
LA DEMOCRACIA liberal, seres activos o pasivos del mundo, mes semblables, esa que disfrutamos en Europa, tenga en ocasiones un gobierno socialista o conservador, está en peligro. En esta comedia bárbara, en este teatro de máscaras, oiremos muchas voces –en ocasiones surgidas de una garganta apretada subespecie tabernaria, como la de míster Trump; en otras, con tono de cínico, digamos de Putin o de realista inverosímil, a lo Abascal, nacido tras la muerte de Franco, quién lo diría– oiremos, digo, una defensa apasionada de la democracia en contra de los más tímidos demócratas, inclinados al debate o a la fatalidad. Ha llegado el tiempo de pensárselo dos veces, de examinar las voces y los hechos echando mano del difícil e inexcusable sentido común, porque Marine Le Pen, Bolsonaro, Milei y los citados afirman que todos los que no son ellos y sus votantes, son gente peligrosa que pone en peligro la libertad y dignidad de nuestro sistema político. Tras la sentencia judicial condenando a Marine Le Pen por malversación de fondos públicos en banda organizada, algo que es visto por el cuarenta y seis por ciento de los franceses encuestados como una sentencia interesada para neutralizarla como futura candidata a la presidencia del Francia, el gran defensor de la diferenciación de poderes, Putin, afirma que en la republica francesa se han pisoteados los principios democráticos. Hay que suponer que, tras declarar esto, y, volviendo el rostro hacia las cortinas, esbozó una sonrisa de zorro rojo (versión salvaje, el doméstico es plateado). Cierto, la amenaza a la democracia no siempre viene de la extrema derecha, sino de la extrema izquierda cuando su inclinación al control se acentúa ante la desconfianza en la libertad, capaz de desviarse del bien establecido en su ideario. Es cierto, el problema arcano de la libertad es que necesariamente ha de tener límites para ser humanísticamente libre y no una exaltación de mi voluntad. Y en cuanto a la democracia más vieja de Occidente, ha cedido al nacionalismo más beligerante bajo la inspiración de la fe, en Trump, en la Providencia, y ante sus problemas internos sitúa el peligro fuera. No será fácil convencer a sus ciudadanos de que su país no ha dejado de crecer económicamente en los últimos treinta años, mientras que las desigualdades han crecido debido a sus políticas sociales.
Decir que la democracia está en peligro significa que los controles parlamentarios y la crítica se debilitan en beneficio del griterío, las decisiones autoritarias y las manifestaciones verbales embozadas de verdad despertando la más baja inercia humana hacia la estulticia y las supersticiones frente a la racionalidad. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Y cuando digo aquí señalo un espacio que se mueve día a día de modo amenazante, como los aranceles desbocados lanzados urbi et orbe por el presidente electo de USA bajo la soflama de que el mundo ha abusado del país que preside. Ya tiene un enemigo, sobre todo uno: Europa, como la tiene Putin. Una ola de empresarios y tecnócratas iluminados y voraces detentando el poder político, de políticos autoritarios, recorre Occidente (por pararme en algún sitio), y no están solos… Los acompañan masas que creen en un Dios desconocido, insospechado, en forma de algoritmo, esa pobre criatura de las matemáticas usada como comodín para usos y abusos y deformaciones sin cuento. Es un demiurgo nuevo, pero ignorado como tal, así que es aún más peligroso.
No están solas estas nuevas figuras que, desde la democracia dignamente aburrida (que es lo que debe ser), se alzan para decirnos que nos estaban engañando y que ellos, elegidos por nosotros y autorizados a ejercer el más viejo despotismo, van a poner a la historia en la buena dirección. Mientras tanto, dividirán lo que estaba unido o lo pretendía en un proyecto de civilidad y racionalidad (como la Comunidad Europea), acentuarán los nacionalismos calientes frente a las comunidades frías, que suponen los beneficios de la transnacionalidad, y, finalmente, las oligarquías recogerán, sobre un lecho de fragmentos irreconocibles, sus extraños beneficios. No están solos estos proto-oligarcas: están con nuestra ayuda si no nos paramos a pensar, defendiéndonos contra la brutal inercia, y actuamos con dignidad y libertad en la medida que podamos, así sea dejando nuestro trozo de acera frente a nuestra casa más limpio que ayer.
Pensar significa aquí encontrar el lugar, como afirmó Antonio Machado, donde el pensamiento afirma a tu vecino en vez de negarlo; pensar significa descubrir el grado de diálogo y escepticismo que constituye una vida digna. Lo demás es presunción enmascarada de autenticidad, fanatismo y barbarie. No es un gran programa, ni siquiera es una receta, no se aplica como un fármaco, solo sugiere, en un tiempo falsamente individualista, la reinvención de la persona, esa que Baltasar Gracián conceptuó como prioritaria en el desenvolvimiento de nuestra vida. Pero está la política, se me dirá, lo que nuestros gobiernos pueden hacer. Cierto, pero es eso a lo que apunto, no a una huida al jardín de Epicuro, últimamente muy solicitado en las recetas estoicas sobre el buen vivir y la felicidad que invaden las pantallas como anuncios eróticos. Pensar y responsabilizarnos no supone la implantación de un espacio individual, una nueva tuerca al narcisismo e infantilismo reinante, sino el redescubrimiento de que al pensar siempre nos topamos con nuestro vecino, tanto el interno como el que llama a la puerta. Hoy ese vecino, para nosotros, es Europa, una unidad y no un atomismo nacionalista girando en el vacío.
He señalado dos movimientos, el interno (pensar es una tarea inexcusable del individuo), y el social, vinculado a Europa como el espacio político en el que se debe insistir, asistido por un sentido racional de la unidad (que he llamado frío, frente a las llamadas a la sangre y los enlaces familiares, vecinales y de identidad nacional). No sabemos qué nos deparará el inmediato futuro (es lo bueno del futuro y de nosotros) y por eso precisamente apelo a lo sabido, pero que hay que repetir una vez más porque el olvido es grande y peligroso: la responsabilidad individual (que supone asumir riesgos), sin la cual no hay dignidad ni lugar donde sustentarnos.