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Arena en los ojos. Memoria y silencio de la colonización española de Marruecos y el Sáhara Occidental

[El mar volverá]

Como seguimos la trayectoria sin desviarnos, hacia abajo, hacia abajo bordeando la costa, lo primero que vi del Sáhara Occidental fue el mar.

Y eso me llevó inmediatamente al recuerdo de los campamentos de refugiados de Tinduf, donde había estado unos años antes.

En el Museo Nacional de la Resistencia en Bojador –una de las poblaciones que forman ese país sin país que son los campamentos en los que Argelia acoge a los y las refugiados saharauis desde hace casi cincuenta años–, una de las vitrinas más destacadas exhibe una vértebra y una mandíbula de tiburón. Enormes e insolentes entre otros restos arqueológicos, sorprenden a quienes visitan un museo en el que creían que solo les iban a hablar sobre el desierto.

Medio siglo basta y sobra para confundir a un pueblo con su exilio. Décadas de imágenes repetidas nos han llevado a identificar al Sáhara con el entorno de arena seca en el que se ve obligada a vivir su gente. Pero el Sáhara, como Tarfaya, como Ifni, tiene mar y ha vivido siempre mirándolo. Y ahora, recordándolo. Escribe el poeta Bahia Mahmud Awah: “La mar, esta/ nuestra, con sus cuajadas espumas/ negras, rojas, blancas/ y verdes,/ volverá a vernos, inevitablemente,/ seguro volverá a vernos”. Algunas familias guardan, entre las pertenencias que se llevaron al partir como quien atesora una vieja llave, cañas de pescar. Aunque siempre siempre siempre que hablan con extranjeros tengan que responder a la misma pregunta:

¿Cómo que mar? ¿No es el Sáhara un desierto?

Mientras traqueteábamos mapa abajo, viendo la cenefa azul a mi derecha como una compañera imperturbable del camino, pensaba en todo esto y me acordaba también de algo que había pasado el verano anterior, cuando mi amiga J. vino de visita a Madrid. J. es saharaui, ha nacido y crecido en los campamentos de refugiados. Nos conocimos hace unos años, trabajando juntas en un documental web sobre la memoria cruzada de nuestros países –cada una haciendo su parte, una vez más–. En ese proyecto también trabajaba I., otra amiga, y en su visita nos juntamos las tres. I. suele tener ideas curiosas para los planes, y aquella tarde calurosísima de agosto fue así: se le ocurrió que fuésemos a navegar un rato en las barquitas del Retiro.

Lo que pasó después bien podría ser el comienzo de un chiste: ¿qué hacen una asturiana, una vasca y una saharaui en una barca en un estanque? Pues os cuento: mientras la asturiana y la vasca son prácticamente incapaces de otra cosa que girar en círculos e intentar no zozobrar, la saharaui rema con gran destreza, mantiene el rumbo y se ríe a limpias carcajadas de sus amigas torpes.

Lo pensé aquella tarde de verano y lo pensé de nuevo esa otra tarde de largo viaje, mirando el Atlántico desde la carretera: que igual para navegar lo más necesario no son ni traineras ni piraguas, sino el sueño del mar.

 

[Camuflada]

Hay un tema con la primera persona del singular de los relatos de viajes: que muchas veces no es cierta. Quienes emprenden los grandes periplos –esos viajeros con una fantasía de gesta en la cabeza– a menudo emplean en su escritura un yo que nos hace imaginarles solos, resolviendo autosuficientes sus asuntos por el mundo. A menudo, sin embargo, si pudiésemos abrir el zoom, la escena sería muy distinta. Habría en ella otros personajes, silenciados en el cuentito de sus hazañas. Sus mujeres, novias o amantes, muchas veces, dándoles el apoyo logístico o emocional que hace posible la vida. Guías o fixers locales, porteadores, traductoras, mediadores sin los y las cuales no habrían accedido a casi nada de lo que cuentan.

En este libro, uso la primera persona del singular solo cuando es cierta. Hay pasajes en los que pasamos a un nosotrxs del que forman parte los muchos compañeros y compañeras del camino. Pasar la frontera del Sáhara Occidental era algo que me preocupaba. Habiendo trabajado como periodista en Marruecos, y con mis posiciones al respecto fácilmente encontrables en un googleo, no era en absoluto descabellado que el intento saliera mal. Particularmente para llegar a El Aaiún, una ciudad donde los reporteros españoles no son especialmente bienvenidos. Prefería no ir sola y no había tampoco muchas compañías de las que pudiera tirar para un viaje con tantas aristas. Necesitaba algún truco para pasar medianamente desapercibida. Así que tiré de la opción que ningún viajero con ganas de relato heroico confesaría: un viaje en grupo. Desde Ifni hacia el sur, el camino transcurrió en un minibús siempre habitado por el parloteo de una decena de personas, bajo la organización de una pequeña agencia de viajes culturales e históricos a cuyos promotores y guías, S. y R., conocí casi por casualidad en un paseo por Sidi Ifni. Empezamos a hablar y un tiempo después me incorporé a uno de sus itinerarios.

En uno de los largos ratos de carretera, cuando nos dirigíamos a Esmara, S. nos contó la historia de Michel Vieuchange. Vieuchange fue un aventurero francés, el primer europeo que entró, en 1930, en las ruinas de esa ciudad de resonancias míticas, abandonada décadas antes. Lo hizo como yo: camuflado. Como cuenta en un libro publicado más tarde con el poco alentador –aunque ajustado a la verdad– título de Ver Smara y morir, hizo la ruta desde el sur de Marruecos, atravesando el desierto con una caravana de camellos, en un momento de beligerancia abierta de las tribus de la zona con los franceses. Su presencia allí habría sido probablemente mal leída, aunque no tenía otra vocación que la mitomanía de querer pisar una ciudad prohibida. Para conseguir llegar sin ser visto, optó por disfrazarse de mujer, cubriéndose así de la cabeza a los pies –qué extraña resonancia con la historia de nuestro otro viejo amigo, aquel general republicano que hizo lo mismo para escapar de Larache la noche del 17 de julio de 1936–.

Me faltó tiempo para descargarme el ebook. Vieuchange se convirtió en la lectura amuleto de mi propio viaje de incógnito. Pasé muchas horas de minibús en compañía de aquel hombre que intentó teñirse brazos y tobillos con permanganato para que no se vieran tan blancos si se llegaban a atisbar entre las telas, y que confesaba sus nervios al pasar por lugares donde los jefes locales tenían fama de hacer valer derecho de pernada al paso de las expediciones.

Y es que yo también pasaba nerviosilla por los controles, aunque mi preocupación no era para tanto: lo más que podía pasar era que, al mirarme el pasaporte, mi nombre saltase en algún sistema pensado para evitar fisgonas, y me pegasen la vuelta.

Pero, para que la discreción funcionase mejor, tampoco le había contado al grupo con el que viajaba qué estaba haciendo ahí. Así que esos se convirtieron, probablemente, en los doce días en los que más callada he estado en toda mi vida. Mi amigo más íntimo del viaje fue aquel explorador francés que acabó por morir de disentería poco después de terminar la expedición que le permitió pasar apenas tres horas en su ciudad soñada.

“A la larga –me había dejado escrito en su carta a través del tiempo– se hace insufrible estar siempre disimulando, siempre vigilando mis gestos, mi ropa, mi velo, que mis talones y manos sobresalgan lo mínimo y jamás olvidar ciertas reglas”.

No voy a sostener el relato de este viaje con una intriga espuria: te cuento desde ya que, como Vieuchange, yo también pasé prueba tras prueba y llegué a mi destino. En nuestro siglo, las pruebas son controles de policía. Y hay muchos, realmente muchos, a lo largo del camino hasta El Aaiún. Glorietas en mitad de la nada con una pequeña garita y un par de agentes. Siempre el mismo ritual: observar con tremenda parsimonia el montoncito de pasaportes, luego a nosotras, luego los pasaportes otra vez. Yo también hacía siempre lo mismo: poner mi mejor cara de turista e intentar parecer entretenida en la lectura de Vieuchange. Mientras, en realidad, miraba de reojo a la ventana de la casetilla en la que pasaban revista a la documentación.

En una de las ocasiones, cayendo ya la tarde y con ella la luz, a través de un ventanuco en cuyo alféizar había apoyado un vaso de té, vi al policía que examinaba los pasaportes. Tenía una linterna y los escrutaba dándoles vueltas. No miraba ningún ordenador, ningún teléfono móvil. No sé qué buscaba, pero desde luego no era lo que me preocupaba a mí. Echó un ratito en eso, y luego nos dejó pasar. Recordé unos versos de Abdellatif Laâbi –escritor marroquí con una larga trayectoria de disidencia–, en un poema en el que describe su angustia y consiguiente alivio cada vez que por alguna razón vuelve a tener que entrar en su país natal: “Venga, deja de montarte películas,/ te repliegas/ La inquisición de hoy lleva guantes/ y utiliza rayos equis/ Tiene otras preocupaciones”.

Nunca sabré si toda mi operación de camuflaje era necesaria o si habría podido pasar perfectamente todos los controles sola y a cara descubierta, haciendo un viaje completamente normal. Puede que sí. O puede que me hubiesen tenido tan controlada que me hubiera sido imposible ver nada. No podré saberlo. Sea como sea, el caso es que lo hice así. Y eso acabó por ser, también, un viaje dentro del viaje.

 

[Tres casetas en la bahía]

La colonización en el Sáhara Occidental fue muy distinta a la que se había hecho en el protectorado de Marruecos. En el Sáhara Occidental, la colonización empezó con tres casetas en sendas bahías y siguió con un largo tiempo en el que aparentemente no pasó gran cosa.

Las bahías eran las de Río de Oro, Cintra y Cabo Blanco. Sobre ellas puso la bandera española en 1884 una expedición enviada a la zona por Antonio Cánovas, antiguo ministro de Isabel II –la reina empeñada en acabar la tarea que había dejado pendiente en África su tocaya la Católica– y entonces baluarte de su hijo, Alfonso XII. El propósito era adelantarse a otras potencias que pudieran tener intención de instalarse en esas costas enfrente de las islas Canarias. También les puso nombres nuevos: Villa Cisneros, Puerto Badía y Medina Gatell. Con esos gestos y un real decreto quedó establecido el dominio español en toda la zona.

El real decreto decía:

Por Real orden de 26 de Diciembre último se declaró bajo el protectorado de España toda la costa de Africa occidental, comprendida entre los 37 grados de latitud Norte, cuyos importantes bancos de pesquería constituyen uno de los principales elementos de vida del pueblo canario, y donde se ha establecido últimamente la Sociedad española, titulada Compañía Mercantil Hispano-Africana (…)

Lo primero que ocurre á este propósito es llevar á aquellas regiones la autoridad de España, representada por un Delegado del Poder Supremo que, con el título de Comisario Regio, asuma todas las facultades y atribuciones necesarias para sostener el orden y atender al Gobierno y protección de los establecimientos fundados (…)

Pero la creación de dicho cargo no sería suficiente si no se acompañase del envío de las fuerzas de mar y tierra indispensables á hacer respetar su Autoridad de propios y extraños, levantando así el prestigio de España en la imaginación de aquellos naturales (…)”

Es decir: lo decía todo muy claro.

Pero igual no a quien se lo tenía que decir.

La población de aquel espacio, una región de unos dos millones de kilómetros llamada Trab-al-Bidan (“tierra de blancos”, como contrapuesto a Trab-al-Sudan, “tierra de negros”, que era la que se encontraba más al sur) estaba compuesta de tribus nómadas. Hablaban hasanía, una variante del árabe diferente al dariya de los marroquíes; y se dedicaban a la ganadería y al comercio ocasional. En general, vivían de manera autónoma, con un contacto solo esporádico con el sultanato marroquí y con las potencias europeas que iban apareciendo en el territorio. Con el uno y con las otras, la relación se limitó durante siglos al intercambio circunstancial en fortines costeros donde se comerciaba con armas, té, tabaco, textiles, esclavos o marfil, ignorando el interior del territorio, un desierto en el que solo se aventuraban los locales. En la costa saharaui se fueron estableciendo guarniciones militares que poco a poco irían creciendo, convirtiéndose en ciudades. Pero a ellas no llegaba mucha gente: escasos militares, algunos pescadores canarios que ya venían transitando esas costas desde antes, unos pocos albañiles y obreros. Se abrieron compañías de negocios como la salazón de pescado, que no obtenían muchos más beneficios que los necesarios para asegurar su propia supervivencia.

En líneas generales, los saharauis toleraban la presencia española. Al fin y al cabo, se estaban instalando en una zona no muy rica en pastos, tradicionalmente destinada solo a tribus menores. También sacaban cierto beneficio a un contacto más o menos esporádico con los recién llegados: a veces, a través del comercio; otras, a cuenta del bandidaje. Progresivamente, los nuevos pobladores fueron convenciendo a los cabezas de esas tribus para que se pusieran bajo la protección del rey de España. Se trataba de una competición con los franceses, que también estaban interesados en la zona, porque les habría permitido establecer un corredor entre sus colonias en África Occidental y las del Magreb. Eran estos tratos comerciales lo que iba decantando la primacía de unos colonizadores u otros en una lógica de mejor postor. En todo caso, el contacto se redujo prácticamente a eso hasta muchas décadas más tarde.

Es curioso pensar que en esas negociaciones tal vez había dos lógicas funcionando al mismo tiempo. “Ponerse bajo la protección del rey de España”, mirado en sentido estricto, no tiene por qué suponer para el pensamiento algo muy distinto al tipo de lealtad que se establecía en las alianzas entre tribus, al acogerse al liderazgo de una que pareciese más fuerte o trajese las ventajas o las violencias que fueran. Lo que pasa es que la contraparte estaba jugando esa baza en un mercado más grande. Mientras la gente del desierto seguía haciendo su vida más o menos como de costumbre, en el Convenio de París escuadras y cartabones delimitaban el reparto del Sáhara Occidental sin contar con sus pobladores.

Las fronteras coloniales se acabaron de trazar en 1906, cuando en la Conferencia de Algeciras se delimitó el protectorado sobre Marruecos y se marcó, así, su frontera sur. Para entender los acontecimientos posteriores es importante señalar que los diversos tratados siempre atribuyeron estatutos jurídicos distintos a la región de Villa Bens (Cabo Juby, el Protectorado Sur) y la del Sáhara Occidental. Pero en un mismo papel. De esa decisión ajena vendrán muchas cosas luego.

Al final sí que eran casi casi líneas trazadas con tiza en el suelo, como en mi sueño.

Estos textos pertenecen al libro del mismo título publicado por Libros del K.O.

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