Javier Pérez, "Carroña"

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    Tras la belleza del vidrio veneciano

    Alejandro Ipiña - 23-07-2015

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    Se cuenta que hace unos cuantos miles de años, siete mil por ejemplo, unos fenicios que se dedicaban a comerciar por el Mediterráneo encendieron una hoguera en una playa. Les gustaba el pescado a la brasa y tuvieron la ocurrencia de rodear el fuego con unos trozos de carbonato de sodio que llevaban para vender. Este mineral baja la temperatura a la que se funde el sílice. Al apagar el fuego se encontraron con una piedra dura y brillante. Era la primera forma de vidrio fundido hecha por el hombre. Antes lo habían visto en alguna ladera de un volcán. Pero ese día, en aquella playa, en el crepúsculo del atardecer, se dieron cuenta de que ese material lo podían fabricar con sus propias manos. Esos comerciantes se acababan de transformar por pura casualidad en alquimistas, y se llevaron en el zurrón el secreto del vidrio.

     

    La humanidad, desde entonces, ha hecho un largo camino modelando vidrio. En la Estación Experimental del Vidrio de Murano tienen registradas tres mil quinientas fórmulas, que proporcionan toda la variedad imaginable en durezas, texturas, colores y ausencias de color como el purísimo cristal, que no se ve.

     

    Cada dos años y durante seis meses Venecia se convierte en un hervidero en el que se cuecen todas las expresiones imaginables del arte. Todo gira alrededor de la Bienal, que ya va por su 56ª edición. Abriéndose paso en ese difícil mundo, desde hace un tiempo se encuentran los locos del vidrio, el arte expresado en vidrio. Surge de la unión entre los alquimistas del vidrio y los artistas. Un maridaje perfecto para Venecia, que cuenta con los mejores maestros vidrieros del mundo y donde se respira arte en cada esquina.

     

    Es un momento muy especial para ver de qué va esta historia. Si se tiene la suerte de viajar a Venecia por estas fechas recomiendo dejarse llevar por la magia del vidrio, un material que lleva hipnotizando a los hombres desde aquellos lejanos tiempos en que lo descubrieron unos fenicios gourmets en un hermoso atardecer. Sugiero un circuito: la tienda Venini, en Murano; Le Stanze del Vetro, dentro de la Fundación Cini en la isla San Giorgio; Glasstress, con dos sedes, una en el Palacio Franchetti y otra en el pabellón industrial reconvertido en sala de exposiciones por Adriano Berengo en Murano, y si se tiene un poco más de tiempo ir a una demostración de vidrio soplado en la Escuela Abate Zanetti.

     

    La tienda Venini en Murano está pensada como una galería de arte. Diseñada por Carlo Scarpa, en ella se muestra lo mejor de la producción de esta firma que fundó Paolo Venini, un abogado milanés que se fue a vivir a Venecia y como tantos otros se enamoró del vidrio elaborado por los maestros de Murano. Además vio que allí había negocio. Le gustó tanto el tema que acabó montando una fábrica por la que pasaron algunos de los mejores diseñadores de la época, y al final él mismo acabó diseñando piezas en vidrio. Se rodeó de creadores como la sueca Tyra Lundgren o el arquitecto Carlo Scarpa, pero no descartó la idea de vender a los turistas pequeñas piezas que pudieran llevarse a sus casas. Se dio cuenta de que solo compraban objetos pequeños. Fue un tipo listo, con conocimientos técnicos y con un gusto refinadísimo.

     

    Paolo es uno de los culpables de la epidemia de vidrio que anega Venecia. Pero también de la excelencia que se ha alcanzado con los trabajos en vidrio. Las dos cosas van unidas: los turistas que se llevan pequeñas figuritas del más puro estilo kitsch han ayudado a mantener viva la industria del vidrio, y en especial a los maestros vidrieros, y de vez en cuando estos pueden escapar de su rutina de floreros, platos o pajaritos y elaborar piezas de altísimo nivel.

     

    Según Andrea Tossi, autor de La memoria del vetro, libro en el que recoge testimonios de los principales maestros vidrieros, en la actualidad quedaran unos sesenta en Murano. La mayoría son especialistas, unos en lámparas, otros en floreros y otros en esculturas; muy pocos dominan todas las técnicas. Lo que sí está claro, y en eso coinciden todos a los que he preguntado, es que los maestros tienen que ser fuertes, condición necesaria para poder sostener la caña donde portan el vidrio que trabajan. Lo he probado y pesa mucho la caña. Estos artesanos no necesitan ir al gimnasio al salir del trabajo. Además hay que vigilar posibles problemas de deshidratación. Tienen que estar permanentemente bebiendo agua para compensar el calor que mana de los hornos. Es un oficio de hombres. No se conoce a ninguna mujer que haya llegado a maestra.

     

    Gracias a estos hombres se han podido hacer obras como las que idearon Tyra, Scarpa, Martinuzzi, Wirkkala, etcétera. Algunas de estas piezas son de una delicadeza que asombra. No tienen nada que envidiar a las mejores lacas japonesas o los finos trabajos de los artistas chinos del jade. No romperán los mercados de las subastas con sus precios, pero se cotizan y se siguen vendiendo. Al unir sus fuerzas con los diseñadores los maestros consiguieron modelar unas obras destinadas al mercado de lujo, un ámbito del mercado internacional en el que no es fácil adentrarse. Para ello se requieren dos facetas: belleza y diferencia, algo que los coleccionistas aprecian. También juega un papel decisivo la firma: convierte la pieza en un objeto único, singular, debidamente catalogado. Por eso empezaron a identificarlas con la marca de la casa, el año y en algunos casos la firma del diseñador.

     

    Con la idea de revalorizar y promocionar lo mejor de la producción del vidrio veneciano del siglo XX, la Fundación Cini ha sumado sus fuerzas a la Pentagram Stiftung. En la isla de San Giorgio han creado lo que han llamado Le Stanze del Vetro, un proyecto a diez años. La Pentagram es una fundación privada con sede en Suiza dedicada a mostrar la importancia del vidrio, en el arte y la historia de Venecia y en las nuevas tendencias del arte contemporáneo.

     

    La isla de San Giorgio, frente a la plaza San Marcos, es un lugar que hay que visitar. Cedida a la Fundación Cini para dedicarla al cultivo de la excelencia en las artes y el bel canto, perder una mañana en esta isla es una de las mejores inversiones que se puede hacer si se viaja a Venecia.

     

    Le Stanze de Vetro es un espacio versátil, pensando para realzar la belleza del vidrio. La iluminación ha sido pensada por Alessandro Díaz de Santillana, artista que tiene al vidrio como su materia de trabajo y que ha expuesto junto con su hermana Laura en Le Stanze. Los hermanos Santillana, nietos de Paolo Venini, hijos de Ludovico Díaz de Santillana, pertenecen a la aristocracia del vidrio. La Stanze se inauguró con una exposición dedicada a Carlo Scarpa. Le siguió Martinuzzi. Ahora mismo se expone una muestra de lo mejor del vidrio finlandés, con piezas que pertenecen a la colección Bischofberger.

     

    Lo mejor de todo es que al lado en una huerta del monasterio de San Giorgio Maggiore han abierto una Glass Tea House, ideada por Hiroshima Sugimoto, en línea con el nuevo zen japonés. Asistir a una ceremonia del té en ese espacio transmite la esencia de lo mejor de Japón, como si te hicieran ciudadano honorario de Kioto.

     

    Con cada exposición editan un catálogo elaboradísimo, que de seguir así se va a convertir en una colección imprescindible para los amantes del vidrio. Esperemos que algún día los liberen en internet, como están haciendo muchas fundaciones con sus catálogos, por ejemplo la Juan March o Mapfre. La propia Fundación Cini libran con un poco de retraso su cuadernos Saggi e Memorie di Storia dell’Arte.

     

    En el meollo de este proyecto se encuentra Marino Barovier, que ha comisariado y es autor de varios de los catálogos que se editan a la vez que se celebran las exposiciones. Marino y Marina Barovier son la encarnación de la aristocracia del vidrio veneciano. De tanto estudiarlo, llevan sílice en la venas. Son dos enciclopedias vivientes. Marino nació en una de las familias vidrieras por excelencia, los Barovier, que desde el año 1400 llevan trabajado el vidrio, y Marina, genovesa, se enamoró y con él entró en su vida y sus circunstancias. Casi sin darse cuenta se vio envuelta en la pasión por el vidrio. Empezó a coleccionar y a investigar. En 1980 abrió su primera galería y hasta hoy. Han hecho de todo, trabajar de galeristas moviendo piezas de las mejores compañías y firmas, escrito libros y catálogos, organizado exposiciones, y de vez en cuando hacen trabajos de peritaje para autentificar piezas.

     

    Me llamó la atención cómo trazaban los gustos del mercado internacional en una entrevista que les hizo Andrea Tossi para la revista Vetro en el 2002. Los italianos se inclinan por la producción de los años veinte y treinta del siglo pasdo, los vasos transparentes de Vittorio Zecchin, los murrine de Ercole Barovier, las piezas rosas y azules del arquitecto Tomasso Buzzi, o los diseños de Carlo Scarpa. Mientras que los alemanes prefieren lo producido en los cincuenta con los brillantes colores de Fulvio Bianconi y Dino Martens, a los estadounidenses les gusta todo de manera indiscriminada, incluso la época barroca o el siglo XIX. No he conseguido averiguar cómo han cambiado las cosas en la última década con la aparición de los nuevos clientes de las economías emergentes: chinos, rusos e hispanoamericanos.

     

    Hay que tener cuidado porque el vidrio muerde. Empiezas viendo una Glass Tea House, diseñada por un japonés, y acabas sediento de vidrio. Quieres ver más. Yo me tengo que conformar con ver. Otros, los que pueden, acaban haciendo colecciones, como es el caso de los Bellini-Pezzoli, los Oldnick-Spanu, Dimitri Levas o los Bischofberger, que están exhibiendo parte de su colección en Le Stanze del Vetro. Todos ellos mordidos por el vidrio, han acabado haciendo incluso un buen negocio con sus colecciones, que se exhiben por todo el mundo.

     

    Hasta aquí un breve relato de lo que se puede considerar la línea de la excelencia digamos oficial del vidrio veneciano. Pero en el siglo pasado se abrió paso a codazos otra línea de trabajo, lo que podemos llamar el arte en vidrio, el glass art. Ahora mismo la sorpresa en el mundo del vidrio viene de la mano de Adriano Berengo, un encantador de serpientes. Es un hombre capaz de convencer a una piedra de que puede correr una maratón. Este veneciano, doctor en lenguas modernas, hace 27 años tomo una decisión: editar arte con mayúsculas aprovechando las habilidades de los maestros del vidrio de Murano. Me encontré con él en el Palacio Franchetti, mientras daba instrucciones para la instalación de una obra en el rellano de la escalera: el palacio a la orilla del Gran Canal. Es la sede de Glasstress.

     

    La idea, dice Adriano dice Berengo, tiene sus orígenes en Egidio Costantini y Peggy Guggenheim, la rica heredera norteamericana que se enamoró de Venecia y que en su palacio de Dorsoduro vivió el amor a sus perros (Lhasa Apsos), el arte rabiosamente contemporáneo y los hombres, por ese orden de importancia. Era muy enamoradiza y se lo podía permitir.

     

    En el año 1961 Peggy Guggenheim conoció a Costantini, un señor que diez años antes había creado la Fucina degli Angeli, y que en esos momentos andaba arruinado. Le encargó una serie de esculturas en vidrio azul al estilo Picasso. También encargó la puerta de su casa, que lleva incrustadas entre varillas de hierro oxidado unas piedras de vidrio de Murano hechas por su amiga Claire Falkenstein. Las puertas del cielo, se llaman. Un cielo particular hecho a la medida de Peggy.

     

    A Costantini se le ocurrió la idea de proponer a artistas consagrados que colaboraran con él, que aportaran sus ideas para plasmarlas en vidrio soplado, hecho a mano por los maestros vidrieros.

     

    El primero en responder a la sugerencia de Oskar Kokoschka, en 1952. Juntos hicieron el Vaso Baccanti. Después vinieron Le Corbusier, Picasso, Calder, Max Ernst y Jean Arp, entre otros. Pero Costantini no era un buen gestor financiero. Por problemas con hacienda se arruinó, y tuvo que trabajar de contable, y hasta de descargador en el muelle. También tuvo problemas con los maestros. Se retrasaba en los pagos. Cuando estaba sumido en la desesperación apareció Peggy en su vida y detrás de ella llegaron Rockefeller y algunos coleccionistas estadounidenses más. De esa manera pudo volver a la actividad. Tuvo una vida larga: murió en el 2007 con 95 años.

     

    Adriano Berengo le estaba dando vueltas a la idea de potenciar ese saber hacer de los maestros vidrieros de Murano. Se fijó en cómo Peggy Guggenheim había apoyado a Costantini, y si Peggy, que tenía un ojo clínico increíble en la detección de lo mejor del arte contemporáneo, tomó la decisión. Berengo pensó que ese era el camino a seguir. De eso hace ya casi treinta años. Desde entonces más de trescientos artistas han pasado por su taller-estudio en Murano y han materializado en vidrio sus ideas gracias a la habilidad de los maestros. Entre ellos dos españoles, Jaume Plensa y Javier Pérez. Pérez ideó para la Glasstress del 2009 su obra Carroña, un bombazo, quizá la obra que más difusión ha alcanzado en los medios de todas las ediciones de la Glasstress, una obra alejada de las delicadas formas scarpianas o finlandesas. Auténticas primeras figuras como Erwin Wurm, Elmar Trenkwalder o Joana Vasconcelos han aportado sus creaciones a esta empresa. El elenco que ha reunido Berengo es imponente, aunque como todas las colecciones tenga piezas mejores y peores, y aunque los puristas, los que velan por las esencias del vidrio, lo miren con reticencia.

     

    Según Adriano Berengo no es fácil trasladar al vidrio lo que traen los artistas en la cabeza. Algunas veces los maestros dicen no, dicen que es imposible llevarlo a cabo. Por eso, cuando le pregunté a Berengo qué se consideraba, editor o productor quizás, no lo dudó ni un segundo: “¡Yo soy  un mediador de conflictos! Un mediador entre dos grandes Narcisos frente a frente: el artista y el maestro vidriero. Pero en Murano tenemos suerte: un maestro vidriero se presta a materializar las ideas de un artista. En Estados Unidos eso es casi imposible, los maestros se consideran artistas y no les gusta rebajarse ante otros artistas. Pero hay que estar en la mitad calmando los ánimos. Ese es mi trabajo”.

     

    El riesgo es algo muy presente. Aproximadamente un veinte por ciento de la obra que se intenta se rompe en el proceso de elaboración. Otro cinco por ciento se rompe en los traslados. El material es delicado. Frágil, pero hipnótico. El vidrio atrae. Es líquido en estado sólido, como el hielo.

     

    La obra más difícil de hacer, cuenta Berengo, ha sido una del artista alemán Thomas Schütte. El fracaso les rondó. Schütte quería un acabado hiperrealista, algo muy difícil de conseguir en vidrio. Al final dio el visto bueno. Ha sido la obra que ha alcanzado una mayor cotización en el mercado.

     

    Glasstress, su gran proyecto, coincide cada dos años con la Bienal. Adriano Berengo presenta una selección de las nuevas creaciones. Los artistas que participan están todos bien situados en la lista Forbes del escalafón económico del arte, un  ranking elaborado por Artfacts. El algoritmo que utiliza esta empresa para situar por orden de importancia a los artistas es seguido por coleccionistas y el mundo del arte en general como si se tratara de las cotizaciones de las empresas en la bolsa. De alguna manera muchos artistas han acabado por convertirse ellos mismos en empresas, en marcas.

     

    He querido conocer de primera mano la versión de los artistas, y para ello he contado con la ayuda de Javier Pérez. Bilbaíno afincado en Barcelona, ha colaborado en dos ocasiones con la Glasstress. Para él no era una experiencia nueva trabajar con vidrio, ya en el 2001 representó a España en la Bienal junto a Ana Laura Aláez, con su obra Un pedazo de cielo cristalizado, que ahora cuelga en el atrio del Artium en Vitoria. Había trabajado también con el CIRVA, el centro del vidrio con sede en Marsella, financiado por el Estado francés. Una idea próxima a la de Adriano Berengo, pero estatal y sin las ansias comerciales y de traspasar fronteras de la empresa que dirige el italiano.

     

    Para Javier Pérez es importante tener claras las limitaciones del vidrio, por ejemplo, las dimensiones. Reconoce su debilidad por el vidrio: un material privilegiado, atractivo, pero lo considera un medio más, como puede ser la madera, el mármol, papel o carboncillo. Sintió que los maestros vidrieros te reciben al principio con cierto escepticismo, pero acaban interesándose en el proyecto, contentos de hacer cosas nuevas, de salir de su rutina de floreros y caballitos. Pérez considera positiva su participación en el proyecto. Aunque el nexo de unión de los artistas en la colectiva no es un tema sino el material con el que están hechas las obras: el vidrio. Le gustan más las colectivas en las que se parte de una vinculación temática. Pero así es el proyecto de Berengo, que cuenta con compradores en todo el mundo, entre ellos Carmen Cervera, que le compró obra cuando acudió a ARCO en el año 2000.

     

    Adriano Berengo apuesta fuerte por la colaboración con artistas, a poder ser los más cotizados. Y tiene sus criterios. Por ejemplo para él Dale Chihuly, el maestro estadounidense del vidrio, que vive en Seattle, no es un artista. Es un magnifico maestro, un buen profesional, pero no un artista, aunque dice que se alegra de su éxito y considera, eso sí, que es un genio de la mercadotecnia. Será verdad, porque el propio Berengo es un especialista en el campo del marketing.

     

    Esta es una discusión eterna: qué es y qué no es arte, donde están las fronteras. Como no tengo una especie de detector de metales que me muestre dónde está el arte, me apunto a lo que decía Chucho Reyes, un peculiar anticuario mexicano que envolvía las piezas que vendía en papel de seda con gallos pintados por él, en colores mexicanísimos. Sus clientes retiraban con sumo cuidado el envoltorio y lo enmarcaban. Le llamaban el Chagall mexicano. Chucho Reyes asesoró a Luis Barragán, el arquitecto, en la búsqueda de los colores para sus edificios. Se puede decir que no pintaba una pared sin el visto bueno de Reyes. A este anticuario le preguntaron un día en una entrevista qué cosas eran bellas y él respondió:

     

    —Las que me gustan a mí.

    —¿Y que le gusta a usted?

    —Lo que es bello.

     

    En sentido parecido se expresaba el no menos peculiar Grayson Perry, un artista que de vez en cuando se convierte en una original muñeca: “Esto es arte porque yo soy un artista y digo que lo es”. Pues eso.

     

    A falta de ese detector, cada uno debe decidirlo por su cuenta y Artfacts o similares por todos. En Artfact se puede consultar cómo evoluciona la cotización de los artistas. En ella aparece un Jeff Koons que es una auténtica mercancía, igual que una marca, que una empresa. Para unos es arte lo que hace, para otros no. A usted puede gustarle mucho más una preciosa acuarela que hace un amigo suyo y que como mucho le invitan a una cerveza por ella. Pero a Jeff Koons le pagan unas cifras de escándalo por unos tulipanes pulidos que parecen globos de barracas o por unas aspiradoras puestas una encima de otra. La vida es cruel para su amigo y le sonríe al afectado Koons.

     

    A mi lego entender muchas de las piezas diseñadas por los finlandeses o venecianos son de una belleza espectacular. También lo son muchas de las obras firmadas por los artistas que han participado en el proyecto que lidera Berengo. Pero creo estos últimos ofrecen algo más: el riesgo del artista al plantear su obra. Todos ellos aparecen en ese escalafón que proporciona Artfacts.

     

    Vale la pena entrar en la tienda Venini en Murano, en La Stanze del Vetro en la isla San Giorgio, visitar la Glass Tea de Sugimoto o en el Palacio Franchetti, base de las exposiciones de Berengo. Al revisar los catálogos que están editando se ve enseguida que trabajan en la misma dirección, buscan la excelencia, y pueden competir en ferias como ArtBasel o Friezze, con las mejores galerías y las más exigentes subastas. Eso es lo que empezaron personas como Paolo Venini, un abogado que acabó diseñando piezas en vidrio, mano a mano con el gran Scarpa. En realidad lo empezaron mucho antes aquellos fenicios que cargaban con sus mercancías por todo el Mediterráneo. Estos venecianos de hoy en día hacen lo mismo, pero el Mediterráneo se les ha quedado pequeño. Van a por todas.

     

     

     

     

    Alejandro Ipiña es economista. Ha colaborado en las secciones de opinión de El Correo y El País (en especial en la edición para el País Vasco). Ahora mismo lo que más le gusta es contar historias reales o imaginadas. En FronteraD ha publicado, entre otros, Sueños birmanos. Del jade a Suu Kyi en un país en la geopolítica asiáticaAdela, la hija de El Indio Fernández, en su voz más ínitma y De paseo con Raquel Tibol (secretaria de Diego Rivera) por el arte mexicano.

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