"Attack the Block", de Joe Cornish

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    Sitges. Un tiempo en el espacio

    Federico Volpini - 13-10-2011

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    Barcelona está lejos, si vienes de Madrid. En cambio, vienes de B y allí está B. Es algo que descubrimos en nuestro primer viaje y bautizamos “la paradoja del espacio en B”, paradoja que se resuelve con el tiempo. Te subes en un coche. Arrancas. Pasas unas horas. Cabreado. En la carretera de M a B hay obras siempre. Peaje o no peaje –y ésta es la paradoja de las vías de pago: da igual que no funcionen, ellos cobran-; peaje o no peaje, el que estaba en Madrid esa mañana se descubre en Barcelona por la tarde. Lo que te lleva a reflexionar sobre el espacio, sobre el tiempo, y sobre la propia identidad. Si se dejó M esta mañana, ¿qué está sucediendo en M sin la presencia de uno? Inquieta esto. Más inquietante aún: ¿cómo sabes que no estás en M, si no estás en M? ¿Cómo sabes si, en el momento en que emprendías desde M el viaje a B, de B no salías hacia M y, sin catarlo, te acabas de cruzar a mitad de camino? Si un coche sale hacia Madrid de Barcelona a las cinco de la madrugada y otro sale a las cinco de la madrugada hacia Barcelona de Madrid y los dos mantienen igual velocidad todo el trayecto, ¿cuál es el de verdad? ¿En cuál vas tú? Un lugar en el mundo en el que se puede buscar una respuesta es Sitges. Que está al lado de B. Muy lejos, si se va de Sitges a M. Por eso, si se va al Festival Internacional de Cine de Sitges, de M hay que salir temprano. Y despreocuparte por completo de lo que ocurre allí cuando no estás. 44 edición del Festival Internacional de Cine de Sitges, que quiso ser un tiempo, renunciando a su condición de “cine fantástico y de terror”, Festival Internacional de Cine de Cataluña. Punto y cierro, a favor de la nacionalidad identitaria.

     

    Qué es uno, cómo uno, cuándo uno, por qué uno, son cuestiones que se prestan a la especulación, a la pregunta. ¿Es: “rosa” es lo que llamamos “rosa”? ¿O es otra cosa, “rosa”? ¿Cómo se llama eso, que no queremos “rosa”? Por mucho que el producto siguiera siendo idéntico, la identidad estaba en lo que de él se predicase. El predicado no dice al sujeto: es el sujeto. O al revés. Pero el agua fluye por donde el agua quiere y, en un heroico reconocimiento de este hecho, desde hace un par de años se recurre a la síntesis: Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña. Sin terror, que se hace largo. Ya está el agua embalsada y fluyendo. Cuentan los lugareños de S que S sufre periódicamente inundaciones porque se urbanizaron las huertas que absorbían el agua y construyeron, además, en sus cauces naturales. Un extranjero se extrañaba de que en S los coches aparcados en ciertas calles estuviesen sujetos con cadenas a las casas. “¿Ladrones de coches?”. “¡Qué ladrones!: ¡el agua!”. Llovía y el agua se llevaba los coches a la playa. Ir a la playa en coche es una cosa. Que el coche vaya solo es otra muy distinta. No es su sitio. Alienígenas, los coches en la playa. Esta anécdota la cuento cada vez que se menciona S: el tiempo repetido.

     

    ¿Qué somos, sino el poso que deja el tiempo en la memoria? La identidad. ¿Y qué hace ésta, la memoria con el tiempo, sino repetirlo? La identidad de nuevo. El ser o no ser muchos, porque somos también lo que los demás ven en nosotros. La huella que imprimimos hasta en sitios en los que nunca hemos estado. Que sepamos. Los universos paralelos: otras memorias de otras cosas o, tal vez, memorias simultáneas; universos en los que le ocurre lo mismo a cada uno al mismo tiempo, pero es otro, cada uno que es uno. Con la divinidad: estática, inmutable, indivisible, el TODO que, por serlo, no se conoce, no se sabe. Que no ha estado en el tiempo. Que nunca ha comenzado y nunca puede terminar. Así que igual ni es.

     

    En el hombre, el paso de la edad es lo que le garantiza la existencia.

     

    Sitges, 2011. La adolescencia osa decir su nombre. De frente. Sin tapujos. Tras aquella “intelectualizada” incursión que fue Brick, una apuesta seria, para, por y con los adolescentes, y dos títulos claros: Attack the Block, de Joe Cornish y, fuera de competición, Verbo, de Eduardo Chapero-Jackson. La primera, gamberra, divertida, la de los gorilobos que invaden la tierra en un barrio equivocado, un guiño a los adolescentes que hoy tienen treinta años, desde la angustia del saldo que no tenemos en el móvil los adolescentes de hoy. La segunda, rap y una propuesta “filosófica” pedestre, un mensaje que te lleva a añorar los ejercicios espirituales de la España Católica –nadie se acuerda de ella: tendrán que repetirla-. Sin embargo, la de Chapero-Jackson, nos deja esperando la siguiente. Magnífica, Alba García.

     

    Pero hay más: Intruders, de Juan Carlos Fresnadillo (estupenda), y la muy estimable Jane Eyre, de Cary Joji Fukunaga (¡ésa sí que era una adolescencia complicada!; terror sin solución y sin salida), por poner solo dos, que hablan de adolescentes: espectadores que mañana ya no irán al cine.

     

    Sobre ellos, los universos paralelos (Another Earth, de Mike Cahill: no cambiaría mucho si se eliminase el factor distópico, se disfruta igualmente); los clones; los saltos en el tiempo; los apocalipsis (The Divide, de Xavier Gens: de verdad hay que verla); las epidemias (Contagio, de Steven Soderbergh, ¿por qué?): el miedo a estar en casa (Mientras duermes, de Jaume Balagueró, realmente eficaz); las risas con sobresalto y seña nacional (Lobos de Arga, de Juan Martínez Moreno); los cuentos Saint –y vienen La Bella Durmiente: dos versiones de dos directores diferentes, y Pulgarcito-)…

     

    Estamos a mitad de su recorrido. Sitges. 44 edición del Festival Internacional de Cine Fantástico (y de Terror) de Cataluña. Un tiempo en el espacio que, se llame como quiera llamarse, ¡menos mal!, es igual a sí mismo. Que, por ahora, no cambia.

     

     

    Federico Volpini, ex Radio 3

    Guionista y escritor. Acaba de publicar en Nocturna Ediciones La noche de los lobos

     

     


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