El ruido que no cesa bajo un maravilloso fondo musical (*)

Leonor Zozaya

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Hace poco fui al magno Auditorio Alfredo Kraus de Canarias[1], y comprobé –una vez más– que el disfrute de la audición de un concierto no depende sólo del director y de la calidad de los músicos sino también del comportamiento del público.

 

Adquirí la entrada atraída por el pianista Artur Pizarro, a quien aún no había escuchado nunca en directo. Vi que aún había algún asiento libre en la primera fila de la platea, desde donde, por mera cercanía a la acumulación de sonido, la música tendría tanta intensidad que sería capaz de aplacar la escucha de los ruidos y toses del público, desgraciadamente habituales en casi todas las salas de conciertos del mundo. Me confundí. Justo a mi izquierda se sentó una señora aquejada acaso de tosferina, tal vez huida del hospital antes de recibir el alta, quien no permitía que transcurriesen dos compases sin espetar una tos ¿Cómo podía sucederme eso a mí? ¡Toserme al oído! ¡A mí, a la autora de las pautas básicas para asistir a un concierto[2]! Ya no me concentraba más que en sufrir, y en proferir lamentaciones al más puro estilo clásico. ¡Por Asclepio! ¡Sánala, Apolo! ¡Oh, Euterpe, ¿es su cura imposible o es tu cólera inflexible?! ¿¡Tanto odian los hados a Orfeo?! Quería hundir la cabeza entre las manos; quería encaramarme sobre la butaca para pontificar el undécimo mandamiento, No molestarás. Quería esfumarme fugazmente, pero, ¿cómo hacerlo, estando ahí en primera fila, ante los músicos, cuyo trabajo respeto tanto? Qué horror. Mis ademanes de rechazo no podían ser más explícitos; a mi lado, Marcel Morceaux hubiese parecido un aficionado.

 

El anhelado final de Les Biches, de Poulenc, trajo consigo otra de las divinas maldiciones de los conciertos: la actividad compulsiva de ciertos disminuidos de oído quienes, varios segundos antes de acabar la pieza, se empeñan en aplaudir compulsivamente gritando “¡Brrraavooooo!”. Y digo yo: ¡Señor! ¡Señor –acostumbran a ser voces masculinas las vociferantes–, comídase, que la pieza aún no ha acabado! ¡Señor, espérese un poco, contando al menos hasta cinco, aguante primero hasta que haya cesado el sonido y luego hasta que se escuche el silencio, que posteriormente ya dará usted rienda suelta a la berrea!

 

Por si a alguien le caben dudas, se puede aplaudir cuando termina la pieza de música, es decir, después de dejar de sonar la última nota que se tocó, lo cual sucede varios segundos después de haber sido emitida, porque el sonido no se apaga inmediatamente tras ser producido. El sonido se propaga en el espacio y se mantiene algunos segundos después, máxime en aquel espléndido auditorio canario de formidable acústica.

 

Siguiendo el ensimismamiento de ese soliloquio mudo, vinieron enseguida a mi mente las palabras del gran Barenboim quien, al filosofar sobre las cualidades físicas del sonido, en su obra El sonido es vida, explica magistralmente por qué es tan importante no aplaudir hasta que haya acabado de sonar la nota:

 

“El último sonido no es el final de la música. Si la primera nota está relacionada con el silencio que la precede, la última nota tiene que estar relacionada con el silencio que la sigue. Por eso es tan perturbador que un público entusiasta aplauda antes de que se haya apagado el último sonido, porque hay un último momento de expresividad que consiste precisamente en la relación entre el final del sonido y el inicio del silencio que le sigue”[3].

 

Barenboim es bastante condescendiente al no ser más contundente y directo en su crítica al público entusiasta. A mí se me ocurren muchos otros vocablos peyorativos para definir al maleducado que impide disfrutar plenamente de un concierto al público, e incluso al intérprete en muchas ocasiones.

 

Tras aquellas ensoñaciones desperté nuevamente en mi butaca. El pesimismo echado sobre mis espaldas era tan pesado que me arrastraba hasta los infiernos. No podía caer más bajo, hasta que... al acabar los aplausos, la señora de mi izquierda se dirigió a mí. Me sorprendió con un detalle que nunca hubiese podido imaginar. Lejos de retarme a duelo, me presentó sus disculpas por toser y me aseguró que se cambiaría de sitio para no molestarme tanto. Nada podría haberme dejado más atónita. Pensé si estaba soñando, pero parecía real. El besamanos ya no se lleva, así que me limité a darle emocionadamente las gracias con lágrimas en los ojos.

 

En el preciso momento cuando desapareció mi nueva amiga, comenzó a emerger ante mis ojos un piano; el clásico Steinway aparecía desde abajo, como asciende el florecer primaveral, para alegrarme la existencia aún más. El proscenio se preparaba para recibir al solista, Artur Pizarro, ese gran artista portugués que interpretó maravillosamente el famoso Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor de Ravel, cuya fabulosa técnica le permitía tocar los pasajes más difíciles con la misma naturalidad con que se amasa el pan. Al acabar –e incluso antes, según ya he descrito–, la lluvia de bravos que inundó la sala podía contarse al peso. No le dejamos irse hasta que no nos regaló un bis; Fauré.

 

Disfruté tanto de la escena, el concierto, el silencio cada vez mayor del público y la misericordiosa conmiseración de mi antigua compañera que en el entreacto estuve tentada de irme henchida de felicidad, pensando que todo lo que después aconteciese iba a ser poco comparado con esa vivencia tan intensa, tan difícil de superar mediante ninguna tentativa.

 

Me pudo la curiosidad. Volví. Fui a escuchar la Sinfonía número 5 de Prokofiev, y a practicar uno de mis deportes favoritos: observar qué sucedía en el escenario. Desempañadas las gafas contemplé al director, Adrian Leaper, quien, sin partitura, daba las entradas a los músicos anticipándose certeramente, de forma que, con sus gestos, anunciaba qué iba a sonar, y qué bien iba a sonar la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, concertando deleitosamente. Bravo, de nuevo bravo, decía también el público nuevamente. Un público contento, feliz, e incluso quizá consciente de que su grato comportamiento puede favorecer el éxito general del concierto y el disfrute de los asistentes, e incluso de los intérpretes, quién sabe.

 

 

 

 

(*) Notas al concierto de Arthur Pizarro y la OFGC dirigida por Adrian Leaper.

 

 

 

 

Leonor Zozaya (Madrid, 1975) es profesora en el departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, e investigadora integrada en el CHSC de la Universidade de Coimbra (Portugal). Se doctoró en la Complutense, recorrió su carrera investigadora en el CSIC, y completó su formación con estancias académicas en Inglaterra, París y Portugal. Ha publicado unos cincuenta estudios científicos, y es autora de diversos blogs, entre ellos, uno de redacción. En FronteraD ha publicado Educación y música clásica. Pautas básicas para asistir a un concierto y, con María Zozaya (firmado como Gemelas Zozaya), El abucheo, la expresión de un desencanto.

 


[1] Concierto de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria (OFGC) con la dirección de Adrian Leaper, y la interpretación del pianista solista Artur Pizarro, del viernes 13 de abril de 2018, en el Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria (España).

 

[2] Leonor Zozaya (2016): “Educación y música clásica. Pautas básicas para asistir un concierto”, revista digital Fronterad, http://www.fronterad.com/?q=educacion-y-musica-clasica-pautas-basicas-para-asistir-concierto

 

[3] Daniel Barenboim: El sonido es vida. El poder de la música, Barcelona, Belaqva, 2008, páginas 20 y 21. Cursivas de la autora.

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