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(Esta historia comenzó aquí y continuó aquí, luego aquí y después aquí; ahora llega a su final. ¿O quizá es un principio?)
Como recordarás, Roberto había caído en un hoyo, precisamente el hoyo que dos enterradores desdentados estaban cavando para su tumba. Y sí, como suele suceder, cuando uno cae a un hoyo, en algún momento toca fondo (no lo pruebes en casa, por si acaso). Roberto tocó fondo. Te estarás pensando que fue a parar a su camita, es decir, que fue a caer sobre un colchón mullidito. ¡Pues no exactamente! Porque alguien, no se sabe quién, tal vez alguno de los fantasmas que le habían visitado por la noche, había movido la cama de sitio, así que no cayó sobre la cama sino sobre el suelo, se dio un tremendo porrazo, y estuvo viendo las estrellas un buen rato. Y ahí estaba, tirado en el suelo dolorido, cuando de repente le vino a la cabeza una canción… ¿Dónde había oído esa canción y por qué la recordaba justo en ese momento? ¡Claro! Era la canción que estaba tarareando el último fantasma, el niño piojoso ese del teatro del futuro. Era una canción que… Claro, ¡cómo no la había reconocido antes!
“La del pirata cojo, con pata de palo, con parche en el ojo…” Y se puso a cantar a ‘grito pelao’ la canción de Joaquín Sabina, y sin pagar derechos… Y tú pensarás si no tenía otra cosa que hacer, si no habría reflexionado ya tras esa movidita noche y no tendría que estar empezando a pedir perdón a todas las compañías de teatro a las que había fastidiado con sus críticas… Pero no fue exactamente eso lo que sucedió, porque este no es el cuento de Dickens, sino otro muy distinto.
Roberto seguía dolorido, pero cantando a pleno pulmón, tirado en el suelo de su habitación. Y de repente escuchó al gallo cantar.
ROBERTO.- ¿De dónde narices sale ese gallo? ¡Jamás en la vida ha cantado un gallo aquí en la ciudad!
Vale, lo del gallo es que me apetecía, porque eso de poner a un gallo a cantar en la ciudad pues me llamaba la atención. Pero realmente es inverosímil. Y dirás tú, “anda que lo demás de este cuento de teatro es muy verosímil”. Pues mejor no digas nada, anda, mejor te callas.
A Roberto le entró hambre, se levantó y cantando fue hacia la cocina. Y allí sobre la mesa de la cocina encontró un paquete de galletas a medias, un café a medias, muy frío, y su libreta, la libreta en la que tomaba notas en el teatro, durante la función, para luego escribir su crítica. Empezó a comer galletas, más bien a devorarlas. Abrió la libreta por una página al azar y justo cayó en la última página escrita, en la que decía un par de cosas (bastante crueles) sobre la obra que había visto el día anterior. Anda, mira, qué casualidad, justo al lado de las galletas había un bolígrafo. ¡Qué cosas! Cogió el bolígrafo y se puso a tontear sobre la libreta.
Y mientras cantaba, pensaba en voz alta:
ROBERTO.- Mira, pues si sigo por este camino, mi vida podría acabar así como he visto esta noche…Pero si cambio… ¡A lo mejor es eso! ¡A lo mejor lo que me quieren decir estos tres fantasmas es que tengo que cambiar!
Y le seguían viniendo frases de la canción, y las cantaba bien alto.
ROBERTO.- «Y como además sale gratis soñar y no creo en la reencarnación, con un poco de imaginación…»
De repente se dio cuenta de que, como tenía el boli en la mano, al lado del título de la obra acababa de escribir una letra. Era la letra M. Y siguió pensando en voz alta.
ROBERTO.- ¿Cómo se cambia? ¿Cómo narices puede una persona cambiar? ¿Puede por ejemplo ponerse a hacer lo contrario de lo que está haciendo? Bueno, claro, pero hacer lo contrario de lo que uno está haciendo bien, no sé si es muy productivo. Aunque, ¿quién puede juzgar lo que uno está haciendo bien y lo que no? ¿Acaso eso lo pueden decidir tres fantasmas de mierda? No, no tengo claro si los fantasmas me han dicho algo sobre si lo que hago está bien o mal. Creo que solo me han mostrado unos momentos de mi vida… y de la vida de otros…
Y volvió a recordar la canción…
ROBERTO.- «Con un poco de imaginación partiré de viaje enseguida a vivir otras vidas, a probarme otros nombres, a colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré…»
Miró a su cuaderno y vio que había escrito otras dos letras. De casualidad. Eran la A y la R. ¿M, A y R? ¿Mar? ¿Qué tenía que ver la obra que había visto con el mar? Se comió otra galleta, pensando.
ROBERTO.- Si no me gusta el mar. ¡Me da asco el mar! ¡Si no me baño en el mar desde que soy pequeño!
Probó a escribir otra letra, la primera que le surgió. Fue otra A. ¿MARA?
ROBERTO.- Sí, tuve una amiga que se llamaba así… Y también había una actriz, una actriz que se llamaba Mara, pero una vez escribí algo sobre ella que… Bueno, sí, tal vez me pasé… Me pasé, definitivamente me pasé, dije cosas feas sobre ella. Ahora me doy cuenta de que…
Miró su cuaderno, había escrito una letra más. La V. ¿MARAV? Era el principio de una palabra en desuso…
ROBERTO.- ¿Maravedí? ¿En qué época se pagaba con maravedís? ¿Qué será un maravedí?
Estaba a punto de ir a encender el ordenador para buscar esa palabra, pero vio entonces que había escrito otra letra. La I. MARAVI. Siguió pensando en voz alta.
ROBERTO.- ¿Maravi? ¿Qué puede querer decir? ¿Maravi de maravilloso? ¿Mis dedos se ponen a escribir solos y escriben esto? Pero si esa palabra no le usado nunca, si me dicen que odio todas y cada una de las obras de teatro que se hacen, ¿cómo voy a escribir algo así al lado del título de una obra mala?
Puso tres letras más para terminar la palabra. Una palabra más corta que ‘maravilloso’. Escribió una L. Otra L. Y una A. MARAVILLA.
ROBERTO.- Maravilla.
¿Maravilla? Justo al lado del título de la última obra que había visto. ¿Esa obra, una maravilla? ¿En serio eso era lo que había que hacer para cambiar?
ROBERTO.- ¿En serio esto es lo que hay que hacer para cambiar? ¿Escribir que la obra esta es una maravilla? ¿Realmente quiero cambiar?
Bueno, a ver, que es que, en el fondo, Roberto era muy mal hablado, y claro, tuvo que añadir unas letras más. Antes de la palabra maravilla escribió una P, una U, una T y una A. PUTA MARAVILLA. Ahora se podía leer PUTA MARAVILLA al lado del título de la obra. ¿Era esa una solución para que su futuro no fuera como el que le había enseñado el niño piojoso? ¿Decir que cada obra que veía era una maravilla, o incluso una puta maravilla, como esos que ponen en los estoris de Instagram una foto de los saludos de una obra y escriben que es una puta maravilla? Que es que hay gente que cada obra que ve es una puta maravilla, todo les parece una puta maravilla… ¿A qué teatros irán esos que ven tres o cuatro putas maravillas por semana? ¡Qué suerte tienen! ¿O es que están intentando cambiar? ¿Les han visitado alguna noche tres fantasmas y están tratando de cambiar y por eso escriben que ven putas maravillas?
ROBERTO.- ¡Sí, es eso! ¡Ahí está la solución! ¡En decir cada día cosas exageradamente bonitas de cada obra que veo! ¡Así me querrán todos!
De repente cogió la taza de café con tan mal tino que se le derramaron unas gotas sobre la libreta, y con tan mala suerte que cayeron justo sobre las palabras que había escrito acerca de la última obra que había visto. Y esas palabras quedaron ilegibles; en la página de la libreta solo se leía el título de la obra y al lado PUTA MARAVILLA, y debajo un manchurrón ilegible.
Entonces empezó a llorar. ¡Él! ¡Que no lloraba desde que era niño! Vio esa mancha de café que se extendía e iba borrando cada palabra de su libreta y empezó a llorar… Sí, ¡de su libreta! ¡De toda su libreta! Porque no solo había borrado las palabras de esa página, sino que empezó a pasar páginas y se dio cuenta de que la mancha de café se iba extendiendo a toda su libreta… Pocos segundos después solo se podían leer los títulos de las obras, pero no lo que había pensado sobre ellas mientras las veía. Y lloraba y seguía canturreando…
ROBERTO.- «Morfinómano en China, desertor en la guerra, boxeador en Detroit…»
Y así, llorando y cantando, decidió a enmendarse, y decidió enviar una crítica muy breve al diario… ¿no la había mandado ya la noche antes? Pues no; fue al ordenador, lo encendió, miró su correo electrónico, y vio que no había enviado la crítica la noche anterior, ¡pero sí que la había escrito! Abrió el documento, pero… El título de la obra, y nada más. ¿No se había guardado lo que había escrito? ¿Pero qué mierda era esa de los ordenadores, que fallan cuando menos te lo esperas? ¿Tendría que escribir la crítica de nuevo?
ROBERTO.- ¡Pues vaya una mierda!
Bueno… Los domingos no salía su crítica en el periódico… Espera… ¿Era domingo? Cuando se acostó era sábado… Pero después de todo lo que había vivido esa noche, lo mismo habían pasado varios días… Decidió abrir la ventana y preguntar al primero que pasara…
ROBERTO.- ¡Voy a abrir la ventana y preguntar al primero que pase!
Abrió, asomó la cabeza, un día claro y despejado se presentaba ante él. Hacía frío. No pasaba nadie por la calle, pero empezó a gritar:
ROBERTO.- ¿Qué día es hoy? ¿Qué día es hoy? ¿Qué día es hoy?
Entonces pasó un joven de unos veinte años mirando el móvil, y al oír a Roberto gritar casi se choca con una farola.
ROBERTO.- ¡Eh, tú, idiota!
JOVEN.- ¿Yo?
ROBERTO.- Sí, tú… ¿O acaso ves a otro idiota paseando por la calle?
JOVEN._ Eh… (Mira alrededor.) No, señor…
ROBERTO.- ¿Qué día es hoy?
JOVEN.- Pues hoy es 25 de diciembre… ¿Por qué me llama idiota, señor?
ROBERTO.- ¡Que me digas qué día de la semana es hoy, leches!
JOVEN.- Eh… Domingo, señor. ¿Por qué lo quiere saber?
ROBERTO.- ¿Y a ti qué te importa?
JOVEN.- Ah… Muy bien… ¿Le parece buena época para dar esas contestaciones?
ROBERTO.- ¡No haces más que preguntar, pesado!
JOVEN.- ¿Yo?
ROBERTO.- ¡Yo doy estas contestaciones cuando me da la gana!
JOVEN.- ¡Feliz Navidad, señor!
ROBERTO.- ¡Vete a la mierda, payaso!
El joven se quedó un poco descolocado, y decidió seguir caminando. Pocos pasos más adelante, Roberto le llamó de nuevo.
ROBERTO.-¡Eh, tú! ¡Sí, tú! ¡Tú!
JOVEN.- ¿Yo?
ROBERTO.- ¿Conoces la pollería que está ahí en esa misma acera un poco más adelante?
JOVEN.- ¡No soy de este barrio, señor!
ROBERTO.- ¡Eso me da igual! Toma, coge este billete, y ve a la pollería y mira a ver si no han vendido aún el pavo grande que tenían en el escaparate.
Roberto tiró un billete de 50 euros al joven, y este fue corriendo a por él.
JOVEN.- ¿Quiere que le traiga un pavo, señor?
ROBERTO.- Quiero que lo compres y…
JOVEN.- Pero es la mañana de Navidad, y muy temprano, la pollería estará cerrada.
ROBERTO.- ¡No me has dejado terminar, leñe!
JOVEN.- Perdón, señor…
ROBERTO.- ¡Quiero que compres ese pavo y te lo metas por el culo! ¡Entero!
JOVEN.- ¿Cómo, señor?
ROBERTO.- ¡Vete a la mierda!
Roberto cerró la ventana muy enfadado con el joven. «¿Por qué se había enfadado?», te preguntarás. Yo también me lo pregunto. Pero, por otro lado, estaba un poquito contento, porque era domingo y hasta el lunes su crítica no iba a salir… Además, como la noche anterior se le había olvidado enviarla, pues aún estaba a tiempo para enmendarse y corregir su rumbo. «¡Qué cursilada!», estarás pensando.
ROBERTO.- ¡Aún tengo tiempo para enmendarme y corregir mi rumbo!
Envió la nueva crítica: En fin… Lo que hizo fue abrir de nuevo el documento y poner en mayúsculas debajo del título dos palabras: PUTA MARAVILLA. La envió al periódico.
Cerró el ordenador, se vistió, se repeinó un poco los tres pelos que le quedaban se afeitó, y bien afeitadito salió a calle a insultar a la gente, que es lo que le gustaba hacer realmente el día de Navidad. Aún era algo temprano, pero ya aparecían las primeras personas a las que insultar.
ROBERTO.- ¡Buenos días, pedazo de cerdo!
HOMBRE.- ¿Cómo?
ROBERTO.- ¡No lo pienso repetir! ¡Pero espero que tenga un día de Navidad horrible!
HOMBRE.- Qué ordinario
ROBERTO.- Y usted, señora, ¿qué mira? ¡Si quiere ver cosas feas, mírese al espejo!
MUJER.- ¿Cómo?
Empezó a caminar con las manos a la espalda, mirando a todo el que se encontraba por el camino con una gran sonrisa y diciendo este tipo de barbaridades. Y lo más gracioso es que creyó ver por la calle a Concha Velasco, a Esquilo, y hasta al niño piojoso del teatro del futuro. ¡Los vio y los insultó a voz en grito!
¿Esto para Roberto eran bromas? Nunca lo sabremos. Tampoco sabremos si todas las críticas desde ese momento fueron benignas, si empezó a decir maravillas sobre cada montaje, si se hizo una cuenta de Instagram y empezó a escribir en los estoris que cada cosa que veía era una puta maravilla… No sabremos si siguió toda la vida cantando la canción de Sabina… Y sin pagar derechos…
ROBERTO.- «Confesor de la reina, banderillero en Cádiz, tabernero en Dublín…»
Fin.
(Leer todos los episodios aquí.)
@nico_guau