El diario "Presa"

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    Los tristes avatares de la prensa búlgara

    José Antonio Sánchez Manzano - 10-09-2015

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    El 31 de enero pasado, Kadrinka Kadrinova, redactora del semanario de política internacional Tema y presidenta de la Asociación de Periodista Búlgaros Hispanohablantes, partía a primera hora de la mañana desde la Terminal 1 del aeropuerto de Sofía con destino a Madrid. Allí le aguardaban cuatro días de intenso trabajo. Pensaba cubrir primero la Marcha del cambio que Podemos había convocado para ese mismo día a las 12 del mediodía en la Puerta del Sol y, posteriormente, escribir un reportaje sobre la formación política de izquierdas que había conseguido romper con más de veinticinco años de bipartidismo político en España.

     

    Animada por la victoria de Syriza en Grecia una semana antes y entusiasmada por la idea de encontrarse a un paso de un cambio en el rumbo económico establecido para los países del sur de la Unión Europea tras la crisis financiera de hace unos años, a Kadrinova no le importaba tener que buscarse la vida y cubrirse los gastos de alojamiento y comida con tal de vivir de cerca el ambiente: decenas de miles de personas salían a la calle con la esperanza de que un partido político “verdaderamente defienda y represente a una mayoría cada vez más subyugada por los dictados económicos”. Llevaban tiempo recortando gastos y nosotros escuchando comentarios sobre la mala situación económica de la revista mientras el volumen de trabajo no paraba de incrementarse”, recuerda Kadrinka Kadrinova.

     

    Seis meses después, y coincidiendo con el anuncio del cierre del mítico Café Comercial, que tuvo el “placer” de visitar el primer lunes de febrero durante una de las habituales mesas de redacción de fronterad, Kadrinova vio cómo ella y otros 135 periodistas de su revista y del diario Presa se quedaban en la calle tras el cierre de ambas publicaciones. Sin previo aviso, el 31 de julio la reportera búlgara entraba en la redacción de Tema por la mañana con la agenda cargada de tareas y salía por la tarde sabiendo que al día siguiente no volvería. “Nos quedamos en estado de shock, nadie se lo esperaba y menos de esta manera. Llevábamos algunos meses trabajando en la revista impresa y en los contenidos de la web a la vez. Estábamos saturados de trabajo, pero no podíamos quejarnos porque, al fin y al cabo, debíamos sentirnos afortunados por conservar nuestro empleo”, recuerda Kadrinova.

     

    Los motivos esgrimidos por el editor jefe, el mismo que unos meses antes “tiraba la casa por la ventana” corriendo con los gastos de su viaje, eran dos: el mercado e internet. En teoría, esto significaba que el periodismo serio y sensato que se practicaba en Tema había sido superado por la competencia de las publicaciones sensacionalistas, cada vez más numerosas. Por otro lado, los lectores ya casi no compran prensa escrita y prefieren informarse online. No obstante, como la mayoría del gremio dice saber y casi nadie parece poder confirmar, las formas –de un día para otro– y la estructura de la industria editorial del país balcánico dejan entrever una realidad mucho más perversa y compleja.

     

    Tema, semanario para el que Kadrinka Kadrinova trabajó durante los últimos diez años, ha gozado regularmente de una buena tirada, tiene una larga tradición dentro del periodismo crítico y analítico y era uno de los oasis dentro de un entorno –el de los medios de comunicación en Bulgaria–, “envenenado” por numerosos sucedáneos entre cuyos reclamos no falta alguna mujer semidesnuda o algún escándalo amoroso en portada protagonizado por personas que han hecho fortuna de manera dudosa.

     

    Por su parte, Presa, aunque más reciente, era también de los pocos medios críticos y se había ganado un lugar respetado entre los principales diarios del país. Como recuerda Maria Cheresheva, joven periodista freelance y vicepresidenta y responsable de proyectos de la sección búlgara de la Asociación de Periodistas Europeos, hace tres años Presa se presentó a bombo y platillo como una alternativa a la deteriorada situación del sector. Atrajo a muchos buenos profesionales del periodismo en Bulgaria. Durante este tiempo el propio editor, Tosho Tonev, llegó a declarar que el retorno de todo el gasto generado por la publicación no llegaba a un tercio. Entonces, ¿de donde procedía el dinero de las otras dos terceras partes? ¿Por qué funcionaba antes y no ahora? ¿Qué fue lo que ha pasado entonces con estas dos publicaciones?, se pregunta Cheresheva.

     

    Las primeras explicaciones ofrecidas públicamente por representantes de la industria editorial apuntaban directamente a la escasa financiación de la prensa en detrimento de los organismos de radiodifusión y televisión, que obtenían dinero del Estado en virtud de los programas europeos. Los periódicos no comían de esta tarta. Sin embargo, al poco tiempo comenzaron a aparecer otras versiones en otras publicaciones. Todas destacaban que las dos cabeceras tenían deudas con un banco, el Corporate Commercial Bank (CCB), en aquel momento el cuarto más importante del país, y cuya quiebra hace dos años provocó el enésimo maremoto político y económico en Bulgaria. Las mismas fuentes apuntaban a que las publicaciones se financiaban a través de empresas que a su vez estaban endeudadas con el CCB. Hay que incluso van más allá y apunta a que todo estaba orquestado para que las empresas, y por tanto las publicaciones, quebraran y se pudiera transferir activos a un nuevo proyecto editorial en internet.

     

    “¿Qué la prensa amarilla se ha comido a la prensa seria? Cuando ambas son propiedad del mismo jefe, elegir cuál de los dos gladiadores tiene que morir, depende solo de él. ¿Qué internet ha superado a la prensa de papel? Esto no es una razón para suspender las publicaciones, del mismo modo que nadie ha dejado de viajar en tren desde que la aviación ha aparecido como medio de transporte más rápido. ¿Qué hay problemas de financiación? Es aquí la última parada. O mejor dicho, la primera. El que paga, manda, lo sabe todo el mundo (…) No se trata del interés público en absoluto”, se lamenta Kadrinka Kadrinova en una carta pública redactada por ella misma y divulgada a través de compañeros de profesión, las redes sociales y publicaciones online. 

     

     

    Oligarcas y medios de comunicación

     

    En 1989, cuando el comunismo se desmoronó, comenzó una nueva vida para Europa del Este. En Bulgaria estos cambios se dieron de una manera un tanto particular. Por ejemplo, como me explicaba Kiril Avramov, politólogo, activista y profesor asistente de Ciencias Políticas en la Nueva Universidad de Bulgaria, las primeras elecciones de todos los países del bloque comunista fueron ganadas por la oposición al comunismo. Todo el mundo fue a votar algo que fuera nuevo y alejado de los últimos 40 años, menos en Bulgaria, donde el Partido Socialista Búlgaro (BSP) ganó. ¿De verdad la gente quería o estaba preparada para un cambio así?, se preguntaba Avramov. Los que sí estaban preparados eran los integrantes de lo que este politólogo denomina Élite roja, un grupo ligado al partido socialista que se adaptó rápidamente al capitalismo: se hicieron ricos privatizando a su antojo y controlando los principales sectores económicos. En vez de convertirse en un partido reformista, social-demócrata, se preocuparon de mantener el poder unido y el status quo, propio de partidos conservadores de derecha, señalaba Avramov.

     

    A pesar de este panorama, en la década de 1990 se dieron los años dorados de la prensa en Bulgaria con fondos comunitarios, inversiones extranjeras, empresas optimistas y anuncios de bancos y operadoras de móviles. Sin embargo, esos días acabaron y de un tiempo a esta parte nació un nuevo modelo en la industria editorial donde el capital especulativo, las inyecciones financieras del exterior y subvenciones de fundaciones extranjeras son las que dibujan el mapa de los medios. Por todo ello el reciente anhelo a que el dinero de los programas europeos distribuidos por los ministerios llegue también a los medios impresos.

     

    No obstante, como indica Maria Cheresheva, cuya asociación tiene como principal objetivo apoyar la libertad de prensa y el periodismo crítico en el ámbito de la Unión Europea, se acabaría dando el caso de que la connivencia de los medios con el poder fuera mayor y se estrecharan todavía más sus relaciones. “Los procesos no son transparentes, no hay reglas que marquen unas pautas. Muchas organizaciones y periodistas independientes hemos firmado una declaración para que la legislación cambie en esta línea y que, de esta manera, solo los medios que estén limpios puedan acceder a los fondos europeos”, afirma Cheresheva.

     

    Respecto a este asunto, Ivaylo (no es su verdadero nombre), economista y activista búlgaro de 38 años que participó activamente de las protestas que desembocaron en las elecciones anticipadas de octubre pasado, alertaba de un grave problema estructural que se ha incrustado en la mentalidad de la gente y que Bulgaria heredó de la época comunista, cuando los negocios dependían exclusivamente del Estado. “Al final todo el mundo acaba dependiendo del aparato estatal y las relaciones entre los diferentes partidos con sus particulares círculos de poder. Cada partido tiene su propio círculo económico y cuota de poder al que debes adherirte y guardar lealtad si quieres progresar. Si no, te esperan miles de papeles, burocracia, trabas, etcétera”, comenta Ivaylo.

     

    La industria editorial parece haber seguido la misma senda que otros grandes e importantes sectores de la economía búlgara. En 2004 se aprobó el único código ético para los medios que ha sido mencionado en algún apartado de la ley y fue elaborado por la Unión de Periodistas Búlgaros organización que este año cumplió 120 años– y la Unión de Editores Búlgaros. Por aquel entonces daba la impresión de que los medios búlgaros estaban más unidos. Parecía que la Comisión de Ética de los Medios de Comunicación estaba funcionando. Pero, en 2007, la crisis del mercado mandó todo al garete y muchas de las publicaciones periódicas comenzaron a depender principalmente de grandes grupos mediáticos.

     

    Por un lado está el grupo Economedia, que aglutina, entre otros, a Kapital y Dnevnik, financiada directamente por la fundación América por Bulgaria. Por otro, Bulgarian Midia Union, el grupo vinculado al más que controvertido Delian Peevski, empresario y político del partido de la minoría turca, el DPS. Aunque formalmente no es un directivo y su participación se reduce a la representación en algún consejo de su madre, Iren Krasteva, que hasta hace poco era la propietaria de varios medios de comunicación, el propio Peevski tuvo que salir de entre bastidores y reconocer su propio negocio con los medios. El nombramiento de éste en junio de 2013 como jefe de los servicios de inteligencia del país sin ningún tipo de debate parlamentario fue el desencadenante de las protestas que, durante un año, exigieron la disolución de un gobierno imposible e impensable formado por los socialistas del BSP, el DPS y con el beneplácito de la formación ultra-nacionalista y xenófoba ATAKA. Ese episodio fue el mejor ejemplo de que en Bulgaria todo es posible en política.

     

    En la actualidad, dos años y medio después, tanto Peevski y su grupo empresarial, como el partido político al que representa, han pasado de apoyar y formar gobierno con BSP a juntarse con GERB, partido con el que el ex primer ministro Boiko Borissov (jefe del Ejecutivo entre 2009 y 2013) volvió al poder un año y medio después de haber renunciado a su cargo debido a las protestas de febrero de 2013. De esta manera, el DPS se reafirma como el partido bisagra del país y, a su vez, el grupo de Peevski controla publicaciones como Tema y Presa a través de empresas pantalla endeudadas con un banco que, por algún motivo, parecía estar destinado a la quiebra. “Esto lo entendimos apenas después del cierre de la revista”, recalca Kadrinova.

     

    Además del confuso entramado empresarial que rodea a las publicaciones periódicas en Bulgaria, cabe destacar la precariedad laboral de los periodistas que trabajan en ellas y la peligrosidad que han de afrontar aquellos que ejercen la profesión por su cuenta y se atreven a investigar y denunciar actividades ilícitas o cuanto menos turbias. La profesión periodística en Bulgaria podría ser calificada como actividad de alto riesgo o aventura por la supervivencia y la dignidad económica. De hecho, el último Índice Mundial de Libertad de Prensa, elaborado por Reporteros Sin Fronteras (RFS), ha degradado a Bulgaria al puesto 106º, muy por debajo del 51º que ocupaba poco antes de adherirse a la Unión Europea en 2007.

     

    Debido a las particularidades del entorno social búlgaro, los problemas que se derivan de estos resultados y el cierre de Tema y Presa pueden parecer problemas concretos y locales. Sin embargo, lo que está ocurriendo en el país balcánico podría bien interpretarse como una llamada de atención, un aviso de que es necesario adoptar medidas urgentes en defensa de principios democráticos y una verdadera libertad de expresión en Europa. En su carta abierta, Kadrinka Kadrinova asegura que las instituciones europeas poseen los mecanismos necesarios para una acción adecuada y responsable contra el deterioro del panorama mediático, de la existencia de publicaciones necesarias para garantizar el funcionamiento de una democracia. “Podrían crear nuevas iniciativas, como un fondo europeo para apoyar el periodismo independiente. Si fueron capaces de poner en marcha el famoso Pacto de Estabilidad Financiera, asegurando la supervivencia de los bancos, es hora de que hagan algo por salvaguardar el derecho que tienen los ciudadanos de gozar de información libre e independiente”, recalca Kadrinka Kadrinova.

     

    No es de extrañar, por tanto, que de toda esta situación deriven casos tan significativos como el de Iliya Kalchev, periodista búlgaro de 29 años que ha pasado los últimos dos y medio vagando de una redacción a otra con más pena que gloria hasta que decidió buscarse un trabajo en una firma internacional de mercadotecnia. Como comenta el propio Kalchev: “Aunque menos estimulante, me ofrece una seguridad y dignidad en las condiciones laborales”. En febrero de 2013 comenzó a trabajar como redactor en la agencia de noticias online Novinite –del grupo de Peevski– el medio online más potente del país, con edición en inglés y muy demandada por los residentes extranjeros en Bulgaria. Su tarea consistía en editar lo menos posible y de la manera más rápida posible todas las noticias y despachos de última hora que iban recibiendo de otras agencias o publicaciones. Por ello cobraba 650 levas mensuales (unos 330 euros) de los cuales solo 400 levas figuraban en su contrato –se trata del salario mínimo bruto estipulado por ley para este sector–. El resto se lo daban por debajo de la mesa y en no pocas ocasiones con retraso.

     

    Unos meses más tarde fue nombrado redactor jefe y sus responsabilidades y el tiempo dedicado a su trabajo aumentaron –hasta el punto de disfrutar de 3 días de vacaciones en algo más de diez meses– mientras su salario lo hizo en tan solo 50 euros al mes. Este hecho, unido a conflictos internos, provocaron su destitución en agosto de 2014. De ahí se fue a otro proyecto online, Bulgariautre.bg (Bulgaria mañana). Aquello fue en gran medida más de lo mismo, con un salario que apenas superaba los 350 euros mensuales. Además, le ofrecieron un contrato civil por obra y servicio con el que la empresa se ahorraban impuestos a costa del periodista. “¡Qué obra o servicio si prácticamente lo que hacía era copiar y pegar!” (…) “En Bulgaria si quieres trabajar en periodismo y te gusta escribir y compartir historias tienes que tener en cuenta dos cosas: La primera es que vas a trabajar mucho y ganar poco (mnogo rabota i malko pari). La segunda es que no puedes hacer nada por iniciativa propia y eres dependiente de lo que te manden los de arriba, muchos de ellos con poca o ninguna idea de periodismo. De hecho, lo primero que te piden es que te olvides de eso, del periodismo”, comenta indignado Iliya Kalchev.

     

    El de Iliya Kalchev es solo un ejemplo entre otros muchos. Suficiente como para comprobar desde fuera que la situación en Bulgaria es bastante preocupante. Sin embargo, y por desgracia para los perodistas búlgaros, de puertas adentro parece no impresionar o preocupar a nadie. Sobre los problemas del periodismo se suele preguntar y dar voz a los editores, pero pocas veces se difunden opiniones de los propios periodistas, a no ser en las redes sociales. Además no se han visto huelgas, protestas o la formación de cooperativas entre los afectados.

     

    Por todo ello, Kadrinka Kadrinova, al igual que otros compañeros afectados por este penúltimo “absurdo a la búlgara”, ha decidido tomarse un descanso y darse un tiempo de reflexión después de luchar y expresar todo lo que llevaba dentro de la mejor manera que sabe: escribiendo y publicando. Y si no es a través de la revista en que venía haciéndolo desde hace 10 años, será en las redes sociales, algún blog u otra publicación. “Podrán decir o hacer lo que quieran, pero nunca podrá haber democracia mientras no exista un periodismo mínimamente independiente”.

     

     

     

     

    José Antonio Sánchez Manzano es periodista, diplomado en Estudios Brasileños, vive y trabaja en Bulgaria. En fronterad ha publicado, entre otros, Andricgrad, Bosnia y el universo simbólico de Emir KusturicaBulgaria, sueño y pesadilla europea de los refugiados siriosEl laberinto político búlgaro. Desde el mes de junio se suceden las protestas en Sofía sin que nada cambie y Los búlgaros también se plantan: quieren otro tipo de gobierno

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