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Es triste pararse a pensar en esos entresijos de la contienda política que acaban generando la conciencia social.
Cuando la derecha tradicionalista y reaccionaria era carlista y foralista, a la izquierda (a los revolucionarios liberal-burgueses, en realidad) le tocaba defender la unidad de la nación política, que entonces era lo mismo que defender la libertad y la igualdad propia de la ciudadanía democrática. A grandes rasgos éste era el patrón repetido por doquier hace dos siglos.
Hoy, a la derecha, por antonomasia conservadora, le toca aquí conservar, a su modo, la nación política española y el régimen de libertades plasmado en la Constitución. Y la izquierda, desnortada, acomplejada por las reminiscencias franquistas de la patria y su bandera, y sin capacidad ni ganas de enfrascarse en complejos debates teóricos y conquistas políticas que, en puridad, deberían encaminarnos hacia una mayor igualdad (no sólo entre españoles, sino a una igualdad civil, política y social que hoy debe pelearse más allá de las fronteras y para todas las personas), prefiere trazar la frontera política contra la unidad nacional que debía garantizar la igualdad de los ciudadanos españoles. Lo importante es trazar la frontera: el debate político transcurre luego según la ley de los 180º. Cuando uno elige el campo, el otro se contenta con la pelota.
Quizá por eso le importe tan poco a nuestra izquierda que mientras País Vasco, Navarra, Madrid y Cataluña mantienen o aumentan su porcentaje del PIB (respecto al resto de España), Andalucía y la Comunidad Valenciana estén perdiendo posiciones. O que no deje de aumentar la distancia de renta por habitante entre, por ejemplo, el País Vasco (de 129,7 en 2008 a 134,5 en 2013 respecto a una media española de 100 puntos) y Extremadura (68,4 respecto a la misma media, en 2008). Tampoco le escandaliza las diferencias en las cifras del paro: mientras los vascos soportan un 15,76%, los andaluces deben sacar adelante a la sociedad con un 36,6% de paro.
No dejará de resultar curioso que Alemania sea la madrastra mala por defender en Europa, contra el resto de Estados miembros (incluidos nosotros), sus intereses nacionales; y su nacionalismo étnico, una barbaridad que nos condujo a Auschwitz. Que el chovinismo francés, que da hoy alas a la ultraderecha xenófoba y racista, nos parezca una aberración. Y que aquí, si el País Vasco y Navarra apelan a la historia (¡y a la etnia!) para gozar de unos derechos que hoy son en parte causa de la pobreza de sus conciudadanos en otras regiones, la izquierda lo dé por bueno. O que si reclama ahora lo mismo Cataluña (¡no vaya a ser menos que nadie!), se empeñen algunos pseudo-progres en estudiar su “encaje” en España: como si la primera hubiera tenido personalidad jurídica fuera de la Constitución española; como si la parte pudiera ponerse de tú a tú frente al todo; como si la igualdad ciudadana no fuese más importante que la identidad colectiva. Asombra, en fin, la facilidad de la izquierda para adoptar los postulados del contrario.
En algo, paradójicamente, se han puesto siempre de acuerdo la izquierda y la derecha: los fueros del País Vasco y Navarra, intocables. Cataluña, un “problema de encaje”. Ahora incluso es cuestión de una sangre distinta, que el azaroso acontecer ha mezclado: la diferencia ideológica, ahora meridianamente clara, es que mientras unos preparan el alambique para volver a separar su esencia, otros se apresuran a agitarla bien… Aunque si se mira con detenimiento esto no es tan excepcional como para hablar de paradojas, pues también están de acuerdo en no tocar una ley electoral que les beneficia, en no disminuir el número de aforados (aumentarlo sí cabe), en prepararle al Rey una ley de inmunidad ad hoc por si le da por abdicar de una vez en el Príncipe, en no afrontar una ley de financiación de los partidos sin agujeros negros, en mantener en la absoluta inutilidad al Tribunal de Cuentas, etc.
Cuestiones, todas, que en realidad convergen en una forma de hacer política: el establishment busca como sea aferrarse al poder y hasta ahora le ha servido para ello la demoscopia. Pero, claro, captar al votante medio no implica vertebrar el debate político sino olfatear por dónde va una conciencia social huérfana de ideólogos y, por tanto, desvertebrada. Las ideas políticas, en torno a las cuales derecha e izquierda debían movilizar a los suyos, ya no existen; o lo que es lo mismo, no se les espera en el ruedo audiovisual. Lo que al parecer sí existe son las ideas que tengan por sí mismos los ciudadanos (algo así como la conciencia social, que habrá quien piense que se suspende de un cirro, o que flota en el ambiente) forjadas, o mejor, desparramadas por unos medios de comunicación obedientes al capital que los financia, y a la publicidad que los nutre. Un capital al que, por lo general, poco le importa tal conciencia social, pues no le importa la formación política sino la audiencia. En fin, ya se sabe, por más aspavientos que un político haga ante la cámara (la que graba, no se engañen, la otra no sirve para nada), todo debía seguir igual. De noche y de día: todos los Gatos, Pardos.
En cuanto se les pide que quepan todos en el objetivo de la cámara, como objeto de una misma mirada pública, se escenificará con esmero la división. Cada vez lo mismo: aquí un bando y aquí otro bando, que quede claro, no se vaya a perder el espectador en la compleja maraña de argumentos que, con finísima soltura, tejerán unos y otros. Ya saben, frente a todo superhéroe, un supervillano. Malo, malo. Con una diferencia: ¡la política no es un juego de niños y a los mayores se les permite escoger bando en esta descacharrante guerra de audiencias! Y, así, puede uno contemplar atónito, sin prácticamente cazar un argumento que le ordene su particular melopea mental, cómo el señor Wyoming y el señor Losantos (sin ánimo de comparar, ¡por Dios! ‒que cada cual haga suya esta exclamación, claro‒) van ofreciéndose cada día el material incendiario que, en perfecta reciprocidad fraternal, les permite llenar sus horas laborales con unas audiencias que a buen seguro festejarán sus jefes. Y ellos mismos, por supuesto. Que suban las agujas, que lo que luego suceda no les incumbe.
Ya no queda quien no tenga claro su bando. Las espadas (y los cuchillos, y los bates de béisbol, etc.) están en lo alto. Nos gusta el ruido de sables, aunque el ejército ya no esté para estas cosas. Y mientras se ríen de nosotros los empresarios, complacidos por las audiencias que les proporcionan sus títeres, abajo queda la mecha prendiéndose… Una explosión cuya onda expansiva no llegará a sus incendiarios promotores, como tampoco les llegó a quienes generaron la burbuja inmobiliaria: el que no era muy grande para caer, ya se había embolsado la indemnización multimillonaria justo antes de mandar a la entidad a la quiebra. Y cuando se entrometa un juez no amigo, si es que por fortuna el imputado no es uno de los 10.000 aforados, siempre quedará el indulto. Eso, cuando se anima alguien a investigar. Pero, para arreglar esto, Gallardón ya ha decidido disolver en ternas a los pocos jueces que habrá con agallas.
¿Pero quién ha sacado provecho de la pasividad general? ¿Quién ha trepanado las cabezas con la férrea voluntad de generar, ellos sí, una “formación” (uniformización, en realidad) política, una conciencia social renovada, un nuevo “nosotros político”? Claro, el que siempre ha sido el tercero en discordia entre nuestras impresentables derecha e izquierda: el nacionalismo, los nacionalismos de toda laya, que no lo fiaron todo al albur de cualquier interés capitalista. Ellos financiaron por múltiples vías (entre las que destaca la publicidad institucional), y con más discriminación que nadie, los medios de comunicación que les debían acompañar en su quijotada. Esto les granjeó a los partidos nacionalistas (y a quienes, a su vez, les financian) tentáculos muy largos para poder imponer una voluntad que ni en broma se conforma ya con tocar el poder regional que le quedaba constitucionalmente reservado. El nacionalismo, y quien lo ampara, quiere tocar el poder absoluto, el poder político de un nuevo Estado soberano. Gestionar su turismo, su patrimonio, su costa (que la mafia italiana denomina “Costa nostra”), su suelo. Muchos intereses espurios rodeados por un trapo de finas barras con el que muchos ingenuos creen poder cubrirse para dormir más calientes.
La consecuencia va de suyo: si la conciencia social se mueve hacia la celebración de la fragmentación de la comunidad política que promueven los nacionalismos, quienes sólo buscan captarla no tienen más que proponer programas políticos con ese fin. Cuantas más adhesiones, mejor: ¡me lo quitan de las manos! ¡Estatutos a tutiplén! Ay, la demoscopia. ¡Si ayer todos bailábamos el agua a los nacionalistas a ver cómo enarbolamos de la nada un discurso progresista coherente! Parece que nos han pillado sin papel.