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—Namastee. ¿Puedo ver su pasaporte?
No terminaba de entender qué sucedía hoy. Si seguía chocándome con gente que me frenara el paso, reteniéndome hasta que no le mostrara mi pasaporte, tardaría mucho tiempo en abandonar Sikha, tanto que tendría que hacer noche allí mismo y me resultaría imposible alcanzar las aguas termales de Tatopani en esta jornada, tal y como tenía previsto.
—Sí, claro –respondí, sacando mi pasaporte del bolsillo y entregándoselo al soldado.
Las nubes se habían elevado un tanto por lo que, aunque con lluvia, pude caminar bajo cielo abierto y, antes de darme de bruces con el soldado, me entretuve observando el paisaje más allá de las terrazas anegadas en las que se reflejaba una atmósfera de cobalto viejo. Una stupa blanca con pobres banderas de oración, fabricadas con gasas, presidía la ladera, recortada casi en vertical, a la que se agarraban las coníferas de un verde apagado. El valle rugoso se vencía hacia el río Khola en pendientes arrasadas por estrías y canales del color del moho recién mojado. Y, presidiendo todo, se veían los dientes de sierra de unas montañas con la nieve sujeta en repisas y palas que apenas se mantenían firmes, congeladas, frente al poder de la gravedad.
Esa mañana, por un momento, cuando se apretaron las nubes, la lluvia se refinó, convirtiéndose en unas finas capas térmicas, como de celulosa perforada, donde flotaban minúsculas gotas de agua. Pasé algo lejos de un muro gris, presidido por un portalón de madera sobre el que se había construido un tejadillo a dos aguas, lo bastante ancho como para que tres soldados se protegieran allí de la lluvia, acuclillados, jugando a las cartas. Eran jóvenes cetrinos, de músculo apretado, con la cara llena de huesos, hijos de campesinos, calzados con sandalias, con los pies hinchados tras tanto esfuerzo caminando sin botas ni zapatos.
Al principio me cataron con desconfianza e intercambiaron miradas interrogándose entre ellos, y luego jugaron una mano de cartas para decidir quién tendría que abandonar el mísero refugio del tejadillo para venir a mi encuentro y parame los pies. El perdedor se incorporó y corrió hasta alcanzarme, con una mano colocada sobre la coronilla, como queriendo protegerse de la lluvia de forma tan inocente. Antes de que se pusiera a hablar, en su gesto leí algo similar a una mueca de preocupación; juraría que maldijo al tiempo que se compadecía del extranjero loco que se le había ocurrido pasar por allí en plena temporada de monzones.
—Namastee –repitió, en esta ocasión uniendo sus manos, sin firmeza, frente a su pecho, cuando ya sostenían mi pasaporte–. Necesitamos comprobar su permiso, por favor.
Abrió mi pasaporte, encontró mi permiso para internarme en el circuito de los Annapurna, lo extrajo del pasaporte y lo volteó, como si le obligaran a leer también el reverso, donde apenas figuraba nada salvo el escudo de Nepal, y se entretuvo escrutando los caracteres y los dibujos de los matasellos. Sospeché que no sabía leer o que no era capaz de hacerlo en condiciones, lo cual me llevaba a preguntarme cómo había aprendido inglés. Pasó cada una de las páginas de mi pasaporte, se diría que anhelando tropezarse con alguna irregularidad o retrasando un tanto su regreso al juego de cartas para evitar los reproches de sus compañeros, para evitar una acusación de indolencia. Se le marcaron las arrugas de la frente al topar con el sello de Australia, el de Fidji y el de Canadá en la misma hoja. Se rascó la sien y el cogote antes de seguir pasando páginas. Alzó el pasaporte cuando llegó a la página que contenía mi fotografía, para situarla a la altura de mi cara y cotejarla con la persona que tenía frente a sí. Miró a la fotografía y me miró, y luego miró a la fotografía y luego volvió a mirarme.
—No te pareces –comentó con un acento que pretendía ser neutro, profesional.
Forcé una sonrisa y me desprendí de la capucha del poncho.
—Es por la barba –expliqué.
—¡Oh! Sí. Ya veo.
El soldado continuaba desconfiando, incómodo bajo una lluvia que, aunque fina, le iba empapando poco a poco como empapaba el pasaporte y el permiso de tránsito, y todo por culpa de haber perdido una mano en un juego de cartas. Me temí que él, o alguien del centro militar, se empeñara en interrumpir mi camino justificándose en cualquier excusa: una supuesta epidemia que podía haber importado de Sidney, una irregularidad en la fecha de salida desde Halifax, la conveniencia de cerciorarse, llamando a un superior, acerca de la calidad de las relaciones entre Nepal y los gobiernos sospechosos de alguno de los países que yo había visitado.
—También puedo dejar de sonreír –dije–. En la fotografía estoy serio.
El soldado adoptó una actitud grave, reservada. Luego intercambió un puñado de frases, a gritos, con sus compañeros. Uno de ellos cruzó corriendo la puerta para entrar en el recinto.
—Lo digo porque en la foto estoy serio –repetí.
—Ya veo –dijo, sin separar su vista del pasaporte, como si se maliciara algo y no se atreviese a mirar a los ojos al delincuente porque es de mayor envergadura que él y, sin duda, en una batalla cuerpo a cuerpo no tardaría ni tres segundos en verse tumbado con la espalda contra el suelo y algún hueso roto.
El soldado que había cruzado la puerta regresó y voceó algo desde la distancia. El que sostenía mi pasaporte le contestó afirmando con la cabeza.
—¿Hacia dónde va, señor? –terminó por curiosear.
—Hacia Tatopani –respondí–, y después a Jomson.
Me pregunté si yo estaba mintiendo, que es algo que me cuestiono, esta última temporada, con demasiada frecuencia. Al fin y al cabo, la expedición de Herzog, que mi amigo pensaba emular, plantó su campo base cerca de la confluencia de los ríos Kali Gandaki y Miristi Khola, pocos kilómetros más allá de Tatopani, desviándose hacia el este, y unas horas antes de alcanzar Sikhase se me había ocurrido pensar que Juan Luis era capaz de imitarles hasta en eso, que desearía repetir las dificultades por las que pasaron, incluidas las que suponían la exploración del terreno. Así pues, yo estaba ponderando la posibilidad de avituallarme en condiciones en Tatopani para internarme luego siguiendo la ruta de los franceses, aunque eso me supusiera algún que otro vivac en temporada de lluvias. Estaba convencido de que a medida que pasaran los días, yo iría siendo un poco más montañero y algo como un vivac resguardado en cualquier agujero, protegido por mi poncho impermeable a modo de tienda de campaña, masticando unos chapatis fríos, sería para mí lo mismo que tumbarme en el sofá del salón de mi casa.
—No hay nada después de Tatopani –comentó el soldado–. La carretera está cerrada. No se puede cruzar la Garganta del Kali Gandaki. No hay nadie más allá de Tatopani, excepto las personas que viven allí todo el año.
—¿Nadie más? –pregunté–. ¿Ningún extranjero?
—Los turistas no están tan locos como para venir hasta aquí en esta época del año –repuso, sin detenerse a pensar que, si bien de una forma más o menos sofisticada o improvisada, yo no dejaba de ser un turista–. Y la gente de los valles reunió en primavera todo lo que necesita para estos meses. En caso de urgencia, o si hay una ventana de buen tiempo, las avionetas pueden volar hasta Jomson.
Me pregunté si esa era una buena idea: en caso de que se cerrara totalmente el camino, podría intentar volar desde Pokhara hasta Jomson en una de esas avionetas. No saldría barato, pero el dinero era el más pequeño de mis problemas en ese momento.
El soldado me devolvió el pasaporte.
—¿Le importa si trato de seguir mi camino? –le pregunté, pues permanecía frente a mí, interrumpiéndome el paso.
Se dirigió hacia sus compañeros. Discutieron veinte o treinta segundos. Uno de ellos, el que parecía más joven, se enfureció y no paró de negar gesticulando con todo el cuerpo. El otro quiso tranquilizarle apoyando una mano sobre su brazo, hablando con suavidad y moviendo la cabeza en giros sin sentido, como esos perritos de plástico que se colocan en las bandejas traseras de los coches.
El soldado que me obstaculizaba se apartó.
—Hemos votado –explicó–, y dos de nosotros pensamos que puede pasar. El otro dice que mejor no, que es mejor que no vaya, que si le sucede algo tendríamos que salir a buscarlo y que ahora el Kali Gandaki es peligroso para usted y para nosotros, y que nosotros no estamos aquí para rescatar a nadie. Y le hemos dicho que es verdad, que no estamos aquí para rescatar a nadie, que ya le hemos avisado y que, por lo tanto, no iremos a rescatarle si le sucede algo –detuvo su perorata un momento, meditando, antes de continuar–. ¿Tiene usted un teléfono móvil? Está bien que lleve usted uno. El satélite siempre puede rastrear la señal y sabrá cómo dar con usted.
—Pueden estar tranquilos –repuse–. Sabré cuidarme.
Lamenté haber dejado el teléfono móvil en España, aunque no sabría cómo cargar la batería en la alta montaña. Y, la verdad, no tenía ni idea de cómo resolver las dificultades que los soldados habían apuntado. Pensé en ello una y otra vez, pensé en la garganta con el río embravecido y en las caídas de piedras y en la lluvia escurriéndose por todos los lados, durante los minutos siguientes, mientras descendía caminando y paraba de llover. Pensé en lo que podría estar suponiendo el cambio climático en Nepal, en el incremento de los corrimientos de tierra, en las consecuencias de los deshielos de los glaciares y en cómo estaría afectando esto a la orografía del país, aumentando los aludes de barro, enfureciendo los ríos.
Hasta que pisé una piedra húmeda y resbalé. Di con una rodilla en tierra, y la articulación crujió como si fuera de madera. Me senté en el suelo, allí mismo, y antes de sentir el dolor en la rodilla brotó cierta lástima en mí, una dosis de autocompasión que sabía era preciso combatir y que estaba pegando fuego a mi rostro. Me había impuesto la obligación de ese viaje, de ese rescate, de esa búsqueda, la necesidad de cerciorarme de que mi amigo continuaba con vida e ileso o de que jamás volvería a verle.
Me di cuenta de que lo que no poseía, en realidad, era una certeza.
De ahí que para mí fuera obligado viajar y estar en condiciones perfectas de viajar. Y para conquistar esa certeza no cabía otra opción que rematar mi esfuerzo, que agotarme hasta que me abandonaran las energías y junto a ellas la ilusión. Pero una piedra húmeda podía haber dado al traste con mi ofuscación y con mi quimera. Si algo se había roto, no cabía más solución que bajar los brazos, dar marcha atrás, renunciar a la luz al final del túnel.
Doblé la pierna en el aire, comprobando que había dolor, pero no una lesión que me impidiera flexionarla, al menos en caliente, y luego la apoyé en el suelo para volver a doblarla y acreditar que seguía siendo útil. Supuse que podría caminar sin peso y seguramente también con la mochila a cuestas, pero que era más prudente aligerarla. Calculé que en mi mochila cargaba con cerca de veinte kilos en objetos de variado pelaje: abrigos de forro polar, impermeables de gore-tex, guantes y ropa térmica que todavía no había usado, zapatillas, ropa interior de repuesto, un neceser con muchos medicamentos, una linterna, una cantimplora… Abrí la mochila dispuesto a desalojar de ahí todo lo que no fuera a usar, todo lo que había metido pensando en fatalidades, poniéndome en el peor de los casos. Esparcí el contenido a mi alrededor, sobre el suelo, y repasé cada uno de los objetos que llevaba. Pero tampoco era cuestión de hacerse el sadu, uno de esos hombres santos de la India que se pasean con lo puesto, apenas un taparrabos, collares y un aguante increíble para pasarse varios días sin probar bocado, además de su marca roja en la frente, para alcanzar la unión con lo divino.
Así pues, recuperé toda la ropa de abrigo, las medicinas, los crampones y el piolet, la linterna y la comida que había comprado y que debía de ser suficiente para sobrevivir los siguientes tres o cuatro días, la navaja, el bolígrafo y el cuaderno, y lo volví a guardar en la mochila. Finalmente, lo único que quedaba fuera era el libro de Henry James. El volumen estaba hecho polvo. Las páginas se abarquillaban, humedecidas y amarillas, y al pasarlas el tacto era repugnante. Recordé a mi profesor de estética en la facultad, un anciano jesuita que sentía tanto asco al agarrar los billetes de cien pesetas, tan viejos, tan sobados, que no se detenía a la hora de tirarlos al suelo. Algunos compañeros le perseguían, escondiéndose tras las esquinas, para sufragarse unas cervezas a su costa.
Deposité el libro sobre una roca, en un lugar bien visible, para que el próximo viajero pudiera disponer de él si así le apetecía. En ese instante pensé que Henry James es un autor complejo, exquisito, un modelo de autores, uno de esos que elaboran un tipo de escritura ideal para quienes aspiran a dedicarse a la literatura, lo cual queda lejos de mis ambiciones. Ser escritor no es una mala idea, pero para eso tendría que nacer de nuevo, con todo mi software libre de prejuicios, dispuesto a ser formateado, y un montón de tiempo libre por delante.
Cargué la mochila a la espalda y probé a caminar un paso, dos. Comprobé que mi rodilla ejecutaba a la perfección su juego, que tan solo debía habituarme al dolor, algo que sería sencillo debido a que estaba escampando y el oxígeno me llegaba a los pulmones con un punto perfecto de azúcar.
Tuve que apoyarme en las manos, varias veces, para protegerme durante la bajada hacia Tatopani. El terreno mojado, con las piedras pulidas, millones de veces pisadas, y el barro virgen, se presentaba como una pista de patinaje en la que me podría deslizarme amablemente, acelerando hasta caer al fondo del valle, a las aguas de un río transformado en una horda de espuma removiéndose a mil kilómetros por hora, en la que sin duda moriría ahogado. Al llegar junto al río, crucé el puente de acero suspendido sobre el furor de espejos quebrados, sobre remolinos de un infierno blanco, con las tablas bailando bajo los pies al ritmo de un terremoto. Alcancé Tatopani y me senté en el primer restaurante que vi, en una terraza a la entrada de la aldea, tras ascender una cuesta con un estropajo por rodilla, para disfrutar de una cerveza antes de programar el siguiente paso.
Este texto pertenece al libro Atlas del camino blanco, publicado por la editorial Baile el Sol.