La 22 en un partido

    1   


    El Veintidós, o la reintegración social de los niños en Argentina

    Diana Ramos Gutiérrez - 10-04-2014

    Tamaño de texto: A | A | A

     

    No le robaba nunca a nadie (a nadie en especial)

    ganó un orzuelo de tercer ojo y su nariz sangró.

    No hubo caricias para su celo moro

    y ahora mira crecer las flores desde abajo.

    ¡Safó!
    Etiqueta Negra – ‘Los Redondos’ 

     

     

     

    Las criaturas se distinguen entre las que tienen miedo y las que no.

    Se llama Fede, pero también responde por el 22. El loco, que corresponde al número en la quiniela, también coincide con los dos tatuajes que lleva del Lobo. Los otros leen “muerte a la gorra” y “Cata te amo”, uno en la espalda, otro en el brazo. Guarda debajo de un gorro gris cicatrices en la cabeza. Mientras habla, se traba con el labio inferior, pronunciado, habla lento, chamullea. Pero siempre mira, con los ojos bajos y la mente suelta.

     

    Cuando nació y se criaba, en un barrio rural y ocupado cercano a La

    Plata, Argentina, su madre se dedicaba por entero a las drogas y tenía cinco hermanos. Calles de tierra y chuecas capas de chapa y cartón recibieron otros cinco. Al padre no le habla, sólo lo recuerda pegándole a su vieja, cuando se fue y él tenía 3 años. Padres hay muchos, dice, madre una sola. Fue a la escuela hasta el segundo año. A los 7 dejó la casa.

     

    Fede se encontró con un 22% del país desempleado y el 54% en situación de pobreza. Entre saqueos y casas tomadas había un 28% de indigencia en el país. Fue solo uno más de los pibes que se sumó a los bancos fríos de alguna plaza. En 2005, el gobierno arrojaba una cifra de 4.000 chicos en la calle. El año pasado, una ley habilitó el voto joven, desde los dieciséis años. Este año el debate se instalaba sobre la baja en la edad de imputabilidad.

     

    En un fallo reciente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sancionó al Estado argentino por la aplicación de la pena punitiva máxima, al considerar que no cumplen con “la finalidad de la reintegración social de los niños” y las expectativas de resocialización. “Además, por su desproporcionalidad, la imposición de dichas penas constituyó un trato cruel e inhumano, y violó el derecho a la integridad personal de sus familiares”, sostiene la sentencia, que data del 5 de julio del 2013.

     

    Con la sanción del tribunal internacional, la Argentina “incumplió su obligación de adoptar disposiciones de derecho interno, ya que el ordenamiento legal argentino permite la posibilidad de imponer a niños, sanciones penales previstas para adultos”. Por lo tanto, el país deberá readecuar un sistema jurídico juvenil, junto a políticas públicas orientadas a la inclusión del niño y a la prevención, en el marco de la CIDN.

     

    A Fede lo conocí en la Plaza Rocha, frente a la biblioteca y la facultad de Bellas Artes de La Plata. Allí chupa y se pone loco hasta que se queda dormido y todo vuelve a empezar otra vez. Un triángulo es habitado por libros encerrados y fingido silencio, al lado de radio Universidad y detrás, como recordatorio de otros jóvenes, la Facultad y la Plaza de los Lápices, que desemboca en el vórtice de unos árboles perfilados y majestuosos. Si Rocha, el fundador de la ciudad, supiese que su monumento ha visto tanto…

     

    También a los 7, Fede conoció el estadio y a Gimnasia. Aprendió a cantar de pendejo yo te sigo a todos lados, de pendejo que te aliento sin parar, de pendejo que defiendo estos colores, sos mi vida nunca te voy a dejar.

     

    En Buenos Aires cientos de pibes venden flores por las veredas, limpian vidrios, dejan tarjetas en el tren a cambio de monedas. Usualmente, con mensajes de amor. Otros simplemente, piden. A Fede no le gusta eso, él roba. Entre los pibes se ayudan y si alguno jode, lo sacan cagando. Camina medio cojo, mira sin parar a ver cuál sera la presa, para atacar sin piedad y sin pena. Come y a veces le sobra para drogarse. Y vuelve a estar puesto para robar de nuevo. Las oportunidades las ven solo los vivos y Fede lo es, aunque no se sabe hasta cuándo.

     

    Según el último informe official, en el 2007, se registraron 6.299 menores de 18 años en dispositivos penales juveniles por orden judicial por ser sospechosos o estar imputados por haber cometido algún delito. De ellos, 1.529 estaban privados de libertad en institutos de régimen cerrado, con alambradas o muros y policías que los controlan; y 270 estaban internados en establecimientos en régimen semicerrado.

     

    Lo único malo es la yuta, me dice, con acento en el rancor viejo. Todo el día amenazando, circundan la plaza, molestan: miran mal, con el dedo pulgar se cruzan el cuello como diciendo “te voy a matar”.

     

    Desde el punto de vista legal, los regímenes especiales para los menores en conflicto con la ley deben estar inspirados en la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño (CIDN), celebrada en 1989 por la Asamblea de las Naciones Unidas. Por entonces la norma constituyó un cambio de paradigma en cuanto al trato a los menores, “aunque en América Latina su vigencia es desigual, en algunos casos lejos de lo deseable. Lo que es un tema tabú a nivel local, en la región la mayoría de los Estados ya lo resolvieron, con mejores y peores resultados. En las últimas dos décadas, a lo largo y ancho del continente se legislaron sistemas especiales de responsabilidad penal juvenil, cuyo margen de edad suele fijarse entre los 12 y 18 años, aunque en algunos casos arranca en los 13 en Paraguay, Uruguay, Nicaragua, Guatemala, y en otros a los 14, como en Chile”, cuenta el mismo informe.

     

    Fede parece estar siempre alerta, tranquilo, escaso de movimientos, de huesos grandes: unos 64 kilos que se mueven como una laucha [rata]: es la sombra que se le escapó hace tiempo. Es la que va unos metros antes que él. Todo se aprende mirando-cuenta, escribe torcido otro 22 y agita esa risa feroz. Este lobo sabe reír.

     


    *     *     *

     

    No sé cómo voy no sé como vengo, borracho, drogado, te vengo a alentar, la banda esta loca, se va a todos lados, pincha refugiado te vamo' a matar, vamos basurero, que todo esta bien, como siempre te seguiré, como siempre te alentaré, vamos basurero, vamos a ganar, que la vuelta vamos a dar, que a los pinchas vamo a matar, que la 22, la vuelta va a dar, que la 22, la vuelta va a dar.

     

    Más de una década antes, Marcelo Amuchastegui, el Loco Fierro, caía preso en una cárcel de Córdoba. Al salir de la prisión, Menem ya era presidente y los 90 amanecían con desalmada esperanza. La 22 adquirió su nombre en honor al Loco, quien junto al Negro José Luis Torres convirtió la hinchada del Lobo, en su momento, en la más temida. Siempre en caravana, como esta banda ya no queda ninguna, que todos los domingos copa las tribunas, al Lobo se alienta con el corazón, esta banda loca te quiere ver campeón, se toma se toma todo el vino y cerveza, al lobo lo alentamos todos de la cabeza...

     

    Cuentan que se cruzó de tribunas en un clásico a recuperar un trapo de Gimnasia y los hinchas de Estudiantes, sus rivales más acérrimos y con quiénes se disputan la popularidad en la ciudad, no dijeron ni palabra. La más popular entre sus historias ha de ser cuando llevó el primer telón a la bombonera, en la época del Abuelo y le dio una paliza a la barra brava más violenta del país, disputándose el título para el equipo que si bien nunca acumuló campeonatos, no se cansa de gritar llega la gloriosa 22, llego la hinchada, esta hinchada que grita y alienta sin parar, ¡vamos Lobo, vamos a ganar!

     

    El Loco se aferró a un nuevo amor, casi veinte años menor y tuvo una beba. Un año después lo mataron de un balazo por la espalda en Rosario, un sábado previo a un partido entre Gimnasia y Rosario Central, mientras robaba una joyería. Dicen que fue la policía de aquella ciudad, por encargo de la barra Canalla. Miles asistieron al funeral, que copó las calles de La Plata de azul marino y blanco, de luto y lágrimas.

     

    Yo paro con una banda que es la mas loca del mundo entero, llega tocando el bombo con la alegria del basurero, recorriendo los barrios del Buenos Aires y del interior, por eso allá en La Plata la bautizamos la 22, se viene la 22, la 22, la 22 locura y descontrol la 22, la 22.

     

    Con la banda he viajado por toda Argentina y llegado hasta Brasil.

    ¿Y quién es Cata? ¿Tu madre?

     

    El tatuaje es tosco, de letras muy finas. Un trazo bastante impreciso en el brazo derecho.

     

    No, es una piba que andaba conmigo.

     

    Debió quererla para ponerla junto a la vida. Porque él es el Loco, espera, camina y espera, merodea por el bosque y la ciudad. Los de la hinchada lo ven, parece el Loco Fierro mismo. Es él, Fede tiene que ser él. Tiene 15 y lleva con los ojos verdes y la risa alta, siempre la camisa de la hinchada, el escudo de su equipo en la muñeca izquierda y rota. Se lo hizo la cana un día que se robó una moto. Lo persiguieron, lo atropellaron con la patrulla y lo cagaron a palos. Tenía trece años. Un bosque turbio, de árboles inmensos y mística sublime es la casa del Lobo.

     

     —Al bosque no vayas de noche, le advierten todos los nuevos en la ciudad.

     —Y nunca cruces las plazas de noche.

     

    Como boca cerrada que salta en aullidos, se prende de miradas, de escondidos y refugiados, que al toque de luz dejan de ser. Presa que cae en el bosque, llega a garras de quien sabe sus mañas, sus líneas, su estrechez profunda. Un excedente de verdor callado divide los espacios, el centro urbano de una ciudad planificada y moderna, unas cuantas facultades universitarias para asegurar el flujo de transéuntes y el barrio tripero, que en él encuentra fuerza. Entre la arboleada, un cosmos en sí mismo, entre viento constante, circular y frío. Pasa todo y nada. Fede es como el bosque: ni pide, ni espera. Pero tiene cicatrices en la cara y en los brazos que ya se le olvidaron, o que no quiere contar. Un toque de cumbia, un porro, y una cerveza le cambian la jeta, empieza la fiesta, al Lobo hay que apoyar, y este puede ser el día, que vamos a ganar.

     

    Porque es la hinchada que no abandona, la que aguanta y canta en el bosque, me enamoré de ti, en el bosque, yo me voy a morir, es la banda, que se coge al león, todos saben que en La Plata mando yo, que tiene ahora un nuevo 22.

     


     

     

    Diana Ramos Gutiérrez es editora, periodista y fotoperiodista. Egresada de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, cursa una maestría en Comunicación y Derechos Humanos en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata en Buenos Aires, Argentina

    ¿Erratas o imprecisiones? ¡Escríbanos!

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    Compartir

    ImprimirImprimir EnviarEnviar
    Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

    Comentarios

    Enviar un comentario nuevo

    El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
    • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

    Más información sobre opciones de formato

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    (*) Campos obligatorios

    Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

    ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

    .