Ilustración: Bar Man

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    La saga Crepúsculo: Los libros

    Capi Corrales Rodrigáñez - 15-09-2011

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    Al ser profesora de gente joven, mis amigos suelen hacerme comentarios sobre sus hijos adolescentes. Los temas más frecuentes en estos comentarios son la conversación y la lectura. Suelen quejarse mis amistades de no saber qué temas preocupan a sus hijos. Más allá de si estudian o no estudian, si les gusta alguien o no les gusta alguien, qué carrera van a elegir o donde estuvieron la noche anterior, no saben de qué hablar con ellos, por lo que no hay conversaciones en familia. Siempre sugiero que, si de verdad buscan temas de conversación con ellos, lean o bien los libros que prefieren sus hijos, o bien los libros en que están basadas las películas que prefieren sus hijos.  Siempre me contestan que no tienen ni ganas ni tiempo.

     

    La lectura, en sus dos vertientes, es otro de los temas recurrentes. Tengo tantos amigos preocupados porque sus hijos no leen nada de nada, como encantados de que lean todo de todo, y tanto a unos como a otros tanto les da (o daría, según) que sus criaturas lean Harry Potter como la saga Crepúsculo —las dos series de libros más leídas por adolescentes en la última década—. Cada vez que sugiero que no es lo mismo leer Harry Potter que Crepúsculo, me cortan de plano con un “ni me los he leído, ni me los voy a leer. A mí con que ellos lean me basta”. 

     

    Desde niña he combinado la lectura de libros infantiles con la de textos para adolescentes o adultos. Lo hacía entonces y lo sigo haciendo hoy. Creo que es eso, y no mi condición de profesora, lo que hace que siempre encuentre tema de conversación con cualquier persona, adolescentes incluidos. En lo que sí influye mi condición de profesora de matemáticas (esto es, profesora que enseña a pensar), es a la hora de concluir, tras haber leído ambas, que no es lo mismo para una mente adolescente viajar a solas por el universo de Harry Potter, que hacerlo por el de la saga Crepúsculo. Y por viajar a solas entiendo viajar sin la compañía y protección de las conversaciones con sus mayores. De Harry Potter no hablaré aquí, entre otras cosas porque no solo es lectura inofensiva a cualquier edad, sino que, de hecho, es idónea para todas las edades y estimo que debiese ser lectura obligatoria para toda la ciudadanía, en particular para quienes tienen hijos. Así pues, quien quiera saber de qué va, de verdad,  Harry Potter, que se lea los libros. 

     

    La saga Crepúsculo es harina de otro costal. Su lectura engancha, porque está escrita con muchos ganchos. En mi caso y una vez superada la pereza inicial (surgida cuando, tras leer el primer volumen, ya sabía a lo que me estaba exponiendo), en cuanto empezaba a leer era incapaz de soltar el libro. Leí los cuatro tomos de un tirón, y con cada uno pasé más de una noche en vela con tal de seguir leyendo. No es de sorprender, pues la autora pertenece a una de las castas sacerdotales más poderosas de la iglesia mormoma estadounidense, con una cosmología que pese a suponer una de las formas más extremas de surrealismo religioso actualmente en vigor, es creída a pie juntillas por cientos de miles de adultos. Ante los anzuelos lanzados por una persona adulta entrenada (y mucho, no hay más que leerla) en el arte de pescar con la palabra, el, indefenso todavía, sistema inmune mental adolescente, necesita del refuerzo de la conversación con sus mayores. Por eso estimo esencial que mis amigos con hijos adolescentes conozcan el argumento de la saga Crepúsculo. 

     

     

    Resumen del argumento

     

    El relato comienza, en forma de diario, cuando Fulanita, que desde que su madre había abandonado a su padre llevándosela con ella vivía con ésta, regresa al pueblo donde había nacido para vivir con su padre, un policía local. El padre es descrito como tontorrón y débil de carácter, y la madre como superficial y casquivana, solo interesada en ligar con hombres guapos y atractivos.  

     

    A poco de llegar al pueblo, Fulanita conoce en el instituto a Menganito y se enamora perdidamente de él. A partir de ese momento Menganito será el único tema que ocupe los pensamientos, preocupaciones e intereses de Fulanita. Pronto aprenderemos que Menganito es miembro de una familia de vampiros de un tipo muy especial, pues, además de ser guapos, ricos e ir vestidos de marca, se trata de vampiros evolucionados que han decidido superar sus instintos primitivos y alimentarse tan solo de sangre animal, evitando a fuerza de voluntad impuesta por sus creencias, la sangre humana. Aunque Fulanita tarda mucho tiempo en enterarse, Menganito también se ha enamorado de Fulanita nada más verla. Como ambos son adolescentes (ella una adolescente de dieciséis años, él de unos doscientos y pico años... o más), con las hormonas en plena ebullición, lo que más sienten es una irresistible atracción sexual que, en cuanto se rozan, hace que sientan el impulso irrefrenable de lanzarse el uno en brazos del otro. Cada vez que esto ocurre, a él, como a ella y como a todos cuando estamos embargados por el deseo sexual, le viene a la boca ese “mmm... me gustas tanto ¡que es que te comería!”. Aunque como vampiro esté evolucionado, como hombre Menganito es francamente precivilizado, por lo que confunde la natural, sana y lúdica pasión sexual que ella le despierta con sus instintos primitivos de vampiro. No tiene más remedio que, para salvarse de caer en la tentación, rechazarla, castigarla y maltratarla psicológicamente. De ahí que ella tarde casi todo el primer libro de la saga en enterarse de que él también la quiere y que, de hecho, la maltrata porque la quiere. A partir de ahí ella le perdonará comprensiva todos sus desmanes, aunque no cejará en el empeño de que él la muerda para hacerla vampiro como él, de forma que puedan disfrutar de su amor eternamente, a lo que él se opone con vehemencia, pues de hacerlo ella perdería su bien más preciado, lo que distingue a vampiros y humanos: su alma, algo que él no quiere de ninguna manera que ella pierda.

     

    Fulanita tiene un amigo, Zutanito. Más pequeño que ella, Zutanito pertenece a una comunidad de cultura distinta que habita en las afueras del pueblo en mitad del monte, comunidad y cultura descritas con tal ambigüedad, que lo mismo podría tratarse de los gitanos del Sacromonte que de una tribu de indios americanos viviendo en una reserva con régimen abierto. Zutanito pertenece a la casta superior de su comunidad, un grupo de familias cuyos miembros varones tienen un gen especial en la sangre que hace que cuando hay vampiros alrededor, y —salvo alguna cana al aire aquí y allá— solo entonces, se conviertan en hombres-lobo. Ese rasgo genético, que surge con la pubertad, les convierte en los sacerdotes, chamanes o gurús, según se les quiera llamar, que protegen al resto de la comunidad del mal, algo que, a su vez, les coloca en la cúspide social, política y religiosa del grupo, dándoles el derecho a intervenir en todas las cuestiones y a decidir en las situaciones de conflicto. Las mujeres de los potenciales hombres-lobo están marcadas y llenas de cicatrices, pues cuando hay luna llena o se dejan llevar por un arrebato de ira, ellos —haya o no vampiros alrededor— pierden la cabeza, se transforman en lobos y se les va la zarpa. Pero ellas no se lo tienen en cuenta, porque saben que la culpa es de la luna o del arrebato de ira, y que ellos las qui