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Con nosotros no hay engaño

 

 

A los críticos nos inventaron para enfrentarnos a lo que queda fuera de la competencia de los historiadores del arte, que cuentan con la ventaja del tiempo. Ir a ver algo nuevo y emitir un juicio sobre ello. Tenemos, claro, nuestras armas. Muchas veces ya tenemos referencias. Esto, en ópera, es bastante habitual: si voy a ver un Rigoletto malo será que no haya escuchado al menos diez o quince antes; puedo conocer hasta la partitura, les he seguido la pista a los cantantes… Pero a veces voy (dejaré de hablar en plural no sea que alguien se moleste) a ver cosas que no tengo por dónde cogerlas. Esto, afortunadamente, me pasa con alguna frecuencia, aunque complica bastante la tarea de escribir después.

 

El primer recurso para salir del paso es aferrarse a la descripción de los hechos. Por muy despistado que hayas salido, siempre eres capaz de escribir un buen atestado. Only the Sound Remains es una ópera de Kaija Saariaho que toma dos historias del teatro noh como argumento. En la primera, un sacerdote reza por el alma de un joven guerrero –el favorito de la corte– muerto en la batalla. En mitad de las oraciones el espíritu del guerrero se hace presente y conversa con él. Entrevemos que el guerrero y el clérigo han sido amantes. Atormentado por el recuerdo de la batalla, el guerrero se desvanece dejando tras de sí un rastro sonoro. Solo quiere desaparecer. En la segunda, un pescador encuentra un manto emplumado que pertenece a un ángel. El ángel aparece y se lo reclama, diciéndole que no podrá volver al cielo sin él. El pescador, que es pobre y que sabe cuán valiosa es la prenda, se resiste. El ángel le ofrece un intercambio: una danza que podrá enseñar a los hombres para que sean felices. El pescador vence su desconfianza. Danzando, el ángel desaparece.

 

Peter Sellars, el prestigioso y conocidísimo director de escena, ha escogido un montaje sencillísimo, empleando unas telas de Julie Mehretu para separar el aquí y el más allá y unos limitados juegos de luces. Los personajes están cantados por Philippe Jaroussky (los espectros) y Davone Tines (los vivos). En el segundo acto, el personaje del ángel se desdobla también en la bailarina Nora Kimball-Mentzos. Es extraño ver a Jaroussky, uno de los contratenores más famosos de nuestro tiempo, cantar esta música. Para una voz con una potencia y una rapidez como la suya, el esfuerzo de contención es enorme. Tines tiene unas grandes cualidades como actor, pero es vocalmente inferior a su compañero. En el foso está Ivor Bolton, que está demostrando una versatilidad apabullante. Con él, un cuarteto de voces del Theatre of Voices –el grupo fundado por Paul Hillier–, un cuarteto de cuerdas (Meta 4 Quartet), un percusionista, un kantele (un instrumento de cuerda pulsada parecido a una cítara) y una flauta. Además, hay una intervención digital sobre el sonido, que modifica las voces y las expande alrededor del patio de butacas mediante altavoces.

 

Hasta aquí el atestado. (Hay un segundo recurso, con el que no les atizaré, que consiste en hablar del contexto: unas notas biográficas del autor, una anécdota entretenida de la soprano…). Les confieso que iba a ver esta ópera con muchísimas ganas (esto no me pasa siempre) y que, por mucho que hice por entrar en la obra, me fue imposible. Toda esa estética orientalizante, esas historietas con final moral son muy ajenas a mi sensibilidad. No le encuentro defectos, conste. Soy capaz de admirar la precisión de los susurros, los siseos y los rumores que hace el cuarteto de voces. Me parece alucinante la destreza de Eija Kankaanranta al kantele, que por lo que he leído es casi el instrumento nacional finlandés. Me asombra la destreza de Bolton para organizar una música con tantas exigencias de precisión; tan delicada en suma que cualquier desliz puede arruinarla. Pero, con todo y con eso, fui absolutamente incapaz de acceder a la obra.

 

El arte es un material muy singular. No basta, como se sabe, con comprenderlo. En esto se parece a las religiones: no basta con entender una doctrina para poder creerla. Admito mi frustración al salir del teatro. Como espectador (no como crítico, que es para mí un oficio muy secundario al de espectador), siempre voy a que me guste lo que voy a ver. Nunca he pensado: «ojalá estas tres horas sean espantosas para poder desfogarme delante del ordenador cuando llegue a casa». Pero esta es una sensación distinta. Creo haber leído a Borges algo parecido a esto sobre la lectura: cuando cojan un libro –una de esas grandes obras de la historia de la literatura– y no les apetezca seguir leyéndolo, déjenlo; ese libro aún no es para ustedes. Borges se jactó toda su vida de haber leído siempre por hedonismo.

 

Lamento, en fin, querido lector, el chasco. Un crítico también fracasa de tanto en tanto.

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