William Gaddis

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    William Gaddis, perseguido, como Pynchon y DeLillo, por una injusta reputación de dificultad

    José de María Romero Barea - 31-03-2016

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    Uno se adentra con una mezcla de intriga y estupor en esa conspiración llevada al absurdo que supone la obra del norteamericano William Gaddis (1922–1998). Su literatura, ese teatro de sombras que constriñe e hipnotiza al lector común, y ejerce una atracción aún mayor sobre los verdaderos fanáticos, hace que desaparezca la realidad durante el tiempo que dura la lectura. Una vez abandonado el libro, seguimos un tiempo con los ojos abiertos, sin poder evitar ver en todas partes signos de otro mundo, uno similar al que habitamos, pero más oscuro, más extraño. Más divertido.

     

    En la novela Los reconocimientos (1955), el pintor Wyatt Gwyon se dedica a firmar obras de maestros como El Bosco, Hugo van der Goes y Hans Memling. Para ser más exactos, Wyatt crea nuevas pinturas que reproducen a la perfección no sólo el estilo de los viejos maestros, sino también su espíritu. Tras envejecer a conciencia las imágenes, añade la firma del artista en cuestión. Desde ese momento, la pintura ya no es un original de Wyatt, sino un “nuevo” original de un genio muerto hace tiempo.

     

    “La mayor parte de las falsificaciones sólo duran unas cuantas generaciones, precisamente porque están hechas con tanto cuidado al gusto de la época; un Rembrandt falso, por ejemplo, confirma todo lo que esa época ve en Rembrandt”.

     

    Basil Valentine, otro de los personajes de la novela, es un artista con talento, pero al igual que Wyatt, es reaccionario. Para Basil, innovar es apropiarse de ideas y obras ajenas: “La gente más original se ve obligada a dedicar todo su tiempo a plagiar. Su único problema es que si tienen una chispa de ingenio o sabiduría no se la reconocen. La maldición de la inteligencia”.

     

    Los personajes de Los reconocimientos son artistas que buscan la salvación a través del arte, autores errantes, unas veces héroes y otras villanos, que se ocupan de registrar los préstamos involuntarios y las falsificaciones de la cultura moderna. Así, la obra está llena de impostores y farsantes, falsificadores y estafadores, aspirantes a artista: “Allí había poetas que pintaban, pintores que hacían crítica musical, compositores que reseñaban novelas, novelistas inéditos que escribían poesía”. Todo artista es un embaucador y el Viareggio, un pequeño bar italiano donde se los embaucadores se congregan, “cloaca de todos los vicios, donde se considera la virtud como prueba de estupidez, y la prostitución conduce a la fama”.

     

    Equiparable al Ulises en ambición, uso del lenguaje y penetración irónica, la novela de Gaddis se nutre, al igual que la de Joyce, de la cultura popular y la erudita. Ambas pueden ser elitistas e irreverentes, y todo ello de forma intencionada. Licenciado por la Universidad de Harvard y habitual de los circuitos culturales de Nueva York, Gaddis se ocupa en su novela lo mismo de los papas medievales, los santos, el antiguo culto romano de Mitra y los maestros holandeses, que de los clubes de madrugada y los rincones ocultos de Greenwich Village.

     

    Obra posmodernista temprana, Los reconocimientos participa de una imaginería típicamente modernista. A esta corriente anglosajona pertenecen su sexualidad torturada, su fragmentación, su despecho por la estructura, su obsesión por el estilo y sus limitaciones, su hilaridad basada en la mezcla de alta y baja cultura a la que aludíamos antes. Posmodernistas son, por el contrario, el estilo descarnado de algunos pasajes que prefiguran a Burroughs, la metaficción que asociamos a Calvino y Borges.

     

    William Gaddis ganó el National Book Award por su segunda novela, Jota Erre (1975), pero es su primer libro, Los reconocimientos, el que sustenta su modesta reputación literaria. En un siglo en que no faltaron novelistas invisibles, (Salinger, Pynchon, Foster Wallace), Gaddis no sólo fue el primero, sino también el que mejor supo ocultarse. Tanto, que todavía no ha sido descubierto. El lector en castellano tiene oportunidad de hacerlo de la mano de Juan Antonio Santos Ramírez y Mariano Peyrou.

     

    En la novela de Gaddis, conocer es reconocer (se). Pero reconocer (se) implica tiempo, experiencia, autenticidad, conceptos huecos en un mundo desacralizado, donde “los dioses sustituidos se convierten en diablos en el sistema que suplanta su reinado, y se quedan para causar problemas a sus sucesores, asequibles, como son, a los pocos para los que la magia no ha perdido la esperanza y ha sido sustituida por la religión”. 

     

    Wyatt y Basil, al igual que Stephen, Stanley y el resto de personajes, rechazan el arte contemporáneo, la sociedad en la que viven, incluso la cordura de la que hacen gala en contadas ocasiones. Son mentes ilimitadas limitadas por las coordenadas espacio-temporales. Persiguen la verdad y la autenticidad en un mundo donde lo sagrado no es tal, no puede existir, se encuentra ahogado por el comercio, el ruido, la falsedad: “—

    ¿El arte actual? –Los dientes desiguales mostraron una sonrisa burlona a través del humo–. El arte actual se escribe con f [Art, “arte”, fart, “pedo”]”.

     

    Las pinturas de El Bosco, Memling o Dierick que imitan, al igual que la novela de Gaddis, funcionan a modo de construcciones en las que se mezclan religión y mitología, ingenio y horror especular, “en negación ritual del conocimiento maduro de que nos estamos alejando unos de otros, de que sólo compartimos una cosa, el miedo a pertenecer a otro, o a otros, o a Dios”. Las imitaciones de los grandes maestros de la pintura, al igual que Los reconocimientos, son obras de arte que se resisten a un análisis completo y exhaustivo, “donde solo el dinero es moneda de cambio, y bajo árboles muertos y frágiles adornos manos prensiles intercambian falsificaciones de lo que el corazón no se atreve a entregar”.   

     

    Gaddis encarna el modelo de la literatura como búsqueda. Su lectura es adictiva: a medida que uno asimila una capa de significado quiere pasar a la siguiente lo antes posible. Sus libros pertenecen a una suerte de picaresca posmoderna. Muchos prefieren Ágape se paga (2002), su obra póstuma, la más corta de sus novelas, ya que tiene (en su mayor parte) una estructura lineal con un personaje central fácilmente identificable, que conduce al lector a través de la trama. Hemos privilegiado aquí sus novelas más densas, sus libros más largos. Cuanto más nos desconciertan, más siente uno la necesidad de desentrañar su significado.

     

    “¿Dinero…? –con voz susurrante. —Papel, sí. —Y no lo habíamos visto nunca. Papel moneda. —Nunca vimos papel moneda antes de venir al este. —Nos pareció rarísimo cuando lo vimos por primera vez. Inerte. —Parecía increíble que valiera algo. —Sobre todo, después de ver la forma en que padre hacía tintinear las monedas. —Eran dólares de plata”. En Jota Erre (1975), asistimos, con una mezcla de asombro y desconcierto, al diálogo inicial de dos personajes anónimos. Con la sola ayuda de lo que estos dicen (y callan), la lectura se abre paso a través del dolor y la rabia de esas voces innominadas que denuncian los excesos de un mundo cada vez más mercantilizado.

     

    La novela se estructura en el continuo dialogar de sus criaturas; se sostiene sobre una narración sin trama aparente, división de capítulos o párrafos; se diría pura alucinación, en la que el entretenimiento reemplaza al arte y la imitación sustituye a lo auténtico: “—Se perdió, si es que alguna vez fue proferido; la figura corriendo por el pasillo llegó al piano cuando éste estallaba con el motivo de El oro del Rin, que provocó que la pila de sillas cayera como una cascada sobre el escenario, haciendo que las doncellas de Rin se lanzaran en desorden a perseguir al enano que, de hecho, parecía saberse bien su parte y se había apoderado del oro del Rin”. 

     

    Esta sátira sobre el ascenso y la decadencia de las grandes empresas norteamericanas ocupa 1.133 páginas de diálogo ininterrumpido que dejan entrever la historia del colegial de 11 años JR Vansant, niño que construye su vasto imperio económico desde la cabina del teléfono público de su escuela, imperio que, para bien o para mal, acaba devorando a todos los personajes (lector incluido). A través de diálogos nada convencionales, unas veces tristes, los más hilarantes, la novela denuncia la imposibilidad de la felicidad y la realización creativa: “—Sí, no nadie ha dicho que sea culpa suya, Dan, (…) no la construyó usted personalmente, fue, desde luego que fue el constructor el que, mmm, el que la construyó, desde luego, pero el, (…) las condiciones de una hipoteca están relacionadas con, se establecen en función del número de años que se puede esperar que la casa dure dependiendo de su, en relación directa con la forma en que está construida, edificada (…) cuanto más separados se encuentren en un determinado espacio menos hay, porque cuanto menos haya, más separados se tienen que poner (…) es la clase de casa que se deja a los, mmm, a sus hijos, es decir, a su hijo cuando crezca, desde luego, si él, ¿entiende lo que le quiero decir, Dan?”.

     

    JR es la crónica de unos personajes en busca del significado y los valores de un mundo que reniega de ellos. Una suerte de redención parece posible a través de la pasión y la creatividad, aunque no está garantizada. El monólogo del autor llamado Gibbs que, en JR, escribe Agape Agape, es una novela dentro la novela sobre el orden y el desorden, escrita por un enfermo terminal, solo en su cama, guardián del caos y la decadencia, que intenta terminar su trabajo antes de morir: “—Revisarlo todo hoy, dios, tengo que terminarlo, otro día como ayer y me, dónde las cerillas esas (…) por dónde iba por donde, John Dewey estuvo sobando, espera, joder, bueno, joder, me he saltado una página (…) estuvo sobando las páginas pegadas con el queso este, joder, un conocimiento cercano e íntimo de la naturaleza queda interrumpido en medio de la cita de Dewey”.

     

    La traducción del músico y poeta Mariano Peyrou logra captar la atmósfera sombría y conmovedora del estilo de Gaddis, la decadencia de una narrativa paralela a la decadencia de la cultura, la desaparición de un mundo, un significado, un lenguaje y unos valores. En JR la cultura popular y la alta cultura no son entidades separadas sino una misma cultura marcada por los estigmas del capitalismo. La novela argumenta a favor de la autenticidad en literatura, y lo hace a través de una especie de ventriloquia, es decir, utilizando las voces de decenas de personajes: “—Están a tres con cincuenta, un buen momento para vender, perdí una hija, ¿le ha contado eso, Bast? (…) era capaz de deletrear casi cualquier palabra, qué le parece, había empezado a dar clases de piano cuando le sacaron el apéndice, hijos de puta, nunca decepcionan, verdad, no le pasaba nada en el apéndice (…) siempre se saltaba algunas notas, lo intentaba una y otra vez, estaba aprendiendo una canción que se llamaba Para Alisa, algo así (…) en esa época había una tienda de delicatesen que se llamaba Alisa cerca de nuestra casa, por eso todavía me acuerdo del nombre (…) todavía la oigo como la tocaba ella, de todas maneras eso es lo único que, lo único que quiero, todavía la, ¿oye?, ¿oye…?”.

     

    La raíz de JR es su profundo pesimismo. Su inteligente estructura y agudo sentido de la comedia atenúan su melancolía. La entropía constituye la médula espinal no solo de este libro, sino el de la opera omnia de su autor, junto a un profundo sentido del amor espiritual. Gaddis pertenece a la estirpe de narradores que, como Thomas Pynchon y Don DeLillo, han sido perseguidos por una injusta reputación de dificultad. El placer de crear una novela conforme se la recrea en la lectura es uno de los muchos que depara al lector este Premio Nacional del Libro de Ficción 1976.

     

    En las novelas de Gaddis, que Sexto Piso ha editado en castellano, el mundo de la paranoia, las conspiraciones, y las agencias gubernamentales a la sombra es tan convincente que una vez leídas uno comienza a ver signos y significantes en todas partes. Con su contagiosa alegría, que el crítico Roland Barthes, sin duda, hubiera denominado “goce”, y sus tácticas codificantes, el autor norteamericano sigue siendo el escritor que la posmodernidad y sus críticos eligen como representante. Crítico mordaz, su dura sátira parece ser la única reacción literaria válida frente a estos tiempos de desastre inminente, de codicia corporativa ilimitada, de falsa religiosidad, de corrupción en las altas esferas. La actualidad de la que habla la literatura de Gaddis es la nuestra. Sus libros son desafiantes, pero qué libro que merezca la pena no lo es.

     

     

     

     

    José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Autor del libro de poemas Europa aplaude (Paralelo) y las novelas Oblicuidades (Anantes) y Mitze Katze (Amargord), ha traducido Gerald Stern. Esta vez. Antología Poética. Colabora, entre otros, con Le Monde Diplomatique, La Vanguardia, Revista de Letras, Claves de Razón Práctica, Quimera y Nueva Grecia, de cuyo consejo de redacción forma parte. En Twitter: @JdMRomeroBarea.

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