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Es un viernes como otro cualquiera. La única tarea que me impongo para hoy es escribir este blog. No puedo evitar cierta inquietud, no tengo nada nuevo que contarme a mí misma, mucho menos a otras personas…Por eso me reconforta leer a Eduardo Jordá en su Terra Incognita esta mañana.
Las interrupciones no se hacen esperar. En menos de media hora lo nunca visto. En el downtown ya ni siquiera es necesario bajar con el coche al parking. Otros se ocupan de hacerlo por ti. El Líbano, ese gran país para vagos con pasta…Caen las primeras gotas de lluvia con inusitada fuerza. Un negro famélico aparece raudo con su paraguas para escoltarme hasta la puerta de entrada del café. No vaya a ser que se me moje un pelo y ordene, empujando un tacón de aguja contra su cara, que lo azoten.
Siempre que me lo encuentro, y él o yo estamos de vuelta, inicia la conversación buscando mi adhesión absoluta: España está muy mal…Sí, muy mal, repito yo sin demasiado entusiasmo y recuerdo, a continuación, que el respetable anciano libanés sentado a mi lado en el avión rellena su ficha de entrada al país señalando como ocupación cristiano maronita, o pienso en esos universitarios que ante la pregunta “¿Qué te llevarías a una isla despierta?”, responden que a su criada filipina…
Hace unos años creía que había llegado el turno de la periferia del mundo. Europa estaba acabada, sin sangre en las venas, pasear por París o Roma era como hacerlo por un cementerio, era el momento de la sucesión… pero los sucesores, aunque con notable y mayor energía, han resultado ser solo pobres sanguijuelas afectas al dinero, deseosas de poder imitar todo lo que sale por la televisión.
Para bien o para mal, caía estos días en mis manos un pequeño librito llamado “La idea de Europa” de George Steiner, y uno cierra el libro, con la íntima convicción, de que esa Europa pedestre, esa Europa construida a medida del caminante, esa Europa que ya lo ha sido todo y a la que no le queda nada por descubrir, sigue siendo infinitamente superior a todos esos países que económica e industrialmente no tardarán en dejarla muy atrás. Y solo por un motivo: por cada uno de sus libros. Por Cervantes, Baudelaire, Nietzsche, Kierkegaard, Wittgenstein, Schopenhauer, Tolstoi, Gogol, Dostoyevski, Stendhal, Cioran, Thomas Mann, Wilde, Shakespeare, Zweig, Joyce, Proust, Cernuda, Lorca, Montale, Pasolini, Quevedo, Strindberg, Mandelstam, Novalis, Hölderlin, Goethe, Rilke, Unamuno, Chejov, Rimbaud, Montaigne, Spinoza, Musil, Pushkin, Kakfa, Joseph Conrad, Marai… No conozco ninguna otra literatura que, en la medida de la europea, haya inoculado en sus lectores la única nobleza que cuenta, la del espíritu, la del querer ir hacia dentro y ofrecerse al mundo con el único fin de saber más, crecer más, formarse más…De cada una de esas páginas se compone el lecho en el que se nos arropa cada noche, nuestra inmensa riqueza, nuestra carne, todo lo que somos.