Bradley Manning en la frente de Julian Assange (Montaje fotográfico: Bar Man)

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    Wikileaks: viaje a las tripas de la máquina tragaperras

    Emilio Sánchez Mediavilla - 14-04-2011

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    1. La estrella del rock se come los cables o cómo asume un periodista que su exclusiva produce indiferencia

           “¿Mesías de la información o ciberterrorista?, ¿luchador por la libertad o sociópata?, ¿cruzado de la moral o ingenuo narcisista?”, se pregunta David Leigh, jefe de investigación del diario The Guardian, en el libro WikiLeaks y Assange (escrito junto a Luke Harding), recién publicado en España por la editorial Deusto.

           Obviamente, hablamos de Julian Assange, el “loco del pelo blanco”, cuyo destello mediático parece haber eclipsado al contenido de los cables secretos. El circo-thriller que rodea a Assange desde que fue denunciado por supuesto abuso sexual en Suecia apenas deja espacio para debatir sobre la gran pregunta que plantea la  resaca de “la mayor filtración de la historia”: ¿qué ha cambiado después de WikiLeaks”.

           - Teoría de la Nada. Según los escépticos, esos “sofisticados urbanitas de ocasionales bostezos marisabidillos”, los cables no contenían absolutamente nada nuevo”.  En este grupo se incluyen los periodistas de los medios que no tuvieron acceso a los cables, los perezosos que preferirán no leerlos, y los nihilistas en general.

           - Teoría de dolorosa e injusta indiferencia. Leigh no entra a valorar el impacto real de los cables hasta los últimos capítulos del libro. La respuesta es ambigua y, viniendo de un periodista, sorprendentemente honesta y mesurada. A nivel práctico y demostrable: el cambio de protocolo en la transmisión de los cables diplomáticos. A nivel de especulación geoestratégica y militar: su posible influencia en las revoluciones árabes, muy particularmente en el caso de Túnez, y en el fin de las acciones paramilitares del Batallón de Acción Rápida del Ejército británico, aparentemente desactivado después de que los cables hiciesen pública su existencia. Leigh destaca la importancia de revelaciones insólitas, como que Estados Unidos espiaba a Naciones Unidas y a Ban Ki Moon, que la petrolera Shell se jactaba de dominar el gobierno nigeriano o que la farmacéutica Pfizer intentó presionar al fiscal nigeriano que estaba investigando unos polémicos ensayos de medicamentos para niños con meningitis. Leigh apunta otros efectos paradójicos e imprevisibles, tal y como reconocen en privado miembros de la administración de Obama: los cables, plagados de denuncia hacia los regímenes corruptos del norte de África, han ayudado a reparar la reputación de Estados Unidos en parte del mundo musulmán.

           El propio Leigh reconoce con cierta amargura: “Lo que ha sido extraordinario es que el mundo no se ha hundido a pesar de la cantidad realmente enorme de información desvelada a lo largo de los meses” y, en este sentido, establece un paralelismo con los Papeles del Pentágono publicados por The New York Times en 1971, los cuales, a pesar de su valor documental, “no abreviaron la guerra de Vietnam ni agitaron significativamente protestas adicionales”.

           - Teoría de las texturas: El director del New York Times, Bill Keller, el mismo que define a Assange como “arrogante cuasianarquista”, cree que “los documentos aumentaron nuestro conocimiento del mundo no a grandes saltos, sino en pequeñas dosis. A los interesados en la política exterior les proporcionaba matices, textura y dramatismo”.

     

    2. El mártir desconocido

    Desde la base de operaciones Hammer, 65 kilómetros al este de Bagdad, el soldado Bradley Manning copió en un disco regrabable de Lady Gaga el contenido de los cables secretos del Departamento de Estado y del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Bradley Manning es la única pieza imprescindible de esta historia. Sin él no sería posible el ciberactivismo mesiánico de Assange, ni las pintorescas máscaras de Anonymus, ni las triunfantes ententes periodísticas. Sin embargo, su figura ha caído en el olvido.

           En la actualidad permanece a la espera de juicio en la base de la Marina de Quantico, Virginia, encerrado 23 horas al día en un celda de 2x4, con una hora de ejercicio al día en la que “camina dibujando un ocho por una sala vacía”.  Entre sus lecturas autorizadas, la Crítica de la razón pura, de Kant.

           Sostiene Leigh que Assange compite con Manning por el título de mártir de la libertad de información. La diferencia es que el primero está encarcelado y el segundo espera orden de extradición por un supuesto delito de abuso sexual, en donde Leigh se niega a ver una conspiración de la CIA o del gobierno estadounidense.

           El libro reproduce parte de los chats que el soldado Manning mantuvo con el hacker (pirata informático) Adrian Lamo, quien posteriormente le denunciaría. A través de ellos, tenemos acceso a las dudas, miedos y reflexiones políticas del joven soldado. No se trata de un desequilibrado con delirios de grandeza ni de un soldado que actúa  por despecho contra sus superiores. Es algo más peligroso: un soldado con espíritu crítico que no le gusta lo que ve y que no aprueba los excesos de una guerra que no comprende: “Los estadounidenses somos mucho más sutiles, utilizamos muchas más palabras y técnicas legales para legitimarlo todo. Eso es mejor que desaparecer en medio de la noche; pero que algo sea más sutil no lo convierte en más correcto”, escribe el joven soldado Manning con “la piel quemada” y “oliendo a carbón, a sudor y a protector solar”. Y prosigue: “Pregunta hipotética: ¿Si tuvieras las manos libres sobre redes secretas durante largos periodos de tiempos, pongamos ocho-nueve meses, y vieras cosas increíbles, cosas horribles, cosas que deberían ser del dominio público en vez de estar en un servidor almacenado en una oscura habitación de Washington D. C, ¿qué harías?”. 

           Adrian Lamo, el hacker al otro lado de la red, lo tuvo claro: chivarse del chivato. Denunciarle.

     

     

    3. Cocinando filtraciones

    ¿Cómo se cocina una exclusiva periodística en la que interviene un hacker volátil, chulo y matón, y varios periódicos de diferentes países a los que el gobierno de Estados Unidos vigila de cerca? Según Leigh, con mucha paciencia y muchos recursos. La paciencia para convencer a Assange de la necesidad de contar con los medios tradicionales para filtrar, editar y contextualizar una cantidad ingente de información en bruto. Paciencia para obtener, después de un día entero negociando en la terraza del hotel Leopold de Bruselas, la clave que les dará acceso a los cables secretos; clave que Assange desveló de forma deliciosamente teatral: marcando con un círculo varias palabras de una servilleta amarilla de papel, en cuya esquina añadió la inscripción “sin espacios” y GPG (sistema de codificación). Paciencia para convencer a Assange de no castigar al New York Times por la publicación de un perfil poco amable del líder de WikiLeaks. Paciencia para convencer a Assange de la necesidad de borrar los nombres de los informadores que aparecían en los cables. Leigh asegura que cuando se lo plantearon a Assange, durante una cena en un restaurante español en Londres, el australiano respondió: “Bueno, son informadores. Si les matan, ya sabían a lo que se exponían. Se lo merecen”.

           Recursos técnicos y humanos para cribar y contextualizar una fuente de datos inabarcable y no siempre fiable. Informáticos y corresponsales reunidos en habitaciones semi secretas, sometidos a jornadas de trabajo interminables y coordinados con los equipos de investigación de otros periódicos de otros países: The New York Times, Der Spiegel, Le Monde y El País. De las conversaciones por Skype con los periodistas españoles, Leigh recuerda que “parecían rehenes reunidos en el sótano de la casa franca de algún grupo terrorista”. En aquella ocasión, los periodistas de El País sostenían un papel con un número escrito. Una medida de  seguridad para transmitir la referencia indexada de uno de los 250.000 cables.  Este ambiente de conspiración, real o imaginaria, provoca momentos de comicidad delirante. El director del Guardian, Alan Rusbridger, copió las técnicas con las que los traficantes de Baltimore burlan la vigilancia policial en la serie The Wire: comprando teléfonos móviles prepago para que su núcleo duro de investigadores se puedan comunicar sin miedo a pinchazos.

           Según expresión de Alan Rusbridger, aquella inagotable base de datos funcionaba “como una máquina tragaperras, lo único que tenías que hacer era sostener el sombrero debajo el tiempo suficiente”.

           ¿Cómo se usa un sombrero? Por ejemplo, renunciando en el proceso de búsqueda a palabras demasiado previsibles como corrupción (“aparecían más de 1.000 artículos”) y probando suerte con otro tipo de referencias inusuales,  como vodka. De esta manera, llegaron a los cables de William Burns, embajador de Washington en Moscú, en los que describía al líder checheno Ramzan Kadirov “bailando torpemente con su automática bañada en oro embutida en la parte de atrás de su vaqueros” y regalando lingotes de oro de cinco kilos a la pareja de novios. Otro patrón sorprendente en la búsqueda de información fue descubrir que las mejores historias se encontraban con frecuencia en los cables con una clasificación de seguridad más baja, mientras que los archivados como de alto secreto solían contener vaguedades sin importancia.

           ¿Cómo se presenta un sombrero en el escaparate?  The Guardian transformó las explosiones de bombas recogidas en los diarios de Afganistán en una visualización gráfica animada semejante a la utilizada en el plano interactivo del festival de Galstonbury. Así como el melómano pasaba el cursor sobre el escenario para ver qué concierto había a qué hora, podía el lector comprobar cuántas bombas y dónde habían estallado cada día en Afganistán.

           También es interesante observar los matices en la cobertura de la misma noticia. La prensa europea se centró en el sufrimiento de los civiles, mientras que The New York Times optó por una lectura estratégica de la guerra afgana. Ante la misma información sobre corrupción gubernamental en Rusia, The Guardian titulaba: “Dentro del estado mafioso de Putin”, mientras que The New York Times optaba por un anodino y correctísimo: “En los cables, EE UU muestra una mala opinión de Rusia”.

           Posiblemente, la lectura de WikiLeaks y Assange no cambie su valoración sobre el impacto de las filtraciones en la política mundial, pero al menos habrá disfrutado de una extraña novela de espías que puede leerse en clave de manual práctico de periodismo.

     

    * Emilio Sánchez Mediavilla (Santander, 1979) es periodista freelance. Ha colaborado con El País Semanal, y actualmente está montando una editorial especializada en periodismo, Libros del K.O. (www.librosdelko.com). Autor del blog www.enzyklopedien.blogspot.com

     


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