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Abolir la enfermedad y tal vez la muerte. Los magnates de Silicon Valley aspiran a mejorar la raza humana mediante selección genética

Fueron millonarios a los veintipocos años, revolucionaron las comunicaciones, crearon redes mundiales de información, abrieron nuevos campos de investigación, exploraron el espacio y levantaron negocios innovadores donde nadie los había previsto. Los magnates de Silicon Valley, los Musk, Bezos, Altman, Larry Page o Seguéi Brin, determinaron en buena medida la cultura del siglo XXI. Y ahora, como dioses menores embriagados por sus sueños cumplidos, se han propuesto crear individuos genéticamente superiores destinados a dirigir la evolución humana, conquistar Marte y, si se presta, criar una nueva raza de inmortales capaces de burlar a la muerte.

Los multimillonarios al mando de los gigantes tecnológicos se dicen muy preocupados por la natalidad. Elon Musk, que tiene catorce vástagos de cuatro mujeres diferentes, sostiene que no hay mayor amenaza para el planeta: “El desplome de la natalidad es, con diferencia, el mayor peligro al que se enfrenta la civilización”, escribió en X tras el nacimiento de Strider Sejar Sirius y Azure Astra Alice, dos gemelos concebidos por fertilización in vitro. Su entusiasmo pronatalista es una de las claves de sus visionarios planes para el planeta: “Tener hijos es salvar el mundo”, tuiteó en septiembre de 2023. No es el único, la mayoría de los gurús de Silicon Valley comparte esa tesis. El fervor por la multiplicación de la especie predicado por estos tecnovisionarios, sin embargo, se desmarca del pronatalismo tradicional, basado en los valores de la familia, los principios morales cristianos y la conciencia de los límites del ser humano. El pronatalismo de Silicon Valley aspira a mucho más. Aspira no solo a que haya más humanos, sino a que estos sean superiores, mejorados en laboratorio por selección genética. Hay quienes tildan tales prácticas de eugenesia, pero ellos lo rechazan, prefieren llamarlo “poligénica”, término que les parece mucho más adecuado para sus objetivos.

Sam Altman, director ejecutivo de Open AI, padre de la inteligencia artificial, ha invertido en varias startups de tecnología reproductiva. Una de ellas, Genomic Prediction, ofrece a los padres que se sometan a fertilización in vitro seleccionar los “mejores embriones” disponibles en función de una variedad de factores, entre ellos el riesgo de que la futura criatura desarrolle esquizofrenia, diabetes, hipertensión y enfermedades como cáncer o males coronarios. Más controvertida es la posibilidad de que estas empresas puedan detectar el cociente intelectual, el mayor o menor grado de inteligencia, en los genes del nasciturus. Es lo que pretende la startup Heliospect, que aspira a que los progenitores puedan seleccionar los embriones en función de características “positivas”, como el peso, la altura y el coeficiente intelectual. La compañía llega a sugerir que las parejas que en el futuro usen sus servicios –al alcance económico de muy pocos– podrían disponer de una criatura con un cociente intelectual seis puntos superior a la media. ¿Recuerdan la película Gattaca? Nos encontraríamos ante un futurible parecido: el filme, protagonizado por Ethan Hawke y Umma Thurman, describe una sociedad regida por discriminación genética en la que los individuos se dividen entre la élite de los “válidos”, seleccionados genéticamente, y el común de los “inválidos”, nacidos como cualquier hijo de vecino.

La posibilidad de seleccionar genéticamente el grado de inteligencia es cuestionada por buena parte de la comunidad científica, que duda de que existan los instrumentos necesarios y que recuerda que la inteligencia no es solo una cuestión genética, sino también social y sometida a aprendizaje. Por otro lado, algunos experimentos de mejora genética realizados con animales han dado resultados un tanto inquietantes. Se recuerda, por ejemplo, el caso de unos científicos que en 2010 intentaron crear una raza de “supergallinas” a través de la selección de las ponedoras más productivas. Hubo “supergallinas”, en efecto, pero resultó que estas eran extraordinariamente agresivas, y que sembraron el pánico en el gallinero al dedicarse a picotear hasta la muerte a sus compañeras, las gallinas del montón.

Los eventuales servicios de selección del cociente intelectual serían muy caros (unos 50.000 euros), lo que, como en la película Gattaca, crearía una élite genéticamente mejorada y dividiría a la sociedad en “válidos” e “inválidos” ya desde el nacimiento. Lo mismo podría decirse para otras características seleccionables, físicas o incluso psicológicas –todo está en estudio– como el atractivo físico o el don de gentes.

La otra empresa de tecnología reproductiva en la que ha invertido Altman es Conceptión, una startup que aspira a que dos individuos macho puedan reproducirse sin intervención de hembra, mediante la sustitución del óvulo materno por un óvulo cultivado a partir de células madre. El alma mater de Conception es Matt Krisiloff, que cuando se embarcó en la aventura solo tenía 26 años, pero que previamente había trabajado en Y Combinator, la lanzadora de startups que financió empresas como Airbnb y Dropbox. Tras recibir financiación adicional de Jaan Tallinn, uno de los fundadores de Skype, y de Blake Borgeson, cofundador de Recursion Pharmaceuticals, Conception es la mayor empresa dedicada a la gametogénesis in vitro, consistente en convertir células adultas en espermatozoides u óvulos.

Otro proyecto futurista que intenta superar el ciclo normal del embarazo es EctoLife, concebido por Hashem al Ghali, cineasta, productor y divulgador científico, que aspira a crear un almacén de úteros artificiales en los que se desarrollaría el ciclo completo de la gestación, desde la concepción al nacimiento. Al Ghali señala tres objetivos para su plan: facilitar la gestación a las parejas que no puedan concebir un hijo; contribuir a aumentar el número de niños en países con muy baja natalidad; y proporcionar al feto todos los nutrientes, hormonas y suplementos convenientes para que el día de mañana este se convierta en un superbebé. Por el momento, el proyecto no ha pasado de la fase teórica, aunque no faltan especialistas que sostienen que el plan es viable. Con menos ambición futurista y más sentido práctico, científicos del Hospital Infantil de Filadelfia están desarrollando úteros artificiales (el término exacto es “extend”, entorno extrauterino) para bebés con riesgo de parto prematuro. En ningún momento se han planteado desarrollar un feto desde la concepción hasta el nacimiento, sino aumentar las posibilidades de supervivencia de bebés que de otra manera morirían en el útero materno. Nada que ver con EctoLife.

Y ya puestos a perfeccionar la naturaleza humana, ¿por qué no burlar a la parca y buscar la inmortalidad? Puede parecer una empresa de ciencia-ficción, pero es un proyecto por el que han apostado los más señeros oligarcas de Silicon Valley, a saber: Jeff Bezos, fundador de Amazon; Larry Page y Serguei Brin, fundadores de Google; Peter Thiel, cofundador de PayPal; y Larry Ellison, de Oracle. Todos ellos mecenas financieros de Alton Labs, empresa que desarrolla una tecnología de reprogramación biológica que, por el momento, pretende rejuvenecer células en laboratorio pero que, según sus promotores, podría extenderse a la revitalización de órganos y cuerpos enteros.

El padre del invento, según un artículo de MIT Technology Review, fue Yuri Milner, magnate nacido en Rusia que hizo su fortuna financiando Facebook y el servicio de correo electrónico ruso Mail.ru. En octubre de 2020, en plena pandemia de COVID, cuando la población mundial vivía recluida para escapar de la muerte, Milner convocó a un grupo de científicos en su mansión de Palo Alto para hablar de cómo podría usarse la biotecnología para rejuvenecer al género humano. De aquella reunión nacería Altos Labs, empresa que cuenta entre sus miembros con Shinya Yamanaka, premio Nobel de 2012 por el descubrimiento del procedimiento de “reprogramación”, por el que se podría inducir a las células a retornar a su estado primitivo, previo al envejecimiento, y dotarlas de las propiedades de las células madre embrionarias. Otro de los científicos que se ha unido al proyecto es el biólogo español Juan Carlos Izpisúa Belmonte, quien durante su paso por el Salk Institute ganó notoriedad por introducir células humanas en embriones de mono y crear otras criaturas híbridas a partir de embriones de cerdo y células humanas. Izpisúa asimismo aplicó las investigaciones de Yamanaka a ratones vivos, en un experimento que le animó a definir el proceso de reprogramación como un posible “elixir de la vida”. El efecto colateral del experimento fue que algunos de los individuos reprogramados desarrollaron unos tumores llamados teratomas, benignos la mayoría de ellos, pero de aspecto francamente feo.

Todas estas investigaciones aún se encuentran en un estado incipiente. Alejandro Ocampo, profesor en la Universidad de Lausana que trabajó junto a Izpisúa en los laboratorios Salk, no cree que, en un futuro próximo, la tecnología de reprogramación pueda ser aplicada a la medicina con efectos prácticos: “Creo que el concepto es sólido… pero es arriesgado y dista mucho de ser una terapia humana”, afirmó, según la MIT Technology Review.

El factor socio-económico es fundamental en la polémica que rodea a estas investigaciones, dado que un eventual tratamiento para burlar a la vejez y la muerte sería extraordinariamente caro. Para curarse en salud, Mehmood Jan, consejero delegado de Hevolution Foundation, un proyecto de capital saudí dedicado también a investigar sobre la longevidad, sostuvo en declaraciones al Financial Times que el proyecto de alargar indefinidamente la vida “carece de interés” si solo va ser un privilegio para los ricos y poderosos, ya que estos no dejarían de amasar más poder y dinero a costa del resto de la sociedad. Imagine el lector cómo sería el mundo si las generaciones van pasando, pero Vladimir Putin o Kim Jong-un –el lector puede incluir al déspota o iluminado que le parezca– viven doscientos o trescientos años. Curiosamente, Elon Musk, que suele apuntarse a todas las películas de ciencia ficción en cartel, se ha declarado contrario a investigar sobre la vida eterna: “Es importante que nos muramos –declaró a la web Futurism, porque nadie cambia de opinión, lo normal es morirse antes”. “Si viviéramos eternamente –añadió–, nos transformaríamos en una sociedad osificada en la que ninguna nueva idea podría abrirse camino”.

El matrimonio formado por Malcom (37 años) y Simone (36) Collins se ha convertido en el paradigma del pronatalismo con sello Silicon Valley, no tanto por el número de vástagos que han traído al mundo (cuatro) como por el modelo de vida que representan. A través de su Pronatalist Foundation han recibido sustanciosas subvenciones de magnates tecnológicos como el cofundador de Skype, Jaan Tallin (padre de cinco hijos), que donó cerca de medio millón de dólares a la empresa matrimonial.

Los Collins son ateos, presumen de creer solo en la ciencia: en los datos. Como Musk, los Collins también sostienen que la baja natalidad en los países desarrollados es la mayor amenaza a la que se enfrenta la civilización. Así que, tras alardear de mentalidad utilitaria, la solución “racional” que preconizan es la producción en masa de niños (“tons of kids”) y la hiperplanificación del embarazo, que va desde la selección genética del bebé hasta la elección del nombre por criterios utilitarios: para las hijas Industry y Titan Invictus (“las chicas con nombres de género neutro tienen más posibilidades de conseguir un empleo bien remunerado”, asegura Malcom) y para los hijos, Torsten y Octavian.

Los Collins no son muy proclives a abrir las puertas de su hogar a la prensa convencional, pero por una vez accedieron a que The Guardian les hiciera un reportaje, que es una elocuente descripción del modelo de vida promovido por la pareja. He aquí un pasaje: “Simone me muestra algunas decoraciones en la sala; se relacionan con la ‘religión técnicamente atea’ que han desarrollado para proporcionar un marco moral que promueva los valores de las familias pronatalistas. En lugar de la Navidad, celebran el Día del Futuro, en el que la Policía del Futuro les quita los juguetes a los niños que, para recuperarlos, deberán firmar un contrato sobre cómo van a mejorar el mundo”.

Como modélicos pronatalistas de la última ola, los Collins son unos entusiastas de la selección genética. Acuden a Genomics Prediction’s para una exhaustiva recopilación de datos que después pasan a “otro equipo de científicos” con los que, pese a que la ciencia aún no ha llegado tan lejos, esperan elegir el destino de la criatura: desde las probabilidades de felicidad hasta su futura inteligencia y éxito económico. “Obviamente, nos fijamos en el coeficiente intelectual”, subraya Malcolm. Descartaron embriones con altos factores de riesgo de cáncer y lo que Simone llama “problemas de salud mental para los que no hay tratamientos de calidad”, como la esquizofrenia, la depresión y la ansiedad. No descartaron el autismo, quizá porque la propia Simone es autista. Los Collins, fieles a la terminología de Silicon Valley, aseguran que tales prácticas no tienen nada que ver con la eugenesia. Lo que él y Simone practican –insisten– es “poligenética”.

La Fundación Heritage, think tank conservador norteamericano que tuvo una gran influencia durante la era Reagan, defiende el pronatalismo, pero al viejo estilo; el pronatalismo futurista de Silicon Valley les parece un experimento muy peligroso. La analista Emma Waters, que trabaja en el Centro de Estudios Tecnológicos de la Fundación, afirma que el objetivo de los magnates tecnológicos no es que haya más niños, sino que los suyos formen el día de mañana una raza superior: “El objetivo no es necesariamente salvar a Estados Unidos del declive demográfico, sino asegurar que sus futuros hijos sean los niños más saludables, más inteligentes y con mayor potencial posible. A menos que los pronatalistas de Silicon Valley impongan una autolimitación basada en principios, tales esfuerzos solo aumentarían la desigualdad en la natalidad y el colapso demográfico. Su prioridad no es revertir la escasez de nacimientos en Estados Unidos; su interés, con una inversión de 800 millones de dólares en nuevas empresas de tecnología de fertilidad, es la creación de bebés genéticamente superiores”.

Los magnates de Silicon Valley no quieren límites, ni regulaciones, ni fronteras a sus investigaciones, íntimamente ligadas a sus negocios. Y con la esperanza de que ese emprendedor horizonte se haga pronto realidad, se han convertido en la guardia de corps de Donald Trump. Mientras invertía en laboratorios de antienvejecimiento en busca de la inmortalidad, Jeff Bezos se compraba el diario The Washington Post que no ha dudado en poner al servicio del actual jefe de la Casa Blanca. Ruth Marcus, excolumnista y exsubjefa de la sección editorial del rotativo, relata en un artículo para The New Yorker cómo y por qué tuvo que abandonar el diario en el que ha trabajado durante cuarenta años. Marcus conoció los gloriosos años en los que la antigua propietaria del Post, Katharine Graham, hizo frente a las presiones de Nixon y apoyó a su redacción en la publicación de los papeles secretos de Vietnam y las investigaciones del Watergate. Así que, cuando Bezos sugirió que el periódico debería adoptar una línea más benigna con Trump, no se lo tomó muy en serio. Recuerda Marcus cómo el magnate “habló sobre la necesidad de encontrar formas innovadoras de conectar con los lectores, y mencionó algo sobre una sandía explosiva que se había hecho viral en BuzzFeed”. Al principio Bezos expuso una defensa más o menos discreta de Trump, pero tras la reciente victoria electoral del neoyorquino, el millonario no se limitó a influir en la línea editorial, sino que pasó al negocio. Escribe Marcus: “El 5 de enero, Amazon anunció que había comprado los derechos de un documental sobre Melania (Trump), coproducido por la propia Melania; Matthews Belloni, de Puck, informó de que el servicio de streaming estaba pagando cuarenta millones de dólares por los derechos de la película, aparentemente la mayor cantidad que Amazon ha gastado nunca en un documental y casi tres veces la oferta más alta de la competencia. The Wall Street Journal informó de que Melania se embolsaría más del setenta por ciento de esa tarifa”. “La democracia muere en la oscuridad”, es el lema que luce la cabecera del Post. Esta épica declaración de principios sigue siendo la enseña del diario cuyo dueño, mientras espera la inmortalidad, se dedica a pagar pelotazos a la esposa del presidente. ¿Podría extrañarse alguien de que la dirección del periódico vetara una columna de Marcus, en la que esta defendía que el Post siguiera abierto a todas las opiniones, también a las críticas con la Casa Blanca? Fue lo último que escribió para el rotativo en el que había trabajado durante cuatro decenios.

Embriagados de poder y dinero, los magnates tecnológicos no quieren límites, ni regulaciones, ni cortapisas a sus experimentos, a sus negocios y sus sueños de Masters del Universo. Confían en mantener el monopolio de las redes de comunicación sin que la incitación al odio o al crimen sea un impedimento. Sueñan con una nueva raza de superhombres capaces de colonizar Marte, donde pronto se pondrán a la venta chalés a 500.000 dólares la unidad –no es broma, sino un anunció de Elon Musk. Esperan contratos millonarios del Estado y subvenciones sin límites para la carrera espacial y el desarrollo de una Inteligencia Artificial exenta de estorbos éticos. Por el camino aplican la motosierra para el desmantelamiento del Estado porque de algún sitio hay que sacar el dinero, apoyan a la extrema derecha porque les molesta el “afán regulatorio” de las democracias liberales, se alían con ultranacionalistas que afirman que las raíces de Estados Unidos no están en una “idea”, en la democracia o la Constitución de los padres fundadores, sino en la llamada de la tierra y en los muertos que residen en ella –palabra del vicepresidente J. D. Vance. Y aplauden al emperador más caótico de la historia de la humanidad desde los tiempos de Calígula.

A Musk le encanta pasearse por el despacho oval con su hijo Xaea-XII (no es broma, así se llama) montado sobre sus hombros. Tras la mesa del presidente, cuelga un retrato de Ronald Reagan. Y la pregunta inevitable es: ¿qué pensaría Reagan de este pitote? Reagan eran un liberal, amigo de la desregularización, pero Reagan no desmanteló el Estado, no presumía de ninguna motosierra. Reagan era un liberal nada partidario del arancel, que jamás pensó que la fortaleza de Estados Unidos estuviera en declarar la guerra comercial al mundo entero. Reagan ganó la guerra fría, nunca se le pasó por la cabeza salir al rescate del autócrata de turno en el Kremlin; dialogó con Mijaíl Gorbachov, eso sí, que era un reformista que aspiraba a que su país fuera más libre, menos siniestro. Lo de la anexión de Canadá y Groenlandia a Estados Unidos le habría parecido la alucinación de un flipado. Y es fácil imaginar lo que él, conservador del viejo estilo, pensaría de una corte de multimillonarios futuristas que invierten cientos de miles de dólares en la mejora genética de los vástagos de los ricos y poderosos. Lo que pensaría de Ellon Musk cuando le preguntara sobre su último proyecto vital, y este le respondiese –literal– que estaba planeando construir un complejo residencial en el que se alojarían sus catorce hijos, su actual esposa y sus tres exmujeres en alegre comuna tecnológica.

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