"San Francisco en meditación", pintura de Miguel Galano

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    Sobre el coleccionismo de arte o el caos de los recuerdos

    Fernanda Muslera - 03-03-2011

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    Walter Benjamin escribió que coleccionar es una forma de recordar mediante la praxis. “La fascinación más profunda del coleccionista consiste en encerrar el objeto individual en un círculo mágico, congelándose éste mientras le atraviesa un último escalofrío (el escalofrío de ser adquirido). Todo lo recordado, pensado y sabido se convierte en el zócalo, marco, pedestal, precinto de su posesión”. Todo pasión conlleva caos, señalaba el intelectual alemán, y el que le toca al coleccionista es el caos de los recuerdos.

          Quién sabe si habrán sido los recuerdos los que asustaron y llevaron a disparar al actor y coleccionista de arte Dennis Hopper hacia la enorme cara azul de un Mao Zedong firmado por Andy Warhol durante una de sus interminables noches de la década del setenta. O si habrá sido ese íntimo círculo mágico el que llevó al multimillonario japonés Ryoei Saito a afirmar que quemaría El retrato del doctor Gachet de Van Gogh cuando muriera, obra por la que pagó 82,5 millones de dólares y que, tras su deceso en 1996, se encuentra desaparecida.

           Lo cierto es que hay algo intrigante, ligado a la naturaleza intransferible de la posesión, que se cuela en la figura del coleccionista. Lejanía (si cabe utilizar la metáfora de Benjamin, quien definía al aura de una obra de arte como la manifestación irrepetible de una lejanía) acrecentada por el hecho de que el coleccionismo es una actividad unida al prestigio y al estatus, relacionada históricamente con monarcas, nobles, millonarios y aristócratas. 

           "El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte”, escribió Oscar Wilde. No obstante, la exaltación de la figura del creador raramente consiguió que esta máxima se cumpliera. Ese ocultamiento, sin embargo, le tocó innumerables veces al coleccionista. Sin el apoyo de Peggy Guggenheim, por ejemplo, es probable que Jackson Pollock no se hubiera convertido en uno de los artistas más cotizados del mundo.

           Aquí y ahora, en la España del segundo decenio del siglo XXI, a treinta años de la inauguración de la feria de ARCO, aún es muy poco lo que sabemos de los coleccionistas y sus colecciones, aunque los medios internacionales nos hablen del artehólico Charles Saatchi o de las millonarias sumas pagadas por Roman Abramovich, dueño del Chelsea, por cuadros de Lucien Freud o Francis Bacon. En el ámbito nacional existe un coleccionismo que va más allá de los Thyssen o de la duquesa de Alba. Coleccionismo que, en su relación con la obra, da cuenta de un complejo entramado alrededor del arte.

          Por este motivo, coleccionistas, galeristas, representantes de instituciones y artistas nos ayudan a reflexionar sobre el coleccionismo de arte en la España actual y, de paso, a meditar sobre sus preocupaciones y su entorno, ARCO, las galerías, el mercado, el público y, en definitiva, el arte, esa inigualable expresión del alma.

     

     

    Ser coleccionista

     

    Marcos Martín Blanco tiene 81 años, una colección de alrededor de 900 obras y una energía y pasión envidiables. El arte es su forma de habitar el mundo, algo que queda claro después de intercambiar unas pocas palabras con él. Junto con su mujer, Elena Rueda, y su hijo Rafael forman la Fundación MER, cuya colección reúne pinturas de los últimos cuarenta años, de más de 160 artistas, y que está en vías de ser parte de un museo en Segovia, con el que sueñan desde hace años.

             No hay recoveco de su espacioso piso madrileño que no respire arte. Un Miquel Barceló preside el salón mientras que el pop art de Andy Warhol acapara el dormitorio con los enormes rostros de Judy Garland y su hija Liza Minelli. Allí también hay un lugar para el arte de Elena Rueda, quien movida por tanta inspiración confecciona originales y coloridos broches hechos con toda clase de elementos.

             Pero la pareja no siempre tuvo una estrecha relación con el arte. La suya fue una educación de la mirada, motivo por el que, quizás, la espina dorsal que atraviesa su colección es la del mundo de los sentidos. Fue a principios de los ochenta que este antiguo empresario de la industria porcina y su mujer compraron un viejo caserón en Segovia y le pidieron ayuda para decorarlo al primo de Elena, el artista y decorador Gerardo Rueda. Él fue quien los introdujo en el mundo del arte contemporáneo, terreno tan desconcertante como indescifrable.

            “Nosotros no éramos muy perceptivos. Del arte abstracto no entendíamos nada. Cuando nos llegaban las obras a la casa nos quedábamos con cara de póker”, señala Blanco. Pero el deseo de entender pudo más y Marcos y Elena comenzaron a documentarse y a frecuentar con asiduidad exposiciones y galerías: “Era casi una obligación, fue un calvario durante mucho tiempo”, recuerda. Hasta que un día todo comenzó a tener sentido. “Antes mirábamos lo mismo, pero no veíamos nada. Pero cuando comienzas a ver, se establece un diálogo entre tú y la obra”.

           Fue la pasión por el coleccionismo lo que los cambió para siempre. “El arte me ha abierto más, ha desarrollado en mí la utopía de sentido, que es el objetivo de la vida, de la belleza y la armonía”, comenta Blanco con emoción. “A mis 81 años, a una edad donde lo normal es que me hubiera retirado de las cosas materiales, el arte se ha convertido en mi mejor proyecto. Me hace llevar una vida plena”.

           Es esta relación íntima con las obras, lo que diferencia a un verdadero coleccionista de un simple acumulador. Como señaló Benjamin, dentro del coleccionista “hay espíritus, o por lo menos pequeños genios” que se encargan de que “la propiedad sea la relación más íntima que se pueda tener con los objetos. No es que cobren vida en él, es él quien vive en ellos”.

           Frente al caos de los recuerdos, el coleccionismo es, en definitiva, una forma de ordenar el mundo, de catalogarlo. Saramago escribió que el coleccionista se rige por la “angustia metafísica”, porque “no consigue soportar la idea del caos como único regidor del universo”. En esta madeja de memoria, algunas obras y algunas remembranzas se hacen más patentes que otras. Es el caso del cuadro que acompaña a Lola Crespo en su galería Utopía Parkway, que retrata a su marido, el editor Ricardo Navarro, fallecido el año pasado, como San Francisco en meditación, obra de Miguel Galano.   

           La colección comienza, para muchos coleccionistas, antes de que ésta llegue a materializarse. Como señala Javier Lacruz Navas: “De pequeño coleccionaba deseos, imágenes, vida. Con el tiempo todo eso se va fraguando en una imagen, y, en mi caso, en una imagen pictórica”. A Lacruz Navas, quien es psiquiatra y psicoanalista, coleccionar le permite inscribirse en un territorio de belleza que va más allá de la pintura y que comparte con la psiquiatría “un espacio transicional entre la realidad y lo creado, lo interno y lo externo”. 

           Pablo Neruda encerraba esos deseos en caracolas, proas de barco y todo lo que lo transportaba al mar. El coleccionista de arte sublima en un cuadro, una escultura, una fotografía ese fragmento de vida onírica en el que vive, esa búsqueda estética y mística. Como afirmó la Baronesa Marion Lambert: “Coleccionar es como seguir el hilo de Ariadna, una obra lleva a la otra y nuestra comprensión se beneficia de la constante búsqueda”. 

           Esa pasión por el arte, que para muchos se convierte en adictiva, es lo que lleva a la mayoría de los coleccionistas a despreciar la imagen de su alter ego, el  inversor, que especula con la importancia de los artistas, pero no con la calidad artística de las obras. Sofía y José Santos, una pareja de médicos de Santiago de Compostela, lo tienen claro: “Comprar arte exclusivamente como lujo o como inversión no es coleccionismo, es otra cosa. El coleccionismo es una experiencia única, apasionante, que te enseña otro mirar, tanto del arte como de la vida”, comenta Sofía.

           Lacruz Navas invierte los términos: “No me interesa el coleccionismo como inversión sino como inversión cultural”. Para el zaragozano, el coleccionismo es arte en estado puro, es un acto creativo, un organismo vivo. Por eso una buena colección pervive, mientras el coleccionista muere de manera indefectible. El coleccionismo, por lo tanto, es un medio de expresión, que crea a partir de elecciones estéticas. En su caso, la elección ha sido la pintura española de mediados del siglo XX, con obras del Grupo Pórtico y El Paso, de Tàpies. Millares, Saura o el Equipo Crónica. Lacruz Navas manifiesta su posición con una pertinente frase de Marcel Duchamp: “El coleccionista es un artista al cuadrado”.

     

     

    Coleccionismo y dinero

     

    No se puede hablar de coleccionismo y dejar fuera su variante inversora. La gran cantidad de fondos de inversión que ven al arte como un activo donde refugiarse en épocas de inflación es prueba de ello. Si bien las ventas en el mercado del arte registraron una importante caída entre 2007 y 2009, los números vienen siendo positivos en los últimos tiempos: así lo demostraron las ventas de ARCO durante 2010 y 2011. La casa de subastas Christie's cerró su ejercicio el año anterior con el mayor volumen de ventas de su historia, mientras que Sotheby's aumentó sus ventas en un 87% en 2010. Esto no quiere decir que la crisis no haya afectado al arte, pues ha dañado al coleccionismo de nivel medio e institucional, a la vez que a artistas y galerías, muchas de las cuales han cerrado en los últimos años.

              En tiempos de incertidumbre económica, el arte se erige como uno de los principales refugios del dinero. Ya en 2007 el Banco de España publicaba que la inversión en arte representaba la tercera en importancia en España, tras la construcción y los productos financieros. Bancos, cajas de ahorro, fundaciones y empresas privadas figuran entre los principales inversores en arte, quienes logran de esa forma no solo asegurar su patrimonio, sino también apoyar al arte y lograr reconocimiento social. Telefónica, Caja Madrid, Unión Fenosa, Mapfre y Coca Cola son sólo algunas de las empresas que atesoran destacadas colecciones.

           Otro mito desestimado por los coleccionistas es el que los retrata como ricos derrochadores. Aunque es cierto que los coleccionistas suelen ser empresarios y profesionales, provenientes de un estrato social alto o medio alto, ser un apasionado del arte puede implicar también renunciar a otros consumos. Como señala Marcos Martín Blanco: “Yo soy una persona que he tenido ingresos altos y con ellos habría podido vivir como muchos compañeros míos, pero he sido espartano. Mi mujer no ha sido amante de las joyas, he tenido coches normales y la inmensa mayoría de la obra que he comprado hace diez años ahora ya no las puedo comprar porque han subido”.

           Comprar obras de artistas emergentes suele ser una constante en gran parte de los coleccionistas, quienes adquieren las obras de jóvenes prometedores cuando aún se encuentran a precios asequibles. Ser coleccionista, además, parece estar en los últimos tiempos al alcance de más personas. La fotografía es uno de los segmentos que mayor alza ha experimentado en las últimas décadas y que, según los expertos, puede seguir creciendo considerablemente. Tiene la virtud de ser, en estos momentos, una de las principales vías de acceso al coleccionismo de arte. Además, según señalan fuentes de ARCO, las litografías, serigrafías, aguafuertes y grabados se presentan como otros ámbitos de importancia. Resultan muy accesibles, ya que la mayoría de estos trabajos se cotizan por menos mil euros. Ejemplos de este cambio de mentalidad en el coleccionismo es la presencia del vídeoarte en las subastas o que obras del grafittero británico Banksy lleguen a cotizarse por 95.000 euros.

           Así también lo indica el fotógrafo y artista visual Daniel Canogar, cuya obra Travesías conmemoró la presidencia española de la Unión Europea en la sede del Consejo de la Unión Europea en Bruselas. “Está surgiendo un coleccionismo joven que se interesa por medios como la fotografía y el vídeo, pero también por otro tipo de medios que identifican a una generación muy relacionada con lo digital y lo electrónico”. Nuevos coleccionistas, señala, muchos de ellos provenientes del mundo de la arquitectura, el diseño, la publicidad y la tecnología.

           En España se habla de un coleccionismo que históricamente se ha decantado y lo sigue haciendo por los artistas nacionales, pero que va a abriéndose cada vez más a los internacionales. Se trata de un coleccionismo de ritmo lento, más cauto y menos impulsivo que el de países como Estados Unidos, pero también muy relacionado con los artistas que apoya. Los coleccionistas de arte todavía representan un número reducido en España, pero existen grandes nombres como los de Alicia Klopowitz, José Luis Várez Fisa, Juan Abelló, Plácido Arango o Helga de Alvear.

     

     

    El flagelo del IVA

     

    Podrá haber muchas lecturas y aproximaciones a una obra de arte, pero si en algo coinciden fervientemente todos y cada uno de los coleccionistas, galeristas y artistas consultados es en su rechazo al actual porcentaje de Impuesto sobre el  Valor Añadido (IVA) que se le aplica a cada obra de arte que se vende en España. Se trata de una vieja reclamación que se reaviva ante la crisis y que se convierte en una desventaja competitiva frente a otros países del mundo.

           En la actualidad se aplica un 18% de IVA al arte, mientras que otras industrias culturales, como la del libro, tiene una recarga del 4%. Al cine se le aplica un 8%. Llama la atención que dentro del 3% que representan las actividades culturales en el total del Producto Interior Bruto (PIB) español, el cine y vídeo (10.6% del total de actividades culturales) gocen de un IVA reducido y no así la industria de las artes plásticas, que representa una cifra similar, en torno al 10,2%.    

           El prejuicio de considerar el arte como una actividad ligada al lujo redunda en una suerte de degradación a la hora de considerarlo como industria cultural y, por lo tanto, como atizador de la cultura a escala social. “Es una barbaridad, nos está hundiendo”, señala Lola Crespo, de la galería madrileña Utopía Parkway. “Esto es muy contradictorio porque, sin embargo, las diferentes administraciones han apoyado vehementemente a ARCO con muchísimo dinero y con unos resultados cuando menos polémicos. Se pierde competitividad de una manera abrumadora. Es una ceguera de la Administración. En el fondo, es una falta de interés por el problema. El arte interesa poco, solo para manejarlo de una manera electoral, para sacarle una rentabilidad”, reflexiona.

            “Si hay un IVA reducido para el libro y el cine, ¿por qué no lo va a haber para el mercado del arte?”, se pregunta José Guirao, director de La Casa Encendida de Caja Madrid y ex director del Centro de Arte Reina Sofía. “No es un tema de competitividad, sino de ecuanimidad”, agrega.

           “Me parece abominable, el arte no tendría que tener una penalización”, manifiesta el coleccionista Javier Lacruz Navas. “Antes o después estás colecciones se incorporarán al patrimonio cultural del país y de las comunidades. En lugar de penalizar habría que desgravar. Esto habla de la insensibilidad de los gobiernos. Se sigue viendo al coleccionista como un sujeto extraño y usurero, cuando es una persona generosa que divulga su obra, que la expone habitualmente”. Como escribía Benjamin, la actitud de un coleccionista hacia sus posesiones se deriva de un sentimiento de responsabilidad del dueño hacia su propiedad. .. El rasgo más distintivo de una colección siempre será su transmisibilidad”.

            Marcos Martín Blanco apunta en la misma dirección: “Hay gente que considera esto un bien de lujo, pero al final todas las colecciones, como ha pasado con la pintura antigua, terminan plasmándose en un museo”. Lo ratifica Julio Criado, de la galería sevillana Alarcón-Criado: “Hay estudios que afirman que la mayoría de las obras después de dos generaciones pasan a manos del Estado y se hacen públicas”.

             El sector del artes subraya, además, la pérdida de competitividad con respecto a otros países europeos, alegando que estos disfruta de un IVA menor. “Debería de existir un IVA común para toda Europa y no que unos países se beneficien más que otros, sobre todo con el flujo del arte que hay hoy en día, pudiendo adquirir la obra de un mismo artista en diferentes países al mismo tiempo”, comenta Sofía Santos, coleccionista de Santiago de Compostela. “El coleccionista no tiene prácticamente apoyo, quizás una buena política de depósitos en museos podría ser de ayuda”.

             Sin embargo, desde el Ministerio de Cultura, Begoña Torres González, subdirectora general de Promoción de las Bellas Artes, dice que la reclamación de galeristas, artistas y coleccionistas se basa en un concepto erróneo: “Hay una normativa europea, general, que se aplica en toda Europa y que no es muy diferente a la que se hay en España. Los ivas europeos no son menores. Esa es una creencia que no tiene mucho sentido. Lo único que es verdad es que en Alemania, y esto está denunciado, hay una aplicación del IVA a la pintura de un 7%. No sé como lo hacen, pero es el único caso, porque a la obra gráfica, audiovisual y fotografía se le aplica un 19%”, comenta. Y añade: “Respecto al IVA que tienen los libros, es también muchísimo inferior a nivel europeo, no es una cosa española”.

            Frente a la reducción del presupuesto de la Administración, seis asociaciones profesionales de arte presentaron el 14 de febrero un documento que fija las medidas urgentes que habría que adoptar dentro del sector. Ángeles Albert, directora general de Bellas Artes, aseguró, según publicó el diario El País, que el Ministerio de Cultura trabaja en el germen de lo que será la futura ley de apoyo al arte contemporáneo español, que estaría lista en junio.

           “El arte contemporáneo debería recibir, para su conservación y exhibición, las mismas ayudas que se reciben en otros sectores del ámbito de la cultura. En este sentido, creo que se debería apoyar más a los coleccionistas y a la difusión del arte contemporáneo”, comenta Carlos Urroz, director de ARCO. Sin embargo Begoña Torres se queja de que el apoyo casi siempre proviene de la Administración central y que no ha disminuido, sino aumentado. Sostiene, en cambio, que “sería muy interesante intentar fomentar la idea de participación de las empresas en el apoyo de artistas y galeristas”.

             A pesar de ciertos indicadores positivos, algunos se quejan del impacto de la crisis sobre el coleccionismo y sus ramificaciones: “El mundo del arte es un poco el reflejo de lo que está pasando en todo el mundo. Hemos pasado unos años excesivamente eufóricos, y hemos pecado de una ambición desmesurada. La crisis nos toca muchísimo, pero también hay una crisis de replantearse todo. En este momento de cambio de valores, Europa lo único que puede ofrecer el mundo es la cultura”, señala Lola Moriarty, de la galería madrileña Moriarty

            María Ángeles Sánchez, de la galería murciana Art Nueve, comenta que sus ventas han descendido entre un 60% y un 70% en los últimos años. “Pero creemos en el proyecto y en nuestros artistas. La única forma de salir adelante es trabajando más”, sostiene.

     

     

     

    España en el contexto del arte

     

    España ocupa un lugar discreto pero prometedor en el mercado internacional de arte, en el que despuntan Estados Unidos, el Reino Unido y China (el mercado asiático está pisando fuerte en los últimos años. Según datos proporcionados por ARCO, en la temporada 2009-2010 Singapur, Taiwán y Corea del Sur estuvieron entre los diez países con un mercado artístico más floreciente, acompañados de Turquía, Francia, Alemania e Italia).

           España es un recién llegado al mercado del arte internacional, a pesar de haber dado creadores de la talla de Picasso (siempre en el top ten de los más cotizados del mundo), Dalí y Miró. La guerra civil y el franquismo, como señala Francisco Calvo Serraller en su libro El arte contemporáneo, interrumpieron la modernización cultural, de altísima calidad durante la II República. Fueron tiempos en los que el arte español se centró en sí mismo y se separó del exterior, y en el que muchos de los mejores artistas nacionales se exiliaron. No fue hasta la transición democrática en que España retomó el camino de la modernización, integración y homologación en el mercado internacional.

           “Hemos llegado al mercado del arte internacional hace veinte, veinticinco años”, señala José Guirao. “Se dio esta situación en todos los terrenos de la cultura. Durante la dictadura no hubo infraestructuras culturales potentes. Había política de Estado para hacer propaganda, pero no había un Ministerio de Cultura, no había museos. El Reina Sofía se inauguró en el ochenta y seis, el IVAM de Valencia en el ochenta y nueve, el CAAC de Sevilla en el noventa, el Guggenheim en el noventa y siete. Desde que estamos en democracia el cambio ha sido radical, pero partíamos de una base muy raquítica”.

          Como señalan desde la casa de subastas Sotheby´s, todavía hay pocos artistas contemporáneos españoles establecidos en el mercado mundial. “Si lo comparas con otros países, en general lo que se cotiza en el mercado internacional es un grupo muy reducido de artistas españoles establecidos: Tàpies, Chillida, Saura, Millares, Feito, y también Juan Muñoz”, comenta Aurora Zubillaga, consejera delegada de Sotheby´s España. A esos nombres podrían agregarse los de Miquel Barceló o Manolo Valdés, entre los principales artistas españoles vivos.

            Una de las grandes preguntas que se hace el sector del arte español es por qué son tan pocos los artistas nacionales que tienen salida internacional. El corto camino recorrido desde la transición puede ser parte de la respuesta a esa falta de visibilidad exterior. Para Begoña Torres, del Ministerio de Cultura, es un tópico hablar de que los artistas españoles tienen poco peso en el mercado de arte mundial. “Cada vez se está abriendo más el mercado internacional a los artistas españoles, hay que tener en cuenta que España ha sido un país muy aislado. En las generaciones anteriores prácticamente nadie hablaba idiomas, pero las nuevas están cada vez más activas”, señala. Por su parte, Lola Moriarty considera que su colectivo tiene parte de responsabilidad: “Creo que los galeristas somos unos grandes profesionales, pero no hemos sido capaces de sacar nuestros artistas al extranjero. Los pocos que se han colocado en el mercado internacional ha sido por esfuerzo propio”.

           No se trata de un problema de calidad artística, señalan unánimemente en el sector, sino de falta de dinamismo en el entramado del arte, en un mercado de extrema complejidad. Muchos factores influyen en este panorama. “Uno es la torpeza en la política cultural”, comenta el artista Daniel Canogar. “Los eventos que se hacen suelen ser un poco al estilo paracaídas, con muy poco calado en el entorno artístico local. Faltan agentes-puente, que estén bien conectados en el país de destino. Al final, los artistas hacemos ese trabajo por nosotros mismos”.

            Aunque la mayor parte de los entrevistados reconocen que las galerías españolas tienen un alto grado de profesionalidad que crece con los años, una artista catalana, que prefiere que su nombre no sea revelado, cree que las galerías son parte importante del problema: “El carácter de las galerías aquí es poco serio. El galerista se está quedando desde un 40% a un 70% del precio de un cuadro. ¿Qué le queda de limpio al artista? Como mucho un 30% de la cifra de la venta de la obra. Es una barbaridad. La gran mayoría de los artistas está hasta las narices de los galeristas. Debemos ver que nuestro mercado ya no está en las galerías, eso está obsoleto. Ahora el coleccionista puede acceder a la página web del artista, ir a su taller, y darse cuenta de que el artista le hace un precio más asequible, a la vez tiene un contacto directo con él”.

            Iñaki Martínez Antelo, director del Museo de Arte Contemporánea de Vigo, sí estima que “las galerías cumplen un papel esencial, no solo como parte del engranaje del mercado del arte, sino como agentes implicados en la comunicación, en el contacto con el público, en la producción, y en la visibilidad del trabajo de los artistas”.

           La galerista Lola Crespo habla de un “falso cosmopolitismo” en ARCO, y responsabiliza a la feria por no haber ayudado a que los artistas españoles gozaran de una mayor proyección internacional: “La Administración tiene una gran responsabilidad, se han desperdiciado oportunidades cuando las cosas iban mejor. ARCO debió de ser una plataforma y creo que fue otra cosa, que obedecía a otros intereses. En su día fuimos rechazados. Yo ya no aplico ni volveré a aplicar. Hubo un momento en que no ibas a ARCO porque tenías una galería, abrías una galería para ir a ARCO”.

           La artista catalana que prefiere mantener el anonimato también critica a la feria de arte contemporáneo más importante de España: “En ARCO hay de todo un poco: llegas a ver cosas maravillosas, galerías consolidadas, pero luego hay otras galerías que hacen cualquier cosa. De todos modos, es básico que en España tengamos una feria como ARCO y sería importante que Barcelona y las principales capitales también la tuvieran. Hay que hacer una apuesta para que ARCO resuene realmente. Y que las galerías que vengan sean importantes para darse más a conocer internacionalmente”.

            La mayoría aprecia el valor de ARCO en cuanto a la difusión del arte y la promoción del coleccionismo, sobre todo en lo que se refiere a los jóvenes o a sectores con un nivel económico medio-alto. Carlos Urroz lo describe así: “En estos treinta años, ARCO ha actuado como dinamizador, como catalizador de un mercado que necesitaba crecer y evolucionar. El coleccionismo en España ha crecido y ha madurado de la mano de ARCO.Y no solo el coleccionismo privado, sino también el que se realiza desde las instituciones públicas”.

            No hay que desdeñar su relevancia para artistas, coleccionistas y galeristas  fuera de las ciudades con más proyección artística. “Está influencia fue todavía mucho más importante en los coleccionistas que vivíamos en provincias, en las que todavía era más notoria la ausencia de galerías y centros de arte”, comenta Sofía Santos, coleccionista gallega.

     

     

    El público y el arte

     

    No se puede hablar de coleccionismo sin mencionar al público, ese conjunto anónimo de personas que, mediante su interés o su apatía, pueden promover una sociedad más cercana o alejada del arte.

             La relación del arte contemporáneo con el público siempre ha sido, cuando menos, polémica. ¿Existe acaso una desconexión? ¿Es el lenguaje artístico moderno, en cierto modo, inaccesible para la audiencia? Ya se refería a este problema Ortega y Gasset en su célebre ensayo La deshumanización del arte al dividir a los hombres en dos grupos: los que entienden y los que no entienden el arte moderno: “Cuando a uno no le gusta una obra de arte, pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar a la irritación. Mas cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se la ha entendido, queda el hombre como humillado, con una oscura consciencia de su inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra”. 

           Tom Wolfe también ahondaba en este asunto en La palabra pintada, texto en el que denunciaba un arte literario, teórico e intelectualizado que contiene su propia anulación: la obra de arte como mero reflejo de la teoría que la sustenta. Ante esta situación, destaca, son los críticos y los comisarios quienes poseen la clave, la explicación de las obras, los que son entronizados. Se trata de una paradoja que para muchos persiste en la actualidad.

            Para el artista Daniel Canogar existe una arista muy elitista en el arte. “El arte es utilizado por los estratos más altos de la sociedad para adquirir estatus social, para separarse del resto de las personas. A esa especie elitista del arte a veces se le atribuye un lenguaje codificado o secreto. Esa excesiva intelectualización del arte es lo que lo hace distante al público. Pero también hay que verlo desde otro punto de vista. El arte también es una investigación. Y en ningún momento se le pediría a un grupo de neurólogos que se reúnen en un congreso para hablar de su trabajo que utilizaran un lenguaje para que el público lo pudiera entender. Porque ese no es su cometido. Ellos quieren avanzar con su investigación”. Canogar aclara, sin embargo, que el arte contemporáneo se ha hecho consciente de esta desconexión y está haciendo grandes esfuerzos institucionalmente para intentar conectar con su público.

            A esta situación se le suma la pretensión de escandalizar presente en muchas ocasiones en el arte contemporáneo, como ha sido el caso de obras como la de Damien Hirst, con sus animales en formol o su calavera de diamantes. O de Tracey Emin, que ha convertido una cama desordenada y poblada de bragas usadas, condones, desperdicios y botellas de alcohol en una obra de arte. Obras que generan cierta confusión a la hora de ser percibidas por el espectador “no entrenado, que acaba viendo en el arte contemporáneo algo superficial y anecdótico”, reflexiona la coleccionista Sofía Santos. Pero, por otro lado, como bien señala Lacruz Navas: “El arte tiene que ser un atizador, algo que te golpee en la mirada. Muchas veces nos golpea con insolencia y nos llevamos las manos a la cabeza. Eso no lo hace sospechoso al arte, hace sospechoso al que mira”.

            La educación en arte aparece como una preocupación central en el sector. Como señala el historiador del arte y joven galerista Julio Criado: “En el bachillerato cada vez tiene menos presencia el arte y, por supuesto, el arte contemporáneo. Se estudia como máximo hasta Picasso, yo ni siquiera llegué, creo que se quedaron en Goya. Faltan los códigos formales y estéticos, los planteamientos para justificar las propuestas actuales”. Criado, de la galería sevillana Alarcón-Criado, señala además la centralización del arte en Madrid y cierta reticencia en Sevilla hacia el arte contemporáneo, al estar la ciudad muy anclada en la tradición.

          Sería necesaria una mejora educativa en la que tendrían que involucrase los medios de comunicación (especialmente la radio y la televisión, donde se dedica menos espacio al arte que en la prensa) y la Administración. Internet también representa una herramienta que está revelando su utilidad en este complejo entramado, de hecho muchos coleccionistas ya se comunican de forma directa con el artista o realizan compras por esta vía.

           Para promover el arte e incitar al coleccionismo también haría falta hacer hincapié en la costumbre de visitar las galerías, reflexiona Lola Crespo, de Utopía Parkway. “Aquí no hay mucha tradición de ir de galerías. Se asocia a un cierto estatus económico y no es cierto. Esto es un servicio público. Tenemos visitantes que nos siguen, pero que nunca nos han comprado. Las galerías no son esos sitios donde te van a mirar mal porque no vas a comprar. Te das un largo paseo, te llenas la cabeza de imágenes, es gratis y has pasado una tarde estupenda. Mucho mejor que si fueras a Zara o El Corte Inglés”.

          Pasión, inversión, o símbolo de prestigio social, lo cierto es que todos los motivos pueden ser válidos para difundir el arte. “Me da mucha envidia el ámbito anglosajón: los futbolistas ingleses, las cantantes americanas”, comenta Lola Crespo, quien también es licenciada en Ciencias Políticas y Sociología. “En ese ámbito, cuando la gente tiene éxito, fama o dinero hace dos cosas inmediatamente: armar una colección y una biblioteca. Si no saben, preguntan. Aquí se gastan todo en BMW y Gianni Versace; no prestigia tener arte. Vas a la casa de los intelectuales, yo conozco a muchos, y no tienen arte. Es increíble”.

          Sin embargo, en ARCO y en el Ministerio de Cultura son optimistas en cuanto al acercamiento del público al arte. “ARCO es la feria internacional de arte contemporáneo que más público atrae en el mundo”, comenta Carlos Urroz. “Nos visitan más de 180.000 personas y se genera una gran expectación en la opinión pública en torno a la feria. En estos treinta años, la feria ha realizado una importante labor divulgativa en el sector y ha logrado que también durante el año haya gente que visite las galerías y se interese por las exposiciones de arte contemporáneo. No creo, por tanto, que haya tal desconexión con el público general”. Por su parte, Begoña Torres, del Ministerio de Cultura, opina que aunque siempre hubo gran brecha entre las innovaciones más vanguardistas y el entendimiento del público hay cada vez más conocimiento e interés.

            Desde el punto de vista de las iniciativas para fomentar el coleccionismo, ARCO ha puesto en marcha en esta última edición, el programa First Collector, un servicio de asesoría de inversión en arte a personas aficionadas o que no tienen costumbre de adquirir piezas artísticas. Desde el lado de las empresas o instituciones, Caja Madrid, por ejemplo, posee una colección de pintura de artistas españoles consagrados y un programa de apoyo al arte joven llamado Generaciones. Desde los museos también se llevan a cabo propuestas. El Museo de Arte Contemporáneo de Vigo, MARCO, convoca un premio para jóvenes comisarios, además de colaborar con la Universidad de Vigo y la de Santiago de Compostela para períodos de formación en prácticas de posgrado.

           La educación y el coleccionismo de arte están íntimamente ligados. El coleccionismo atesora saber, recuerdos, pedazos de vida y retazos de sueños. Le asigna una coherencia interna a una fracción del mundo, el del arte, que, como diría Aristóteles, tiene el honor de dar cuerpo a la esencia secreta de la cosas.

     

    Madrid, 2 de marzo, 2011

     


     

    Fernanda Muslera es periodista. En FronteraD ha publicado Así se baila tango en Madrid  e Hiroshima, periodismo año cero 

     


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