"La cigüeñas blancas al anochecer tienen los colores de los flamencos". Foto: www.aceytuno.com

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    La tercera rama

    Mónica Fernández-Aceytuno - 25-04-2013

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    La hoja en blanco más hermosa que existe es la tierra.

     

    Soy escritora no de, sino para la Naturaleza, porque soy su empleada y ella, a cambio de mi trabajo, me paga, mucho menos de lo que yo quisiera, pero me paga en frases, y con la calderilla de las palabras.

     

    ¿En qué consiste este trabajo?

     

    Voy a tratar de explicarlo con esto, una hoja en blanco, esa tierra sin vida.

     

    Aunque se trate de una tierra muy oscura, por estar hecha con el humus de los siglos, la hoja en blanco más hermosa que existe es la tierra.

     

    Los campesinos, además, aran la tierra primero con el tractor y luego con el azadón van desmenuzando los terrones hasta dejarlos como la harina. Dan ganas de tumbarse en las huertas, cuando están esperando las verduras, de lo fina que dejan la tierra. Después hacen otra vez unos surcos y colocan tumbadas unas coles, con cuatro hojas, y al día siguiente, aunque no llueva, ni nadie las riegue, tan sólo con el rocío de la noche, aparecen las coles como si llevaran allí semanas, erguidas, presas de la tierra.

     

    El maíz lo siembran con unos cubos de colores. O al menos así lo hacían antes de que llegara la máquina sembradora que da un maíz cuadriculado, perfecto, es decir: falto de vida. Los cubos suelen ser azules y de lejos se ve a las familias, andando cada uno de sus miembros, de todas las edades, por un carrero a pasitos muy cortos y en cada paso dejan caer un grano de maíz que en cuatro meses, del tiempo que va de abril a verano, es más alto que ellos. Al maizal no sólo se le ve crecer sino que se le oye porque según medra, las hojas empiezan a rozar unas con otras y acaban dando un murmullo al aire y ya no se callan ni siquiera cuando están secas y hacen con ellas colchones que siguen dando ese mismo ruido murmurador, del aire en el campo, mientras duermes.

     

    Si es hierba de tres cortes lo que siembran la lanzan al aire, y la dejan caer como una lluvia, y luego, incluso sin lluvia, germina la hierba que al final crece tanto que acaba encamada, tumbada por el agua, despeinada, si finalmente llueve.

     

    La hoja en blanco es como una de estas huertas, de estos campos, de estas leiras. Tú estás delante de ella y te dices que vas a darle vida y pones las palabras de la Naturaleza más bonitas que se te ocurren, o las de ese saco de semillas que es el diccionario, una palabra tras otra y sin embargo, no sale nada.

     

    Mi madre suele decir que la tabla de la plancha es su despacho; el mío, durante muchos años, fue la cocina de mi casa en Carraceda. No era un mal despacho. Sobre una mesa de castaño, pasaron toda suerte de artilugios, a cual más moderno, para escribir, mientras yo seguía allí, sentada junto al radiador, en una esquina, mirando dos ventanas por las que daba el sol por la mañana, si salía, o la manera en la que golpeaba la lluvia las hojas de unas camelias muy grandes que me regalaron tras el derribo de una casa de piedra antigua que las tenía en su jardín, dos camelias donde lo más hermoso no son las flores, o eso me parece a mí ahora al cabo de los años, sino las hojas, de un verde muy oscuro, de estanque en la umbría, mientras el agua de la lluvia las golpea. Llegaron las camelias en camiones porque eran tan grandes que hubo que plantarlas con la pluma de una grúa y a mi hijo mayor le impresionó tanto ver el árbol en lo alto del cielo, como una nube verde, que hizo unos dibujos que aún conservo por algún cajón.

     

    Trataba de hacer yo sobre esa mesa una suerte de experimento como el que realizara Stanley Miller no en su cocina, sino en un laboratorio de la Universidad de Chicago, en 1953, para obtener la vida. Quería con su experimento recuperar la idea de Oparín de la sopa primitiva. Diseñó un aparato en el que sometió a unas condiciones parecidas a las de la atmósfera primitiva, con descargas eléctricas y elevadas temperaturas, a una serie de elementos inorgánicos. De alguna manera tuvo éxito porque obtuvo aminoácidos, los ladrillos de la vida, es decir: ladrillos sin vida. Es decir: nada vivo.

    Algo parecido le sucede al escritor de la Naturaleza, puede irle más o menos bien, salvar al menos la dignidad, poniendo una tras otra las palabras que designan la vida pero ¿obtiene vida? ¿Obtiene Naturaleza?

     

    No.

     

    ¿Qué hace entonces el campesino sobre la tierra que no hace el escritor sobre la hoja en blanco?

     

    Soñar.

     

    “No me sueñes, que me despiertas, dicen las semillas”.

     

    Está comprobado que no se puede vivir sin dormir, y probablemente tampoco se puede vivir sin soñar. Pienso que nada sale bien si antes no se ha imaginado, soñado de alguna manera. Es como si fuera un requisito imprescindible para dar vida a la Naturaleza sobre el papel: imaginar, soñar, para que luego lo escrito sea real con algo más que la realidad tal cual se nos presenta.

     

    El campesino sueña la cosecha mientras la está sembrando, la anticipa en su cabeza y eso, de alguna manera, hace que germine, o que germine de otra manera que si lo hubiera hecho la máquina sembradora, porque salieron volando como pájaros las semillas de sus manos.

     

    Así, nada que no haya sido pensado, soñado, merece la pena escribirse. Al menos la literatura de la Naturaleza, a mi parecer, hay que soñarla como soñamos la vida para que salga algo de las palabras.

     

    Además, no se puede ir a por ella, no puede sentarse uno y pensar que aparecerá si le ponemos voluntad, porque hay que pensarla dormida, o soñarla despierta.

     

    En la escritura de la Naturaleza no vale echar migas a los pájaros.

     

    Quiero decir que si yo pusiera migas cada día en el alféizar de la ventana y acabaran viniendo los pájaros, eso no sería Naturaleza, porque es algo que yo estoy haciendo para que suceda otra cosa, y no vale porque sería algo deliberado, artificial y artificioso, es decir, algo que nada tendría que ver con la Naturaleza. Pero si yo sacudo el mantel, no pensando en dar de comer a los pájaros, sino porque lo hago sin pensar cada día, sin ninguna voluntad de ir a por ello, y al final acaba viniendo un petirrojo como el de Emily Dickinson, y que yo no esperaba; o viene un vecino mío como José do Corvo y me ayuda a plantar unos baceles para que crezca una parra que me dé sombra en verano y al final vienen los mirlos a comer las uvas en sus racimos, que las dejan como las cerezas colgando del rabillo, o bajan a comer las que se caen sobre la mesa porque se la sirve la gravedad en bandeja y más tarde aparecen los verderones en invierno a comer las uvas pasas que no se vendimiaron, al no ser nada de eso intencionadamente buscado por mí, entonces es Naturaleza pura, espontánea, aunque provenga de nuestras manos, pero entonces nuestras manos empiezan a parecerse a las de los campesinos cuando echan a volar, soñando con la cosecha, las semillas.

     

    Las palabras de la Naturaleza, ni se puede ir a buscarlas ni se les puede cargar con el peso de nuestra voluntad, porque correríamos el riesgo de caer por el peor de los precipicios, el más profundo abismo del que ya no saldríamos jamás, que es el precipicio de la cursilería; o peor aún, convertiríamos nuestra hoja en blanco en un cementerio lleno de flores, de flores sobre un lugar sin vida.

     

    Saldrían volando las palabras como las palomas torcaces en el campo de al lado cuando abro la puerta, si fuera a buscarlas, y ya no tendrían vida cuando las encontrara, no serían Naturaleza.

     

    Tienen las palabras que surgir espontáneamente en el pensamiento.

     

    Y sin ponerte a escribir.

     

    Decía Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”.

    En la literatura de la Naturaleza es todo lo contrario, la inspiración existe pero tiene que encontrarte con la página en blanco, sin trabajar, en el campo.

     

    Puedes cocinar o pasear, siempre haciendo otra cosa que no es escribir, y de pronto se te ocurre algo como de pronto aparece en la ventana un pájaro que no esperabas, y eso que has escrito es espontáneo y germina y respira y vive.

     

    A mí la inspiración jamás me encuentra trabajando, sino viviendo. El aforismo de Picasso no me sirve. Es más, si trabajo, si me empeño en domeñar la frase, el resultado es nefasto.

     

    Así es la tercera rama. Una rama invisible porque todavía hoy te ponen en la bifurcación para que elijas la rama de las ciencias o la rama de las letras, pero si os fijáis, ahora que están los árboles deshojados, os daréis cuenta de que precisamente en el punto de unión de dos ramas, justo antes de iniciarse la bifurcación, es donde hacen los nidos los pájaros. Ese nido es la tercera rama. Es la vida que no ha buscado el árbol aunque haya venido a posarse en sus ramas.

     

    La tercera rama es el lugar donde anidan las palabras espontáneamente sin que el árbol que las sostiene intervenga con su voluntad.

     

    Para que esto suceda el aislamiento es fundamental.

     

    Porque aunque se nos dé a todos a ver lo mismo, cada uno lo vemos de una manera muy singular, porque hay algo en común en todos los escritores de la Naturaleza, y es el profundo aislamiento, para dar cada uno, del mismo paisaje incluso, algo distinto.

     

    Soñar no es suficiente. Aunque la Naturaleza sea un sueño que dura ya millones de años. Hay que vivir, entre la gente, aislado. Y es curioso porque la especiación se produce de la misma manera: es en las islas, en lo más recóndito de una montaña, en los lugares aislados por las barreras biogeográficas, donde están las especies más singulares. También la biología de las palabras parece requerir ese aislamiento.

     

    Los buenos escritores de la Naturaleza han vivido, al menos en algún momento de sus vidas, aislados. Mi hijo mayor, cuando era pequeño, me dijo en una ocasión: “Mamá, tú casi no tienes vida social”.

     

    Cuando llegamos a vivir a Carraceda, que ni siquiera es una aldea gallega, ni una parroquia, sino lo que se llama un lugar, el lugar de Carraceda, yo no pensaba que acabaría escribiendo. Llegué con dos niños pequeños, uno de ellos en taca-taca, el otro con sus juguetes. Me pareció el paraíso. Recuerdo las tardes de final de primavera, la hierba recién segada del campo de al lado, esa luz que está a punto de marcharse y que es la mejor del día, mis hijos en pijama, recién bañados, uno en brazos y el otro con un avión de juguete. Acabábamos de sembrar la hierba pero había salido lo que llaman en Galicia la xunca, la grama, y Pilar, que aparecía cada mañana en la puerta de casa con la leche recién ordeñada, con la que hacía galletas de nata, un ramo de calas, o de celindas, los grelos para hacer el caldo, dijo que había que arrancarla. Estaban los montones sobre la hierba. Con los del campo de al lado, había tres verdes distintos. El aire tranquilo, la sombra del monte de atrás sobre el monte de enfrente. El olor. La luz, la luz de Galicia, y esa felicidad de la juventud de la que no te das cuenta mientras pasa.

     

    La primera noche que pasé en Carraceda, aún no se me ha olvidado cuando salí y vi al fondo las luces de Merille que en la oscuridad parecían una constelación más del horizonte, tan lleno de estrellas estaba el cielo, como si estuviéramos volando, al no haber alumbrado, y de pronto, el tractor de Manuela, mi vecina, que había mandado a su hijo a que viniera con el pisón a hundir la semilla, a pisarla porque habían anunciado lluvia para el día siguiente, y las luces del tractor iban y venían como las de un faro en la oscuridad entrando por la ventana.

     

    Acabábamos de hacer la mudanza. Teníamos todos los cuadros para colgar dentro de la chimenea.

     

    Me acuerdo que Pilar me dijo, porque me llamó muchísimo la atención su comentario: “No sé si aguantarás tanto silencio”. Y era verdad. Cuando mi hijo mayor estaba en el colegio y el pequeño dormía, todo era silencio. Pero de noche, cuando acababa de recoger la cocina, lo que más me gustaba era salir afuera a cerrar las contras de los dormitorios y a escuchar el silencio. Mi madre, siempre me hacía prometer que cerraría todas las contras, pero hay contraventanas en mi casa que jamás se han cerrado. Y siguen sin cerrar. Pues bien, a mí aquel silencio me encantaba. Es como si el silencio me acompañara. Me parecía acogedor, dulce, aunque estuviera afuera y tuviera que abrigarme porque hacía frío. Pero poco a poco me di cuenta de que no había silencio. Que ladraban los perros o que si había hecho sol ese día y la tierra había elevado su temperatura, estridulaban los grillos. Por el día, además del rumiar de las vacas, que entre tanto silencio se oía con total claridad, venía el murmullo del aserradero, a varios kilómetros de distancia, que es el que traía, con el viento del sur la lluvia; y que cuando pasaba el tren de mercancías, las ramas de los avellanos volaban y caían las avellanas a la vía con lo cual caías tú también en la cuenta de que el tren cuando ya se estaba yendo, cuando ya se había ido, sembraba avellanos sin querer.

     

    La tranquilidad es importante, fundamental, para escribir de la Naturaleza.

     

    Pero ¿quién no tiene hoy problemas hasta en el más recóndito y aislado de los lugares?

     

    Los problemas, además, tienen también su ecología, que viene bien conocer.

     

    Porque los problemas siguen lo que en ecología se conoce como la estrategia de la r, que es la de muchos microorganismos y especies oportunistas, y que consiste en colonizar el mayor espacio de nuestro pensamiento en el menor tiempo posible para no dejar que las soluciones, que siguen la estrategia de la K, como las especies de crecimiento más lento pero más seguro, prosperen.

     

    Esto quiere decir que si dejamos que la hoja en blanco, esa tierra delimitada y limitada de nuestro pensamiento, sea colonizada a toda velocidad por la abrumadora cantidad de problemas con los que amanecemos cada día, no quedará lugar para soñar, para anticipar, para imaginar las soluciones que nos podrían ayudar a resolver esos mismos problemas.

     

    En el escritor de la Naturaleza ese espacio en blanco, esa tierra sin colonizar por la dificultad, debe ser más amplia, y debe estar más limpia, más protegida, para que cuando llegue la semilla de una palabra, o de una idea, germine.

     

    Esas ideas, esas palabras, deben estar siempre sustentadas por el conocimiento, pero para el conocimiento, para la sabiduría, la persona de la que menos me fío es de mí.

     

    Hay que mirar, leer, consultar. Hasta para la más diminuta cigarrilla, Cicadella viridis (Linnaeus, 1758) que salta en verano entre la hierba y que tiene en los élitros todos los azules turquesa del ala de una carraca de Durero, hay un especialista que la ha estudiado.

     

    Te sorprendes de la cantidad de científicos que han hecho tesis doctorales sobre las más diminutas especies, insignificantes hasta que das con alguien que sabe. Y cuando encuentras a ese experto ¿cómo puedes estar seguro de que sabe lo que dice? ¿Cómo dar por pura esa fuente? Porque lo primero que te responde cuando le preguntas, es: “No sé, no te puedo decir, no estamos del todo seguros”.

     

    Pero el conocimiento no sólo se obtiene gracias a los científicos de las universidades, sino también con las personas que, por su actividad, están en contacto permanente con la Naturaleza, marineros, ojeadores que a voz en grito levantan la caza, agentes forestales, campesinos…

     

    José do Corvo me tomaba mucho el pelo con esto. Yo, que os tengo que pedir disculpas a los que me conocéis porque me cuesta mucho concentrarme en lo que me dicen, aunque hago verdaderos esfuerzos por escuchar; soy toda oídos cuando alguien me habla de la Naturaleza porque sé que el agua de esa conversación hará germinar quizás alguna semilla sobre la hoja en blanco. Es como si los oídos y la vista seleccionaran muy a mi pesar lo que quieren ver, y lo que quieren escuchar.

     

    Si José le decía a los sarmientos “ten cuidado, no te vayas a tronzar”, o si contaba que el pájaro carpintero relinchaba porque estaba, del calor, llamando por el agua; no me hacía falta ni el papel ni el lápiz porque mis oídos lo apuntaban.

     

    Todas las tardes iba José a leer el periódico a la cafetería París.

     

    Un día me lo encontré, antes de marcharse y le pregunté: “Buenas tardes, José: ¿crees que lloverá mañana?”.

     

    Como era costumbre en él, tardó más de un minuto en responderme.

     

    Observó con detenimiento unas nubes que, quietas, nos sobrevolaban, para después seguir con la mirada el vuelo de una pareja de cuervos. Llevaba en la cabeza su boina negra, y el palillo en la boca, cuando acabaron detenidos sus ojos infinitos y azules en la tierra, donde dio por concluido el silencio:

     

     “No sé, no te puedo decir, aún no fui al París a leer el periódico”.

     

    Así era José do Corvo.

     

    El conocimiento, en fin,  te lo dan los otros, como a la Naturaleza se lo da cada especie que precede a la otra. Pero aquí no te enseña nadie a hacer literatura de la Naturaleza, primero viene el conocimiento, y luego eso aparece en tu imaginación para ser escrito. Hay una disposición especial en la manera en la que se miran las cosas, como mira su tierra el campesino, así miras las palabras y el conocimiento, como algo susceptible de dar algo que vaya más allá de la ciencia, que sea literatura, que avance por la tercera rama. Y de ese conocimiento, nace la compasión, el sufrimiento cuando observas que toda vida, sea cual sea la especie, es finita, que acaba en algún momento.

     

    De todas maneras, más aún que el conocimiento, puede que lo más importante en la literatura de la Naturaleza sea el orden.

     

    Quiero decir que cuando se te ocurre una frase de la Naturaleza y estás en mitad del campo y no he llevado, como me suele ocurrir, un lápiz, entonces el camino de vuelta ya sé que será repitiendo una y otra vez la frase con cada paso; no para recordar qué decía lo que de pronto se me ocurrió paseando, sino para no olvidar el orden, la sintaxis, la manera exacta en la que vinieron volando al pensamiento las palabras porque con que varíe un artículo de sitio, cambiaría toda la frase. El orden de las palabras sí altera el producto.

     

    Es curioso porque en realidad todos y cada uno de nosotros estamos hechos de esa manera, con una combinación de letras más precisa que la de los números de una caja fuerte, C, A, T, G, citosina, adenina, timina, guanina, bases nitrogenadas que se distribuyen por esa doble hélice en forma de escalera de caracol que es nuestro ADN y donde, con sólo variar el orden de una de esas letras, seríamos distintos.

     

    Pero que seamos capaces de componer con acierto una frase de la Naturaleza no significa que seamos creadores.

     

    Solía decir Julián Marías que le parecía muy pedante que alguien dijera de sí mismo que era un creador, porque creador es el que crea de la nada, luego creador sólo puede ser Dios.

     

    Y si bien tiene toda la razón Julián Marías, lo que resulta innegable es que podemos recrear, llegar a ser recreadores de la Naturaleza.

     

    Hace poco leí un fragmento de un libro de Monet que recoge muchas de sus cartas, titulado Los años de Giverny, y en una de ellas le pide al prefecto del pueblo que le deje hacer un estanque, es decir, que le permita hacer las obras de lo que luego más tarde pintaría.

     

    “Para renovar el agua de un estanque que quiero abrir en el terreno que me pertenece para cultivar plantas acuáticas”.

     

    Había ya pues una voluntad manifiesta de pintar un estanque que aún no existía, aunque probablemente, creo yo, debía de existir ya en su imaginación, lo estaba ya soñando, y de hecho creo que lo que pintó finalmente no fue el estanque, porque hace unos meses lo vi, y la verdad, no me entusiasmó, me pareció incluso feo, pretencioso, cursi, pero ¿a quién no le gustan los cuadros de Monet de la serie del estanque, ya sean las glicinias, o los nenúfares?

     

    Yo me pregunto muchas veces ¿por qué jamás vemos en el campo a la gente haciendo cola para mirar la hierba recién segada, o acumulada en los almiares? ¿Por qué no se amontonan las multitudes observando el viento en los álamos, y sin embargo hay personas que hacen cola horas y horas alrededor de un edificio para ver cómo Monet ha detenido el viento en las ramas de esos mismos álamos que él pintó sin que hubiera nadie mirándolos?

     

    Probablemente porque los estaba soñando mientras los pintaba.

     

    Y ese sueño, esa mirada, ese atravesar la Naturaleza el alma y la mano de una persona hace que esa Naturaleza que no valía nada, adquiera un valor incalculable.

     

    ¿Qué hay pues, me pregunto, dentro de nosotros, que consigue hacer de algo artificioso y artificial, algo valiosísimo y silvestre?

     

    No lo sabemos.

     

    Pero nos atrevemos a afirmar que sólo permanece lo verdadero en medio de la nada.

     

    Y puede también que si a Miller jamás le salió bien su experimento, aunque él se diera por contento no habiendo obtenido vida, fuera porque le faltaba un ingrediente, que aún hoy no tenemos ni idea de en qué consiste, porque nadie hasta la fecha ha sido capaz de crear la vida partiendo de la nada en un laboratorio, pero que quizás tenga que ver con algún elemento que pudiera haber dentro de todos y cada uno de nosotros, heredado especie a especie desde el principio, y que nos faculta para convertir el más artificial estanque de plantas cultivadas, en algo silvestre y verdadero. Otra vez Naturaleza, después de haber conocido el artificio.

     

    No quiero terminar sin referirme no ya a todos los que a mi parecer cultivaron, magistralmente, esta tercera rama, donde podría citar a Emily Dickinson, Rosalía de Castro, H. D. Thoreau o William Henry Hudson, quien murió en Londres en la miseria tras haber vivido en la Pampa argentina donde para saber en lontananza dónde estaba la casa de una estancia, se plantaban ombúes, árboles de la bella sombra que servían para encontrar cobijo en el infinito.

     

    No me voy a referir a todos los que han hecho literatura de la Naturaleza.  Sólo a los que, por diferentes circunstancias de la vida, pude hablar en alguna ocasión con ellos.

     

    Y el maestro de todos ellos fue, a mi parecer, Miguel Delibes.

     

    Es como si el alma de Miguel Delibes hubiera venido al mundo con el encargo de apuntar lo que existe, lo que es verdad, lo que merece la pena, para que no se vaya todo del todo. Lejos de ser un don, es una dulce condena, una vida sacrificada a tomar nota de la vida. Por eso, con Miguel Delibes, todos estamos en deuda.

     

    Y aunque no tuviera el don de gentes con el que nos cautivara Miguel Delibes, es de justicia reconocer que Camilo José Cela fue un gran escritor de la Naturaleza. Su Viaje a la Alcarria me parece una joya de la tercera rama y, a veces, leyendo sus artículos, tuve la impresión de que era un niño con el capricho sin cumplir del todo, de escribir de la Naturaleza.

     

    José Antonio Muñoz Rojas es el mejor poeta de la Naturaleza que yo he conocido. Será difícil que aparezca un libro más hermoso de la Naturaleza que su Las cosas del campo.

     

    En realidad, el poeta es un notario que dice: doy fe: esto vive, esto vuela, esto da sombra, esto tiene el color de la luna.

     

    Cuando José Antonio Muñoz Rojas ve los campos andaluces profusamente florecidos de blanco por las flores en umbela del anís, la matalahúga, mira, sueña y escribe: 

     

    “La matalahúga la siembra la luna”.

     

    Por esto el poeta sólo quiere el campo, y a solas.

     

    Por último Gonzalo Torrente Ballester, que me enseñó que para pronunciar una palabra de la Naturaleza, antes había que haberla vivido, casi nacer con ella, como cuando me habló del verdín que tenían las piedras de las playas de San Jorge y de Doñinos, que eran, y siguen siendo, “unas playas preciosas”, donde Gonzalo Torrente Ballester jugaba de niño y donde se resbalaba con el verdín de las piedras.

     

    Con ese verdín que no sería yo capaz de pronunciar termino con un artículo que no es ningún ejemplo solemne de todo lo que os he dicho, sino todo lo contrario, un sucedido trivial que me ocurriera con unas piedras, cubiertas de verdín, que fui a comprar un día.

     

    Y ¿por qué acabo con este artículo?

     

    Porque fue el que me vino a la cabeza, como un pájaro, cuando pensé en cómo acabar esta conferencia.

     

    Se titula La fuente,  y con ella os doy las gracias por haberme atendido.

     

     

    La fuente


    Allí podría haber una fuente de piedra. Allí, al fondo, ¿ves el hueco?, donde están los rosales blancos de espinas rojas; bueno, ahora sólo tienen espinas que esperan las flores. No sé si te das cuenta, entre la gardenia y el naranjo, donde la tierra está empapada de agua y de helechos, justo allí, podría haber hoy una fuente de piedra.

     

    Ya sabes que lo más caro de la piedra es el porte y es el tiempo que pasó por ellas. El porte, me lo solucionaron unos amigos que se iban a traer un camión entero; el tiempo, lo perdí completamente. Ahora te cuento. El caso es que con cuatro billetes de los de antes en el bolsillo, me fui a comprar cuatro piedras: tres de base rectangular, para colocarlas una encima de la otra, y una cornisa que partiría a modo de tejado a dos aguas sobre los caños, junto a los que grabaría una fecha que no desentonara con las piedras: AÑO 1999, un año que ya parecía antiguo mientras estaba transcurriendo.

     

    El lugar donde se amontonaban las piedras, daba para varias novelas. En lo alto, sobre la ría, frente al azul del mar y del cielo, se juntaban escaleras que llevaban a ninguna parte, chimeneas sin fuego, balcones, ventanillas, puertas rotas de lo que fuera un banco seguro, escudos de pazos derribados, baldosas hidráulicas de un convento. Yo sólo quería cuatro piedras. Mi madre suele decir que no hay nada que dé más pena que un hombre llorando, pero a mí me produce más tristeza un hombre haciendo el ridículo, como cuando el vendedor de piedras, calzado con esos mocasines que llevan su marca grabada en la lengüeta, resbaló y casi se mata, entre sus tumbas de piedra.


    Le expliqué lo que quería, y pareció entenderlo perfectamente al mostrarme tres piedras amarillas de humos, de vejez y de nieblas; y una cornisa donde había prendido, entre criptógamas, el paso del tiempo. Así que le di la mano, y el dinero. A los pocos días, al llegar a casa, vi al fondo, entre la hierba, una mancha blanca. Según me iba acercando, descubrí aquellos pedruscos deslumbrados que veían la luz del día por vez primera: el de los mocasines, me había tomado el pelo. Lo más curioso fue la forma en que pasó de intentar convencerme de que los líquenes y los musgos, los había imaginado yo todos, a confesar que sí, que eran otras piedras, pero que eran mejores. Bueno, muy bien, le dije, éste es mi número de cuenta, para que me ingrese el dinero, y ya sabe dónde están las piedras, que no las quiero ver aquí mañana. Al poco rato, llamó y me dijo: “no se preocupe por el dinero, que ya se lo he ingresado, y las piedras: las piedras te las regal”.


    A veces creo que en el curriculum de una persona no deberían de figurar los honores concedidos, que quizá fueron regalados, sino los premios a lo que jamás se ha presentado ya que tal vez tiene más mérito que el propio galardón, resistir la tentación de verse galardonado, así que insistí: “mire, perdone si no me he expresado con suficiente claridad: mañana por la mañana no quiero ver aquí sus piedras”.

     

    Al día siguiente, la hierba empezó a levantarse, aliviada del peso. Y pienso que lo que más vale de mi casa es ese hueco donde podría haber una fuente de piedra, allí, al fondo, junto a las espinas que esperan a las rosas.

                                           

     

     

    Este texto es una variación de la conferencia que la autora pronunció en el Casino de Madrid el 28 de febrero de 2013.

     

     

     

    Mónica Fernández-Aceytuno es escritora de Naturaleza y editora de aceytuno.com 

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