John H. White. Foto: Andrew A. Nelles. Chicago, 2008.

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    Todos los fotógrafos a la calle. John H. White y la filosofía de la resistencia

    Adrián Blanco Ramos, Chicago - 31-07-2014

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    “Es un golpe enorme, pensaba que nos traían nuevas cámaras, imagínate, no me lo esperaba”. El reportero John H White, ganador del premio Pulitzer, se queda pensativo. Hay giros de la vida que dejan tocado hasta a uno de los mejores fotógrafos del continente americano. “En veinte segundos, una decisión cambió la vida de 28 personas, de 28 familias”.

     

    Habla de los despidos que ejecutó el Chicago Sun Times el pasado verano y que dejó en la calle a todos sus fotógrafos, entre ellos a White. Sus  cámaras fueron sustituidas por unos iPhones que el diario entregó a los redactores para que ilustrasen sus piezas informativas. A pesar de la sorpresa, de la tristeza, White se aferró a su lema: Keep in flight. Se mantuvo en el aire. Resistió.

     

    John H. White es un tipo al que le cuesta mantener la seriedad. Pausado, tranquilo, de profundas convicciones religiosas. La sonrisa perenne destaca en su rostro. Acude a la cita, en una coqueta terraza de un restaurante en el suburbio de la Universidad de Chicago, con su eterno chaleco beige multibolsillo y dos cámaras colgadas del hombro. Viene con su colega de profesión Charles Osgowood, ahora jubilado, pero que desarrolló toda su trayectoria en el Chicago Tribune. Despreocupados, otean la ebullición de la calle repleta de universitarios, que pasadas las seis vuelven a sus estudios o buscan un lugar para cenar. Basta una llamada de atención para que obvien el ambiente, saluden con afecto y comiencen a envolver la mente de quien les escucha con palabras, gestos, historias que colmarán las próximas horas de conversación.

     

    A White le dibujaron un futuro desalentador en la escuela primaria. Pero luchó, y supo salir adelante, entre otras cosas, gracias al apoyo de su padre. A los catorce años le entregó una cámara para que fotografiase las cenizas de la iglesia a la que acudían, destruida en un incendio, y su posterior reconstrucción. Hoy, le avalan más de cuarenta años como reportero y su experiencia como profesor en la Universidad de Columbia. Entre otros galardones, en 1982 ganó el premio Pulitzer, el máximo reconocimiento periodístico, por mostrar la diversidad de la población negra de Chicago para el proyecto gubernamental Documerica.

     

    Pide una hamburguesa y unos panes con tomate y queso.

     

    —¿Debo ser honesto con mis respuestas? –pregunta White–. Vale, en ese caso seré John serio.

     

    Viene hambriento. Ha pasado el día inmerso en un proyecto fotográfico.

     

    —Si sólo hubiese tiempo para una pregunta, ¿cuál sería? –dispara, como si de una máquina de fotos se tratase. El John serio no sabe dejar de bromear, pero pronto olvida el hambre y se entrega a la charla.

     

    A White, su condición de reportero no le abandona: “No elegí el periodismo, él me eligió a mí”. Quizá por eso le resulte tan fácil hacer fotografías. “Cuando hago esto –aprieta un botón imaginario con su dedo índice–, el trabajo está hecho”.

     

    Su padre lo introdujo en el mundo de la fotografía. Su madre le enseñó una de las lecciones más valiosas de su vida: “Haz un amigo cada día”.

     

    Un consejo que siempre tiene en cuenta y que le ha permitido desarrollar la faceta social del periodismo. “Ella nunca conoció a un extraño”, explica emocionado.

     

    Pero en la vida de un fotógrafo también hay situaciones difíciles, “momentos tristes donde tienes que capturar el momento”. Gesticula como si se parapetase detrás de la cámara: “Estás ahí y hay dolor en el ambiente”. En cualquier caso, argumenta, “el periodista comparte lo que la gente comparte, siente lo que ellos sienten”. En una ocasión, uno de los protagonistas de una historia le agradeció que se interesase por su estado antes de que lo retratase. White, que hizo su trabajo, no olvida las palabras de aquel hombre: “Gracias, eres la primera persona que se ha interesado por lo que siento”.

     

    Es “doloroso y muy duro” acercarse a los desastres y las muertes, pero hay que hacerlo para que las imágenes expliquen lo que ocurrió y no caiga en el olvido. Con el tiempo, para sobrevivir, White ha aprendido a alejarse de las desgracias, ya que cuando está frente a situaciones duras “es cuestión de humanidad sentirse embargado por la historia del otro”. “Porque a todos nos late el corazón”, por mucho que podamos ser “diferentes”, como muestra su “pasaporte” de tez negra. Por mucho que hablemos “lenguas distintas”. Ese latido es clave para escuchar y compartir las historias de las personas más desamparadas.

     

    Prueba de ello son sus fotografías realizadas para Documerica durante 1973 y 1974, una iniciativa promovida por el Gobierno americano. El proyecto pretendía mostrar a las diferentes comunidades de Estados Unidos tal y como eran. White realizó una serie fotográfica donde mostraba el orgullo y el espíritu de supervivencia de la población negra más desfavorecida. El fotógrafo pateó las calles de los suburbios negros y empatizó con los vecinos, siempre dispuestos a ser retratados. White reconoce que han cambiado “muchas cosas: el ambiente, las condiciones, la gente, los negros, el orgullo, el hecho de tomar las fotografías con un fin positivo”. Ahora, dice, “hay violencia y el interés social por estas comunidades ha desaparecido”.

     

    En su caso, ese interés persiste. “No me pertenezco, pertenezco, sirvo al mundo”, afirma White, que tiene un marcado afán por servir a la comunidad.

     

    —Puedes hacer lo que quieras en esta vida. Elegir tener la mayor fortuna o servir a los demás”.

     

    Sus convicciones y vínculo religioso le invaden: “Decides si esta vida gira alrededor de ti o de los demás”. Es una cuestión de seleccionar qué hacer con el tiempo, continúa. Y para esa elección “no importa qué comida utilices; lo importante es una correcta nutrición de la mente, del espíritu”. Aunque la vida está llena de escenas, de imágenes y de palabras, el sentimiento más importante, desde su punto de vista, es el amor. “Es lo que he obtenido de este mundo y lo que quiero transmitir”. Para White todas las personas son “importantes”, como queda reflejado en sus trabajos.

     

    Respecto a sus planes de futuro, White divaga con la idea de que “volverá a volar”, con que está buscando una meta… “Habla de tu libro”, le interrumpe Osgowood, “está preparando una recopilación de sus trabajos”. White, tímido, resta importancia al proyecto: “Pregunté a Dios varias veces sobre mi plan de ruta y estoy a la espera de respuesta, pero creo que está ocupado”. Ríe. En realidad, ahora tiene más tiempo y hay varios libros que le gustaría hacer.

     

    Está en ello. En este tiempo no ha dejado de buscar tareas que le permitan mantener el vuelo. Resistir.

     

    —Es importante darse cuenta de que uno no se pertenece, sino que pertenece al mundo, que tiene una responsabilidad –recuerda.

     

    El siguiente paso para él es “buscar en el Google del corazón” qué hacer. En la vida, explica, hay que ir a “la cima de la montaña”, y la forma más fácil de hacerlo es con “metas, con objetivos bonitos para que el camino sea divertido y soleado. Hay que hacer el viaje al completo. Es difícil, es íntimo, pero una vez que llegas a la parte más alta de esa montaña, cuanto más tengas, más hayas aprendido, más puedes compartir”. Así es para White el comportamiento humano, el sentimiento humano. Por eso su filosofía de vida no se reduce al Pulitzer: consiste en mejorar y no rendirse nunca. Y para ello hay que “mantener el vuelo”.

     

    Keep in flight.

     

     

     

     

    Adrián Blanco Ramos es periodista. Interesado en el periodismo de datos y narrativo, trabaja en la sección de Política en la Agencia EFE. En FronteraD ha publicado Una línea roja todavía divide Chicago en dos realidades y forma parte del blog colectivo El Inquirer. Su blog, aquí. En Twitter: @lapichicera

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