Manifestantes rezando en la plaza Tahrir de El Cairo el 4 de febrero de 2011. Amr Abdallah Dalsh / Reuters

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    Y llega la revolución del Nilo

    Carla Fibla García-Sala - 10-02-2011

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    Nadie habla demasiado en la plaza Tahrir. Un espacio ni cuadrado ni redondo, con la forma generada por las grandes avenidas que confluyen en el corazón de la ciudad, lleva más de dos semanas ocupada por miles de ciudadanos egipcios que en varias ocasiones han superado su capacidad (350.000 personas) convirtiendo las arterias que nacen en la plaza en mareas humanas que llegan a desbordar los puentes del Nilo.

           En el centro de la plaza, palos y plásticos junto con algunas tiendas de campaña forman un barrio más en esta megapolis, provienen de muchos puntos del país, han dejado sus casas para, en un intento desesperado, mostrarle al presidente Hosni Mubarak y al régimen que le ha respaldado durante los últimos 32 años que no pueden más. No tienen nada que perder, tienen todo que ganar. Por eso, su determinación sorprende, inquieta, porque están dispuestos a morir en el intento, a dejar de existir, un planteamiento que aterra al régimen dictatorial y opresor instaurado en Egipto.

           Un cuarto de la población no tiene trabajo en Egipto y el 20% vive en condiciones consideradas de pobreza por la ONU. Una situación explosiva desde hace décadas que durante los últimos meses empezaba a ser imposible de contener. Pero los egipcios aguantan, como dice el autor de El edificio Yacobián el novelista Alaa Al Aswany, son como “los camellos”: capaces de recibir insultos y de ser maltratados sin inmutarse hasta que reaccionan, y cuando se enfadan se convierten en un animal difícil de controlar y calmar.

           El pasado verano, Said Jaled fue sacado por la fuerza de un cibercafé de Alejandría. Los agentes le arrastraron a la entrada de un edifico cercano y le golpearon hasta matarle. Las fotografías del cuerpo desfigurado de Said Jaled, con los dientes rotos, la mandíbula desencajada y la cara hinchada, circularon por la red social Facebook. Poco después se creaba una página web llamada Todos somos Jalid Said, administrada por Wael Ghonim (egipcio afincado en Dubai y  directivo de Google en Oriente Próximo).

           La rabia y la indignación estallaron en Alejandría, donde unas 3.000 personas participaron en la primera manifestación de la actual revolución. La página fue censurada y renovada por su creador en inglés y árabe.

           Pasaron los meses y esa clase media alta de la sociedad egipcia, los que “viven bien” y pueden evadirse viajando, dejando atrás las dificultades y la mordaza a la libertad de expresión que impone la dictadura de Mubarak, decidió plantarse. Costó que fraguara la protesta porque en este país con más de 80 millones de habitantes apenas un 20% tiene acceso a internet y de ellos un elevado porcentaje sólo consulta su correo electrónico. Pero finalmente el 25 de enero empezó a circular una convocatoria para organizar una gran manifestación en El Cairo. A las pocas horas de que fuera colgada en la red sumaba 60.000 seguidores.

           Cientos de miles de personas se manifestaron ese día en la capital egipcia. Salían a la calle convencidos de que si en Túnez lo habían logrado, ellos también podrían derrocar al régimen de Mubarak. Inspirados en su Mohamed Bouazizi (el joven tunecino que se prendió a lo bonzo como protesta por la vida miserable que les imponía el sistema implantado por el ex presidente Ben Ali), el nombre de Said Jalid retumbó por la calles del Cairo con la rabia atenazada por lustros de dictadura. La población venció el miedo –el arma más eficaz empleado por los regímenes autoritarios-, el camello se levantó colérico, y no han conseguido reducirlo,  ni mucho menos calmarlo.

           Los acontecimientos se han sucedido deprisa en los 18 días siguientes. Ante el éxito de la manifestación del 25 de enero, la red volvió a servir de altavoz para convocar un “Viernes de la ira”, expresión habitual en los países árabes, acuñado por los palestinos. El 28 de enero, El Cairo, Alejandría, Suez, Por Said, Asuán…, todas las ciudades importantes de Egipto viven la mayor manifestación de su historia. Los comentaristas comparan el millón largo de personas que salió a la calle aquel viernes con el funeral y despedida del líder panarabista Gamal Abdel Nasser (se dice que congregó a más de cinco millones de egipcios en las calles de la capital).

           Miles de manifestantes deciden no regresar a casa, quedarse en la plaza Tahrir (que en árabe significa “liberación”), en el epicentro de la capital, donde además del Museo Nacional Egipcio, la antigua sede de la Universidad Americana de El Cairo y algunos de los hoteles más importantes, se encuentra la Muqata, la sede del Ministerio del Interior desde donde se vigila a egipcios y extranjeros, el temido edificio donde nadie quiere ser interrogado.

           Los manifestantes son muy conscientes de que apoderándose de la plaza Tahrir, haciéndola suya, lograrán paralizar al régimen. Y así sucedió. Durante varios días se espera una reacción del presidente Mubarak. Los tanques salen a la calle, la policía se retira y los ciudadanos se organizan para defender sus hogares y a sus familias. El país queda completamente paralizado. El gobierno decreta un toque de queda que, aunque irá variando en horas, casi tres semanas después del comienzo de la protesta sigue activo.

           El miércoles 2 de febrero, grupos de manifestantes partidarios de Mubarak irrumpen en la plaza para dispersar a los manifestantes. Llegan montados en caballos y camellos de las Pirámides, armados con machetes, cuchillos y palos. Francotiradores disparan desde las terrazas de los edificios de la plaza. Se desata una batalla campal que estremece a la población. Egipcios luchando contra egipcios.

           Las Naciones Unidas aseguran que unas 300 personas han muerto en las protestas y 5.000 han resultado heridas, una cifra que Human Rights Watch respalda (cifra en 297 los fallecidos), aunque advierte de que solo han podido visitar algunos hospitales para recabar datos, por lo que las cifras deben ser sin duda más elevadas.

     

     

           La indignación se multiplica en la plaza tras el enfrentamiento. Los manifestantes levantan una barricada con lo que encuentran en la calle. Hacen acopio de piedras arrancadas del pavimento para defenderse. Esperan el próximo asalto. Alrededor de la plaza, varios hospitales improvisados atienden a centenares de heridos que no dejarán de llegar en los próximos días.

           El mensaje que difunde la televisión estatal, al servicio del presidente egipcio, ofende. En la intervención de Mubarak no hay una palabra de pésame para las familias de los muertos (“los mártires”). Se limita a mostrar su preocupación por la evolución de los acontecimientos y, tras confirmar que no se presentará a las próximas elecciones presidenciales (previstas para el mes de septiembre), promete que el recién renovado Ejecutivo, con el vicepresidente Omar Suleiman, ex jefe del espionaje, a la cabeza, pondrá en marcha las reformas económicas y políticas que demanda el pueblo.

           Más convencidos que nunca, el viernes 4 de febrero los manifestantes convocan la manifestación del “Día de la partida” [de Hosni Mubarak]. La convocatoria vuelve a cosechar un gran éxito, pero no logra que Mubarak dé su brazo a torcer, renuncie. Pero sí demuestra que la cabeza del régimen está acabada.

           El fin de semana transcurre con cierta calma. Los exhaustivos controles levantados en torno a la plaza son realizados por los propios organizadores bajo la supervisión del Ejército. A partir del domingo, el Gobierno aplica la estrategia de la “normalización”, actúa como si el hervidero de la plaza Tahrir no existiera y empieza las negociaciones con la oposición para una transición “ordenada y pacífica”.

           En la primera reunión entre Suleiman y el Grupo de los 10 (formado por los Hermanos Musulmanes, el movimiento nacional democrático del premio Nobel Mohamed Al Baradei, el líder del partido liberal GAD, Ayman Nour, los movimientos sociales como Kifaya y 6 de Abril, e intelectuales) se confirma que nada ha cambiado en las altas esferas. Las exigencias de los partidarios del cambio son reducidas con excusas poco convincentes, como la necesidad -desde el punto de vista legal-, de que Mubarak no abandone el poder hasta que no se celebren elecciones presidenciales y el líder elegido pueda aplicar las reformas constitucionales. Tampoco se quiere derogar la Ley de Emergencia (vigente desde 1981 para velar por la “seguridad” de los ciudadanos).

           La situación cae en un punto muerto que el régimen aprovecha para reabrir los bancos, instar a la población a que retorne a sus ocupaciones, y para mostrar en la televisión oficial que el Gobierno trabaja, que se reúne para encauzar la crisis económica agravada por la partida de un millón de turistas y la cancelación de todas las reservas hasta al menos principios de marzo,

           En la plaza Tahrir se reponen fuerzas y se convoca otra gran manifestación, que se celebra el martes, 8 de febrero. Un día laboral que termina para al menos medio millón de personas en el epicentro de la protesta.

    Con las pilas recargadas, los manifestantes montan al día siguiente nuevos escenarios, afianzan su presencia con más tiendas de plásticos y palos. El trajín de mantas, comida, agua y medicamentos es constante. Se levanta un un nuevo campamento frente al Parlamento. Hay marchas de cientos de personas que desfilan ante el Ministerio del Interior y las plazas más importantes de la ciudad para que los que han vuelto a su rutina no olviden que el cambio por el que se está luchando en Tahrir es para todos los egipcios. Para hoy, viernes, hay convocado un nuevo “Día de la ira”, una ira que ha crecido, pero que se ha hecho mucho más madura y espera dar un paso definitivo que obligue a reaccionar al régimen.

     

    Tahrir – Liberación

    El ambiente distendido de la plaza Tahrir, las canciones y bailes que se ven por doquier, pueden inducir a confusión. Los egipcios no están de fiesta, solo expresan su alegría por lo que ya han conseguido, por haber vencido el miedo y haber plantado cara al régimen de Mubarak. Pero no dejan de tener un ojo en las barricadas y se obligan a mirar constantemente las fotografías de los mártires instaladas por la plaza.

           No quieren ser clasificados en movimientos ni organizaciones. Son ciudadanos egipcios, individuos que se han instalado en la principal plaza de su capital y que han sido capaces de organizarse en comités para que la convivencia funcione. Un Comité de Salud gestiona los nueve hospitales de campaña improvisados. El de Seguridad es encarga de cachear a hombres y mujeres a la entrada de la plaza, donde sólo se puede acceder con carnet de identidad y mostrando el contenido de bolsas y mochilas. También hay un comité encargado de la alimentación, que reparte bocadillos, platos calientes, té y agua, otro encargado de la basura (están incluso reciclando), y otro de mantener los ánimos altos, de seguir bailando, gritando y forjando nuevas consignas para que los manifestantes sientan que nadie se para, nadie se desmoraliza ante el largo pulso planteado por el presidente egipcio.

           El espacio se ha convertido en un enorme escenario donde rige la ley de la libertad de expresión. Los ciudadanos se pasean con carteles donde expresan lo que piensan, otros lo explican en voz alta, algunos se enfrascan en conversaciones acaloradas… Todo el mundo opina. Politizados o no, cada ciudadano ejerce el derecho a hablar en el sentido más elemental y efectivo de la palabra.

           El único símbolo permitido en la plaza es la bandera egipcia. Los colores rojo, negro y blanco aparecen en antifaces, pulseras, incluso en unas acreditaciones plastificadas que también están al alcance de todo el mundo para que el que quiera se inscriba en el movimiento.

           Un enorme cartel, en árabe y en ingles, reza: “La gente quiere que se vaya el régimen”. Es la exigencia número uno, la no negociable para que los movilizados abandonen la plaza Tahrir y la vida recupere realmente la normalidad en Cairo.

     

     

    Fin de Inshallah (Si Dios quiere)

    Inshallah, si Dios quiere. Una expresión que un egipcio puede llegar a pronunciar sin descanso durante la jornada, ha cambiado de sentido en este país. La vinculación religiosa sigue intacta, pero los ciudadanos han plantado a cara a la apatía de aceptar lo que el destino les depare sin hacer nada por evitar lo que les perjudica.

           Muertos en vida, sin nada que perder, la clase desfavorecida del país está ampliamente representada en esta revolución. Con su presencia en Tahrir, cada individuo es importante. Una sensación que les ha devuelto la capacidad de creer en sí mismos y seguramente el significado más puro de la manida expresión religiosa. “Inshallah Mubarak partirá pronto, pero si no lo hace aquí continuaremos”, resume Sharif, herido en las protestas mientras se pasea con muletas por la plaza Tahrir.

     

    Dificultades del efecto dominó

    Demasiado fácil sería obviar las diferencias históricas, del papel que juega cada país en la región, en la forma de construir sus regímenes y la composición de sus sociedades (elementos étnicos y tribales, sectarios y doctrinales) para llegar a la conclusión de que la “revolución árabe” logrará acabar con los regímenes dictatoriales, sean repúblicas o monarquías.

           Coinciden en el origen, en la precariedad impuesta, precios elevados por la crisis económica mundial, la falta de libertades y la represión y violencia a la que han sido sometidos durante décadas. Pero eso no significa que todos los dictadores, monarcas y tecnócratas que les han oprimido vayan a caer y pagar por ello.

           Las manifestaciones en Argelia, Líbano, Jordania, Yemen, Bahrein… han sacado a la luz la debilidad de los sistemas. La represión en los territorios palestinos o en Siria para evitar que la gente salga a la calle ha demostrado también que la nueva actitud de la ciudadanía árabe seguirá caminos muy diferentes en cada país. El ejemplo más claro es que lo ocurrido en Túnez. Todavía no puede compararse con lo que está pasando en Egipto.

           Yemen ha vivido en las últimas semanas manifestaciones multitudinarias (hasta 20.000 personas en Sanaa, la capital). Una protesta que se mantuvo a pesar de que el presidente Ali Abdullah Saleh, tras 31 años en el poder, anunció que ni él ni su hijo se presentarán a las elecciones de 2013. El pueblo no le cree y se lo demostró. En Yemen no hay una clase media popular como la que se ha movilizado en Egipto o en Túnez, pero sí que existe el peligro de que se desencdene el caos ante las escasas concesiones del régimen. Es el país más pobre de Oriente Próximo y su situación interna, con la insurgencia en el norte, movimientos secesionistas en el sur y una presencia cada vez más importante de Al Qaeda, no permite pronosticar nada bueno. La corrupción, un elevado índice demográfico, el desempleo crónico y la escasez de bienes básicos, como el acceso al agua potable, echan más leña al fuego.

           En Siria, el presidente Bachir al Assad (casi 11 años en el poder tras heredarlo de su padre) describió en una entrevista reciente concedida The Wall Street Journal la situación actual como un “tipo de enfermedad” que afecta a los regímenes que no han cuidado su relación con el pueblo. Evidentemente, Siria está al margen porque el Gobierno conoce las necesidades de los ciudadanos. Eso dice Al Assad. Sin embargo, el presidente sirio no parece confiar en su poder cuando ordena que se bloqueen Facebook y Twitter para evitar la convocatoria de grandes manifestaciones o cuando rehúye hablar de la intimidación y detenciones sufridas durante los últimos días (denunciadas por organizaciones como Human Rights Watch) para que los blogueros y activistas quedaran paralizados. El miedo no ha desaparecido todavía de este país.

           Jordania ha optado por la prevención. El rey Abdallah II obligó a dimitir al Gobierno la semana pasada y designó a un nuevo primer ministro para demostrar que su intención es que se apliquen cuanto antes reformas económicas y políticas que satisfagan a la población. Se reunió con los Hermanos Musulmanes e intenta mantener el complejo equilibrio entre los intereses de las poderosas tribus y el elevado porcentaje de jordanos de origen palestino (un 60%) que forma parte de la sociedad. En las manifestaciones no se exige el fin de la monarquía hachemí, pero sí que se limiten sus poderes para que sea el pueblo el que elija a sus representantes, empezando por el primer ministro.

           La revolución árabe de 2011 no tiene marcha atrás. Los regímenes que durante décadas han actuado con total impunidad lo saben y están intentando adaptarse, transformarse para no desaparecer. La determinación de la gente, su capacidad de resistencia será la que determine si el fresco y renovador espíritu que se respira en el mundo árabe llega hasta el final. Una vez despertado el ansia por el cambio son sólo los ciudadanos los que podrán límites a su voluntad de seguir adelante.

     

    El Cairo, 10 de febrero de 2011

     


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