Torres de la catedral de Brixen

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    Tirol, la belleza hecha piedra

    Texto y fotos: Gerardo González Calvo - 02-04-2015

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    Estaba noviembre pisándole los talones a un diciembre gélido y oteé la ciudad de Brixen desde la terraza de un hostal del barrio de Milland. Eran las diez de la mañana y el termómetro marcaba siete grados bajo cero. Me puse guantes, un abrigo, una gorra y una bufanda y decidí bajar caminando hacia el centro de la ciudad. Justamente a la altura donde se levanta una casa antañona llamada Villa Sabiona, cuya fachada aún conserva varios frescos algo desvaídos, se extiende un puente sobre el río Isarco que a muy pocos metros se abraza con el Rienza. El cauce de estos dos ríos no es muy ancho, pero lleva aguas revoltosas y rumorosas que saltan sobre piedras potentes, como si tuvieran prisa de desembocar en el río Adigio, a la altura de Bolzano, después de recorrer 80 kilómetros desde su nacimiento en Brénnero.

     

    Brixen está incrustada en el valle de Isarco y rodeada por los Alpes Orientales. Es la tercera ciudad más poblada de Tirol del Sur, después de Bolzano y Merano. Los italianos la llaman Bressanone. Es una ciudad esculpida en piedra, impoluta y silenciosa. Conserva un severo aspecto medieval que enaltece el rigor del frío que se intensifica a medida que me adentro en su monumental arquitectura.

     

    El suelo de la plaza de la catedral y de las calles adyacentes está trazado con adoquines de granito y de pórfido, piedra volcánica de color rosáceo que lleva en sus entrañas 250 millones de años. En el entorno de la catedral serpentean calles estrechas. Por allí se accede a soportales repletos de tiendas de moda, joyerías, algunas cafeterías y casas con balcones barrocos. Todas las tiendas anuncian sus productos en alemán y en italiano, las dos lenguas oficiales de Tirol del Sur. Me sorprenden dos productos genuinos del Tirol: el Glügwein o vin brulé (vino caliente) y el Speck, jamón adobado con ajo, sal laurel, nuez moscada y enebro. La gente está muy abrigada, pero habla poco y apenas gesticula.

     

     

    La ciudad del Cordero pascual

     

    Brixen rezuma una religiosidad secular, que se remonta al Sacro Imperio Romano Germánico, cuando se creó la figura del príncipe-obispo allá por el siglo XII; fue en tiempos de Federico I Barbarroja y perduró hasta principios del siglo XIX. No lo disimula; lo asume con la misma naturalidad que las iglesias mestizan los estilos gótico, renacentista y barroco. Es conocida como La ciudad del Cordero pascual. Un cordero coronado lleva un estandarte con el escudo de Brixen y aparece reproducido por toda la ciudad. Proliferan iglesias con una torre gótica no solo en la ciudad, sino también en todos los pueblos vecinos. Las torres góticas son los campanarios, un rectángulo empinado pegado a la iglesia rematado por una pirámide con el tejado rojo. Hay otros campanarios que los llaman popularmente de cebolla, porque están rematados en forma de bulbo.

     

    Abundan por doquier la Feldkreuz o Cruz de campo. Es un Cristo de tamaño natural tallado en madera, guarecido por un tejadillo mínimo. Los hay a la entrada de caseríos, de bosques u otras propiedades, tanto particulares o comunitarias.

     

    Muchas casas, en particular las más antiguas, tienen sus fachadas con frescos de la Virgen, de ángeles mofletudos y de santos. Otras están saturadas de animales y boscaje. Tienen la mayoría unas ventanas de madera enmarcadas con cenefas ocres y azules. El paso del tiempo ha empalidecido los colores. Algunas parecen construidas a propósito para un cuento de gnomos y de faunos.

     

    Un día fui a Brénnero, en otro tiempo frontera entre Austria e Italia. Aquí escribió Goethe una página de su diario Viaje a Italia. De ello da fe una placa con su fecha: 8 de septiembre de 1786. Me acerqué de Brénnero a Santk Jodok am Brenner, un pequeño pueblo austríaco. Entré en la iglesia, llena de santos y altarcitos, y me llevé una gran sorpresa: en el presbiterio hay un gran retablo de la Virgen y a su izquierda el madrileño San Isidro Labrador.

     

     

    Dolomitas, las catedrales de la tierra

     

    La palabra Dolomitas sugiere grandiosidad y belleza, no tanto porque estas montañas deben su nombre al descubridor de la composición de su estructura pétrea en 1791, el geólogo francés Déodat Gratet de Dolomieu, ni porque en el año 2009 la Unesco las declaró Patrimonio de la Humanidad. Su alcurnia emana de ellas mismas. A medida que uno se acerca a las Dolomitas y divisa sus picos desiguales, rojizos al atardecer, te invade una sensación de magnificencia. Y más si observas los miles de abetos con las ramas inclinadas por el peso de la nieve, como si quisieran reverenciar el esplendor del paisaje. Otras veces, estos abetos semejan una tupida empalizada entre los valles y las montañas. Más arriba, entre los 1.800 y 2.000 metros de altitud, crece el aromático pino cembro, admirado y cantado con prosa franciscana por Mauro Corona en su libro Le voci del bosco (“Las voces del bosque). Es una lástima que no esté traducido al castellano.

     

    Alguien llamó a las Dolomitas las catedrales de la tierra, porque allí se divisan –sin forzar mucho la imaginación– torres, crestas almenadas, cúspides y campanarios. Tiziano las pintó como fondo de algunos de sus cuadros, como el Retrato de la emperatriz Isabel de Portugal y La presentación de María en el templo. No en vano Tiziano nació en la provincia de Belluno, sección oriental de las Dolomitas.

     

    Las formas recortadas y heterogéneas de sus relieves se deben a la acción de los agentes atmosféricos que a lo largo de millones de años han corroído los estratos superficiales más blandos, formando en ocasiones torres, grietas, agujas... Con mi máquina fotográfica capté algunas paredes de rocas lisas y brillantes, como si estuvieran talladas con un cincel; otras tenían formas irregulares, caprichosas, erosionadas por la lluvia y la ventisca.

     

    Comí a las doce y media en un restaurante llamado Rio Gere, en los bajos de unas pistas de nieve. Es uno de los 51 restaurantes que hay en Cortina d’Ampezo, un privilegiado paraje exaltado por todas las guías turísticas. Está decorado con motivos tiroleses; llama la atención un enano burlón que tiene incrustados dos cuernos auténticos en los muslos a modo de piernas; de la mano izquierda le cuelga un farol; detrás, hay un Cristo de madera en la pared. 

     

    Me quedé pasmado al ver desde el helado lago Misurina, a 12 grados bajo cero, las famosas Tres cumbres de Lavaredo, que forman parte del mítico Rosengarten (Jardín de las flores) o Catinaccio. El Jardín de las flores se relaciona con una leyenda de Laurino, rey de los enanos que vivían en las cuevas de las Dolomitas. Laurino había cultivado allí un jardín de rosas. Un día vio en el bosque a la princesa Similde y decidió secuestrarla, pero fue apresado y encarcelado por su padre. Cuando lo puso en libertad muchos años después, Laurino volvió a sus cuevas y las encontró vacías. Con una fórmula mágica convirtió sus rosas en piedra y las ocultó para que no las viera nadie, ni de día ni de noche. Pero se olvidó del crepúsculo. Por eso, en las puestas del sol aparecen las sombras de las flores de Laurino, que tiñen de rosa las cumbres dolomíticas de Rossengarten. Esta leyenda explica el fenómeno de la “enrosadira”, palabra ladina que significa “volverse de color rojo”. Las Dolomitas adquieren este color rosáceo cuando se proyecta sobre ellas el sol al atardecer.

     

    Otro mundo, otras sensaciones, otros sueños que ni siquiera desvanecen los 12 grados bajo cero. Al lado de mi buen amigo Romeo Ballan, mi primer director de la revista Mundo Negro, me estremecí no de frío, sino de emoción ante tanta exuberante belleza. Al volver a Brixen, resonaron en el rasdiocasete del coche varios yodel, los imponderables cantos guturales tiroleses que concitaban, según me pareció, a todos los espíritus de las montañas. Me di cuenta, de pronto, de que aquellos sonidos no los había escuchado desde que vi en televisión, no recuerdo los años, la serie de dibujos animados de la inefable Heidi.

     

     

     

     

    Gerardo González Calvo es periodista. Trabajó en la redacción de la revista Mundo Negro durante 42 años, buena parte de ellos como redactor jefe. Ha publicado, entre otros, los libros África, ¿por qué?; África: la tercera colonizaciónHola, África y África. Saqueo a tres bandas. En FronteraD ha publicado La gran lección de Nelson MandelaMáscaras, danzas y un poco de miedo y Un silencio clamoroso: África en los medios 

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