caso peninsular no es, pues, privativo. Sin embargo, sí llama la atención en los últimos años la formulación particular de un discurso celebratorio de los triunfos deportivos como superación inmaterial de una situación de colapso social y económico. La recurrencia en la modernidad española de este tipo de dispositivos histéricos (que más se exacerban cuanto mayor es la distancia entre lo inmaterial que celebran y lo material que subliman) nos invita a pensarlos desde el modelo del nacionalismo quijotesco, pero podríamos trabajar con otros modelos semejantes para los casos portugués, griego o argentino, donde la idea de descompensación organiza explícitamente la simbolización deportiva.

     

    En las mismas jornadas de la Eurocopa de junio de 2012, este modelo de nacionalismo-deportivo-especular iba a lograr una articulación institucional novedosa, el Alto Comisionado para la Marca España, como un organismo patrocinado y dirigido desde el entorno de las multinacionales del IBEX 35 y destinado a la promoción exterior de una imagen de “marca-país”, tarea en la que el deporte y, particularmente el fútbol, iban a tener un papel privilegiado, como “el mejor testimonio de los grandes valores que deben predominar en una sociedad”. Eso afirmó Mariano Rajoy en la primavera del 2014, para concluir después que “los valores del deporte español construyen la mejor Marca España”. A este conglomerado mediático-político-moral-corporativo también se sabría asociar la Casa Real, algunos de cuyos miembros habían sido representantes olímpicos en el pasado. Así, si el Rey Juan Carlos I habría de otorgar el título nobiliario de Marqués Del Bosque al entrenador de La Roja en pago de sus servicios inmateriales. Mientras, su hija, la infanta Cristina y, sobre todo, su yerno Iñaki Urdangarín están siendo procesados judicialmente por su participación en una trama de sustracción de fondos públicos que empleaba como tapadera una sociedad sin ánimo de lucro... dedicada precisamente al “fomento social del deporte” y de “las sinergias entre turismo y deporte”.

     

    Paralelamente, los movimientos sociales pusieron en marcha formas de protesta enfrentadas a esta concepción de las relaciones entre ciudadanía y deportividad, como pueden ser las bicicríticas o los maratones alternativos, que buscan devolver las competiciones a un formato lúdico en el ámbito de la ciudad y del barrio. En este contexto, se realizaron acciones para advertir sobre los intentos de desvirtuar el deporte y otros bienes comunes inmateriales (como pueden ser el patrimonio arquitectónico y cultural, la gastronomía, la música, las lenguas o los paisajes...), espectacularizándolos al servicio de un nacionalismo corporativo de tipo Marca España.

     

    Valga un ejemplo de una de estas acciones: el año pasado, como parte de una campaña publicitaria, Nike consiguió el permiso del ayuntamiento de Barcelona para vestir su emblemático monumento a Cristóbal Colón con la camiseta del Barça. La cesión fue denunciada por los activistas del colectivo Enmedio, tapando la estatua con un globo amarillo, lleno de aire caliente, donde se podía leer: “España, Campeones del Paro”, aludiendo a las cifras de desempleo (por encima del 20%, un récord en el entorno de la Unión Europea).

     

    ¿Y qué hacer ante todo ello? ¿Cómo emocionarse ante las victorias de una selección que, si nos representa, lo hace al precio alto de tener que subordinarse a un esquema moral que pretende convencernos de que el coste de esa alegría es el sufrimiento o el dolor que nos habita en lo cotidiano, cuya razón, además, se nos escapa tanto como la suerte de un balón que flota sobre el área? ¿Pero cómo alegrarse ante sus derrotas por mucho que con ellas claudique un modelo de emocionalidad autoritario si aún nos reconocemos en la memoria colectiva de alegrías anteriores, alegrías potencialmente de todos, de una felicidad común sin nadie que la administre? ¿Es entonces, y allí, posible latir con un doble corazón? Personalmente, recordé la pereza con la que algunos acudimos a la competición de 2012, como aquel que no tiene ganas de festejos, y la alegría con la que la acabamos, raptados, aún a nuestro pesar, por la lógica de la fiesta y de su exceso. Este año no hubo tiempo ni para especulaciones, ni para resistencias, porque al cabo no hubo ninguna tentación: todo había acabado antes de darnos cuenta. 

     

     

    El corazón de La Roja  

     

    No sé si los destinos de la selección en el Mundial del 2014 eran previsibles, pero su conceptualización desde los esquemas del nacionalismo quijotesco sí lo era. Políticos, deportistas y directores de marketing nos prometían más de lo mismo: emoción, sacrificio y orgullo, imperios del espíritu y del aire. Evocando la derrota de Maracaná en el 2013, Del Bosque reclamaba un éxtasis guerrero capaz de fundir en un sólo corazón a la afición y a los jugadores: “La motivación y la emoción son clave. Si las tenemos, llegará el juego. Si no, imposible. Nos enfrentamos a un rival inflamado, entregado hasta el límite. ¡Hay que emocionarse!”.

     

    De todos los fenómenos generados alrededor de esta intoxicación afectiva cabe mencionar, por su densidad significativa y la penetración de sus símbolos, la campaña Préstanos tu corazón, impulsada por la marca de cervezas Cruzcampo (Heineken). Bajo este slogan, la compañía McCann Erickson ponía en marcha una serie de iniciativas que incluían marketing interactivo por Twitter, storytelling, presencias en los partidos, spots televisivos y anuncios gigantes en plazas estratégicas de centros urbanos. Lo dicho anteriormente a propósito de la globalidad de las operaciones simbólicas que configura nuestra relación con el fútbol vuelve a ser totalmente pertinente: durante el proceso de edición de este texto, gracias a Fernando Barros, tuve la ocasión de visionar Batucada, el anuncio del Banco Itaú, emitido en las vísperas del Mundial. Los enviados del banco habrían recorrido el país provistos de una singular tecnología: un balón equipado con electrocardiógrafos que recogían los latidos de los aficionados y, lentamente, los transformaban en los ritmos de percusión con los que la torcida animaba, dentro y fuera de los campos, al equipo nacional. Una pluralidad multirrítmica de latidos sustituye la melodía del himno brasileño justo al comenzar la Copa y es eso lo que los jugadores escuchan en su lugar: los tambores-corazones de su pueblo, la verdadera música de la nación. Los cardio-balones serían cámaras de sonidos capaces de reunir, partiendo de un conjunto de pequeños actos de ahorro, todos esos latidos dispersos del país para crear, mediante su acumulación, una riqueza de otro modo inexistente, clara transferencia del lugar que se atribuye al banco anunciante en todo este relato nacional y deportivo.

     

    El vídeo con el que arranca la campaña de Cruzcampo no tiene la misma poesía ni la misma factura técnica, pero la fantasía que lo anima es igualmente inquietante. Comienza  confrontándonos con la preocupación de los jugadores españoles, porque perciben la falta de entusiasmo popular frente al Mundial y el hecho (económico) de que pocos seguidores van a poder pagar su desplazamiento y asistencia a los partidos. Eso quizá no es nuevo, quizá ya pasó en Suráfrica, pero lo que es nuevo es que los excluidos ocupen un lugar central en la narración de la competición: el de Brasil es un mundial que se representa vedado a los aficionados. Es ahí cuando los jugadores conciben la siguiente idea: la afición no puede estar presente en los estadios, pero sí puede ser representada corporativamente, es decir, a través de un órgano de representación. La metáfora escogida para esta mediación corporal carece de la sofisticación tecnológica del Banco Itaú: se trata aquí un macro-corazón de varios metros, hecho de retales de tela, con el que el país latirá al unísono (#AsiLateEspaña). Para confeccionarlo, los jugadores proponen a los aficionados que recorten con tijeras los escudos de sus propias camisetas de la selección (cuyo coste oficial es de unos cuarenta y cinco euros) y que los envíen por correo postal a una suerte de taller de las hadas, donde mujeres costureras y otros trabajadores precarios fabrican “voluntariamente” el Megacorazón, cuyo latido múltiple resume y reunifica los latidos de todos los aficionados y de todos los españoles (46 millones de latidos). Semejante objeto infernal fue efectivamente realizado en el mundo, materialmente, y le fue entregado realmente a la selección en un partido previo al mundial, en Sevilla, con el objeto de que se exhibiese por los campos brasileños.

     

    En el vídeo del spot las imágenes inquietan: los jugadores persiguen a los aficionados y les piden que se dejen extraer su corazón. No es un problema de simpatías deportivas: las víctimas escogidas aparecen totalmente identificadas con la selección –banderas, bufandas, colores–, pero se resisten a ese trasplante, incluso se defienden con violencia de él. Al cabo consienten, y supeditan “a la causa” de La Roja sus amores, sus amistades, todo el valor que nace de los lazos comunes con los otros y que el anuncio también evoca (“con este corazón yo te enamoré”). Desprovistos de corazón, su propia supervivencia como personas deja de ser un asunto que les pertenezca. Todo ello se acepta, sin más. Solamente hay un aficionado que hace una pregunta política: “¿y qué gano yo a cambio?”. La respuesta confirma que se trata de una inversión de alto riesgo, típicamente quijotista, pues el corazón –real– se pone en juego, en el presente, a cambio de la promesa futura de una ganancia inmaterial: “Prometemos darlo todo, para devolvértelo con una estrella más”.

     

    Esta mitología corazonista se asocia al mundo del fútbol (“¡El corazón de España! Ramos, su corazón es como sus abdominales, una piedra granítica!”, dijo Tomás Roncero). Sin embargo, su empleo aquí remite al discurso del nacionalismo quijotesco, que frecuentemente destaca que, a pesar de su deuda exterior, España sigue siendo el país líder mundial en trasplantes de órganos y en donaciones de sangre. “La Organización de Trasplantes, embajadora de la Marca España” (El Mundo): al asociar los trasplantes con la política del gobierno y con los intereses propagandísticos de sus multinacionales se están derivando hacia el nacionalismo corporativo elementos que hasta ahora se concebían como parte de una riqueza común, la famosa “calidad de vida” española, en la que los ciudadanos creen, incluso a pesar de la crisis. Como muestra Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar, la abundancia de trasplantes cardiacos es parte de esa buena vida, un síntoma de la salud moral de la sociedad española. Y es que detrás de las cifras de trasplantes confluyen, de un lado, un programa médico modélico, desarrollado en los años ochenta al calor de la sanidad pública, y la existencia de poderosos vínculos de solidaridad entre una población dispuesta a regalar los órganos de sus familiares muertos a cambio de preservar este intercambio al margen del dinero, como diciendo con nuestros cuerpos, salvamos las vidas de cualquiera, porque los otros son como nosotros y, sobre la base de que de verdad lo creemos, podemos producir entre todas un valor que no nos puede ser sustraído.

     

    El trasplante de órganos o la circulación de la sangre donada son elementos básicos de una solidaridad horizontal inscrita en el campo biológico, que sabe que nuestros cuerpos no son nuestros sino de las circunstancias biopolíticas que permiten o no su supervivencia, de los lazos colectivos que los hacen vivir, o morir, en un momento dado, en una sociedad dada. Los órganos donados, la sangre regalada, se han convertido así en poderosos símbolos movilizadores de la llamada Marea Blanca, el movimiento surgido en 2012 en defensa del sistema público de salud que, en otoño de 2013, detuvo la privatización de los hospitales madrileños. Desde esta misma lógica de la interdependencia, lo corazón ha formado parte de los lenguajes de protesta, como órgano de la imaginación política: así, durante mayo de 2011 los indignados proclamaron que “la revolución que ahora corre libre por las calles ya estaba en nuestros corazones”. Hoy cubren de corazones los cristales de los locales desahuciados para devolverlos al espacio urbano de lo común.

     

    Interdependencia, vínculos de solidaridad y privatización de las instituciones necesarias para la común supervivencia: ese es el campo de juego político donde los futbolistas de La Roja nos piden que nos arranquemos nuestro corazón. Esta petición no flota en el aire: los movimientos sociales a lo largo del año 2013 se han enfrentado a múltiples intentos de extraer valor de vínculos existentes de manera autónoma entre los ciudadanos, por ejemplo, privatizando las donaciones de sangre. La operación del anuncio de Campofrío en el plano simbólico supone una amenaza análoga: quiere convertir el valor que surge de los lazos colectivos (amores, sentimientos...) en un fondo de inversión (frente a las cuentas de ahorro del Banco Itaú), quiere generar con ellos un capital con el que la selección podrá especular después (la estrella). En el interior de la nación-balón-corazón se transfieren y espectacularizan las emociones y, con ellas, la soberanía política que emana de un entusiasmo horizontal que se hace presente. Estos deportistas nos proponen ceder el corazón como en la democracia liberal se ceden los votos: hasta las próximas elecciones.  

     

    La lógica de representación del Macrocorazón de La Roja es la de la reliquia católica: transfiere, combinando, lo material en lo espiritual. Encarna (comparte materia) en la medida en la que representa (convoca los espíritus). Además puede traernos la memoria de otros Sagrados Corazones empleados con ese mismo sentido de representación, expropiación y disciplinamiento: los usados por el nacional-catolicismo español desde principios del pasado siglo o durante la Guerra Civil por el fascismo.

     

    Como posibilidad formal, como criatura extraña, este corazón gigante dialoga con otros órganos monstruosos que, desde hace dos años, cubren las paredes del centro de Madrid. Son los corazones brutistas que pinta el Rey de la Ruina, uno de los grafiteros que hoy marca la estética de la crisis con el spray. “Reino es al revés ruina” dice, y es por ello que firma sus obras con una corona invertida junto a su nombre. El centro de las estructuras blancas y rojizas que pinta, de uno o dos metros, con forma de corazón, lo llenan lemas asociados a la crisis (“27% de paro y creciendo”, “problemas para todos”, “this was your town”, “disfruta la crisis”, “trabajar es de pobres, sé un buen rey”). Los oráculos de esos macrocorazones implican a su lector: extraídos del laberinto de arterias donde deberían latir, su exposición pública –a corazón abierto– nos habla de nuestra interdependencia como ciudadanos, y de una vida en común que se está perdiendo, de unos órganos que hoy ya no tienen cuerpo colectivo, porque han sido extraídos de él. En la época de crisis, los emblemas del Rey de la Ruina representan “el corazón de la ciudad”.

     

    Para algunos teóricos de la monarquía absoluta el rey tenía dos cuerpos: el suyo y un cuerpo político que representaba simbólicamente los cuerpos de todos sus súbditos. Esta representación se realizaba a través de una institución imaginaria intermedia, un cuerpo místico (único, eterno, inmaterial, indivisible...), típicamente la nación, que cuenta con salvaguarda divina. El caudillismo de Estado se sirve de esta tradición religiosa, y así lo hace franquismo y su “Estado autoritario y corporativo”, donde el cuerpo del dictador encarnaría los cuerpos de todos los españoles, ambos unidos místicamente a través de la idea de España. La coronación de Juan Carlos I ritualmente cumplió con esta tradición, en la que el cuerpo político del soberano muerto (en este caso el dictador Franco) se transfiere al cuerpo del heredero en el transcurso de un rito. Por la naturaleza del proceso de transición, desde muy pronto, en la democracia post-franquista, el cuerpo del rey se sustrae de la órbita teológica del nacional-catolicismo, para ofrecer una versión secularizada de este mismo culto, identificado místicamente con la democracia y con el texto constitucional del 78, en una estrategia de disimulación útil ante una población mayormente antifranquista. Sólo en una ocasión el Rey enseñará el verdadero poder de su cuerpo político franquista: durante el golpe de estado del 23-F de 1981. Desde entonces la monarquía como institución sólo se podrá incorporar a la nación mediante instancias simbólicas interpuestas, de las cuales la selección de fútbol es la más destacable. Por ello, no es de extrañar que, durante la sucesión dinástica actual, La Roja se presente como un espacio natural de transferencias. En su interior, Felipe VI podría heredar el cuerpo político que encarnaba su padre. Porque, aunque todavía no lo he dicho, el corazón que los jugadores de La Roja nos piden que nos arranquemos se corresponde exactamente con el escudo monárquico de la camiseta oficial de la selección. No es una metáfora, es una reliquia: el trozo de tela que cubre el corazón de los jugadores tiene cosido el emblema oficial de la corona de España, tal y como la Constitución lo establece. Gracias al fútbol, nuestro corazón es del Rey.

     

     

    Abdicar de lo Real

     

    Si hemos de creer a sus responsables, unos cien mil aficionados habrían participado en la campaña. La estructura de latidos alrededor de la selección no parece haber activado grandes energías nacionales, aunque sólo sea por la escasa duración del paso de La Roja por tierras de Brasil. Pero no fue sólo por ello: como ya he dicho, esta estructura de sentimientos lleva dos años en continua erosión con lo real de una época histórica (la crisis) marcada por el aumento de pobreza, de tristeza y de muerte. Sería, sin embargo, un error pensar que la derrota de la selección representa el final de la máquina nacional-quijotista donde Holanda, tierra de molinos, habría al fin echado por tierra el gigantismo negacionista de la Marca España. Ojalá, pero hoy sabemos gracias a Lacan que, en el ámbito de lo fantástico, aquello que en apariencia niega la fantasía es justamente aquello que más la confirma, y que gigantes y molinos son mutuamente necesarios como parte de un cosmos articulado por unos mismos deseos de éxito y de fracaso. De este modo, la derrota de la selección no es simplemente el final de este nacionalismo voluntarista, de transmutación irresponsable de lo material en lo inmaterial, que te pide el corazón real con el que vives y con el que concretamente amas, para que se lo cedas gratuitamente sin hacer muchas preguntas a cambio de fantásticas estrellas por venir. Es también el momento de otra de sus fases cíclicas, la de la experiencia de la decadencia nacional, relato que cuenta con todo su teatro histórico y con su colección de mitos que, desde julio de 2013, los periodistas ya tenían preparados para emplear a la menor ocasión. La ocasión por fin había llegado.

     

    Así, algunos periodistas se imaginaban acompañando a la nación en el trance de su defunción y recibiendo entonces el mandato imperativo de unas palabras últimas: “Es difícil preguntarse de qué sirve un ‘te quiero’ en el lecho de muerte. Para esta España que nos deja sin consuelo, es sólo una forma de recordarnos lo que fue, un espejismo de su grandeza, el resplandor de la mirada con la que el tiempo no puede” (El Mundo), mientras otros se disponían con rapidez a argumentar en favor de la necesidad de nuevo consenso. Los comentaristas de la derrota tenían un ojo puesto en las redes del Maracaná y otro en el salón del Congreso, donde esa misma mañana el nuevo Rey juraba servir la Constitución del 78, y se empeñaron en ofrecer el cadáver caliente del equipo como emblema del difícil tránsito de la nación en la hora de la abdicación real. Para ello, no dudaron en convocar los fantasmas de la Guerra Civil (“En la España de las malditas Dos Españas casi nada suele ser suficiente”), del canto a las virtudes de la transición a la democracia y la sanción a los críticos del actual sistema (“Y una de las Dos Españas sólo se fijó en la transición exitosa para buscarle ‘defectos’. Este fin de ciclo, esta eliminación es el momento de gloria de esa gente”, Marca). Esa gente pueden ser independentistas vascos o catalanes, republicanos madrileños, activistas del 15-M y, en general, cualquier desafecto a la selección de fútbol.

     

    Así, progresivamente, se iba generando entre los comentaristas una ecuación exacta entre el buen aficionado y el buen español, ambos comprometidos con la buena marcha de la sucesión monárquica. La transición del franquismo a la democracia, defendida como el mayor de los méritos del monarca saliente, se ponía entonces en relación con las glorias deportivas de La Roja. Más analogías imposibles: criticar a la selección por su derrota es tan injusto como criticar la monarquía por sus escándalos y ambas cosas abren las viejas heridas de la guerra civil:

     

    “Ante el riesgo de otra España rota, nadie está a salvo, ni siquiera aquellos que llevaron a España a un pedestal, quienes tampoco tendrán un adiós en paz. Para su desgracia y la del fútbol español, hasta el legado está en serio riesgo. Quebrado el idilio con los marcadores, abundan las sospechas. Como el fútbol es amnésico, los cainitas se arman hasta los dientes. [...] La Roja se convirtió durante un tiempo en un símbolo vertebrador. Seis años en la cumbre quizá no hayan servido para fumigar las arcaicas telarañas españolas. Los oportunistas resistían agazapados y como simples espectadores de resultados se arman de razones para abrir viejas heridas”. (El País)     

     

    “Viejas heridas” y odio “cainita” son términos claramente asociados con Guerra Civil Española y empleados con frecuencia en la última década contra los intentos de convocar en la esfera pública las memorias de la II República derrotada. El lema terrible de “España antes roja que rota” se convoca aquí, pero el color rojo ahora no se refiere a la tradición izquierdista, sino a la selección de fútbol.

     

    En el contexto de la abdicación de Juan Carlos I el calificativo de anti-español se le adjudica a todos aquellos que se niegan a cerrar filas sobre la trayectoria del monarca y sobre la del seleccionador, como si fuesen un mismo tipo. Y es que el monarca y el seleccionador han sido confundidos con demasiada facilidad por los comentaristas deportivos en los últimos días: “Abdica el marqués Vicente del Bosque” (Público), “el futuro está a salvo sea cual sea el seleccionador” (Del Bosque), “el Rey apuesta por su propio equipo” (El País). Las loas a la figura del monarca saliente y a su sentido de estado se confunden con la celebración de los trofeos deportivos. La expresión de confianza ante la nueva investidura sirve también para hablar del futuro de La Roja, expresando un entusiasmo que no ahorra dramatismo en la pintura de los retos pendientes: “La corona ahora es de espinas. Las heridas, profundas, tardarán en cicatrizar. Y el cambio se antoja necesario. Y la renovación, profunda” (Público). ¿De qué estamos hablando entonces? ¿Se trata de la monarquía, de la selección de fútbol o de ambas? Da igual: frente a ambas los ciudadanos y los espectadores parecen manifestar un importante escepticismo. Si, de un lado, asumen que ambas deben existir, algo así como hechos naturales del mundo, no confían en que ninguna de ambas puedan tener ya un gran impacto sobre sus propias vidas.

     

     

    Retornos de lo Real

     

    Las dinámicas políticas del último año han reducido el margen de actuación para las fantasías nacionalistas, también en lo deportivo. En los dos últimos años, han proliferado en las plazas públicas las guillotinas de juguete (con funcionamiento real y cuchillas de mentira) y los talent show de cocina de vanguardia en los televisores: si unas simulan la eclosión de una revolución republicana, los otros, mediante un sofisticado espectáculo del gusto, conjuran el hambre que aumenta entre la población española. Las paredes se llenan de murales que reproducen el Saturno de Goya y en las protestas vemos disfraces de zombies, ídolos de cerdos, ristras de chorizos (que sirven para denunciar a los corruptos) y las cocinas del pueblo repartiendo comida. La crisis se inscribe en el campo biológico y su lógica gastropolítica deja poco espacio para las especulaciones acerca de macrocorazones que laten siguiendo una razón colectiva situada lejos, tan lejos de nosotros.  

     

    Unas semanas antes del Mundial, Adidas impulsó una campaña con elementos semejantes a la de Cruzcampo, pero con un inconsciente (geo)político más ajustado a las demandas de realidad que hoy todos vivimos globalmente. Jugadores emblemáticos de distintos países eran retratados sobre fondo negro mientras enseñaban en primer plano un corazón (de vaca) sangrante bajo la leyenda: “During the World Cup, I will give my heart to the cause”, en la Copa del Mundo, daré mi corazón por la causa. Los corazones, sedes de lo humano, se inmolan en el altar de los dioses caníbales que presiden el espectáculo corporativo del Mundial de Fútbol, los dioses de nuestros modernos juegos del hambre. Todo se hacía más claro entonces: ¡si los deportistas españoles pedían a los aficionados que les prestasen sus corazones era para no llevar los suyos propios!

     

    Si la presión de las asociaciones de defensas de los animales, heridas ante la visión de un corazón de vaca, difuminó la presencia de la campaña, el anuncio de Adidas The Dream: All in or Nothing, sigue construyendo la idea del heroísmo sacrificial de estos guerreros neo-aztecas. Otro paralelismo con el caso español: los jugadores de Adidas han perdido el contacto con el público, el fútbol como espacio de política-ficción ya no representa las demandas de la calle (vemos en el anuncio a niños de la calle insultando a los futbolistas, haciéndoles cortes de mangas, y vemos antidisturbios evitando que los manifestantes se acerquen a los estadios), pero sus reglas y juegos sangrientos deben continuar, y en los estadios todavía puede verse el espectáculo de una multitud que aclama a sus jugadores, convertidos en héroes nihilistas, con los que nos identificamos de uno a uno, ya nunca como grupos humanos, como comunidades.

     

    En el espacio del fútbol como juego, al igual que en las elecciones parlamentarias, la incertidumbre es la única magnitud aún variable en las narrativas macro a las que sus representaciones sirven. Por ello, la presión se dirige más y más a controlar físicamente el espacio donde ambos juegos todavía pueden suceder de un modo nuevo, y donde pueden todavía representar el conflicto derivado de la existencia de aquello cuyo nombre usurpan (se llame voluntad popular, ciudadanía o cuerpos del pueblo). Ello pudo observarse a propósito de los rituales de coronación de Felipe VI, dominados por la necesidad del control y, derivadamente, por la necesidad de algún grado de fracaso. Los diseñadores del desfile triunfal del nuevo monarca habían imaginado el día 12 de junio de una manera distinta, a pesar de que la primera parte del ritual era un calco de la ceremonia franquista, donde el monarca saludaría en la Plaza de Oriente a una multitud con banderas rojigualdas y se pasearía en un Rolls Royce descubierto por las calles de Madrid, rodeado de guardia a caballo, hasta llegar al Congreso. Allí sería aclamado como rey por las Cortes. Por la tarde, las muchedumbres monárquicas habrían de juntarse con la muchachada enfebrecida por la presumible victoria de La Roja en un día de olés y de goles, vinculándose así los afectos debidos al nuevo monarca con la capacidad de la selección de representar un latido colectivo plebeyo, acción para la cual estaba preparado un retrato gigante de los nuevos reyes en la Puerta de Sol que, sin embargo, lució desierta. Porque esa ola de nacionalismo quijotesco nunca llegó a la costa.

     

    Al igual que en Maracaná, los antidisturbios y las múltiples barreras policiales filtraban en Madrid la entrada de los ciudadanos al espacio de la representación monárquica. La multitud era seleccionada previamente para poder mostrar su correcta adhesión en el espacio público al ritual que allí se representaba. Los espectadores no tenían el derecho de desacordar con el espectáculo, no tenían el derecho a tener su propio corazón y, así, las manifestaciones republicanas fueron reprimidas y la policía detuvo y neutralizó a aquellos que trataron de mostrar las banderas tricolores (con el rojo y el amarillo y el morado). Las imágenes cenitales ofrecidas por la televisión pública dejaban bien a la vista el fracaso de esa estrategia, las calles medio-vacías del centro de Madrid y el escaso público. Por no hablar de lo ajeno del acto en otros espacios, como en las calles de Barcelona. La coronación era un acto pensado y diseñado desde el teatro urbano del Madrid monárquico y postfranquista y, como tal, fue disfrutado por todos los turistas. Pero lejos de desbordar su propio espacio, los habitantes monárquicos quedaron confinados en el perímetro de seguridad, de un lado, marcado por las fuerzas de seguridad y de otro, por el espacio vacío que ocupaba una ciudadanía que nunca llegó a estar en su sitio.

     

    El relativo vacío de la Puerta del Sol el día 12 por la tarde contrastaba con el lleno absoluto del día 2 de junio, el día que volví de Estados Unidos para pasar el verano en la vieja Europa. Esta vez la convocatoria fue espontánea y simultánea en múltiples ciudades. Multitudes celebraban la abdicación del Rey y pedían un referéndum para decidir sobre su sucesión (“los Borbones, a las elecciones”). Frente a una masa disciplinada, puesta en líneas, que veía desfilar a su Rey el día 12, una muchedumbre sin forma ni centro ocupaba la plaza hasta desbordarla diez días antes. No había ningún estrado, ningún balcón, nada que mirar, un escenario, no había ninguna separación entre observadores y representantes: era una masa continua que, frente al rojo y el amarillo, proclamaba el triunfo de lo morado. Las gentes, ocupando con banderas las líneas visuales principales de la plaza, subidas a las farolas, trataban de repetir algunas instantáneas mitológicas de la iconografía del país, las correspondientes al 14 de abril de 1931, el día de la proclamación de la II República, mito popular que ha venido a capturar el imaginario político de muchos, ofreciéndoles un capital democrático de recambio ante la crisis de la democracia representativa. Había también muchos jóvenes vestidos con camisetas de la selección de fútbol, pero de una por venir, porque estas camisas deportivas lucían los colores republicanos. También había mucha gente sin bandera aquel día, muchos de ellos implicados en el mundo activista del 15-M, que hizo de la renuncia a los símbolos políticos explícitos una seña de sus nuevas identidades. Su posición era de un cierto desconcierto. Había banderas apócrifas (una tricolor reducida a la escala de grises, por ejemplo). E incluso había gente con la bandera rojigualda, con la bandera de la monarquía parlamentaria, que sin duda tenían preparada para el Mundial que se acercaba...

     

    De estos, honestamente, yo sólo vi a dos y me llamaron tanto la atención que hasta les hice una foto. ¿Y qué es lo que hacían allí? Habían hecho caso al anuncio de Cruzcampo y habían arrancado el corazón monárquico de sus banderas nacionales y por el hueco de la bandera elevada se podía ver a la gente llegar por la calle de la Montera, hasta desbordar la plaza. El escudo constitucional recortado y devuelto era la señal de la devolución de un préstamo anterior, el corazón que la monarquía orgánica heredada del franquismo había implantado en cada ciudadano criado en democracia. Con esa escasa adhesión que tanto temen y denuncian comentaristas políticos y deportivos, algunos ciudadanos y aficionados renunciaban a un corazón monárquico cuyos latidos no se sentían como propios, a pesar de que, sin saberlo, los habían confundido durante muchos años con los suyos. De este modo, se extirpaban la prótesis (el marcapasos) futbolística, monárquica, nacional que, sin saberlo, se había apropiado de su sentir, y se resignaban a vivir sin ella, entre los devastados paisajes de un reino, donde, a su alrededor, el dolor y la esperanza se organizan de manera incesante.

     

     

     

    Este texto fue publicado anteriormente, en portugués, en la revista brasileña piauí.

     

     

    Germán Labrador Méndez es profesor de historia cultural en el departamento de español de la Universidad de Princeton, Estados Unidos, desde 2008, y autor de Letras arrebatadas. Poesía y química en la transición española. Ha estudiado los movimientos culturales y sociales de la transición española. Prepara un libro sobre la crisis actual y las respuestas ciudadanas

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