
Humedad, mucha humedad. Dos de la mañana. Las luces se apagan al aterrizar. Me siento unida a los extraños que vuelan de madrugada en un avión medio vacío. Algo diferente, por estúpido que sea, tienen que ir a buscar…
Una melodiosa voz italiana en el aeropuerto. Los soldados, uno a uno, entran en el Líbano al oir su nombre. Hay un extraño silencio. El Hotel Four Seasons colgaba al inicio de la época veraniega un cartel que proclamaba “Beirut is back”. Sí, regresó, y se marcha quizá de nuevo esta noche. En un avión medio vacío. Esperando el día que pueda volver…
Los abrazos y el calor pegadizo sobre la piel. La autopista desierta. Suburbios sumidos en la oscuridad. Un Bentley último modelo corre fugaz con sus vidrios tintados. Anuncios de joyas, de centros comerciales, de pisos de 600 metros cuadrados, el estadio de fútbol que perdió a su público para evitar futuros enfrentamientos, la polvorienta intersección de Kola vista desde el puente. Bajamos, bajamos y volvemos a ascender como en una montaña rusa. El Beirut moderno, reconstruido, la dorada mezquita de Hariri, lujo de pega, lujo prefabricado. El dinero como clase. El Holiday Inn, estandarte de acero sin entrañas, amasijo de hierros en la memoria. El Beirut de aldeanos glamourosos que nunca visitaron el sur de su ciudad, de afrancesados que lo ignoran todo de Proust, de Montaigne, de Baudelaire, de Balzac, de Stendhal, de René Char. El Beirut impertinente que ya no puede ni quiere leer o escribir en árabe. Restaurantes de moda, los rostros sudorosos de los aparcacoches, el hospital ortodoxo, las viejas mansiones abandonadas poco a poco por el encanto, las callejuelas, la sede del cristiano Kataeb, vericuetos y más vericuetos.
La luz arreglada, al fin, en la calle, el sonido del agua de una tubería rota, los árboles que nadie cuida alzándose hacia lo alto. Las rejas echadas de las tiendas de barrio, las casonas señoriales desvencijadas, cientos de antenas parabólicas. Un vetusto cadillac con asientos de piel.
Los pasos resuenan sobre el asfalto. El ascensor funciona. Las cucarachas duermen. Veo el mar, me aseguro de que sigue en el mismo sitio. Lo hace todo más soportable. La brisa nocturna. El cigarrillo encendido y parsimonioso del vecino en el balcón. Tose con su pijama de hospital. Siempre está ahí, con la cabeza hundiéndose entre los hombros, incapaz de mirar al cielo. Un amigo ha dejado un mensaje: “Bienvenida al hogar que, como todos, es una mierda…”.