

“La República de Weimar siempre se vio asediada por sus adversarios y ni el pueblo ni las instituciones la consideraron del todo legítima. […] Con todo, entre 1918 y 1933 los alemanes vivieron la situación política más democrática que habían conocido hasta entonces […]. La revolución y el advenimiento de la República fueron el pistoletazo de salida de uno de los más importantes periodos de creatividad artística e intelectual del siglo XX.” Estas son palabras del libro La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia, de Eric D. Weitz, profesor de Historia en el City College de Nueva York, siendo uno de los principales historiadores norteamericanos sobre Alemania. Es el libro que explica, de una manera harto pormenorizada, la exposición Tiempos inciertos. Alemania entre guerras, que todavía se puede ver, hasta el 16 de febrero, en Caixa Forum, en Madrid. La chica que me lo vendió, en la tienda del museo, me dijo que este volumen servía de catálogo de la exposición, ya que no habían hecho uno ex professo; siendo esta exposición una cuidada muestra con interesantes paneles informativos, numerosos, y abundantes obras de ese periodo: esculturas, pinturas, fotografías. Hay una sala donde se puede escuchar música creada entonces, sala magníficamente instalada y que habilita sitios concretos, que se suceden contiguos, sin mezclarse las melodías, sonando estrictamente en su lugar determinado. Maravillas de la técnica.
En los finales de la Gran Guerra, que así se llamó a la Primera Guerra Mundial, acaecida entre 1914-1918, Alemania, abanderando las Potencias Centrales y combatiendo contra la Entente, iba perdiendo. Pidió un armisticio y, al cabo, por el Tratado de Versalles, se le impusieron unas muy duras condiciones, perdiendo territorios a la vez que se le sustrajo una importante cantidad de su armamento militar, con la exigencia de asignar a los aliados una relevante compensación económica, ingente suma de dinero. Los alemanes habían venerado al Káiser y tenían una muy buena consideración del ejército, entonces, comprensiblemente, mermado. Después de la contienda el Káiser se vio forzado a abdicar, surgió una revolución dentro de la creada República de Weimar, aprobándose su constitución en 1919. República de Weimar es un «término aplicado por la historiografía posterior, puesto que el país conservó su nombre de Deutsches Reich (‘Imperio alemán’). La denominación procede de la ciudad alemana de Weimar, donde se reunió la Asamblea Nacional constituyente.» (Wikipedia). Fue una república democrática. En Alemania, después de las dos guerras mundiales que empezó, precedidas de autoritarismo, devinieron estados democráticos. Ojalá se mantenga esta condición, sin provocarse de nuevo sangrientas luchas ni dictaduras.

La República estuvo plagada, en sus quince años de existencia, hasta 1933, cuando Hitler tomó el poder, de numerosos disturbios, muchos conflictos y pocas proclamas de aceptación. Aun así, impulsó grandes avances de progreso y bienestar. La jornada laboral se redujo a ocho horas, se estableció un subsidio de desempleo, se creó un plan de vivienda pública, se construyeron numerosos cines, potenciando increíblemente la afición; la afamada Metrópolis, de Fritz Lang, es de esta época, teniendo mucho éxito, asimismo, La quimera del oro, de Chaplin, y El acorazado Potemkin, de Eisenstein, estrenadas ambas en 1925. Además se tomó conciencia de una desinhibida y placentera sexualidad. Como afirma Weitz, «la guerra y la revolución despejaron el camino hacia unos ideales utópicos.» Especialmente, se desarrollaron nuevas formas de expresión culturales, en los terrenos de la literatura, el arte, la arquitectura, la música, el diseño. El arte abstracto, la música dodecafónica y la arquitectura minimalista fueron muy propios de este periodo. El espíritu de Weimar mantiene su vigencia hoy día.


La guerra consternó grandemente a los artistas. La escultora Käthe Kollwitz está representada en la exposición de Caixa Forum con una obra que representa a una madre abrazando a sus hijos pequeños. Pero su escultura más emblemática es Madre e hijo, más conocida como La Piedad, que tardó años en concluirla. Ella había perdido a su único hijo, combatiente. Su estremecedora creación puede contemplarse en el edificio Neue Wache de Berlín, sito en el céntrico Unter den Linden, y ha sido declarada, no sin alguna controversia, símbolo de los muertos alemanes que perecieron en la contienda. El autor de La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia escribe que Käthe Kollwitz «se pasó la vida tratando de exorcizar la pena con ayuda de su arte.» También dice: «La locura de la guerra se llevó por delante muchas de las convenciones sociales y artísticas. […] Después de tantas vidas segadas a destiempo, o echadas a perder por culpa de las balas o el gas, arraigó el sentimiento profundo del carácter efímero de la existencia, un intenso deseo de aferrarse a la vida en todas sus manifestaciones, de sentir el amor, el sexo, la belleza, el poder, los coches rápidos y los vuelos en avión [Hitler fue el primer político que iba de mitin en mitin en avioneta], de hacer locuras en el baile y en el teatro.» Aunque no hay que olvidar que el alemán medio, conservador, nunca estuvo conforme con la República de Weimar. Al final, la derecha tradicional y la ultraderecha, interesadamente confabuladas, salvajemente la derrocaron. Salvajemente no, corrijo; a través de las urnas. Los artistas que estaban de acuerdo con la República (no todos, pero sí una gran mayoría) criticaban a los dirigentes, como es el caso de George Grosz y sus dibujos caricaturescos.


La nueva arquitectura produjo un indudable beneficio. Se alzaba sin adornos. Enfocada principalmente a la clase media, matrimonios que solían tener dos hijos, el piso ideal para ellos consistía en dos dormitorios, cuarto de estar, cocina separada del resto de la vivienda y baño privado, con agua corriente, calefacción central y ventanas retranqueadas, para aprovechar el alféizar, orientadas al sol. La fachada, lisa. Los nazis, que al arte innovador lo tildaron de «degenerado», sin embargo aprobaron la arquitectura surgida en el régimen de Weimar. Su principal arquitecto, en el sentido de esta confortabilidad doméstica, fue Bruno Taut, arquitecto humanista, que escribía y daba conferencias, autor de la urbanización Onkel Toms Siedlung. Taut procuraba aprovecharse del paisaje circundante a sus construcciones, un entorno boscoso. En estas casas se prohibía tener gatos, que mean tanto y se afilan las uñas destrozando enseres, no autorizándose tampoco la apertura de bares en los locales de los edificios. Los arquitectos, artífices de este novedoso empleo habitacional, no sólo atendían al exterior, sino al interior de los apartamentos, desdeñando los muebles viejos, por muy vintages que fueran. También destacó sobremanera Erich Mendelsohn, autor de la casa Columbus, en la Postdamer Platz, que resalta entre los edificios anticuados del entorno, además de los grandes almacenes Schocken o el cine Universum. También enormemente renombrado es Walter Gropius, por su llamativo edificio para la Bauhaus, en Dessau; quizá la construcción más célebre de la época.
* * *
Permítaseme un breve excurso. En el conjunto de todas las artes, hay una diferencia tajante. Unas son temporales y otras espaciales. Temporales son la música, la literatura y la filosofía, como literatura que, en definitiva, la filosofía es. Espaciales, la arquitectura, la pintura (con la acuarela, el dibujo, el grabado, etc.), la escultura, y la fotografía. Habría un arte intermedio entre lo temporal y lo espacial, abarcando las dos facetas; serían la ópera, el teatro, el cine, el cabaret y similares. En esta división sobresalen, a mi juicio, dos, superando a los demás: la música, entre los temporales, y la arquitectura, en el ámbito de las artes espaciales. La poesía, arte temporal, tiene mucho prestigio, quizá por la mística de la palabra llevada a cabo en la realización poética. Pero le gana la música, arte temporal pura, que consiste, como decía Stravinski, en una sucesión de un sonido detrás de otro agotándose en el tiempo, sin más. La poesía no es un arte temporal escrupulosamente puro, pues aunque sea también sonidos agotándose en el tiempo, su desarrollo se complica con la cuestión de los significados. La arquitectura es un arte aglutinador. Las demás artes, pintura, escultura fotografía -incluso ópera, teatro y cine-, pueden acogerse perfectamente bajo el manto generoso de la arquitectura. Pero volvamos a la República de Weimar.


La República de Weimar se desarrolló en tres diferenciadas etapas: la primera comprendió desde su origen, 1918, hasta 1923, y estuvo marcada por la inflación; la segunda, de 1923 a 1929, donde la racionalización fue notoria; y la tercera y última, de 1929 a 1933, etapa grandemente depresiva que abocó a su final, al dominio nazi. Su carácter no estaba apenas regido por la eficacia o ineficacia de los dirigentes, sino por circunstancias exteriores: el aprieto, en los bolsillos de Alemania, por parte de los aliados o la tremenda crisis bursátil de Estados Unidos. La segunda etapa puede considerarse como los años dorados de su existencia, sin inflación, o con muy poca. Cuenta Stefan Zweig, en su espléndido libro El mundo de ayer. Memorias de un europeo, que en esa época la gente se divertía a mansalva, bebía, reía, con la ilusa seguridad de que ya no se iba a caer otra vez en otra gran tragedia. Se vivía tanto el arte que se pensaba que la sociedad iba a ser transformada por el solo hecho de la ejecución artística. Escribe Weitz que en la República de Weimar el arte se quiso convertir en algo tan serio como la política. Unos cuantos personajes eran sus excelsos representantes: Thomas Mann, Bertolt Brecht, Kurt Weil (estos dos conformaron La ópera de cuatro cuartos) y otros más que ya hemos nombrado. Una seguidora del movimiento dadá, surgido en plena guerra, en el Cabaret Voltaite, de Zurich –sin guerra-, fue Hannah Höch, autora del detalle de la cubierta del libro de Eric D. Weitz que estamos comentando, un disparatado collage, muy representativo del dadaísmo, titulado nada menos que Cortado con un cuchillo de cocina Dada. Ciertos fotógrafos, como August Sander, orientaron su cámara hacia los diversos matices de la vida alemana, captando escenas cotidianas de, por ejemplo, dos trabajadores de un circo, personas marginales, o un pobre desempleado en una esquina de la ciudad. La filosofía llegó a su punto máximo con Martin Heidegger, autor de Ser y Tiempo, muy leída, y que persigue los fines de la sociedad en la nación o la raza. Aunque tuvo alumnos judíos y comulgaba con algunas teorías marxistas, al final se pasó a los nazis. Se pretendió asegurar que el lenguaje genuino de la filosofía, el griego, hallaba su versión moderna en la lengua alemana. Claro que Heidegger creía que los griegos descendían de los germanos.
Los medios de comunicación también efectuaron un gran papel en la República de Weimar. Como sostiene Weitz, «sólo una cosa estaba clara: que los alemanes de la época de Weimar asistieron a la mayor transformación de los medios de difusión cultural desde que Johannes Gutenberg inventara la prensa de tipos movibles a finales del siglo XV.» En suma, es apasionante este difícil e ilusionante trecho histórico, constituido por una azarosa democracia y una muy intensa vida cultural.